domingo, 27 de abril de 2008

[LA RED...], Kinsha










La red
no ha podido pescar el reflejo
de las estrellas.

Kinsha

Hormigas sin sombra. El libro del haiku, DVD, Barcelona, 2005, p. 149.




ABRETESÉSAMO, José Antonio Martín

Abretesésamo

Cuento que me contó una vez mi hija Adriana, fastidiada de que le pidiera un cuento.


Había una vez un colorín colorado.



miércoles, 23 de abril de 2008

CASA TOMADA, Julio Cortázar

Casa tomada


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. -¿Estás seguro? Asentí. -Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente. -No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Julio Cortázar
JULIO CORTÁZAR, Cuentos, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2003, pp. 163-168.

martes, 22 de abril de 2008

[EL TRIUNFO], Francisco Casavella


Todo se adelantaba hacia la angustia
huido de sí mismo por el roce
oscuro del feroz presentimiento.

DIONISIO RIDRUEJ0



Una carretera sin asfaltar, cubierta en otoño y en invierno por una perpetua neblina. Un estrecho sendero de pendiente acusada se distrae de ese fondo borroso y dibuja un signo de interrogación hasta un grupo de casas. Veo también un prado, árboles frutales y viejos castaños en los cruces de caminos. Es el paisaje al que regreso en mis noches más tranquilas.
Teníamos tres vacas. Las vacas se turnaban en arrastrar, indolentes, un carro de pesadas ruedas con llanta de metal que chirriaba lastimosamente al rodar sobre los salientes de granito de los caminos. La carga (estiércol unas veces, otras hierba seca, otras tallos maduros de maíz) temblaba en aquellos obstáculos; los mosquitos abandonaban su refugio entre la vegetación y se arremolinaban en el aire, nerviosos y alerta, en espera del momento propicio para volver a sus asuntos.
Al atardecer, mi padre y las vacas volvían a casa. Mi padre las desenganchaba del carro y les ataba una cuerda alrededor del cuello. Luego me extendía la cuerda. Una de mis tareas era llevar las vacas hasta el abrevadero que, en un primer recuerdo, muy vago, imagino ver construyendo pacientemente a mi padre, mientras mi madre, sosteniéndome en los brazos, le mira y aprueba con la cabeza.
Cuando llevaba las vacas hacia el abrevadero, una de mis preocupaciones era que no hiciesen nada a los patos que acostumbraban a nadar allí.
Los patos eran otra responsabilidad: tenía que darles de comer, tenía que encerrarlos cada noche en un pequeño corral adosado a uno de los lados de la casa, debía vigilar que nunca faltase ninguno. Un día de verano, mi padre vino de una feria con queso, un cerdo y una caja de cartón agujereada que me entregó con gesto casi severo. Dentro de la caja, unas bolitas amarillas piaban y repicaban suavemente en el fondo. Mi padre le dijo a mi madre: son pollos de Severino, me dijo que se los diera al chico.
Eran muchas novedades en una semana. Unos días antes, una camada de patitos acababa de romper el cascarón y, muy pronto, iban a dedicarse a perseguir a su madre por los alrededores de la casa. Yo tenía que vigilar que no les pasase nada. Para aho­rrarme problemas, decidí colocar a los pollos junto a los patos y observé que aquellos se dedicaban a imitar el comportamiento de los que, en una historia más fe­liz, hubieran podido llamarse sus hermanos adoptivos. Allí donde iban los patos, iban los pollos, como un ejército saltarín, amarillo y gris, torpe y juguetón.
Día a día se hacían mayores, aunque yo, en mi impaciencia, no lo notase, anhelando que en cualquier momento realizasen un gesto definitivo que pudiera descifrarse como un signo de crecimiento.
Mi padre me dijo un día: pon un tablón en el abrevadero, para que puedan subir y así conozcan el agua.
Hice lo que mi padre me había aconsejado y me empeñé en que la madre de los patos subiera por allí y los patitos fueran detrás suyo y detrás de éstos los pollos adoptados. La pata se iba negando hasta que un día creyó llegado el momento y subió por el tablón. Detrás suyo iba todo el regimiento. Mientras la pata nadaba con los patos mayores, los pequeños, sobre las piedras del abrevadero, bebían e intentaban imitar a la madre y se alzaban en un torpe y asustado revoloteo. A mí me llamaron a comer.
Después de comer, tuve que llevar un recado ur­gente a una casa vecina. Había niños de mi edad que jugaban al escondite mientras los mayores se echaban la siesta. Jugué al escondite y me oculté tras árboles frutales, tras las piedras que separaban los sembrados, en el hueco de un castaño centenario. Escondido, me vino a la memoria la imagen de los patitos y los pollos sacudiéndose el agua y las imperceptibles gotas pro­duciendo destellos bajo el sol. Decidí volver.
En el abrevadero, los patos nadaban trazando un recorrido idéntico, que dibujaba una línea en el agua similar a la que deja el arado en la tierra; los pequeños patos podían imitar este movimiento casi a la perfección. Las cabezas de los pollos flotaban en el agua con los ojos abiertos mirando hacia el sol y cuando un pato pasaba sobre una de ellas, la cabeza se hundía y, tras unos segundos interminables, volvía a asomar a la su­perficie. Sentado sobre el muro del abrevadero, les iba tirando pequeñas piedras a los patos mientras las lágrimas caían silenciosamente de mis ojos al agua.
Seguí llorando toda la tarde, seguía llorando cuando llegó la hora de encerrar a los patos en el pequeño corral y las cabezas de los pollos se quedaron flotando en el agua turbia. No me atreví a sacarlos de allí y no me atreví a decírselo a mi padre, que ha­blaba nervioso en la cocina de casa con unos vecinos que habían llegado al anochecer.
Al día siguiente, llegaron unos hombres con camisas azules. Bebieron unos vasos de vino y luego le dijeron a mi padre que fuera a buscar sus cosas. Mi madre les preguntaba: ¿Pero ustedes creen que habrá guerra?, y ellos sonreían y negaban con la cabeza.
Al final del verano, o quizá entrado el otoño, también se nos llevaron a mi madre y a mí y durante unos años lo estuve pasando mal. Pero esto no sirve de ex­cusa para que ya entonces no aprendiera, de una vez para siempre, que los patos son patos y los pollos son pollos.




FRANCISCO CASAVELLA, El triunfo, Círculo de Lectores, Barcelona, 1992(1990, Editorial Versal), pp. 39-41

domingo, 20 de abril de 2008

ESTO QUIERÍA SER UN POEMA DE AMOR, Juan Bonilla

ESTO QUERÍA SER UN POEMA DE AMOR


Tiras de las dos asas amarillas
y la bolsa se cierra.
Luego haces dos nudos
sobre las mondas de naranja y las cáscaras de plátano,
las sobras de la cena,
unas cuantas docenas de colillas
y una planta que ha muerto.
Son doce pisos luego y unos cuarenta pasos
hasta el contenedor —en el que apenas cabe ya ninguna bolsa.
En el momento de depositarla allí
se ha iluminado un número en tu mente:
setenta y seis. Son pocas todavía
las bolsas de basura que habéis llenado juntos
si las comparas con las más de mil
que Laura y tú llenasteis;
son muchas, desde luego, un escorial, si las comparas
con las apenas diez
que, de aquel sótano de Londres donde Marge,
sacabas rumbo a un minúsculo depósito en el patio.
En La Habana Amarilis
cada noche colgaba la basura de las ramas de los árboles
—para evitar la proliferación de ratas—:
llenasteis juntos veintitantas bolsas.
Es fea, bien lo sabes, tu costumbre
de computar amores en bolsas de basura.
Tal vez un día de estos se te olvide.
Doce pisos arriba hay una luz: es tu cocina.
En el cubo hay una nueva bolsa que mañana llenaremos.



Juan Bonilla, Buzón vacío, Pre-Textos, Valencia, 2006, pp. 15-16.

viernes, 18 de abril de 2008

[METES EL SILENCIO...], José Luis Moreno Ruiz






  












   Metes el silencio en tu bolsillo. Lo aprisionas hasta casi ahogarlo, hasta casi dejarlo sin las más leves fuerzas para expresarse. Apagas la luz y te tumbas en la cama. Recuerdas, enton­ces, que te has acostado sin desprenderte de la ropa. Procedes, a oscuras, a desnudarte. Y cuando arrojas al suelo, bajo tu cama, los pan­talones, el silencio se te muere en una excla­mación última de terror... Bajo tu cama duer­me un amigo que borracho quedara allí cuan­do todos se fueron acabada ya la fiesta de tu cumpleaños, Y del susto al verlo murió tu si­lencio. Ya condenado estás a seguir hablando con la gente. Comunicación, se llama esa con­dena. 

JOSÉ LUIS MORENO RUIZ, Ángeles en mis cojones, Moreno Ávila, Madrid, 1989, p. 62.

jueves, 17 de abril de 2008

HIPERBREVES LEONESES, Aparicio, Mateo & Merino

El presentimiento

La familia rodeaba al moribundo.
El moribundo habló con lentitud:
—Siempre creí que yo no viviría mucho.
Los niños clavaban en él sus conmovidos ojos. El moribundo continuó tras un suspiro:
—Siempre tuve el presentimiento de que me iba a morir muy pronto.
El reloj del comedor tocó la media y el moribundo tragó saliva.
—Luego, a medida que he ido viviendo, llegué a creer que mi presentimiento era falso.
El moribundo concluyó juntando las manos:
—Ahora, ya veis: con ochenta y seis años bien cumpli­dos comprendo que ese presentimiento ha sido la mayor ver­dad de mi vida

Juan Pedro Aparicio
**********

El pozo

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años des­pués, mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en su interior. Este un mundo como otro cualquiera, decía el mensaje.

Luis Mateo Díez


********











Ecosisterna

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida cutre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espián­dolla con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora ­vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros­. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje ­al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, me ha parecido ver la figura de un mamut

José Mª Merino


MANGUEL y RETANA, Bestiario, Editorial Casariego, Madrid, 2005.

Grabados: Salvador Retana

miércoles, 16 de abril de 2008

EL CÍRCULO, Chantal Maillard


CHANTAL MAILLARD



Hilos


Tusquets Editores
Barcelona, 2007
página 31



[Premio Nacional de Poesía 2007]



EL CÍRCULO


Trazar un cero en la nada.
Indefinidamente.
Trazar la nada en un círculo.
Apresada en el círculo trazando
nada. Ocuparse en el
círculo. Ocuparse.
En nada. En la nada
—¿la nada?— una oquedad.
Ocupar una oquedad.
Una oquedad de sueño, la vigilia.
Entre sueño y sueño. Una oquedad
ocupada, ocupándose
en nada.

La angustia es esa nada
que de pronto florece
en la oquedad.

ENFANTILLAGES, Marcial del Adalid


ENFANTILLAGES
Petits morceaux caractéristiques pour piano écrits pour sa fille Marie

MARCIAL DEL ADALID, 1880.



PIANO: Juan Francisco Sanz



01 Marche grotesque du Roi d'Ivetot
02 Le berceau de la poupée
03 Les sorcières en bombance
04 Promenade sur l'eau
05 L'enfant sage
06 Le prémier régret
07 La danse
08 Pauvre Polichinelle
09 Sérénade
10 L'enfant diabolique
11 La chasse
12 Les petits fantassins

http://www.gigasize.com/get.php/3196897434/MARCIAL_DEL_ADALID_Enfantillages.rar

domingo, 13 de abril de 2008

MICRORRELATOS, Correa, Mena, Ortega Garrido, Nieto

Juego de niños
En mi calle vive un niño que le decimos el Ti Lin y todos los días nos vamos juntos al colegio. El Ti Lin tiene nueve años, igual que yo, y dice que es español porque ha nacido en España, pero que sus padres son chinos porque han nacido en China. El Ti Lin tiene los ojos, así, para arriba, como dos rayas de boli y tiene la cabeza tan gorda como un balón de fútbol. El Ti Lin es que habla con sus padres de una forma ¡más rara! El primer día que don Máximo lo llamó, toda la clase se rió que ni te cuento. ¡Joder! Es que el tío tiene un nombre que suena a campanilla. Nos descojonábamos y el tío, nada, que ni se coscaba. El Ti Lín, entonces, no hablaba con casi nadie o mejor dicho, ninguno de la clase quería saber nada del Ti Lin. En los recreos venía y nos preguntaba que a qué jugábamos, y nosotros que a “nada”, y el Ti Lin se iba porque sabía que “nada” quería decir “vete que no queremos nada contigo”. A mí, la verdad, es que no me gustaba que lo trataran de aquella manera, me daba no sé qué, pero es que yo no ponía las normas y además tampoco quería líos, yo lo único que quería y que quiero es jugar al fútbol. Nosotros no éramos los únicos que no queríamos nada con el Ti Lin, que conste; los sudacas y los negros tampoco lo querían en su equipo. “¿Dónde vas con esa jeta, tío?”, le decían. Un día el Rafi, un delantero nuestro, se lesionó y no tuvimos más cojones que dejar que jugara el Ti Lin. ¡Qué partidazo, tío! Memorable, de los que hacen época. De cinco goles, el tío va y se marca cuatro. Nos dejó a todos planchados. Juega igual que Raúl, bueno, igual no, pero casi. ¡Cinco a cero! ¡Menudo fichaje! Es el jugador más habilidoso que ha pisado el patio del colegio. Ahora, hasta nos peleamos porque juegue en nuestro equipo. Pero el Ti Lin se da unos aires que te cagas y hasta pone las normas, mira tú. Qué se le va a hacer… El fútbol es así.
Celia Correa
**********

Hamlet

“Soy Hamlet, príncipe de Dinamarca”, dijo, “y he venido a vengar la muerte de mi padre”. Pero la traducción era tan mala que en sus ojos ardían gasolineras y torres de alta tensión. Parecía tan triste y confundido esta vez, que decidí tachar párrafos enteros y componer otros nuevos, borré sintagmas y añadí adverbios y adjetivos. De modo que aquel muchacho que había cruzado el infierno sacó un puñal de donde nunca había existido, y enloquecido se arrojó contra el rey y sus sirvientes, dándoles muerte a todos y a sí mismo. Maldiciendo todo aquello que había quedado pendiente de decir en las demás traducciones.

Él, que era Hamlet, príncipe de Dinamarca, y que también era yo.
David Mena
*********
La estatua de la plaza de Mayo
Apareció un día cualquiera de primavera en la plaza de Mayo, subido en un pequeño pedestal. Iba vestido de época y se había pintado de gris desde el sombrero a las botas. Permanecía inmóvil con la mano en el cinto, dispuesto a sacar la espada ante cualquier afrenta, y sólo cambiaba de posición al ritmo de las monedas que dejaban en el suelo los turistas, los niños y algunos curiosos. Bastaba un ligero “clin” para que desenvainase y se batiese, con gran destreza y agilidad, contra un enemigo imaginario. Después, volvía a envainar la espada, fijaba la mirada en un lugar de la plaza y se quedaba quieto. Cuando se declaró la crisis y faltaron las monedas, no se bajó de su pedestal. Desde entonces las palomas se apoyan en él y un empleado del Ayuntamiento viene, cada tres o cuatro días, a pasarle un trapo y sacarle brillo.
Ernesto Ortega Garrido
*********
De muerte natural
El hombre bala ha muerto. De un solo disparo. Ella estaba allí cuando sucedió. Necesitaba sentir la tensión en la garganta al verlo salir proyectado de la crisálida de acero. No podía evitarlo. Su vida, sin riesgo, no era nada. Pero tenía miedo a la altura. A la velocidad. Al dolor. Así que encontró el placer de disfrutar del peligro que los demás se atrevían a correr. Iba todos los días a dibujar con la cabeza, desde su asiento de tercera fila, la parábola perfecta que el hombre bala perfilaba en el aire. La culminación llegaba cuando alcanzaba el punto de inflexión, quedaba suspendido por unos instantes y todo parecía detenerse. También lo hacía el tiempo, hasta que la gravedad decidía resolver la duda y el hombre bala, Ícaro sin alas, caía al fin en el mar de aplausos.Ayer, desde la tercera fila, alguien del público disparó al hombre bala antes de que finalizara la ascensión. El hombre bala murió. De un solo disparo.
Belén Nieto



MICRORRELATOS GANADORES FERIA DEL LIBRO DE GRANADA 2002-2005

SOLEDAD, Pedro de Miguel


SOLEDAD

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando. No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

PEDRO DE MIGUEL

martes, 8 de abril de 2008

EL AMOR, Cesare Zavattini

El amor

Me refugié bajo un portal. De la casa de enfrente llegaban las notas de un vals. Cesó la lluvia, y en el balcón de aquella casa apareció una muchacha morena vestida de amarillo. No la veía bien, allá en lo alto; no hubiese podido decir “su nariz sonrosada”, pero me enamoré. Quizá fue por el aguacero, quizá el brillo de las goteras bajo el sol que asomaba otra vez (nos sigue de puntillas alguien que mueve las nubes, suscita clamores en los caminos sólo para que nos empujen donde a él le conviene, pero de modo que se acuse a las nubes y a los clamores). Desde el balcón se le cayó a la muchacha un pañuelo; corrí a recogerlo y entré en el portal escaleras arriba. En lo alto me esperaba la muchacha:
—Gracias —me dijo.
— ¿Cómo te llamas?— le pregunté, jadeante.
—Ana— respondió, y despareció.
Le escribí una carta que nunca más he vuelto a escribir en la vida. Al cabo de un año era mi mujer. Somos felices; a menudo viene a vernos María, la hermana de Ana. Se quieren y se parecen mucho. Un día se habló de aquella tarde de verano, de cómo nos habíamos conocido Ana y yo.
—Estaba en el balcón—contó María— y, de repente, se me cayó el pañuelo. Ana estaba tocando el piano. Le dije: “Se me ha caído el pañuelo, alguien viene a traérmelo”. Ella, menos tímida que yo, fue a tu encuentro y os conocisteis, lo recuerdo como si fuera ayer; las dos llevábamos un vestido amarillo.

jueves, 3 de abril de 2008

EL CORDÓN, Billy Collins

EL CORDÓN

El otro día mientras me dedicaba a rebotar lentamente
por las paredes azules de esta habitación,
yendo de la máquina de escribir al piano,
de la estantería a un sobre que estaba en el suelo,
di a parar a la sección C del diccionario
donde mis ojos fueron a caer en la palabra cordón.

Ninguna galleta mordisqueada por un novelista francés
podría retrotraerte al pasado tan de repente—
un pasado donde me sentaba en un banco de trabajo en un campamento

junto al profundo lago Adirondack
aprendiendo a trenzar tiras finas de plástico
para hacer un cordón, un regalo para mi madre.

Nunca había visto a nadie usar un cordón
o llevar uno puesto, si eso es lo que se hacía con ellos,
pero eso no evitó que yo entrecruzara
hebra sobre hebra una y otra vez
hasta que hice un compacto
cordón rojo y blanco para mi madre.

Ella me dio la vida y leche de sus pechos,
y yo le regalé un cordón.
Ella me dio el pecho en más de una sala de espera,
me dio cucharadas de medicina,
colocó paños fríos en mi frente,
y luego me mostró el camino hacia la luz etérea

y me enseñó a caminar y nadar,
y yo, a cambio, la obsequié con un cordón.
Aquí tienes miles de comidas, dijo,
y aquí tienes ropa y una buena formación.
Y aquí tienes tu cordón, contesté,
que hice con un poco de ayuda del monitor.

Aquí tienes un cuerpo que respira y un corazón que late,
fuertes piernas, huesos y dientes,
y dos ojos limpios para leer el mundo, susurró ella,
y aquí, dije yo, está el cordón que hice en el campamento.
Y aquí, deseo decirle ahora
tienes un regalo más pequeño —no la ancestral verdad
de que nunca puedes corresponderle a tu madre,
sino el compungido reconocimiento de que cuando cogió
de mis manos el cordón a dos colores,
estaba tan seguro como pueda estarlo un chaval
de que esta cosa sin valor e inservible que trencé
de puro aburrimiento sería suficiente para quedar en paz con ella.



BILLY COLLINS, Lo malo de la poesía y otros poemas, Bartleby Editores, Madrid, 2007, pp. 63-65.