lunes, 17 de enero de 2011

SMITH-CORONA, Ángel Olgoso

SMITH-CORONA


Fabrice había comprado la novela el viernes en Spallanzoni llevado por el deseo de diluir el tedio de un fin de semana sin su mujer y atraído por la brillante e irreal portada del libro, una pequeña rama de coral en el fondo de una pecera.
La tarde del sábado, tras clasificar unos trabajos de la universidad desprovistos de interés, comenzó su lectura. En un sillón algo desfondado, pero cómodo, bajo la luz de la lámpara, Fabrice leyó primeramente la breve nota de la contraportada, en la que se indicaba que el autor era un excéntrico que deseaba permanecer en el anonimato, con la salvedad del hecho de que todos sus libros habían sido escritos con una antigua máquina Smith-Corona. Después paseó sus ojos sobre las primeras líneas de la primera página y sintió un sobresalto: el personaje principal tenía su mismo nombre, Fabrice. Siguió leyendo. La inquietud le hizo titubear de nuevo cuando, al final del primer párrafo, el personaje adquiere un libro en la librería Spallanzoni sin más motivo que su atractiva portada. Es perfectamente lícito, se dijo Fabrice, evitando abrigar algún recelo contra el azar y sus diabólicas jugadas. Pero a medida que se sucedían las páginas, la ilusión novelesca lo iba asiendo, lo arrastraba en dirección a su propia realidad, le iba mostrando afinidades que escapaban a la mera casualidad: diálogos, imágenes, ademanes, inflexiones de voz, seres que él conocía o recordaba.
Sintió estupor, miedo y curiosidad. Sintió que esas páginas rastreaban los lazos que lo untan a su vida anterior, que el futuro maduraba en las capas profundas del presente, un presente que él leía y vivía al mismo tiempo. En el capítulo segundo comprobó que la mujer del personaje se llamaba Babelle, como su esposa, incluso había sido educada por las monjas de Saint-Etienne. Ahí estaban también, en sucesivos capítulos de la misteriosa novela, sus compañeros de la universidad reunidos en claustro, a los que veía perfectamente, como veía el bungalow de la Costa Azul en el que Fabrice se encerró durante dos días con Sara Odile, con sus cosquillas, su pelo oscuro y larguísimo y su rabiosa docilidad. Sin solución de continuidad, el texto describía asimismo su música preferida, la áurea acumulación de sonoridades de El Rey Arturo de Purcell; el dossier sobre el Taller de Literatura Potencial en el que Fabrice trabajaba por afición; y el macerado y elegante saborcillo del Old Fashioned, ese cóctel de bourbon y soda en el que acostumbraba a disolver un poco de azúcar con angostura.
El capítulo sexto narraba la llegada de Babelle a una gran casa en las afueras de París. Allí era recibida por un hombre que Fabrice no conocía, bello, sofisticado y de alta extracción, impregnado de un aire libertino que extrañamente no le hacía perder la compostura. Cuando, en el piso superior, el desconocido acercó su cuerpo al de Babelle y corrió la lumbre entre los labios de los dos, Fabrice se sintió mal. La proporción, la expresión del relato, los colores, los sonidos se entrelazaban en un funesto arpegio que no debiera residir sino en la imaginación pero que, no obstante, empezaba a transformarse para Fabrice en algo más real que iba atrapándolo, desligándolo concienzudamente de sí mismo. Quiso cerrar el libro. No pudo porque no tenía ningún libro entre las manos. Era sólo un personaje intemporal al volante de un coche que viajaba en dirección a la gran casa de las afueras de París. Fabrice dejó el automóvil en la encrucijada y atravesó con determinación el jardín, levantando las hojas secas a su paso. Obraba maquinalmente. Subió las escaleras y, con cada vaivén, la mano derecha tozaba un sólido bulto bajo la chaqueta. Lo veía todo a través de una pantalla dorada y vacía: vio a los dos, semidesnudos, en el saloncito del piso superior, se vio a sí mismo extraer la pistola y apuntar contra el desconocido. Pese a que la bala le había atravesado la cadera, el hombre se revolvió con rapidez, lanzándose contra Fabrice y arrastrándolo, sin que éste reaccionara lo más mínimo, hasta la pecera del rincón, donde le mantuvo la cabeza hundida largo rato. Fabrice no sentía nada. No tenía conciencia objetiva de su mortal situación. No le preocupaba la respiración, ni el agua que le ascendía a borbotones por la nariz y por la boca, no temía a la muerte que, sin él saberlo, ya lo había hecho suyo. Con los ojos muy abiertos, permanecía indiferente a todo menos a una pequeña rama de coral en el fondo de la pecera.

ÁNGEL OLGOSO, Los líquenes del sueño, Tropo Editores, Zaragoza, 2010, pp.21-23.


2 comentarios:

raquel dijo...

Me recuerda a "Continuidad de los parques" de Cortázar, pero a la inversa: aquí el protagonista se dirige hacia los demás personajes, en lugar de que estos se acerquen hasta el sillón donde está leyendo.

A lo que me he acercado yo con el relato es a la pecera que contiene a Purcell y la voz de Scholl.

Francisco dijo...

Es cierto que comparte ese patrón con el relato de Cortázar. Pensé asociarlos mediante la etiqueta INTERTEXTUALIDAD.
Purcell merece un acercamiento en cualquier interpretación. Scholl es excelente.


Francisco