sábado, 17 de enero de 2009

MISTER RED, Felipe Benítez Reyes


MISTER RED

El público de antes era más sensible a la profesionalidad. Exigía a cada artista un armonioso despliegue de ingenio escénico y un irrenunciable grado de sorpresa, aunque sin alardes inútiles, ya que la extravagancia era un recurso muy poco apreciado y muchos artistas fracasaban a causa de sus afanes de exhibicionismo y desmesura—como les ocurrió, por ejemplo, al mago Pascuali y a Richard el humorista. La caballerosidad se apreciaba. Se aplaudía el saber estar en el escenario. El esfuerzo por agradar era un valor.
No sé cuántas reverencias he hecho en mi vida. Muchas. El éxito de un artista se mide por el número de reverencias que se vea obligado a hacer ante un público que aplaude complacido —y el público que aplaude complacido es, visto desde el escenario, una grandiosa sonrisa llena de dientes, y muchos brazos que se mueven como un ciempiés.
Las cosas importantes suceden siempre en el pasado y, a partir de cierto momento, el tiempo sólo depara sorpresas retrospectivas.
Aunque no siempre es así.
Abrir una lata de conservas, por ejemplo, es una tarea renovadamente intrigante, ya que se está siempre al borde de la tragedia más ridícula. Las latas de conservas, al abrirlas, dan la impresión de que siempre están buscando una piel que desgarrar. Por eso tengo cuidado, igual que lo tenía Fito Fiot, el fakir, cuando se tragaba esquirlas de cristal, hojas de afeitar y alfileres, siempre con aquel aire suyo de adversidad y meditación.
Antes de cada número, Fito Fiot se purgaba, bebía mucha agua con cal disuelta y masticaba después yeso y serrín, y aquel menú demente le blindaba el estómago.
Fito Fiot iba siempre meditabundo, con el aura plomiza de los infortunados, y se contaba de él que ninguna mujer le había amado con autenticidad.
Cada vez que abro una lata, me acuerdo de Fito Fiot, el famélico rey del fakirismo.
Abrir correctamente una lata debería ser un número bien pagado. No es fácil abrir una lata. Los abrelatas suelen ser de mala calidad y casi nunca se ajustan a las pestañas del envase, lo cual hace peligrosa la operación. Casi siempre, además, se derrama un poco de líquido, sobre todo si es aceite.
El aceite es una sustancia difícil de manejar, por ese afán suyo de expandirse. Tengo muchas camisas manchadas de aceite, aunque debo decir que últimamente me mancho menos, ya que todo consiste en cogerle el truco: al abrir una lata, conviene apoyarla en lugar firme, extender los brazos cuanto den de sí y comenzar la operación cuidando mucho que el abrelatas encaje perfectamente en el borde, ya que una perforación inadecuada hace que la tapa se hunda y que todo se complique, pues la tapa altera su frágil y perfecta horizontalidad, circunstancia que nos obliga a perder ese terreno de prudencia que debe quedar entre la lata y nosotros.
Fito Fiot no sé yo cómo abriría las latas. Imagino que con destreza. Creo incluso que Fito Fiot hubiese sido capaz de tragarse una lata, porque era un auténtico profesional, cosa que no podría decirse sin reparo de May Salves.
May Salves llegó una noche a la sala con su trivial esplendor de valkiria manchega, muy rubia de artificio y muy locuaz, contoneándose todo el tiempo como las artistas del cine y fumando, como contraste, con una languidez de cocotte tuberculosa.
A May Salves la había contratado como ayudanta el mediocre ilusionista Fredy el Bizco, cuyo número estelar era el de los llamados barriles del diablo, un truco de poca monta consistente en que una muchacha pasase de un barril a otro. —Una auténtica banalidad que, extravagantemente, gustaba mucho a los caballeros del público.
May Salves nos clavó sus uñas a Fito Fiot y a mí, por este orden. Nos hirió como sólo puede herir el filo de una lata abierta. A Fito Fiot se le infectó la herida, por así decirlo. A mí no, pero de todas formas me cuesta trabajo hablar de May Salves: es algo tan agradable como abrir una lata con los ojos vendados.
May Salves no abriría latas por varias razones. Entre otras, porque se dejaba invitar a diario en restaurantes distinguidos por quien primero se lo propusiera y porque May Salves tenía las uñas demasiado largas como para poder abrir latas sin añadir un riesgo complementario al riesgo que de por sí supone el abrirlas.
May Salves tenía las uñas largas como la hija de Fu-Manchú. Uñas de gata, de gata gótica. Las uñas de May Salves parecían agujas, pintadas siempre del color de la sangre.
Por eso digo que no me imagino a May Salves abriendo una lata. A Fito Fiot sí, y a Fredy el Bizco, pero no a May Salves.
Yo tampoco imaginé nunca que tendría que abrir tantas latas.—Pero por algo el destino es un misterio.
Decía que el público de antes era distinto. Sabía diferenciar a un caballero de un buscavidas.
Había que cuidar mucho la calidad del cal¬zado, por ejemplo. Los zapatos delatan a los gañanes endomingados, a los horteras y a los muer¬tos de hambre. Los zapatos son implacables con respecto a eso.
Yo se lo tenía que decir con frecuencia a Fito Fiot. Le decía: «Fito, esos zapatos no son adecuados». Pero Fito Fiot se encogía de hombros, meditabundo siempre y siempre rumiando la bola amarga de sus desdichas, delgado y espectral, con el estómago lleno de objetos cortantes.
May Salves tampoco era que se diga la reina del calzado. Parecía que los zapatos los reventaba, que su cuerpo era un esplendor que aplastaba y torcía los tacones. Usaba, además, un número más pequeño que el que le correspondía, como si fuera, qué sé yo, una geisha y quisiera presumir de pies chicos. Por eso, cuando se descalzaba, los pies se le quedaban muy blancos, con una blancura de asfixia. Y se le marcaban los bordes del zapato en la piel, y en el talón llevaba un trozo de esparadrapo que añadía un toque quirúrgico a los colores desesperados de sus zapatos de tacón.
Yo tengo siempre a mano una botella de agua oxigenada, un rollo de algodón y otro de esparadrapo cuando me dispongo a abrir una lata: asumo el riesgo.
Hace poco, salieron unas latas que se abren con sólo tirar de una arandela, sin tener que usar el abrelatas. Claro que todos los inventos nuevos no significan un avance para el usuario. La prueba está en que compré una lata que incorporaba ese revolucionario mecanismo y me corté, en parte por inexperiencia y en parte porque ese dispositivo exige medir exactamente la fuerza con que hay que tirar de la arandela—igual que ocurre, sin ir más lejos, en lo que los profesionales llamamos el truco de la jaula compresiva. Yo tiré, supongo, con demasiada fuerza y me hice un corte profundo en la mano izquierda. Me quedé extrañado, igual que un espectador ante un número de magia que le maravilla. Con mi mano derecha sostenía la tapa. Mi mano izquierda sangraba—y varias gotas cayeron dentro de la lata y se quedaron flotando en el aceite.
La soledad lleva a la meditación, y la meditación a la melancolía. A mí al menos me ocurre. Por eso no quiero hablar mucho de Fito Fiot ni de May Salves. Formamos no sé si un trío de corazones o de espadas, eso depende del tipo de baraja que se utilice. De corazones y de espadas, digamos, si los tipos de baraja se mezclan. En realidad, todos formamos una baraja: depende de qué cartas te ponga al lado el azar para que la combinación sea afortunada o no. Y nosotros éramos cartas de barajas distintas: Fito Fiot era un as de corazones, May Salves una reina de espadas y yo, supongo, un co¬modín.
Si pienso en Fito Fiot, me imagino cómo se sentirá uno teniendo dentro del cuerpo alfileres, cuchillas de afeitar y cristales. Si pienso en May Salves, compruebo con extrañeza que sólo recuerdo con exactitud sus uñas y la blancura torturada de sus pies; todo lo demás—su voz, su pelo, su olor, su cuerpo desnudo en el camerino con la rotundidad de una estatua y con la fragilidad a la vez de una muñeca de cera—es sólo una impresión desvaída, y con meras impresiones resulta im¬posible conservar un recuerdo.
Un recuerdo necesita una imagen diáfana a la que aferrarse, igual que un abrelatas necesita que el borde de una lata tenga la altura precisa para que la cuchilla corra sin esfuerzo. De todas formas, recordar las uñas y los pies de una mujer a la que no se ha querido no me parece poco.
Cuando Fito Fiot, tembloroso de cristales y agujas, entró de repente en el camerino de May Salves, me quedé paralizado—como cuando uno está abriendo una lata y comprueba que la tapa se ha vencido por una parte y que ese accidente va a obligarnos a levantar luego la tapa con un cuchillo, que es una maniobra propicia para que el aceite salpique y nos manche la camisa. Yo acababa de actuar y llevaba mi frac rojo con solapas de lentejuelas y mis bigotes postizos, rígidos y mefistofélicos; el maillot dorado de May Salves colgaba de una silla como un despojo brillante: el vellocino de oro del cabaret.
Se lo intenté explicar a Fito Fiot, pero desde aquel día Fito Fiot comenzó a tragarse cristales, cuchillas y alfileres con más temeridad que nunca, cayendo incluso en un innecesario tremendismo que el público no aprobaba del todo.
Fito Fiot se convirtió en una andante pesadumbre rellena de alfileres, cuchillas y cristales, mártir de sí mismo, de su sentido pesimista de las cosas del mundo.
Fito Fiot nunca creyó que aquélla fuese la primera y única vez.
Afortunadamente, May Salves se fue como vino.
Un día creí verla representada en el cartel de un circo, atada a la ruleta de la muerte. Pero se trataba tan sólo de una pintura, y, al fin y al cabo, todas las rubias se parecen cuando las pintan en los carteles de los circos.
Había un número que a mí me gustaba realizar a pesar de su simpleza: el del reloj brujo. Consistía este número en pedir amablemente a alguien del público un reloj, envolverlo en un pañuelo y machacarlo con un martillo. Una vez machacado, se desdoblaba el pañuelo y el reloj no aparecía por ninguna parte. Luego llegaba un ayudante con una caja de madera atada y lacrada. Yo abría la caja y aparecía otra caja. Abría esa otra caja y aparecía otra. Abría esa tercera caja y aparecía dentro de ella, intacto, el reloj del espectador.
La vida creo que es algo parecido al truco del reloj brujo, aunque no sabría decir si somos el reloj, el que machaca el reloj, el dueño del reloj o la caja que alberga un reloj prestado. Lo que sí es probable es que ese reloj sea algo muy parecido al corazón. Sobre todo si el truco sale mal y machacamos el reloj.
Claro que esto es sólo una impresión sin fundamento, y de las impresiones no debe extraerse ninguna conclusión simbólica, porque a fin de cuentas el pensamiento es algo así como las espadas del mandarín: armas mortales que se clavan en el vacío.
Yo tampoco pensé nunca que iba a tener que abrir tantas latas, pero no por eso voy a sacar conclusiones pesimistas del hecho de tener que abrir diariamente dos o tres latas.



BENÍTEZ REYES, Felipe, Maneras de perder, Tusquets, Barcelona, 1997, pp. 13-21.


FOTOGRAFÍA: Peter Witkin

1 comentarios:

amanita dijo...

Muy ingenioso, pero...Y si el reloj brujo hubiera aparecido dentro de una lata? podría haber sido el más dificil todavía!
Gracias, Francisco.