lunes, 29 de marzo de 2010

RÉQUIEM, Juan Carlos Mestre




RÉQUIEM

Viste arañas
donde siempre hubo música.

CLAUDIO RODRÍGUEZ



Quién va a creerte ahora, aristocracia de las supersticiones. Quién
a ti, tabas de la hechicera. Qué dador en lo subterráneo colgará
su exclamación de los inservibles alambres del telégrafo. Quién
sino el mendicante que respira en las cánulas, el que ha cerrado
su negocio con las estrellas y ya sólo lo impacienta la muerte.

Quién en las substancias encanecidas por el olvido, qué soli-
tario orfebre entre los inventores de las fraguas del hielo. Cuál
de ellos será hoy un habitante anciano entre los desaparecidos,
qué comprador de bujías de aceite vendrá a velarte ante esta
urna de estaño.

Quién a tu cebo entre los escombros donde pules horquillas
de hueso. Acaso el que repite tu yerta palabra en la improbabi-
lidad, tal vez los tatuados por el destino sin sufrimiento en la
culpa sin materia del ángel.

Quién al tazón de agua le agradecerá su blancura. Quién sino
Aquel cuyo estigma conservó la videncia, trajo a la ciudad una
piedra imantada en la que existió el contemplante, hubo voces
y lluvia.

Quién va a reconocerte ahora bajo la armadura de los dur-
mientes. Quien con júbilo habría de entrar en los caparazones,
quiénes con mazas de sílex al taller del vidriero. Quién se atre-
verá a nombrar al que restituye, quién al que roba alivio de lo
indescifrable.

Quién dará aire de silbar al pájaro, meteoro a los astrónomos,
quién a la muchacha de tímido triángulo y al agonizante que
contempla la nieve ha de restituir su pulcritud ante el pútrido
esmalte de otros ojos azules.

Qué sonrisa inmaculada de los muertos a los andenes donde
hubo discordia, maletas con manuscritos, vagones a la infeli-
cidad. Quién caligrafía a los que establecieron su vínculo alre-
dedor de los pozos, agua de la quietud al pebetero volcado
sobre las tumbas anónimas.

Acaso el que tiende la mano a los acróbatas, el que tuvo grandes
sueños en las riberas de la simplicidad y escuchó el enjambre de
párpados en las necrópolis. El hijo de otro pueblo cansado, el
portador cuya ausencia ilumina la noche con la escritura de los
analfabetos.

Dirán los abismos, dirán las nodrizas a la íntima tierra: Requiem
in aeternam dona eis, domine, et lux perpetua luceat eis.




Juan Carlos Mestre, La casa roja, Calambur, Madrid, 2008, pp. 17-18.

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