martes, 8 de febrero de 2011

LA MAR SE YESA, Hipólito G. Navarro

LA MAR SE YESA

Se levanta el telón.
Sobre el pelo, abundantes cenizas de los cuatro incendios más cercanos; en la pupila, reclamos de tiendas todo a un euro, arena, destartalados vehículos a reventar de sandías...
Chaparrones de engorros de verano, estorbosos de verdad, se le ocurren a Eugenio apenas comenzar sus vacaciones, un instante después de haber dicho adiós de forma apresurada a los colegas de la oficina. Sin embargo, de entre todos los engorros imaginables uno destaca sobremanera en la cabeza de Eugenio, tanto que acaba por convertirse en toda una premonición. La llamada de Elena cuatro horas antes de que en efecto dieran comienzo las vacaciones le hace pensar en un engorro verdaderamente original.
Elena ha sido escueta: hazme el favor de salir un poco antes, Eugenio; estamos en urgencias del hospital universitario, aparca por detrás. Nada grave no obstante. La rabia es que ha sido bien tonta la caída del muchacho en el último tramo de escaleras, cuando cargaba con demasiadas bolsas y maletas.
Eugenio llega justo a tiempo. El traumatólogo de zona, tras consultar las radiografías encargadas al efecto, y sin mirar al paciente, sonríe a la enfermera, a todas luces su compinche. A ver, señorita, que dicto el veredicto, que lanzo el diagnóstico, el semanagnóstico, el mesagnóstico en realidad: lo que ustedes en el fondo estaban sospechando: su hijo tiene la muñeca rota, debe llevar férula hasta el codo sujeta en cabestrillo durante al menos un mes.
Juega pues el muchacho en la playa sin acercarse siquiera al rompeolas, protegida la depresión bajo sombrilla. Sin edad para leer a los clásicos, rascacielos, enteras urbanizaciones de arena va teniendo tiempo de construir. Elena y Eugenio ayudan con el trasiego de cubos de agua. Etcétera.
Pero lo que se dice el engorro no llega hasta el día que hace veintisiete, a cuatro de quitar el mapa de firmas y dibujos, cuando el chico ya no aguanta más. Nadar así, con ese lastre, produce un escoramiento lateral de mil demonios; hasta las medusas se sorprenden de esa técnica recién inaugurada. Las algas enredadas en lo que fue escayola impiden contemplar el deterioro, pero pueden Eugenio y Elena asegurar, este antepenúltimo día de descanso, que su muchacho ha dejado en el agua la parte gorda, estructural, de la férula; lo que sujeta ahora al brazo y a la muñeca que resulta de su lógica prolongación es una malla deshilachada, un envoltorio inútil de porquería, un gigantesco engorro de verano.
En justa compensación les viene entonces raudo casi sin pensar, el título de la película.


HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, pp. 389-390.

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