domingo, 17 de enero de 2010

EL PERSEGUIDOR, José Muñoz & Julio Cortázar

El perseguidor


Sé fiel hasta la muerte

Apocalipsis, 2,10


O make me a mask

Dylan Thomas



Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.
-El compañero Bruno es fiel como el mal aliento -ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.
-Hace rato que no nos veíamos -le he dicho a Johnny-. Un mes por lo menos.
-Tú no haces más que contar el tiempo -me ha contestado de mal humor-. El primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene razón, después de todo.




JULIO CORTÁZAR & JOSÉ MUÑOZ, El perseguidor, Libros del zorro rojo, Madrid, 2009.

DESVÍO POR OBRAS: http://www.elboomeran.com/obra/453/el-perseguidor/
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lunes, 11 de enero de 2010

ME ACUERDO, Juan Salmerón


ME ACUERDO

“Me acuerdo de las vidas que no hubiera sabido vivir.”
A mí me cuesta citar literalmente, por eso lo llevo anotado aquí. Lo leí en un libro cuyos fragmentos comienzan siempre así: Me acuerdo. Ya no puedo precisar si lo leí en el tomito de Brainard, en el de Perec o en el de Bonilla. Y es que no hay un Me acuerdo, sino tres. Bonilla, antes de escribir Je me souviens, coleccionó obsesivamente ejemplares usados del libro de Perec, quien a su vez, iluminado por Brainard, quiso replicar su I remember.

“Ese galimatías, ¿qué es: una espiral o un pincho moruno”.
Tal cual dijo su compañero, el del bigotillo, muchísimo más indiscreto que usted. No dijo brocheta, no. Dijo pincho moruno. En fin, no me desvíe. Que ese mismo virus debió de atacar al lector que anotó, en lápiz, con letra apretadita, esta rememoración en el margen de alguno de los títulos que retiré de la biblioteca. Por eso no sé decirle quién lo escribió. Aunque, bien mirado, tampoco sé decirle por qué, en lugar del retrato de mi mujer, llevo en la cartera, una tarjeta con una frase que no entiendo muy bien.


¿Usted añoraría lo que no fue?
Pues eso mismo pienso yo. Venga otro ron. Tal vez esta penúltima ya me devuelva a la amnesia.

domingo, 10 de enero de 2010

LA COSECHA, Amy Hempel

LA COSECHA

El año en que empecé a decir florero en vez de ties­to, un hombre al que apenas conocía estuvo a punto de matarme accidentalmente.
El hombre no sufrió ninguna herida cuando el otro coche chocó contra nosotros. El hombre, al que había conocido hacía una semana, me sujetaba en el asfalto de una manera que daba a entender que era mejor que yo no me viese las piernas. Recuerdo que sabía que no debía mirar, y sabía también que miraría si él no me lo impidiese.
El frontal de su ropa estaba manchado con mi sangre.
—Tú te pondrás bien, pero este jersey está para tirar a la basura —me dijo.
El miedo al dolor me hizo gritar. Pero no sentía dolor alguno. En el hospital, después de que me pusieran unas inyecciones, supe que había dolor en la habitación…, sólo que no sabía de quién era ese dolor.
Una de mis piernas necesitó cuatrocientos puntos de sutura. Cuando se lo contaba a la gente, se convertían en quinientos, porque nunca nada es tan malo como podría serlo.
Los Cinco días que tardaron en saber si podrían salvarme la pierna o no los alargaba a diez.
El abogado era el único que usaba esa palabra. Pero no llegaré a esa parte hasta dentro de un par de párrafos.
Hablábamos del físico, de lo importante que es. Crucial, diría yo.
Creo que el aspecto físico es crucial.
Pero aquel tipo era abogado. Se sentaba en una silla de plástico que acercaba a mi cama. Lo que él entendía por físico era lo que valdrían ante un tribunal de justi­cia los daños ocasionados en mi físico.
Me atrevería a jurar que al abogado le gustaba decir tribunal de justicia. Me contó que había tenido que exa­minarse tres veces antes de poder ingresar en el colegio de abogados. Me dijo que sus amigos le regalaron unas tarjetas espléndidamente impresas, con las letras en re­lieve, pero que donde tenía que poner Abogado ponía Abogado Por Fin.
Había conseguido a esas alturas tantas indemniza­ciones, que yo no podría aspirar ya a convertirme en azafata de vuelo. El hecho de que a mí nunca se me hu­biese ocurrido convertirme en tal cosa era, según él, algo legalmente irrelevante.
—Hay otro asunto —me dijo—. Tenemos que ha­blar de la cuestión de la nubilidad.
Lo normal era que yo hubiese salido con un ¿nubi­qué?, aunque sabía, desde que lo mencionó, lo que sig­nificaba aquello.
Yo tenía dieciocho años, así que le dije:
—En principio, ¿no podemos hablar de parejabi­lidad?
El hombre al que conocía de una semana ya no iba a yerme al hospital. El accidente le hizo volver con su mujer.
—¿Crees que el físico es importante? —le pregunté al hombre antes de que se marchase.
—Al principio no —me contestó.
En mi vecindario hay un individuo que era profesor de química hasta que una explosión le destrozó la cara y se la dejó descarnada. Lo que queda de él va siempre muy bien trajeado de oscuro y con zapatos abrillantados. Cuando va a la ciudad universitaria lleva un maletín. «Qué consuelo», decía su familia y la gente. Hasta que su mujer cogió a los niños y se largó.
En el solárium, una mujer me enseñó una fotogra­fía: «Éste era el aspecto que tenía mi hijo antes.»
El anochecer lo pasaba yo en la zona de diálisis. A nadie le importaba que estuviese allí siempre y cuando hubiera un sillón libre. Había un televisor de pantalla panorámica que era mejor que el de la sala de rehabili­tación. La noche de los miércoles veíamos un programa en el que unas mujeres vestidas con ropa cara apare­cían en decorados lujosos y juraban destruirse entre sí.
A mi lado se sentaba un hombre que sólo pronun­ciaba números de teléfono. Si le preguntabas cómo se sentía, contestaba: «924-3130». 0 bien: «757-1366». Nos imaginábamos lo que esos números podrían indicar, pero la verdad es que nadie le echaba cuenta.
A veces, a mi otro lado se sentaba un chico de doce años. Tenía unas pestañas espesas y oscuras debido a la medicación que tomaba para la presión arterial. Era el siguiente en la lista de trasplantes, tan pronto como cosechasen un riñón —porque era ése el verbo que empleaban ellos: «cosechar».
La madre del chico rezaba por los conductores bo­rrachos.
Yo rezaba por hombres que no fuesen demasiado exquisitos.
«¿No somos todos —pensaba yo— la cosecha de al­guien
Transcurrida una hora, una enfermera de planta empujaba mi silla de ruedas y me devolvía a la habita­ción.
—¿Por qué veis esa basura? —me preguntaba—. ¿Por qué no me preguntáis cómo me ha ido el día?
Antes de acostarme, hacía quince minutos de ejerci­cios con una pelota de goma. Uno de los medicamentos estaba agarrotándome los dedos. El médico decía que tendría que tomarlo hasta que no pudiese abotonarme la blusa: una figura retórica para alguien que sólo lleva­ba un camisón.
—Obras de caridad —decía el abogado.
Se desabotonó la camisa y me mostró el lugar en que un acupuntor le había masajeado el pecho con ja­rabe de cola, le había clavado cuatro agujas y le había dicho que la cura verdadera eran obras de caridad.
—¿La cura de qué? —le pregunté.
—Eso es irrelevante —me contestó

Tan pronto como supe que me pondría bien, estuve se­gura de que me había muerto y no lo sabía. Me pasaba los días como una cabeza cercenada que logra terminar una frase. Ansiaba el momento de librarme de mi vida aparente.
El accidente tuvo lugar al atardecer, así que era en ese tramo del día cuando me afloraba con más fuerza esa sensación. El hombre al que había conocido la semana anterior me llevaba a cenar cuando ocurrió todo. Nos dirigíamos a un restaurante en la playa, en una ba­hía desde la que se divisaban las luces de la ciudad. Un sitio desde el que se veía toda la ciudad sin tener que oír su bullicio.
Mucho tiempo después, fui a aquella playa sola. Yo conducía el coche. Era el primer día bueno de playa. Llevaba puestos unos pantalones cortos.
En la orilla me desenrollé la venda elástica y fui me­tiéndome en el agua sin vacilar. Un muchacho, con tra­je de submarinista, se quedó mirando mi pierna. Me preguntó si me lo había hecho un tiburón. Había avis­tamientos de tiburones blancos a lo largo de aquella franja de costa.
Le contesté que sí, que me lo había hecho un ti­burón.
—¿Y vas a volver a meterte en el agua?
—Voy a volver a meterme en el agua —le contesté.
Cuando cuento la verdad omito muchos detalles. Me pasa lo mismo cuando escribo una historia. Voy a em­pezar a contar lo que omití de «La cosecha», y quizá empieces a preguntarte por qué tuve que omitirlo.
No hubo ningún otro coche. Sólo hubo un coche: el coche que me embistió cuando yo iba de paquete en la motocicleta de aquel hombre. Pero hay que tener pre­sente lo incómodo que resulta pronunciar todas esas sí­labas: motocicleta.
El conductor del coche era periodista. Trabajaba para un periódico local. Era joven, recién licenciado y acudía a una reunión de trabajo para cubrir la información relativa a una amenaza de huelga. Si hubiese dicho que yo era por aquel entonces estudiante de periodismo, es algo que tal vez no habrías admitido en «La cosecha».
Durante los años que siguieron, cada vez que abría el periódico buscaba la firma de aquel periodista. Fue él quien sacó a la luz los entresijos del Templo del Pueblo, lo que tuvo como consecuencia la huida de Jim Jones a la Guayana. Después cubrió la noticia del suicidio ma­sivo que tuvo lugar en Jonestown. En la sala de juntas del San Francisco Chronicle, a medida que el número de víctimas iba elevándose hasta llegar a novecientas, las cifras eran anunciadas como si aquello fuese una mara­tón benéfica de donaciones. Entre los cientos de vícti­mas, un letrero clavado en la pared decía: CHÚPATE ÉSA, JUAN CORONA.*


En la sala de urgencias, lo que le sucedió a una de mis piernas no requirió cuatrocientos puntos de sutura, sino poco más de trescientos. Exageré el número antes incluso de empezar a exagerarlo, porque es verdad que nunca nada es tan malo como podría serlo.
Mi representante legal no era ningún abogado-por fin. Era socio de uno de los bufetes de abogados más antiguos de la ciudad. Nunca se desabotonó la camisa para enseñarme las marcas de acupuntura, ya que él ja­más hubiera hecho una cosa así.
«Nubilidad» era el título original de «La cosecha». El daño ocasionado a mi pierna fue considerado cosmético, aunque hoy, quince años después, sigo sin poder arrodillarme. La noche antes del juicio llegamos a un acuerdo por el que yo recibiría una indemni­zación de casi cien mil dólares. La compañía asegurado­ra del periodista subió doce dólares con cuarenta y tres centavos mensuales.
Hubo quien insinuó que me había frotado la pierna con hielo, para exagerar las cicatrices, antes de levantar­me la falda ante el tribunal, tres años después del acci­dente. Pero no había hielo alguno en el juzgado, de modo que no tuve ocasión de someterme a aquella prue­ba moral.
El hombre de una semana, el dueño de la motoci­cleta, no estaba casado. Pero, al creer tú que tenía mu­jer, ¿no tenía que hacer yo algo? ¿Y no me lo merecía?
Después del accidente, aquel hombre se casó. La chica con la que se casó era modelo. («¿Crees que el físico es importante?», le pregunté a aquel hombre antes de que se marchara. «Al principio no», me respondió.)
Además de ser una belleza, la chica valía su peso en oro. ¿Habrías admitido en «La cosecha» que la modelo fuese también una rica heredera?
Es verdad que nos dirigíamos a cenar cuando ocu­rrió el accidente. Pero ese lugar en donde podías ver todo sin tener que oír nada no era una playa en la bahía. Era la cima del monte Tamalpais. La cena la llevábamos nosotros y subíamos por la serpenteante carretera de montaña. Ésta es la versión que contiene una ironía per­fecta, así que no te importará si digo que, durante los meses siguientes, desde mi cama del hospital, tuve una visión espectacularmente ominosa de aquella montaña.
Habría añadido otra parte a la historia si alguien hubiese podido darle crédito. Pero, ¿quién se la habría creído? Yo estaba presente y no me lo creía.
La tercera vez que entré en el quirófano, hubo un intento de fuga en el Centro de Adaptación de Máxima Seguridad, contiguo al pabellón de los condenados a muerte, en la prisión de San Quintín. George Jackson, apodado El Hermano Soledad, un joven negro de veinti­nueve años, sacó una pistola del calibre 38 que le habían pasado de matute, gritó: «Esto se acabó», y abrió fuego. Jackson cayó abatido en el tiroteo, así como tres guar­dias y dos presidiarios que ejercían de camareros lleván­doles la comida a los demás reclusos.
Otros tres guardias fueron apuñalados en el cuello. La prisión está a cinco minutos en coche del Hospital Mann General, de modo que trasladaron allí a todos los guardias heridos. El traslado de los heridos lo realizaron tres cuerpos diferentes de policía, incluyendo la policía de carretera y los ayudantes del sheriff del Condado de Mann, fuertemente armados.
Policías con rifles fueron apostados en el tejado del hospital. También los había en los pasillos, desde donde indicaban mediante gestos a los pacientes y a las visitas que regresaran a su habitación.
Cuando me sacaron del posoperatorio, a última hora del día, vendada desde la cintura hasta los tobillos, tres policías y un sheriff armado me cachearon.
En las noticias de aquella noche, mostraron algunas imágenes del motín. Sacaron a mi cirujano hablando con los periodistas, a los que indicaba, con un dedo en la garganta, cómo le había salvado la vida a uno de los guardias cosiéndole una brecha que iba de oreja a oreja.
Lo vi en la televisión y, dado que se trataba de mi médico, que los pacientes del hospital estamos ensimismados y que yo estaba drogada, pensé que el cirujano hablaba de mí. Pensé que decía: «Bueno, ella ha muerto. Se lo estoy comunicando en su propia cama.»
La psiquiatra que me atendió a petición del ciruja­no me aseguró que esa sensación era normal. Me dijo que las víctimas de un trauma no asimilado creen a me­nudo que están muertas y que no lo saben.
Los grandes tiburones blancos que se deslizan por las aguas cercanas a mi casa atacan de una a siete perso­nas al año. Su presa principal es el abulón. Teniendo en cuenta que el medio kilo de abulón cuesta treinta y cin­co dólares, y que su precio sigue subiendo, el Ministerio de Pesca confía en que los ataques de tiburones no mer­me la población de abulones.



AMY HEMPEL, Cuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2009, pp. 139-147.

*Juan Corona, asesino en serie norteamericano que, en 1971, mató, en el plazo de seis semanas, a 25 trabajadores inmigrantes. (N. de la t.)

sábado, 9 de enero de 2010

LA PINTURA ENTRADA LIBRE, Marie Sellier


El azul del cielo

Un cielo claro, un hermoso cielo de un azul transparente

a mitad del cual reposa a sus anchas una gran nube de algodón.

El paisaje tiene un aire muy real a la luz de la mañana:

es calmado y suave, con un aire tranquilo.., o más bien falsamente tranquilo, pues ¿qué hace ahí esa gigantesca copa de champán?

¡Misterio! Magritte adoraba crear imágenes desconcertantes que asociaban el paisaje y sus objetos invirtiendo las proporciones.

Cada cuadro suyo es un enigma, una especie de sueño despierto

que nos hace reflexionar sobre la realidad.




El artista belga René Magritte (1 898-1967) pintó La cuerda sensible en 1960. En la vida diaria, Magritte era un hombre muy tranquilo. Pero en su pintura era, como sus amigos surrealistas, un provocador incansable, que amaba jugar con la realidad y salpicada con una pizca de humor.



MARIE SELLIER, La pintura entrada libre, Editorial SM, Madrid, 2008, pp.6-7.



http://catalogo.grupo-sm.com/ficha.asp?IDInterno=ES118998&Fuente=2