jueves, 9 de agosto de 2007

CHET BAKER

Se sentó al borde de la cama, tocando suavemente, encorvado sobre la trompeta como un científico sobre un microscopio. Sólo llevaba puestas los calzoncillos; un pie marcaba el tiempo tan despacio como un reloj de casa vieja, el pabellón de la trompeta casi tocaba el suelo. Ella apoyó la cara contra su cuello, con los brazos le rodeó los hombros, recorrió con una mano la suave curva de la co­lumna, como si las notas estuvieran determinadas por los dibujos que trazaba en su piel con los dedos, como si él y la trompeta fueran un único instrumento y ella lo tocara con su mano. Sus dedos subieron por las vértebras de la columna hasta llegar a las púas del pelo rasurado en la nuca.
La primera vez que ella oyó sus discos, su manera tan frágil y delicada de interpretar le había parecido casi fe­menina; se autoeclipsaba a tal punto que sus solos finali­zaban incluso antes de que ella se diera cuenta de que habían empezado. Hasta que se hicieron amantes ella no consiguió oír eso que hacía que su manera de tocar fuera especial. Al principio, cuando tocaba así después de ha­cer el amor, cuando estaba al borde del sueño, creía que tocaba para ella. Más tarde se dio cuenta de que él no tocaba para nadie más que para sí mismo. Oyéndolo así, tumbada con las piernas abiertas, mientras sentía que su semen se le resbalaba con suavidad, entendió de repente y sin ninguna razón el origen de la ternura de su música: sólo podía tocar con tanta ternura porque no había visto ternura de verdad en su vida. Todo lo que tocaba era un imprevisto. Y ahora, tumbada, notando los valles y las dunas entre las sábanas revueltas, húmeda de un ligero rocío de sudor, se daba cuenta de lo equivocada que es­taba al pensar que él sólo tocaba para sí mismo y nadie más: ni siquiera tocaba para sí mismo: tocaba y punto. Era justo lo contrario de su amigo Art que lo daba todo de sí mismo en cada nota que hacía; Chet no daba nada de sí mismo en su música y de ahí el dramatismo de su manera de tocar. La música que él hacía se sentía abandonada por él. Tocaba las viejas baladas con una larga serie de caricias que no llevaban a ninguna parte y se disolvían en la nada.
Así era como había tocado siempre y como siempre tocaría. Cada vez que hacía una nota le deseaba buen viaje. A veces ni siquiera la saludaba. Esas viejas cancio­nes estaban acostumbradas a ser amadas y deseadas por quienes las interpretaban; los músicos las abrazaban y hacían que se sintieran como nuevas, frescas. Chet dejaba que una canción se sintiera abandonada. Al tocarla, la canción necesitaba ser reconfortada; no era su manera de tocar la que estaba llena de sentimiento, era la canción misma la que se sentía dolorida. Se notaba que cada nota intentaba seguir a su lado un poco más, suplicándole. La canción misma le decía, a quien quisiera oírlo: por favor, por favor, por favor.
Y al oír eso se daba uno cuenta no sólo de la belleza sino de la sabiduría que encerraban esas canciones. Si se ponen todas juntas son como un libro, una guía de los sueños hacía el corazón: Every Time we say Goodbye, I can't Believe You’re in Love with Me, The Way You Look Tonight, You Go to My Head, I Fall in Love Too Easily, There Will Never Be Another You. Todo estaba allí, to­das las novelas del mundo no podrían decir más sobre los hombres y las mujeres y sobre los momentos luminosos como estrellas entre ellos.
Otros músicos buscaban en las viejas canciones una frase o una melodía que pudieran elaborar y transformar, o usaban su instrumento para cantarse a sí mismos en la canción. Con Chet la canción lo hacía todo; lo único que tenía que hacer Chet era sacar esa ternura magullada que hay en todas las viejas canciones.
Por eso nunca tocaba blues. Incluso si tocaba un blues no era un auténtico blues porque no necesitaba el compa­ñerismo, la religión que implica el blues. El blues era una promesa que no podía mantener.
Dejó la trompeta en la cama y se dirigió al baño. Al oír que se cerraba la puerta ella se dio cuenta de que incluso esa pequeña separación se teñía de tristeza. Cada vez que se cerraba una puerta tras él, era como un presagio de la separación final que había de llegar, al igual que cada nota que hacía en una canción era el presagio de la última; como si improvisar fuera una for­ma de clarividencia, como si estuviera tocando elegías para el futuro.
Era un hombre que parecía que siempre se estaba marchando. Te ponías de acuerdo para verlo y él apare­cía tres o cuatro horas más tarde, o no aparecía, o desaparecía días enteros, semanas en ocasiones y no dejaba ni un número ni una explicación. Y lo sorprendente era que amar a un hombre así era fácil, creaba adicción, daba un sentimiento de abandono que se acercaba a la camaradería: hasta tal punto te acercaba a la soledad que todos llevamos dentro, la soledad que se intuye en los rostros implorantes de los desconocidos en un vagón medio va­cío de metro. Incluso después de hacer el amor y de que él se apartara de ella, incluso entonces, minutos después de correrse, sentía que lo estaba perdiendo. Cuando un hombre te hace el amor tu cuerpo lleva la marca de la pasión, como un niño que crece en tu vientre. Puede ha­ber desaparecido por un año y todavía tu cuerpo se siente lleno de él, lleno de su amor. Chet te vaciaba los senti­mientos, llenos de deseo de él, llenos de la esperanza de que la próxima vez, la próxima vez... Y cuando te dabas cuenta de que él no podía darte nada de lo que tú querías, era a él lo único que querías. Sintió que las lágrimas se le salían y recordó algo que un amigo de Chet le dijera una vez de su manera de tocar: que la manera en que sostenía las notas te hacía pensar justo en el momento en que una mujer empieza a llorar, cuando su rostro se llena hasta el borde de belleza, como el agua en un vaso, y harías cual­quier cosa en el mundo por no haberle hecho daño de esa manera. El rostro de esa mujer como algo tan quieto tan perfecto, sabes que no puede durar, pero ese momento, más que ningún otro, tiene algo de la eternidad cuando los ojos conservan la historia de todo lo que hombres y mujeres se han dicho unos a otros. Y enton­ces le dices a ella “no llores, no llores”, sabiendo que más que cualquier otra cosa, son esas palabras las que la harán sollozar...
En el baño se echó agua plateada a la cara, mirando hacia el espejo a través de las gotas de mercurio que le corrían por las manos. Devolviéndole la mirada había un rostro cuyas facciones parecían estar controladas por una especie de gravedad interior que tiraba de todo hacia den­tro. Hombros caídos, brazos marcados por arañazos y venas rotas. Bajó las manos y vio al reflejo hacer lo mis­mo; de las finas muñecas brotaban las manos como astas. Sonrió y el reflejo le devolvió la sonrisa, una sonrisa fantasmal, sin dientes, sólo de encías duras.
No tuvo miedo de esa aparición repentina. Para él podían haber pasado treinta años desde que miró el espejo por vez primera. El tiempo se le presentaba así. Era posible sostener una nota en la trompeta lo suficiente para hacer que pareciera una eternidad. Mientras duraba pa­recía que nunca acabaría.

Había pasado ya una vez, igual de repentinamente cuando iba a un ensayo en el estudio de grabación una tarde de noviembre hacía un par de años. Encorvado contra un viento cargado de arena, vislumbró su reflejo con abri­go de cuero en la fachada de cristales de un edificio de oficinas al otro lado de la calle. Le gustaba que pasara eso, verse de repente como si fuera alguien distinto en un largo tapiz de imágenes. La secuencia de los reflejos se interrumpía brevemente por las puertas de las oficinas y al volver a mirar se sobresaltó al ver, en lugar de su propio reflejo, un viejo con abrigo de cuero que lo estaba miran­do. Al acercarse descubrió más detalles del hombre que arrastraba los pies hacia él y le devolvía la mirada como una amenaza: un rostro cubierto de arrugas de corteza de árbol, barba, pelo largo y desaliñado, ojos mortecinos que oteaban más allá del horizonte al alcance de la mano. Se desplazó hacia el bordillo de la acera y el viejo hizo lo mismo, mirando con paciencia el tráfico, con la boca en esa postura que había notado antes en las viejas euro­peas, cuando parece que están a sus anchas mientras sufren y penan: los labios encierran el dolor, no lo dejan nunca salir porque entonces deberían admitir lo dolidas que es­tán y sería insoportable. Sabiendo ya lo que iba a pasar movió la mano hacia el viejo que hacía, al mismo tiempo, una imagen especular de su gesto. Comprendiendo el sig­nificado de lo que ocurría tan claramente que no tenía ni que pensarlo, volvió a meterse en el borde cortante del viento y siguió andando.

Abandonaba a sus mujeres según lo llevaba el viento, a menudo sin razón. Por lo general volvía a ellas, igual que una vez tras otra volvía a ciertas canciones. Había dejado a tantas mujeres que a veces se preguntaba si no era eso lo que le atraía de ellas: saber que las dejaría. Ser completamente egoísta, irresponsable, indigno de confianza —y vulnerable—, ésa era la combinación más atractiva del mundo. Una vez se lo había contado a una mujer y ella había dicho que saber eso era la ciencia más barata del mundo, podías aprenderla de cualquier chulo.
La misma mujer dijo que sabía leer el tarot y la mano se of recia para leerle el futuro. Tenía veintiocho años y pensó que qué diablos. Se sentó frente a ella, mirando la bola de cristal de tienda de regalos y las cartas iluminadas por las velas colocadas ante él, fascinado por los colores y la belleza de lo que pintaban: un mundo de imágenes más sencillo e incluso más comprensible que el que brin­daban las canciones que él cantaba y tocaba.
—Todos los cambios y las posibilidades de la vida se contienen en estas imágenes—dijo seriamente.
Miraba las manos de la mujer al colocar la baraja indicando una carta y luego otra, escuchaba el largo cuen­to del dolor que los veinte años venideros le tenían reser­vado. La dejó acabar, la vio esperar que tuviera alguna reacción, encendió un cigarrillo, exhaló una fino bruma de humo y, poniéndole una mano en la rodilla, dijo,
—¿Qué prisa hay pues?

Siempre había mujeres, y siempre estaba la cámara. El negocio de los discos quería promover un artista blan­co en un firmamento que era negro por los cuatro costa­dos y Chet era el sueño que se hacía realidad. Tenía en los ojos esa mirada a media distancia, estilo vaquero, pero también tenía el aplomo de una muchacha tímida mirando a la cámara por encima del hombro, escondiéndose detrás de sí misma. Seducía a la cámara, se le entregaba. En escena en Birdland, ojos cerrados, un brazo colgando a su costado, el pelo echado sobre la frente, la trompeta en los labios como una botella de brandy: no tocando el ins­trumento sino tragándolo; tampoco tragando, sorbiéndolo. A pecho descubierto, poniendo mala cara en los brazos de Halima, con la trompeta recogida en su regazo. Boloña 1961, vestido de esmoquin y pajarita, Carol de negro y con perlas, hombres que tocaban sus brazos desnudos al apretujarse para pasar, los destellos de las cámaras por todas partes, pisotones de unos a otros, derramando co­pas y empujándose. Sólo se quedaron pocos minutos, abriéndose paso para salir entre la multitud de fotógrafos y reporteros. Caminando en la noche fría, notaba la dure­za de los huesos en la blandura de sus hombros, ella con la mano en la cintura de él. Y las cámaras seguían ahí cuan­do los policías con cara de duros lo llevaban esposado, a empujones, al tribunal en Lucca. Bien pronto los policías empezaron a disfrutar de la celebridad, sonriendo a las cámaras mientras lo empujaban por los controles de se­guridad, sonriendo burlonamente junto a él cuando Chet miraba desde la sala al grupo de fotógrafos y los flashes explotaban como aplausos dispersos al estar él ahí, aga­rrando los barrotes con la tensión estilo dejadme‑salir-­de‑aquí que todo el mundo se esperaba. Y seguían esperando cuando salió de la cárcel al año siguiente como si estuviera saliendo de la sala vip del aeropuerto JFK.

La última conversación que tuvieron había sido muy sencilla:
—Me debes.
—Ya lo sé.
—Éste es el último aviso.
—Ya lo sé.
Tras esto, los dos se miraron a la cara varios segun­dos, complacidos de la breve poesía de este escarceo. Para completar las cosas, Manic emprendió la escalada de amenazas.
—Te doy dos días. Tienes dos días. Dos días es lo que tienes.
Chet asintió—dos días—y se acabó el dueto.
Chet llevaba seis meses comprándole y Manic; com­placido de tener un cliente de prestigio, había infringido su primera regla: no se fía; nunca. Dos veces había dejado que Chet se fuera con un par de papelinas a cré­dito y dos veces había aparecido con el dinero pocos días después. A partir de ahí no hubo más que un paso para que Chet abriera una cuenta que, durante cierto tiempo al menos, había pagado puntualmente, a menu­do añadiendo un par de cientos más de pago anticipa­do para compras futuras. Funcionó bien un tiempo y luego Manic tuvo que empezar a recordarle que la deuda se le estaba escapando un poco de las manos y ese recordatorio era suficiente para que Chet arreglara lo que tenía atrasado en pocos días, una semana a lo sumo Entonces llegó al extremo de que Chet no sólo compraba a crédito sino que también pedía dinero presta­do. Los intereses iban creciendo, las promesas de Chet: mañana, hombre, mañana, duraban semanas y el rostro de Chet parecía un remolino de agua que se escapa por el desagüe. De aquí su última conversación.
Manic también se sentía mal. Según recordaba lleva­ba un mes sin dormir, ni un pestañeo, bufando sulfatos y engullendo anfetaminas hasta que la cabeza se le ponía igual de quebradiza que un papel quemado. Hacía tanto que no dormía que sentía que el cerebro se le carcomía como el estómago de un hombre que se muere de ham­bre; temblaba tanto que prácticamente vibraba. Los pen­samientos se le convertían en retazos de sueños que duraban tal vez un par de segundos, llenos de intriga, de color y acción.
Chet estaba en la cafetera Moonstruck sorbiendo una taza de aceitoso café pasado, cuando volvieron a encon­trarse. Manic lo vio por la ventana, entró y agarró una silla, girándola de manera que pudiera apoyarse en el res­paldo como el alguacil machote de un western cuyo as­pecto tranquilo está lleno de amenazas adormiladas. El carácter de Manic era cualquier cosa menos somnoliento; era más delgado que un palillo y se agitaba como un in­secto; cada vez que amenazaba era como un perro asus­tado. Pidió un café y echó sobres de azúcar hasta dejarlo igual de espeso que el engrudo. Le olía el aliento y hacía lo posible por tener su cara a pocos centímetros de la de Chet para que inhalara el pestazo. Se sentía como si hu­biera visto todas las películas del mundo seis o siete veces en una tarde y hubiera salido de nuevo a la luz, asombra­do al ver que el mundo y la luz de día seguían estando ahí. Se preguntaba qué iba a hacer, perdido en la intensidad del marco congelado de su cabeza cuando llegó el desa­yuno de Chet. Manic lo miraba rociar el plato de sal y digo:
—¿Cómo es que nunca sonríes?
—Creo que le he perdido el tranquillo.
—Te había dado dos días.
Chet estaba mirando el estanque muerto del café, don­de brillaban las luces del techo como el destello de un pez brillante. Un cigarrillo humeaba en el cenicero.
—Eso fue hace ocho días. Dos veces el doble de tiem­po alijo Manic, quitándole a Chet el cuchillo de la mano e hincándolo en la yema que se desparramó amarilla por el plato.
Antes de entrar ya sabía que por mucha necesidad de dinero que tuviera le gustaban más esos ritos de amenaza; si Chet seguía el juego, se sabía el guión y actuaba según la peli del momento, sabía que le darla más tiempo para pagar. Sin embargo, hoy, parecía que Chet estaba indife­rente ante todo el embrollo y por eso Manic sentía una sacudida.
—¿Lo tienes?
—No.
—¿Vas a tenerlo, cabrón?
—No sé.
Manic tenía el cuchillo. Chet el tenedor como si entre los dos fueran un par de manos. De repente y son ira, des­esperado por inyectar algo de energía a esa escena sin vida, Manic le arrojó el café a la cara. Chet se echó hacia atrás, se limpió la cara con una servilleta, el café no estaba bastante caliente para escaldar. Manic esperó; tal vez des­pués le hubiera clavado el cuchillo en un ojo, igual que con el huevo. Chet seguía allí sentado, con el desayuno anega­do en un baño marrón de café.
A Manic no se le ocurría qué decir ni qué hacer. La escena no tenía ningún impulso. Normalmente un movi­miento llevaba a otro, pero Chet estaba ahí sentado como en un callejón sin salida. Mirando a la mesa, agarró una botella de salsa de tomate por el cuello, la levantó por encama del hombro y la estampó como un bate de béisbol en la boca de Chet. No porque quisiera o porque la situa­ción lo exigiera, sino porque no se podía hacer otra cosa. La botella se hizo pedazos, salpicando de cristales y de chorros de salsa la pared. Tenía la boca llena de vidrio y de fragmentos de dientes, y el sabor a tomate de la san­gre. Era asombroso que siguiera sentado en la mesa como alguien que resignado espera el postre, hasta que Manic volvió a echársele encima y sintió que la silla se volcaba, cala al suelo, y una tormenta de golpes le llovía por la cabeza y la mandíbula. Sintió que la mesa se le venía enci­ma, que un plato rebotaba en su cabeza y se hacía añicos en el suelo, que una mano se resbalaba por un charco amarillo de huevo. Intentó arrastrarse alrededor de la mesa y escapar por el laberinto de patas de sillas, pero enton­ces éstas se levantaban y caían como un alud sobre él. En una oleada de chillidos y gritos de las otras mesas de la cafetería llegó un diluvio de agua empapándole, más calé, un florero, y un azucarero que inundó el suelo de una blanca arena de cristales.
Luego todo acabó y se encontró derribado en ese tú­nel de muebles rotos, apoyando las manos en vidrios ro­tos y trozos de dientes, el suelo hecho un pantano de salsa de tomate, café y agua de florero, y tres tulipanes amari­llos flotando entre la porquería. Reuniendo todas sus fuer­zas se puso de pie como un hombre que surge del fondo de un estanque, chorreando yema de huevo, trozos de vajilla y lonchas de tocino, con la boca aplastada a lo largo de la cara. Lo primero que vio fue un camarero allí cerca, de pie, jarra de café en mano como para ofrecer más; detrás de él las bocas abiertas de los clientes, inte­rrumpiendo la masticación de sus tortillas, rosquillas y tortitas. Sintiendo que se derrumbaba estiró la mano y pringó la pared con la huella atroz de su palma antes de salar de estampida por la puerta hacia la calle, cubierto de los restos de un desayuno de pesadilla. Fuera, San Fran­cisco se encabritaba y descendía en la marea de calles; un autobús amarillo en la cresta de altas olas se dirigir hacia él como un transatlántico.

Eso fue en el 72. En el 76 se veía como tenía que haberse visto siempre, tal vez un poco peor. Su rostro recuperaba el terruño. Tenía el aspecto que hubiera teni­do si nunca se hubiera marchado de Oklahoma: barba chaqueta Levi's, vaqueros, camiseta. La clase de tipo que se ve por todo el Medio Oeste, apoyado en la barra, ha­blando de coches y bebiendo cerveza Coors a morro, chasqueando los labios cuando una mujer entra por la puerta. El clásico fulano que después de veinte años ter­mina bebiendo en el mismo sitio donde tomó su primero cerveza. Trabajando en una gasolinera, escuchando una radio, rodeado toda su vida de olor a gasolina, del deste­llo y brillo de los coches. Mirando a las mujeres de otros hombres mientras limpia las gotas secas y los trozos de insectos aplastados en el parabrisas.

Incluso cuando perdió los dientes y los ojos se le habían endurecido con la derrota, incluso entonces, estaban los vendedores de imagen y los reporteros, asombrados de que se hubiera transformado de pálido Shelley del bebop, en enjuto jefe indio, disfrutando de lo obvio de todo ello, la parábola del rostro. Si hubieran mirado más de cerca, habrían visto qué poco cambiaba la cara, cuán constantes eran las expresiones: la misma mirada ausente de interrogación, los mismos gestos. Era por eso que, a pesar de todo, se podía seguir amándolo treinta años: los rasgos se le ahondaban, las extremidades se le secaban como árboles en invierno. Pero los gestos, al igual que su música, seguían siendo los mismos: la manera de coger una taza de café o un tenedor, la manera de pasar por una puerta o de alcanzar un abrigo. Los mismos gestos y las mismas poses: el pitillo colgado de los dedos, la trompeta muy suelta, oscilando suavemente en su mano. En 1952 Claxton lo retrató meciendo la trompeta, con la cabeza inclinada, el pelo echado hacia atrás, los ojos mirando, femeninos, a la cámara. En 1987 Weber lo retrató de la misma manera, sólo que los ojos apenas eran manchas; parece que está desapareciendo por todas partes en la oscuridad mientras la voz deja un reguero hacia la nada y la trompeta se agota hasta el silencio. En 1986 Weber lo retrató en los brazos de Diane, con la cabeza arrimada a su hombro igual que Claxton había mostrado a Lili, estre­chándolo en su pecho treinta años antes, con la misma mirada de bebé consolado por su madre, el mismo senti­do de rendición.

Las canciones tienen su venganza: él las abandonaba una y otra vez pero siempre volvía, siempre regresaba a ellas. Mientras que antes había tomado las canciones a su antojo, y necesitaba sólo musitar pocas frases para ha­cerlas estallar, ahora no sentían nada, eran insensibles a su manera de tocar. Coger la trompeta lo dejaba sin resuello para tocarla y, cada vez más, cantaba las letras con una voz tan fina y suave como el pelo de un bebé. A veces acariciaba sus viejas canciones con tanta ternura que re­cordaban lo que habían sentido en otros tiempos, con cuán­ta facilidad se habían acomodado a sus dedos y a su aliento; pero generalmente tenían lástima de él, le ofrecían un cobijo que él casi no tenía ni la fuerza de aceptar.

Adonde fuera, la gente quería conocerlo, hablar con el, decir lo que su música había significado para ellos. Los periodistas le hacían preguntas tan largas que para con­testar bastaba con un gruñido de afirmación o negación. De todas las cosas por las que nunca había sentido interés, hablar era quizá lo que menos le interesaba. Se pre­guntaba a veces si alguna vez en su vida había mantenido una conversación interesante. Sin embargo le gustaba es­tar entre habladores, entre gente que no esperaba que él les contestara. También su manera de tocar era así, una manera de no decir nada, de dar forma al silencio, de prestarle un cierto tono. Su manera de tocar era íntima porque era como alguien sentado frente a uno, concentrado en lo que se decía, esperando sin prisa su turno para hablar.
En Europa la gente estaba pendiente de cada una de sus notas, acudían a verlo porque cada actuación era la última en potencia; oían en su música las cicatrices de todo lo que había sufrido. Creían estar escuchando con aten­ción, metiéndose en la música, pero en realidad no esta­ban lo suficientemente atentos. El sufrimiento no estaba ahí. Tocaba así y nada más. Por mucho que le hubiera ocurrido habría tocado de esa manera. Sólo tenía una manera de tocar, un poco más rápido o un poco más lento, pero siempre en el mismo surco: una emoción, un estilo, un tipo de sonido. El único cambio lo causa­ba la debilidad, el deterioro de su técnica, pero ese deterioro del sonido también lo mejoraba, lo impreg­naba de la ilusión de una emoción que no habría existi­do si su técnica hubiera sobrevivido al daño que él mismo se hacía.
Aquellos que veían en su vida la tragedia de una promesa rota, o de talento desaprovechado y habili­dad malgastada tampoco tenían razón. Tenía talento y el auténtico talento se asegura de no desaprovecharse, insiste en su propia capacidad de florecer. Sólo los que no tienen talento lo pueden perder; pero también hay una clase de talento que promete más de lo que puede lograr y éstos son los términos que hay que aceptar. Así ocurría con Chet, se puede oír en su manera de tocar, es esto lo que le da esa tranquila ansiedad. Pro­mesas: es lo que siempre iba a haber, aunque no hubie­ra visto una aguja en su vida.

En Amsterdam se quedaba cerca del hotel dando cor­tos paseos y haciendo pausas en los puentes mientras pa­saban escuálidas bandas de drogatas, sin saber que su santo patrón observaba desde la sombra. La ciudad zum­baba a su alrededor: al cruzar las calles miraba cuatro o cinco veces en cada dirección pero constantemente tenía que esquivar tranvías que se acercaban, coches que pita­ban y timbres de viejas bicicletas. Una ciudad hecha de ventanas, que no escondía nada. Pasaba delante de ven­tanas enrojecidas por los labios de chicas incitantes, de tiendas de antigüedades que parecían casas, de casas an­tiguas que parecían tiendas. Hablaba muy poco y cuando lo hacía parecía como una coincidencia que su boca estu­viera formando las palabras que volaban por el aire como la bruma. Había oído hablar de la gente mantenida con vida artificialmente, con un sistema vital asistido y le pare­cía que eso era lo que le había pasado a su cuerpo y cuan­do lo desconectaran ni lo notaría.
De nuevo en el hotel veía fragmentos de videos, mar­caba números telefónicos al azar, fumaba y esperaba, mientras la habitación iba oscureciendo. Por la ventana miraba las luces de los cafés que moteaban el canal como hojas, oía campanas repicar sobre las aguas oscuras. La vieja historia de que cuando mueres toda la vida te pasa en un momento ante los ojos. Su vida llevaba vagando ante sus ojos desde que podía recordar, veinte años por lo menos; tal vez ese tiempo era lo que llevaba muriéndo­se, tal vez esos últimos veinte años eran sencillamente el largo momento de su muerte. Se preguntó si tendría tiem­po para regresar a casa, a dondequiera que hubiera naci­do, a Oklahoma, volviéndose una roca en el desierto. Las rocas no estaban muertas, eran como versiones terrestres de los peces que se quedan en el fondo del mar haciéndo­se pasar por otra cosa. Las rocas eran el estado que los gurúes y los budistas se esfuerzan por alcanzar, meditación transformada de acto en cosa. Las marcas del calor eran las señales de respiración del desierto.
En la luz deslumbrante de las baldosas del baño miró hacia el espejo y no vio ni un reflejo, nada. Se colocó frente al espejo, miró fijamente y no vio ni rastro de sí mismo, sólo las toallas, espesas y blancas como la nieve, colgando de la barra tras él. Sonrió, pero el espejo no corroboró nada. Una vez más no tuvo miedo. Pensó en los vampiros y en los no muertos pero le pareció más como si hubiera entrado en el reino de los no vivos. Miró fija­mente al espejo, pensando en los cientos de fotos suyas que había en los álbumes y en las revistas del mundo ente­ro. Cogió, de la mesa de un salón, la cubierta de un disco con una foto que Claxton había tomado años atrás en Los Ángeles. De nuevo en el baño la puso ante él y miró su imagen en el espejo. Suspendido en el espacio, enmarcado por las toallas y las baldosas del baño, el espejo lo mostraba sentado al piano, con la cara reflejada en la tapa, perfecto como un Narciso despeinado junto al estanque. Miró varios minutos, bajó el disco y una vez más sólo estaba la extensión nevada de las toallas.



DYER, Geoff, Pero hermoso. Un libro de jazz., Amaranto Editores, Madrid, 1997, pp. 165—183.
Foto: William Claxton

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente.