jueves, 31 de marzo de 2011

[YA NO TIENES PADRE, NI MADRE, NI MEMORIA.], Andrés Barba & Pablo Angulo

LIBRO PRIMERO [ 2 ]

Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria. Nadie te ha mentido. No han pasado por ti las largas horas del aburrimiento infantil, ni el rencor, ni la cebada de las vísperas, ni el poder. No ha habido juez, ni mujer que haya amanecido a tu lado oliendo a sueño. No has estado allí, donde creíste sufrir. Esas cosas tuyas que con tanto afán has alimentado y vestido no las reconoces ya, ni esas cosechas. No te ha requerido nadie para ser consolado ni has buscado tú a nadie ya nunca. No percibes la alegría de los cuerpos, ni su tristeza. Ni la enfermedad. Ni la carga. Ni el ansia. Ni los cráneos minúsculos de los pájaros, ni los fluidos. La cucaracha murió al borde del fregadero encogida de veneno en polvo. Murieron las hormigas y el perro. ¿Lo recuerdas? Di. ¿Lo recuerdas? Murió la tarde y la pequeña de los vecinos de una pena redonda en el estómago amarilla y risueña de sedantes, como el amanecer de un teatro, y tu hermano murió, y las manchas de la servilleta murieron y el placer de la arena caliente de la playa y las cerillas murieron también. Ya nunca has estado allí donde se echan al fuego los excrementos olorosos de las vacas, ni has acariciado más nada. Tampoco eso es cierto: ni siquiera has dudado. Aquella tarde no te sentaste en aquella puerta. Aquel sol no era verdad. Aquellos labios no eran verdad. No te has detenido a despedirte, no has buscado arbitrar el frescor del mundo en las manos de otro, no has aprendido, no has admirado, no has visto, no has danzado, no has hablado, no has alabado en ningún templo, no has reído. Recuerda. Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria.


ANDRÉS BARBA & PABLO ANGULO, Libro de las caídas, Sexto Piso, México, 2008.

miércoles, 30 de marzo de 2011

CUATRO HORAS AL CUBO, Isabel Mellado

CUATRO HORAS AL CUBO

Todo comenzó con un estornudo. Yo por cortesía le dije Jesús, ella me respondió que no me tomara la molestia, que era atea. Nos embalamos de inmediato en un diálogo sobre religión, pasando por obispos muy fecundos, viajes a la India y muchos otros temas que podrían llenar cuatro horas de tren y varios vagones.
Esta vez decidí fingirme un profesor de filosofía y letras. Separado, bien optimista. Amante de los niños, claro. Mis padres vivirían lejos, en Tierra del Fuego al menos, y yo, aunque soñador, sería un tipo muy asertivo.
Cuatro horas de tren no son solo cuatro horas. Es una vida pequeña, cuatro horas al cubo. El marco perfecto para mostrarse encantador, recreándose una personalidad de salón y un currículum como siempre se ha querido tener, y representar el rol del rufián, el seductor, el artista o, en caso de tener mala compañía, el sordomudo de nacimiento. Aquí, con la certeza de no volver a ver a tu interlocutor, sin riesgo de un futuro común (qué falacia eso del futuro común, ¿se referirán a la muerte?), puedes rápidamente saltarte los recovecos habituales llegando al meollo y, con suerte, si hay química de vagón, alcanzar cercanías insospechadas. No hay como una buena conversación en tren. Te responden. Yo la practico dos veces por mes desde que me peleé con mi psicoanalista. Es mucho más barato y más ameno. Eso sí, tengo un precepto igual que el psicoanalista: pase lo que pase, nunca intercambiar ni pelos ni señales, o sea, nada de teléfonos ni intentar rejuntarse nunca. Sin la vertiginosidad sobre rieles, la compresión del tiempo, la libertad de ser lo que no se es y el sedante mantra: Talán chucu chu, talán chucu chu, no volvería a ser lo mismo.
La comunicación en un avión es otra historia. El tiempo pasa volando y la gente es recelosa de su espacio, egoísta, quizá porque en la inseguridad del aire se activan mecanismos de supervivencia. En cambio, en el tren se respiran mejores intenciones, ganas de conversar e incluso de estar de acuerdo. El tren te hace parecer más persona.
He sido mucho, desde astrónomo a sepulturero. Si me toca una mujer bonita, para olerla mejor me hago el ciego. De seguro soy profesor de matemáticas si suben niños. Con las ancianas acostumbro a ser un hipocondríaco y cuando estoy cansado, falto de ideas, trabajar para una ONG es una buena opción. Ya no cometo el error de representar un papel demasiado bien, una personalidad coherente despierta sospechas.
Hay veces que repito, pero le agrego un gato, algún cáncer terminal, un hermano perdedor y una ilusión o un vicio, y soy ya tan dúctil, que al cambiar de interlocutor paso en un segundo de militante vegetariano a histérico experto en tauromaquia, o de viudo reciente a casado igual de reciente, por dar algún ejemplo. Se lo debo a mi psicólogo, si soy algo y también lo contrario, nunca seré un neurótico, o algo por el estilo me dijo.
Intento no caer en tópicos y doy a mis personajes toda la libertad y todos los sentimientos que deseen tomarse, aunque me dejen seco. Luego vuelvo a casa y duermo, duermo hasta que me asimilo.
Tal vez porque teníamos las cortinas cerradas, nadie intentaba entrar a nuestro compartimento y la chavala del estornudo ateo la verdad es que llevaba horas haciendo méritos. Me había convidado de su pan con queso y me inspiraba frases bastante inteligentes, un pasado lleno de becas, amores y amigos. Ella era alegre, fresca, disparatada como un potrillo. Yo estaba de lo más conversador y hasta espontáneo se podría decir. De repente ella me plantó un beso (ahora entiendo la expresión).
El profesor de filosofía y letras que llevaba puesto se quedó dislocado, le dio julepe y salió corriendo dejándome en cueros. Nos quedamos mudos, ya sin frases de marketing. Locuaces se nos pusieron las manos y el cuerpo.
Casi me dan ganas de interrumpir la terapia, no mudar más de piel cada vez que bajo del tren. Especialmente ahora que me cubre tan felizmente los huesos. Ya no se siente de aluminio. Pero llevo tres años en esto. He sido tantos tipos regios, personalidades de fantasías y pasiones y sé que aún estoy a mitad de camino de lograrme...
Me espeluzna la sola idea de bajarme en la estación de siempre, de nuevo tan yo y sin su teléfono. Intento convencerme: mejor seguir siendo muchos tristes que uno solo contento.



DIBUJO: JUAN PABLO SUÁREZ

martes, 29 de marzo de 2011

EL DOMADOR DE FOCAS, Ramón Gómez de la Serna

EL DOMADOR DE FOCAS

Era un muchacho moreno de pelo muy abrillantado que sólo se dedicaba a domar sus focas, dándoles azotitos en las nalgas negras.
Había conseguido de las focas que tocasen la marimba, que fumasen en pipa, que escribiesen a máquina, que hiciesen punto de jersey, que tocasen la guitarra y hasta que cantasen flamenco.
Pero tanto esfuerzo hizo con sus focas, tanto se dedicó a ellas día y noche, que un día apareció arrastrándose por la alfombra convertido en foca.
Fueron a llamar al director del circo y a decirle que había salido una foca de más, pero que no se encontraba al domador por ninguna parte.
El domador de leones hizo de domador de focas aquella noche, y desde entonces el hombre convertido en foca fue la foca prodigio, la foca que dibujaba y que sabía matemáticas, la foca que recibía la primera corvina en el reparto de peces que se hacía entre número y número del largo trabajo.


RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Seis barbas de besugo y otros caprichos, Media Vaca, Valencia, 2007.

ILUSTRACIÓN: DANI CASTILLEJOS

lunes, 28 de marzo de 2011

ABCEDARIO, Antonio Ventura & Noemí Villamuza

El Yoyó es un diábolo miedoso.


ANTONIO VENTURA & NOEMÍ VILLAMUZA, ABCdario, Nórdica Libros, Madrid, 2010.


ANTONIO VENTURA: Greguerías
NOEMÍ VILLAMUZA: Imágenes

domingo, 27 de marzo de 2011

LAS SÁBANAS, Max Aub

LAS SÁBANAS

A la memoria de Jules Romains

Doña Adriana Recaséns Rubio de Santos Martínez (1823-1871) compró a don Juan Aguirre Lemus dos piezas de hilo irlandés —de la casa O'Casey— de cuarenta y dos yardas, para la dote de su hija María, que se casó con don José Ruiz Manterola, el 18 de septiembre de 1846. Salieron ocho juegos, con sus correspondientes fundas de almohadas, que fueron incrustados y bordados por la propia doña Adriana, ayudada por sus tres hijas, Paquita Monllor, su prima, contando con Josefina, su ahijada bizca, un águila con la aguja en la mano.
María Luisa Santos Recaséns de Ruiz guardó las sábanas como oro en paño y, tan pronto como nació su primogénita formó el propósito —que cumplió— de dejárselas intactas, para su futura y legítima coyunda. Efectuóse ésta el 18 de mayo de 1891. El cónyuge. Gastón Mariscal Roble, falleció majareta, tres años después dejando a Adriana rica y con dos hijos —Joaquín y Gastoncito—; el primero (1893-1937) fue fraile; el segundo casó, en 1918, con Mariquita López González. La breve vida matrimonial de la suegra de esta última, no le dio tiempo de gastar los juegos de cama de su abuela que pasaron, íntegros y amarillentos, al ajuar de la nueva pareja, que procreó a Blanca Mariscal López, nacida el 8 de julio de 1921; su padre la trajo a México en 1939, por razones políticas que no son del caso. Blanquita se desposó, en la Profesa, de la capital mexicana, el 19 de septiembre de 1943, con Rodolfo Castellanos Mendieta, coahuilense de muchos posibles. Por un azar (—Lo perdimos todo, todo, todo, en Madrid), las sábanas atravesaron el charco y descansaron en el fondo de un mundo, de los que ya no se pueden gastar, que no cupo en el clóset del piso de la calle de Lucerna —el 26— de donde salió la novia: se quedaron en Veracruz, en casa de un amigo del refugiado, muerto de un infarto, en 1961. Su hija falleció, en Saltillo, el 2 de noviembre de 1987, dejando bien establecida a su hija mayor, Guadalupe Castellanos Mariscal, en la capital mexicana, dueña y señora de unos courts, que heredó, con todas las de la ley, de Mauricio López Muñoz, sinvergüenza simpático, más aficionado a lo de fuera que a lo de casa, de lo ajeno que de lo propio, llegado a oficial mayor de la Secretaría de Fomento en el sexenio 1982-1988. El baúl había pasado a un cuarto de criados de su casa de Zapotanejo, una playa de moda, a veinte minutos de la capital. Para unas recámaras puestas a la antigüita, doña Guadalupe las buscó; no existían sino a retazos, comidas de las ratas.
La señora, gorda, importante e impotente, cargada de nietos, se indignó:
—¿Qué le puede importar a Dios que se gasten de una manera o de otra? ¿Y ahora qué?
Blasón desmoronado: las sábanas famosas, conocidas de oídas por todos.
—Lo que desgasta a las sábanas no es el dormir... ¿Y éstas?
—Murieron vírgenes —dijo Manuel, nieto de buen ver.
—Vírgenes y carcomidas.
—No son las únicas.
—Manolo... (Creyó, sin razón, en una referencia a Águeda Wertheim, una prima seca, con ganas y sin remedio.)
—No se hable más del asunto.
Era demasiado pedir: quince días después, Ruperto Morales Castro, de una rama pobre de la familia, metió el dedo gordo del pie por un agujerillo y estiró. La sábana hizo crac, desgarrándose.
—Lo hiciste adrede.
—¿Adrede?
—Adrede, a estas alturas no me vas a engañar... Por lo menos con los dedos de los pies.
Tema callado, yacente: la sábana de abajo, remendada en el centro con un cuadro grande, con sus orillotas, cicatriz del lienzo.
—¿La voy a tirar?
La economía de la cónyuge le retorcía los mondongos.
—¿No tienes otras?
—¿Y qué? Primero vamos a acabar éstas.
—¿Para qué quieres las que tienes guardadas?
—¿Cuáles? Si no fueras tan poca cosa hubieras exigido las que se quedó Lupe, sin derecho alguno...
Las sábanas de la abuela, de la bisabuela o de quien fuera. Las habían visto una vez —cuando el baúl pasó de Veracruz a Zapotanejo—, amarillas, gruesas, pesadas, rugosas, adornadas, bordadas en relieve A. R. (Ya nadie se llama Adriana, ya nadie —en la familia— se apellida Recaséns.)
—Hilo, como ya no se fabrica.
El dote inmemorial de la familia. De la tatarabuela a la bisabuela, de la bisabuela a la abuela, de la abuela a la madre —fallecida hace, quince años—, de Ruperto, el del dedo gordo del pie en el agujero rasgado.
—Si fueras hombre, no hubieras dejado que se las llevara Lupe. Te correspondían a tí, a ti. Pero tú... Y no digo para nosotros, sino para Ruperta.
La hija única (veintiúníca, decía su hermano Abel), fea y mal casada madre de seis retoños.
—No dices más que tonterías.
—No es ninguna tontería. Esas sábanas debían de ser nuestras.
—Las sábanas Recaséns acabarán en un museo...
—¡Ojalá se las comieran las ratas!
La esposa se levantó furiosa, furiosa se fue a dar un vistazo a los canarios, furiosa se vistió, furiosa salió a la calle, furiosa la atropello un camión, furiosa murió.
Fue una de las últimas referencias. Hubo otras tres, en cinco años:
—Si tuviéramos las sábanas españolas... —recordó María Teresa, una prima que administraba los courts, una espléndida mañana de mayo, en 1992.
—Menos mal que no son las sábanas de hilo irlandés —trajo a colación Carlos, en la cama matrimonial, una madrugada oscura en que Rafaela, su oíslo, soñó estar en el baño y empapó el colchón, en 1997.
—Como las sábanas de la bisabuela —dijo Adriana Martínez de López, al sacar unos calcetines carcomidos, una tarde de octubre de ese mismo año.
Luego se olvidaron del todo.

MAX AUB, La uña, Bruguera, Barcelona, 1977, pp. 145-148.

sábado, 26 de marzo de 2011

[RECONOCES...], Guillaume Apollinaire


GUILLAUME APOLLINAIRE, Caligramas, Cátedra, Letras Universales, Madrid, 1987.

Edición y traducción de J. Ignacio Velázquez.

viernes, 25 de marzo de 2011

SEVILLA ESTE, Pablo García Casado

SEVILLA ESTE

Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica entre lágrimas, perdónanos, Señor, perdónanos.


PABLO GARCÍA CASADO, Dinero, DVD, Barcelona, 2007, página 46.

jueves, 24 de marzo de 2011

EL FIN DE LA EXCURSIÓN, Antonio Fernández Molina

EL FIN DE LA EXCURSIÓN

Los excursionistas gozaban del paisaje. Lucía el sol y la temperatura era templada. Algunos pastaban en el prado. En medio de ellos había un hombre junto a una maleta abierta y vacía.
—¿Por qué no cierra la maleta? —le preguntó un excursionista, entrometido.
El hombre no le hizo çaso, pero el excursionista volvió a insistir una vez y otra.
Al final, haciendo un gesto decisivo, aquel hombre la cerró de golpe. Al mismo tiempo la luz se fue de repente, los excursionistas se quedaron a oscuras y muy pronto empezaron a notar cómo les faltaba el aire.

miércoles, 23 de marzo de 2011

EL QUE NO TIENE NOMBRE, Fermín Petri Pardo

EL QUE NO TIENE NOMBRE

Yo soy el que todo lo ve, el que todo lo sabe, el que todo lo dice.
Yo vi a Dios hacer el mundo y hacer al hombre. Y después vi al hombre hacer su primera fogata, su primera ciudad, su primera guerra.
He conocido a los profetas. He visto nacer y morir a reyes, campesinos, mártires y traidores.
Todo lo que ha ocurrido en la realidad y en los sueños de los hombres, lo he visto y lo he contado.
Yo soy el personaje sin nombre que aparece en todos los libros. El que empieza diciendo: Había una vez...

Fermín Petri Pardo

EDMUNDO VALADÉS, El libro de la imaginación, FCE, México, 1976, pp. 9-10

martes, 22 de marzo de 2011

MARFIL RADIANTE, Henri Cole

MARFIL RADIANTE


Tras la muerte de mi padre me encerré
en mi habitación, aburrido, como un animal.
El reloj de viaje, la botella de Johnnie Walker,
los coloridos tulipanes: todo tenía su cara,
casta y sombría. La nieve y la lluvia batían el aire
blanca, loca, profusamente. Nada salía
de mí excepto pura sensibilidad, extrema.
Era como si no hubiera nacido aún —sin habla,
truculento, puro— con fuertes brazos de marfil
extendidos hacia un espacio oscuro y atestado,
iluminado como una caja de plata perforada
o una pequeña habitación, en la que cigarrillos encendidos
fueran y vinieran, como almas perdiendo su magnitud,
pero ninguno con la mano ajada que yo conocía.



RADIANT IVORY

After the death of my father, I locked
myself in my room, bored and animal-like.
The travel clock, the Johnnie Waiker bottle,
the parrot tulips—everything possessed his face,
chaste and obscure. Snow and rain battered the air
white, insane, slathery. Nothing poured
out of me except sensibility, dilated.
It was as if I were sub-born—preverbal,
truculent, pure—with hard ivory arms
reaching out into a dark and crowded space,
illuminated like a perforated silver box
or a little room in which glowing cigarettes
camne and went, like souls losing magnitude,
but none with the battered hand I knew.


HENRI COLE, La apariencia de las cosas. Antología poética, Quálea, Torrelavega, 2008, páginas 60-61.

Traductor: Eduardo López Truco

lunes, 21 de marzo de 2011

CHIRIMOYA PROVISIONAL, QUIERO SUPONER , Hipólito G. Havarro & Philip Waechter

CHIRIMOYA PROVISIONAL, QUIERO SUPONER

(Siete viñetas del autor recién parido)


1

Estoy hasta las narices, incapaz de dominar a un renacuajo de diecinueve meses que es mi hijo, cuando suena el aparato. La voz se oye tan clara no porque la compañía de teléfonos esté a la última en tecnología, sino porque la distancia a cubrir por esa voz es mínima y cuesta abajo: llaman mis vecinos de arriba, invitando a un café y a un gato. Vale, digo, y lo planteo a mi mujer entre los gritos del niño (mi mujer sin ningún ánimo de posesión o cosa por el estilo, mi mujer por puro formalismo; mi compañera vamos a decir). Ella ve un cielo abierto, sospecho, y me convence: prefiere quedarse sola para ducha y relajos varios, mientras nosotros (el llanto, el niño y yo) echamos el café con los vecinos. La promesa del gatito ha frenado la argumentación lacrimógena, convirtiendo los últimos hipidos en interesantes amagos de un mini mini aprendido sabe Dios si en casa de los abuelos.
Y subimos.
Mi vecino de arriba, por pura casualidad, se llama Óscar; por casualidad también escribe cuentos, y su compañera casualmente se llama Verónica, y por las vacaciones de un hermano están al cargo, como quien dice, de una gata atigrada en unos negros y grises muy similares a los de ciertas tapicerías de algunos taxis, o viceversa. Ya no hay niño; es decir, entran en íntima comunicación gata y niño.
Yo prefiero un colacao y alfajores, con lo que queda más que indicada la naturaleza de las vacaciones del hermano, casualmente César. Verónica y Óscar toman café y mi hijo ni se entera de que le meto entre pecho y espalda un tarrito de frutas de los grandes en menos de diez minutos, cuando lo habitual es invertir poco menos que una hora acompañada de fuerte parafernalia mímica y acústica.
Una vez el enano bien comido y entregado a los juegos con la gata, puedo deleitarme en un sillón con un ducados y la voz de Óscar leyendo sus últimos relatos, placer inmenso difícil de explicar a quien carezca de heredero en fase o numerito del nacimiento canino o premolar, que ya pierde uno la cuenta.
Los relatos de Óscar son buenos (muy buenos, por qué voy a esconderlo), y jodidos, porque cada día escribo menos y constato con terror que de últimas soy incapaz de casar más de tres frases seguidas. Se lo digo.
Pero no escucho la respuesta (ha pasado el tiempo y la gata es ya un juguete gastado, otro).
Bajamos a casa.
Mi compañera está relajada en el sofá, me mira y me comenta: te podías haber quedado más rato. También verdad, digo. Miradas como eso pequeñito que venden en las ferreterías, pun pun cuando se clavan.
2

Leo en el autobús. No me queda otro remedio.
Puedo coger el 11 o el 12, los dos me llevan al centro, que es final de trayecto, a diez minutos andando de mi trabajo. Para el regreso tengo también la fortuna de escoger entre el 11 o el 12, pues llegan por un mismo recorrido hasta mi barrio, para un poco más lejos bifurcarse sus caminos.
Estoy ya tan acostumbrado a estas vibrolecturas, como he dado en llamarlas, que puede considerárseme un experto, de tal manera que soy capaz de hacerlo incluso de pie, sujetándome con la mano izquierda en una barra que comúnmente está anclada al techo y sirve además como argumento para algunos chistes, y con la derecha sosteniendo el libro a una distancia de mis ojos siempre igual y constante, merced a un inconsciente mecanismo de flexión de mis extremidades que intuyo harto complicado como para detenerme a explicarlo ahora. (No obstante esta gracia o facilidad, prefiero hacerlo sentado, a ser posible en la parte trasera del autobús, donde hay menos ojos curioseando o simplemente dejando posar como quien no quiere la cosa una distraída y quisquillosa mirada sobre mi nuca.)
Quiero apuntar también aquí que no sólo avalan mi enorgullecimiento estos aspectos puramente físicos o mecánicos del asunto, sino además, y lo que es más importante, una justeza en la medida de los tiempos de que dispongo ciertamente asombrosa (me ayudan, para hacer honor a la verdad, unas cuidadas selecciones previas de los libros: por lo común, libros de relatos cortos, o, en su defecto, novelas o ensayos bien estructurados en capítulos y subcapítulos. Hasta ahí, que yo recuerde en diecinueve meses y dos días que tiene mi chico —antes leía en casa, claro está—, siempre ha coincidido el punto final de un relato o un capítulo con mi final de trayecto.
La razón de esta simultánea desembocadura se me escapa, debe de estar más o menos escondida en determinados acelerones o frenadas del conductor del autobús o de la velocidad al leer, aunque tampoco es malo ni descartable este persistente binomio de moscas detrás de las orejas: en una, la inevitable lectura en diagonal a que obligan ciertos textos; en la otra, lo contemporáneo, mea culpa, podría decir. Lo cierto es que en más de una ocasión, cuando un capítulo era excesivamente largo o un relato cubría su peripecia en apenas un par de páginas), supuestos inviables ambos para llegar al final común del punto y la parada, aun así se ha cumplido la norma con total exactitud. Es de tal naturaleza la simbiosis que se establece entre mi proceso lector y la actividad digamos circulatoria del chófer, que algunos días levanto con disimulo la mirada de la página y espío secretamente los movimientos del conductor, intentando adivinar si en ellos está quizá la intención de establecer un paralelismo con el movimiento de mis ojos sobre las líneas. Yo mismo me sonrío enseguida de semejante memez.
Hoy, sin embargo, a la vuelta del trabajo el libro de relatos de C con el que llevo unos días me la ha jugado buena. Se me pasaron tres paradas.
Luego he tenido que volver andando y he llegado a las tantas, puteando y echando pestes de los cuentos de C, que son muy buenos (buenísimos, para que esconderlo), y por eso mismo y por lo que me toca, he decidido dejar su libro en los estantes para otra ocasión mejor y dedicarme ahora a mirar por la ventanilla del autobús las tantísimas vidas que pasan por las calles, que son muchas.
3

Otro día la que está hasta las narices de la imposible rutina infantil es mi compañera (por no decir mi mujer, mi santa), que casualmente se llama Juana.
El niño, en una enumeración rápida, le ha vomitado la papilla de cereales encima, ha roto el cenicero azul del viaje a Portugal, se le ha visto hacer bastante fuerza en un pañal recién cambiado y huele otra, y ahora señala la lata de sprite donde están los bolígrafos diciendo coche coche coche.
—El coche que te lo pinte tu padre, niño, que me tienes harta.
Ésta es una frase tipo, o sea, clásica ya a estas alturas.
Entonces yo le pinto coches, aviones y perros, mientras imagino los cuentos que podría escribir. Hay uno que se me repite siempre, que contaría la historia de un tipo al que le pongo Diajara, un nombre por lo menos curioso, y al que invariablemente —sequía imaginativa con visos de amplitud de Gobi y Sáhara, los dos juntos— coloco de policía, si acaso para disimular alguna vez de fontanero. Resuelve un caso o dos, no sé de qué naturaleza, si unos asesinatos o un atasco de bajantes, pero los resuelve bien, como los resolvería cualquiera de los Diajara que en el mundo existan. Y así, pintando coches y helicópteros, imagino estas historias de Diajara que casi nunca escribo y que podrían ser regularcillas (o buenas, qué demonios) de tal manera enfrascado en los dibujos y las imaginaciones que apenas me roza el comentario de Juana diciendo ¿cuándo cogerá este niño un libro y nos dejará tranquilos dos horas seguidas?
Es un comentario muy pasado de rosca, porque dos horas son, echando las cuentas por lo bajo, por lo menos ciento veinte minutos, que ya es hablar por hablar, querida.
4

Está también lo de la tertulia de los jueves. ¡Qué vergüenza!
Llevaba yo de prepadre mi carpeta bien hinchada de folios y la voz en pictolines, las diversas vanidades y los talentos como en salmuera, que daba gusto. De viernes a miércoles trajinando argumentos a mansalva, cualquier cosa servía para un relato; lo suyo era cumplir con los deberes, subir nota a ser posible. Ahora si acaso me presento un jueves de cada siete, como para bulto, acarreando papeles ajenos, lecturas que me gustaron.
Lo más curioso es que cada noche de esos jueves, de regreso en la rutina propia de padre primerizo, me hago firmes propósitos de volver a la aventura de los cuentos y llevar a los amigos cosas nuevas. Insisto en la idea un par de días más todavía, confesaría yo que incluso llegando al domingo me atrevo con un folio en blanco que al final es pasto inevitable de la euforia de rotuladores de mi hijo. Y ya para el lunes estoy empantanado de nuevo en las faenas laborales y domésticas insoslayables y me acuerdo de tarde en tarde de los Diajara.
Sufro, qué carajo. Y me avergüenzo cuando en estos diecinueve meses largos me piden papeles o me llaman a lecturas y promociono las ruinas de lo que ya fue publicado, sintiendo con terror que aquellos cuentos que pudieran ser buen comienzo se queden huérfanos de posteriores y resulten meros accidentes, flautas que sonaron para en definitiva el asno (el burro, dejándome de leches y finuras).
En otros momentos me animan cartas de compinches, empujones de contertulios, los buenísimos cuentos de C, la mirada traviesa y dulcísima de mi hijo, el cuerpo como a hurtadillas de su madre, y la puñetera lata de esprite, a reventar de lápices y bolígrafos. Ahora mismo falta uno en la lata. Es miércoles.
5

Para provocarle ensoñaciones o encantamientos es un ángel. Deben provocarle ensoñaciones o encantamientos el tejemaneje con el destornillador y los serruchos. Es un niño despierto sin embargo, porque al embobamiento vegetal de su observación le siguen después las imitaciones: con sus pequeñas manos gira invisibles herramientas y sabe también construir con su voz tan nueva y virgen los secos golpes de martillo empujando las maderas.
Esto tiene mucho peligro, hijo, le digo, así de estilístico me pongo, enseñándole las sierras, y parece que comprende; no parece, comprende.
Así que invertimos (los dos, él me ayuda, me entorpece) un día entero en montar los nuevos estantes para los libros.
He aquí el resultado: hemos cortado tablas, medido baldas, clavado puntillas, atornillado tornillos, y finalmente hemos clasificado los tomos: narrativa rusa, alemana, francesa, italiana..., los suramericanos unidos, la española en seis estantes centrales (el de los molinos hemos medido mal y tiene que acostarse, una versión de bolsillo sin Dorés cabe justita); los poetas todos juntos, ignorando épocas y nacionalidad, confundidas sus voces en el desorden de mi oceánica laguna; una tabla de madera más hermosa, con espléndidos nudos elípticos más oscuros, en exclusiva para Julio, Rayuela tres veces repetida y los cronopios por lo menos diez, dejando solo un pequeño hueco de privilegio para los cuentos de Bábel, de Beckett y Mrozek; algunos bastantes espacios vacíos provisionales esperando devolución de me temo ya irrecuperables; el hueco difícil de M, primer autor, sin dibujos despistado en una lejanísima mudanza; más arriba los ensayos y misceláneas, cuatro estantes para la botánica de Juana, las matemáticas del bachiller y media carrera, y coronando, los doce tomos encuadernados en piel de los tebeos del Jabato, con Fideo de Mileto haciendo de las suyas.
(La pucha, el entero K recién ahora lo vemos muerto de risa en el sofá, habrá que reordenarlo todo porque de tan previsto se quedó al final olvidado y sin sitio.)
Éste es el cuadro que pintó Monterroso en Lo demás es silencio: el autor sentado frente a los estantes repletos de libros, el autor extasiado ante esos objetos inmóviles buscando la inspiración. Patético. (Y además el bricolaje, esa ocupación.) Pero entra de nuevo mi hijo, sonríe señalando los estantes, me mira y dice, con un tono de voz que sólo entienden los padres: Pa-.
6

Bien es cierto que he dejado de leer desde hace unos días, desde que tuve que bajarme tres paradas más allá de la que era, pero no por eso dejo de echar en el bolsillo las cartas que me llegan para leerlas en la comodidad multitudinaria del autobús, antes de empezar la jornada de trabajo. Ya no las leo nunca en casa, aunque tenga oportunidad; cada día me gusta más saborear las amistades epistolares en el autobús, como si fuese al encuentro de quien me escribe y no a una faena también rutinaria y con subjefe de subsección y jefe de subsección y jefe de sección y un etcétera bien largo.
La de ayer venía en sobre acolchado desde Barcelona y no es nada fea la letra de Mercé. Además de los cariños, los ánimos, los comentarios a las fotografías del viaje (cosas nuestras que a nadie van a interesar pero las pongo aquí porque me place), además me envía un regalito: casualmente un libro de relatos cortísimos de un escritor que por pura casualidad se apellida T, una portada en verde con dos gallos subidos en un sofá.
El estilo, como ya se me advierte, es seco como la yesca, pero vaya tela con los relatos, lo que se puede hacer con un bolígrafo y un papel y puede que con los hijos ya criados. Vértigo me da pensarlo.
El caso es que a lo que iba: que Juana se lleva al niño para dar un paseo y me da la oportunidad de leerme a T de una sentada en el sofá, como los gallos de la portada, y no en el autobús. Eso fue ayer, ya lo he dicho. Me burbujean las manos desde entonces.
7

Y hoy el niño nos da la de arena: ha vomitado dos veces, se ha partido el labio contra el suelo, tuvo un escape considerable del pañal con la consiguiente mancha ocre en unos pantalones de estreno y a última hora ha aparecido la fiebre (ayer cogió frío en el paseo) y se ha dormido de puro agotamiento, luego de dos horas largas de llanto (muchísimo más de ciento veinte minutos, echando las cuentas por lo bajo). Por mi parte, tuve un principio de bronca con uno de mis subjefes —son los peores—por la mañana en el trabajo y luego se me pasó otra vez la parada del autobús (no leía, pero ayudado por Diajara asaba a mi subjefe en un perol de aceite fuego muy lento; era muy pequeñito, como liliputiense, no sé estas ideas yo...). Juana ha tenido que acostarse con el niño, sin cenar, con un dolor de cabeza de esos que ella, para animarme quiero creer, llama jaqueca. Un día completo, en resumen.
Así que yo paso de hacerme ahora nada en la cocina y en plan masoquista cojo de una bandeja una chirimoya, una fruta que me revienta por la cantidad de huesos que necesita dentro para construir esa forma suya tan llamativa. He preferido siempre una naranja, un plátano, algo menos complicado. Pues hete aquí mi sorpresa: la corto y me ofrece abundante pulpa blanquísima, deliciosa, y un total —para quedarse pasmado— de siete huesos únicamente. Sólo siete, cuando ayer a una del mismo paquete le conté treinta y ocho, uno detrás de otro, treinta y ocho. Y pienso: con que poquísima materia consistente, sólida, dura, ha construido esta fruta su mundo, su planeta, su oblonga tensión; increíble, siete únicos huesos para hacerse entera su historia, su rotundo argumento, la pucha.
Y con la tontería de ese pensamiento en vilo termino de comerme la chirimoya, me levanto, tomo papel y me pongo a escribir un cuento (pág. 226), yo, que casualmente no me llamo C.


HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, pp. 345-354.
PHILLIP WAECHTER, Días de hijo, Lóguez, Salamanca, 2010.

domingo, 20 de marzo de 2011

[—HAY DERECHO...], Quino

—¿Hay derecho?... ¡Si en cualquier libro de Gabriel García Márquez se incendia el agua, o las cebollas se transforman en mariposas, eso es "Realismo Mágico": Aquí, se quema una omelette, o aparecen moscas en la comida, eso es "Está despedido, imbécil"!!!


sábado, 19 de marzo de 2011

QUÉ VIDA, Isla Correyero

QUÉ VIDA

Tan fríamente mi amor aquella noche
me dijiste inmóvil que la pasión se te pasó
que parecía que no te estuvieses
refiriendo a ti y a mí.
Unas horas más tarde (los verdugos inventan sus motivaciones)
me hiciste una humillante descripción
del cuerpo y mis dificultades
físicas y psíquicas
instándome a enamorarme de otro
que cambiase mi metabolismo
que qué espectáculo de desnudez moral
casi furiosa
por fin vi en ti
y algo o alguien puso en tu boca vocablos
de vulgar medicina
para que de esa vez te brotara
tanta sabiduría impúdica
de médico vidente naturópata antimalaspresencias
curandero ocultista.
Y exorcista también —cómo no—
para echar de mí o sobre mí
esa gran polución de puta y caridad para las putas
sepulcros del placer
sobre un burdel de nardos: mi cama japonesa aún oliendo a ti
a tu glorioso montón de austeridad.
Y expulsaste de mí todos los dulces demonios
del amor excesivo que te tuve: la alternancia
de salud y pasión
infierno y paraíso.
la renuncia y la vida.

Si es que esto sin ti
es la vida.

ISLA CORREYERO, Amor tirano, DVD, Barcelona, 2003, pp. 46-47.

viernes, 18 de marzo de 2011

ELOGIO DE LA POESÍA, Yevgeni Yevtushenko

ELOGIO DE LA POESÍA


La poesía era, es y será para siempre, inesperada, como una misma imagen de la niña inocente y la bruja divina cansada de su propia sabiduría. La poesía entra con un tímido coraje en las cárceles, en los parlamentos, en los hospitales; en todos los lugares donde torturan, engañan o simplemente no pueden salvar a la gente. La poesía no promete la salvación, pero no engaña, y si nos tortura, lo hace con los sufrimientos más hermosos.
Hay quien piensa que después de la muerte de los gigantes de la poesía mundial, como Pasternak, Neruda, Eliot, Frost, Montale, la poesía se volvió aburrida, como un parque zoológico donde no hubiera ni leones ni elefantes; sólo jaulas llenas de gatos domésticos y papagayos. Y, como dice el refrán oriental: “Con mil gatos no se puede hacer un león".
Cuando le preguntaron a André Gide quién era el mejor poeta contemporáneo de Francia, él, con una triste mueca, respondió: “Desgraciadamente, Víctor Hugo”.
Yo no considero que ahora en poesía oigamos sólo maullar, pero muy pocas veces los poetas conseguimos rugir como leones. En tiempos de Dante se escribieron kilómetros de versos malos, pero la gran poesía se mide siempre por milímetros.
Hay épocas en que la gente vive esperando al arte. Y esta espera atrae como un imán a la gran poesía del fondo de la Tierra. Pero ahora, lamentablemente, vivimos en un tiempo en que nadie, en ninguna parte, espera nada, excepto desgracias.
Se ha perdido la confianza no sólo en la política, sino también en el arte. Y al escritor, como al médico, le es muy difícil curar a quien no cree en él. Intentamos convertir el arte en industria, de la diversión, pero la poesía es un género que no admite la industrialización y queda como abandonada, huérfana. Está ocurriendo un terrible proceso de destrucción que yo llamo Macdonalización de la cultura.
Si los llamados caballeros del coraje, como Chuck Norris y Silvester Stallone, más por sus atléticos músculos que por sus inteligentes rostros, merecen el favor del público, no sólo en Estados Unidos, sino en Europa, y en cambio, Jean Gabin, Julietta Massina, Francisco Rabal son casi desconocidos, no sólo en Brodway, sino en muchas calles europeas criminalmente broadwayzadas; si en las librerías sólo hay bamburguesas literarias y, no queda poesía rusa, ni española, ni catalana, llegará un tiempo en que el arco iris de la cultura mundial será consumido como si fuera un hot dog.
Hoy en Rusia se hace cola para el pan. Pero sí en Occidente en las tiendas se ofreciera idealismo, puede ser que entre nosotros también apareciera gente empachada de ostras y de trufas, pero sintiéndose famélica espiritualmente.
Lo más terrible de todo esto es que cada vez hay más gente en el mundo que apenas sufre por la ausencia de ideales, ya que precisamente esta ausencia hace su vida cómoda, liberándole de un molesto insomnio.
Algunas estadísticas indican que, el 80% de la humanidad se gana la vida en un trabajo que en realidad no les gusta y el 90% no ha sentido nunca el amor. Si esto es verdad, es espantoso.
Pienso que si se hiciera una encuesta sobre cuánta gente puede sobrevivir perfectamente sin poesía, las cifras serían aun más trágicas. Ignoro si esto significa que la gente no necesita de la poesía o que hay gente patológicamente incapaz de aceptarla. O quizás que hay algo patológico en el amor a la poesía.
Somerset Maugham escribió: “Hay quien cree que el poeta como genio no es una persona normal. No es verdad. El genio es una persona normal, y todos los demás son desviaciones de la norma”.
La poesia es la educacion de la delicadeza en la percepción del mundo. Esta delicadeza es impoible sin ideales. Pero el siglo XX es un asesino de sus propios ideales, es un devorador de sus propios idealistas.
¡Cuántos ideales fueron cruelmente destruidos en nuestro siglo XX, empezando. por el disparo de Sarajevo, que fue una bala contra los ideales del futuro! La Primera Guerra Mundial, el Gulag, el holocausto, la guerra civil española, Hiroshima, Vietnam, Campuchea, Chile, Afganistán, el Ulster del Oriente Próximo, el propio Ulster, y ahora de nuevo Sarajevo, son sólo algunos de los terribles acontecimientos del siglo XX. Este siglo que mató tantos poetas y, a la vez, mató también el interés por la propia poesía.
Ser un gran lector de poesía no es menos que ser un gran poeta. Pero en ambos casos hay un ser,en cierta manera, un Don Quijote. Prontó hasta el caviar se venderá no por gramos, sino granito a granito, y la orgullosa barba del último Don Quijote la venderán pelo a pelo. El idealismo, como el caviar, desgraciadámante, es una delicatesse espiritual.
Un poeta ruso del siglo XIX, Tiutchev, exclamó amargamente:

¡Oh, si las alas vivas del alma,
que planean por encima de la muchedumbre,
nos salvarán por fin
de la violenta vulgaridad inmortal!

Estamos siendo testigos de una conspiración internacional de la vulgaridad, triunfante contra la delicadeza humana.
Pero si la vulgaridad es inevitablemente inmortal, gracias a Dios, también lo es la resistencia contra ella. Y ello porque quien no tiene poesía interior, sin darse cuenta, deja de ser persona, se convierte en una planta, en un animal, en una cosa. El amor a la poesía nace del propio miedo a dejar de ser humano. Así, con todas nuestras autodestrucciones, salvamos a la poesía por propio instinto de conservación.
Una vez, en una de mis otras vidas, estaba yo en un pequeño pueblo colombiano, donde,viven los indios cazadores de cocodrilos. Para ellos, un huésped es una persona sagrada. Cuando salieron a mi encuentro tocaban tambores, se mesaban los cabellos y lloraban a lágrima viva.
—¿Por qué lloráis? pregunté sorprendido.
—Porque luego te irás respondieron los indios.
Cuando me iba también tocaban tambores, pero esta vez bailaban alegremente, haciendo que yo bailara con ellos. Adornaron con lirios blancos su pelo y saltaban como niños por encima de las hogueras.
—¿Por qué estáis tan contentos? les dije.
—Porque tenemos la esperanza de que volverás algún día — me respondieron los indios.
Estos indios no sabían de rimas, ni de metáforas, ni de aliteraciones, pero, por su delicadeza de comprensión de la vida, eran unos grande poetas.
La poesía es delicadeza en la comprensión de la vida. Me parece que si los Gobiernos, en muchos países, no pueden encontrar la llave mágica para resolver sus muchos problemas, ello se debe a que, el pueblo, con esta delicadeza de comprensión delicadamente evita la política Por eso, desgraciadamente, la profesión de gobernar se encuentra en manos resbaladizas, que huelen solamente a vulgaridad.
En los países que en en el pasado. estuvieron aplastados por la dictadura, la democracia de hoy es fatalmente una democracia jorobada. En los países que en el pasado tuvieron la suerte de ignorar qué es la dictadura, la democracia de hoy es una democracia falsamente orgullosa, arrogante. No es la libertad auténtica, sino un espectáculo en el que el papel principal lo tiene una estatua. Pero este espectáculo es peligroso para el edificio del teatro, porque los fuegos de artificio trágicamente se transforman en fuegos verdaderos sobre los techos de la ciudad de Los Ángeles.
La libertad puede convertirse en un espejismo en forma de fuente imaginaria sobre un desierto espiritual. Y todos seremos. culpables de haber creado unos espejismos que prometían agua pura en realidad ofrecen sólo fangos.
En Siberia vive una de las etnias más pequeñas que existen, los yukagirs. No son más allá de 500 personas. Las leyendas dicen que los yukagirs en algún momento fueron centenares de miles pero gradualmente se fueron extinguiendo.
Tenían una costumbre muy rara: antes de matar a un animal, se arrodillaban pidiéndole perdón por tener que hacerlo. Los animales, naturalmente, no esperaban a las flechas ni a las balas y huían. Por eso los yukagirs casi desaparecieron.
He aquí cuán cruel es a veces el precio de la delicadeza humana. Pero esta situación tiene otra lectura: puede ser que precisamente gracias a los yukagirs la fauna en Siberia sobrevivió, y, gracias a ello, dio la posibilidad de sobrevivir a la gente, incluyendo a los yukagirs.
Thomas Mann, en su correspondencia con Freud, le preguntó: ¿No cree el gran psiquiatra que la genial delicadeza del alma de Dostoievski se explica por su epilepsia, que, como un relámpago, inesperadamente ilumina los rincones más oscuros de la psicología humana? A esto Freud respondió de una manera nada freudiana. Consideraba que el relámpago no era la epilepsia, sino la propia genialidad de Dostoievski. Lo que de insondable, y terrible veía Dostoievski en la gente gracias a su genialidad era la causa de su epilepsia y no al revés. Tal delicadeza de comprensión de la vida permitió a Dostoievski ver proféticamente, en su novela, Los demonios, el terror de los gulags de Stalin, el Polpot en Campuchea y el terror de las Brigadas Rojas en Japón, Italia y Alemania.
Carlyle dijo en su Historia de la Revolución Francesa: “Las revoluciones las preparan los utopistas, las realizan los fanáticos y al final sacan provecho los sinvergüenzas”. Si esto es verdad, es terrible. Pero, ¿qué podemos hacer? ¿Para qué entonces levantarse contra la injusticia si la justicia, al tomar el poder, se convertirá otra vez en otra injusticia?
Encontrar respuesta a esta maldita pregunta, romper el círculo vicioso de ilusiones y crímenes sólo puede hacerlo la delicadeza de comprensión de la vida. Y esta delicadeza se educa precisamente con la poesía.
No puedo creer cuando alguien dice: “soy admirador de la poesía, pero a mí me gustan las novelas, y en cambio, la poesía no la entiendo”. Estoy seguro de que ese alguien tampoco entiende la prosa, porque busca solamente el contenido, perdiendo el orden mágico de las palabras que siempre está presente en la gran prosa. La música es parte principal del contenido de un poema o de una novela. Un lector auténtico abre cualquier libro como si fuera un jugoso melón, descubriendo su apetitosa pulpa, la belleza de las semillas que, como dorados pececillos, saltan en su interior, y el perfume de su almibarado jugo. Porque el lector no quiere perder ni el sabor, ni el aroma, ni el espectáculo que, juntos, dan sentido a la vida.
Porque aquel en cuya alma viva Lorca, asesinado por la intolerancia, él mismo nunca será intolerante. Aquel en cuya alma viva Pasternak, asfixiado por los burócratas, él mismo nunca será burócrata, y mientras que en el mundo exista, aunque sea sólo una madre que cante a su hijito una canción de cuna, la poesía no morirá a la delicadeza de la comprensión de la vida.


YEVGENI YEVTUSHENKO, Elogio de la poesía, El País, 12 de septiembre de 1992, página 16.

RETRATO: KENT MILES

jueves, 17 de marzo de 2011

DIXESLIA, Manuel Espada

DIXESLIA

Dsede uqe diganosaticron mi dixeslia, mis pardes me enviraon a calse cno una teraeputa uqe etsá buneísima. Llveo dos aoñs ne tratamineto, pero ella aún no sabe que ya estoy curado.


MANUEL ESPADA, Zoom, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2011, página 85.

miércoles, 16 de marzo de 2011

SALSA AGRIDULCE, Juan Gracia Armendáriz

SALSA AGRIDULCE

A Zhan Bingshu, que jamás nos reveló los secretos de la comida china.

Vencida la aprensión que al principio nos produjo el licor de lagarto -el bicho, introducido en la botella como un feto retorcido y escamoso, teñía de color verde el alcohol-, mi compañero y yo bebimos varias tacitas de porcelana de aquel aguardiente que la camarera, con sonrisa oriental y sumisa, nos fue sirviendo durante el resto de la noche. Éramos ya los últimos clientes del restaurante y nos invadía la euforia: brindamos por nuestra amistad eterna. Fue después que poco a poco languideció la conversación hasta acabar en un silencio de jugadores de ajedrez. Habíamos agotado la segunda botella, y la chica, junto al resto del servicio, nos observaba con creciente curiosidad, estudiándonos, sofocando la risa: tan fríos y serios como estábamos uno frente al otro.
Sólo recuerdo que en algún momento impreciso de nuestra vigilante actitud, una mosca vino a posarse en medio del mantel blanco y que ambos, al unísono, la miramos con deseo.


JUAN GRACIA ARMENDÁRIZ, Noticias de la frontera, Libertarias, Madrid, 1994, p. 28.

martes, 15 de marzo de 2011

NIÑOS NO, Raúl Sánchez Quiles

NIÑOS NO

No te gustan los niños, te parecen inmaduros, crueles, fantasiosos, ingenuos y egoístas. Sus juegos los consideras estúpidos; su forma de hablar, errónea, y sus caprichos, intolerables. Sinceramente no es que no te gusten, la verdad es que los odias. Sobre todo a los 25 mocosos de tu clase de Primaria. Tratas de disimularlo, pero crees que tu maestra ya se ha dado cuenta.

RAÚL SÁNCHEZ QUILES, Hiperbreves S.A. (Sólo 175 microrrelatos), Baile del sol, Tenerife, p. 136.

lunes, 14 de marzo de 2011

EL BUEN SAMARITANO, Pablo García Casado

EL BUEN SAMARITANO

Como una pretty woman pero sin cuento de hadas. Sin más Richard Gere que esos hombres que pasan, preguntan precio y luego siguen hacia casas de papa hervida, bata sucia, niños disparando. A veces quisiera parar, llevarla a casa, calentar un poco de caldo y dárselo a beber como a mi hija. Acostarla en su cuarto de muñecas. Otros días me detengo, abro la puerta del coche y digo, ven, aquí, ahora.

PABLO GARCÍA CASADO, Dinero, DVD, Barcelona, 2007, página 50.

domingo, 13 de marzo de 2011

CUMPLEAÑOS, Henri Cole

CUMPLEAÑOS

Cuando era niño, llamábamos castigo
a ser encerrados en un cuarto. La aparente
abdicación de Dios por los asuntos del mundo
parecía imperdonable. Esta mañana,
mientras subo los cinco pisos hasta mi apartamento,
recuerdo la voz airada de mi padre
envuelta en ansiedad y amor. Como siempre,
la posibilidad de un hogar—un sueño, como mucho—
permanece ilusoria. Por eso leo a Platón, para quien el amor
no ha sido profanado. Me tumbo en la alfombra,
como un gusano compastando, y comprendo cosas
sobre las que no tengo ningún conocimiento empírico.
Aunque la puerta esté cerrada, soy libre.
Como un mapa obsoleto, mis fronteras están cambiando.


HENRI COLE, La apariencia de las cosas. Antología poética, Quálea, Torrelavega, 2008, página 87.

sábado, 12 de marzo de 2011

INCENDIOS, Nacho Vegas & Fran Herbello

INCENDIOS

A las 5 entre higueras y pinos
todo está tan tranquilo hoy
pero he ido ocupando su sitio
como un silencioso ejercito.

Y nada ya nos importa, ni los días ni las horas
ni las lagartijas que se han ido
a esconder a algún sitio mejor.

Y dime amor, dime amor
si estás ardiendo
y si es que puedo aliviarte yo.

Y escuché todas esas historias
sobre incendios que acaban bien
recorrí todos esos caminos
que debió recorrer algún día él.

Reelegí uno a uno sus libros
buscando pistas en ellos
y en cada una de sus páginas
he acababa encontrándote.

Y dime amor, dime amor
si estás ardiendo
y si es que puedo aliviarte yo.

Ha refrescado esta noche
y me he puesto su famoso jersey
me concentro en estos días
para ahuyentar los que vendrán después.

Y es mi miedo el de esa lagartija
desprenderse de su cola
y ahora a llegado Lola y dice
que esto ya no es lo que fue.

Me dejas que lea el mapa que ha dejado
el agua hirviendo sobre tu piel

sé que son tiempos duros
pero silba y juro que allá donde quiera
que esté, acudiré

Y ahora, dime amor, dime amor
si estás ardiendo
y si es que puedo aliviarte yo.

Pero dile amor, dile amor,
dile, dile amor, dile amor, dile amor
que el que ahora te alivia soy yo.

NACHO VEGAS, La zona sucia, Marxophone, Madrid, 2010.


FOTOGRAFÍA: Fran Herbello

viernes, 11 de marzo de 2011

EL ÁRBOL DEL VIAJERO [III], Ramón Eder

En toda amistad hay algo de Venus y de Marte.

Hay científicos tan distraídos que no recuerdan ni dónde han dejado la ética.

Habría que saber, por lo menos, una excelente poesía de memoria para recordarla en los abismos.

Sólo llevando una doble vida no se vive a medias.

No ir al teatro es una forma de hacer crítica teatral.

Los mejores cuentos son los que no acaban cuando terminan.

No sé si Dios existe, pero lo cierto es que insiste.

Muchas veces he intentado echar raíces, pero siempre me lo han impedido las alas.

Cultivar el jardín nos mancha las manos, pero nos limpia la mente.

La ironía delata a los cuerdos.

Hay crímenes que modifican el paisaje donde se han cometido.

Se vistió como correspondía a la tentación.

La vida, pronto o tarde, imita a Sófocles.




RAMÓN EDER, El árbol del viajero, Clarín, Oviedo, jul-ago 2010, nº 88, página 22.

jueves, 10 de marzo de 2011

ADAGIO, Ramón Dachs

ADAGIO

vive hoy
el día
fugitivo



RAMÓN DACHS, Poemas mínimos, Plaza y Janés, Barcelona, 1999.

miércoles, 9 de marzo de 2011

EL ÁRBOL DEL VIAJERO [II], Ramón Eder

Nadie olvida la frase con la que fue expulsado del paraíso.

Hay personas tan pedantes que cuando se callan se callan en latín.

Sobre todo, no ser pomposo.

Un libro de aforismos debe ser como una de esas fiestas en las que hay mujeres sensacionales, pero en la que hay una que es inolvidable.

Hay burlas de algunos grandes escritores sobre algún contemporáneo insignificante, tan memorables, que le dan a la víctima una especie de absurda inmortalidad.

Uno de esos amores cortos y delirantes como una gripe.

A la mejor amistad hay que ponerle, de vez en cuando, una tirita.

Las malas noticias siempre llegan en mal momento.

A veces el espejo nos echa un sermón.

Cuando la frase da en el blanco se oye un sonido especial.

Blasfemar es rezar al revés.

Como la montaña no va a Mahoma, Mahoma tiene que ir a la montaña, de ahí el alpinismo y la sensatez.

Hay que ser magnánimo en la victoria, y hasta en la derrota.

Sonreír es vencer la ley de la gravedad.


RAMÓN EDER, El árbol del viajero, Clarín, Oviedo, jul-ago 2010, nº 88, página 22.

martes, 8 de marzo de 2011

[TODOS ATIENDEN...], Luis Carril


Todos atienden
a la fachada gótica.
Nadie al mendigo.



LUIS CARRIL, El musgo que indica el norte, Ediciones Que, Albacete, 2009, página 109.


GRABADO: MARIO REMÓN

lunes, 7 de marzo de 2011

EL ÁRBOL DEL VIAJERO [I], Ramón Eder

Hay que conseguir que el dolor produzca una perla.

Nadie es tan poca cosa que no ocupe exactamente el centro del universo.

La ética no es otra cosa que el egoísmo perfeccionado por la prudencia.

El fin justifica los miedos.

Viajar sale caro, pero no viajar sale carísimo.

A los tímidos no les queda otro remedio que ir de audacia en audacia.

Donde menos te lo piensas salta Afrodita.

Las conversaciones de ascensor son definitivas.

Muchos novelistas son poetas que quieren llegar a fin de mes.

Se estaba derrumbando y quería convertir a sus amigos en albañiles.

No eran felices pero comían perdices, que es el secreto del matrimonio.


RAMÓN EDER, El árbol del viajero, Clarín, Oviedo, jul-ago 2010, nº 88, página 21.

domingo, 6 de marzo de 2011

ME VA A ENCANTAR EL SIGLO XXI, Mark Strand

ME VA A ENCANTAR EL SIGLO XXI

La cena se enfriaba. Los invitados, con la esperanza de los
habituales
encuentros, rápidos, fríos y caprichosos, estaban echados
en los dormitorios, las patatas estaban duras: las alubias,
blandas; la carne…
No había carne, el sol de invierno había vuelto amarillos
los olmos y las casas,
Los ciervos bajaban por la carretera como si fueran
refugiados; en el camino, unos gatos
se calentaban sobre el motor de un automóvil. Luego un
hombre se dio la vuelta
Y me dijo:” aunque amo el pasado, su oscuridad,
su peso que nada nos enseña, su pérdida, su todo
que no pide nada, me va a encantar aún más el siglo XXI,
pues veo en él a alguien en albornoz y zapatillas, con ojos
castaños y pobre,
que camina sobre la nieve sin dejar tras de sí ni siquiera
una huella”.
“ah”, dije mientras me ponía el sombrero, “ah”.


MARK STRAND, Tormenta de uno. Poemas., Visor, Madrid, 2009, página 29.

sábado, 5 de marzo de 2011

EL CHÓFER NUEVO, Enrique Jardiel Poncela

EL CHÓFER NUEVO

Me lo cedió mi tío Hermenegildo, y me lo recomendó de un modo muy expresivo, diciéndome:
—¡Es un chofer único en el globo, créeme! Si dispone de un buen coche, este hombre consigue prodigios enormes, que en un circo le hubiesen hecho rico. Obedéceme y sírvete de él; tú tienes un coche estupendo y te mueres de tedio ¿no es cierto? Pues te juro, querido sobrino, que cediéndote un chofer como Melecio te pongo en condiciones de ser testigo, e incluso intérprete, de emociones inconcebibles, sin precedentes en el mundo de lo locomotivo. Porque como este chofer no existen dos.
Melecio Volodio, el chofer propuesto, que presenció el momento descrito, sonrió entonces con gesto misterioso. Y no bien concluyó mi tío su elogio, el chofer rozó levemente el borde izquierdo de su sombrero frégoli, color crepúsculo griego, se inclinó con un gentil movimiento y murmuró:
—Tómeme el señor, que conozco mi oficio…
Y sin otros incidentes que mereciesen ser escritos, Melecio Volodio quedó elegido chofer de mi «dieciséis cilindros», con cien duros de sueldo.
Doce excursiones, que tuvieron un epílogo tristemente quirúrgico, me convencieron en un solo mes de que como Melecio no existió en el Universo chofer ninguno.
Prescindo, diciendo esto, de su dominio peregrino del motor: Volodio no sólo conservó de continuo en los extremos de sus dedos los secretos de mi «Mercedes», sino que en el tiempo que vivió conmigo domesticó el motor de un modo mirífico, y el coche corrió, frenó y retrocedió obedeciendo como un perrito lulú los gestos de su chofer.
Pero éste mérito resultó pequeño y ridículo enfrente de otros méritos inconcebibles de Melecio Volodio. Uno, sobre todo, me preocupó en extremo, y se convirtió de súbito en obsesión terrible de mis nervios. El mérito en cuestión estribó, señores, en el frío desdén con que Melecio Volodio miró siempre el peligro. ¿Fue el desprecio de los bienes terrenos? ¿Fue un deseo de morir, fruto de desilusiones y de dolores ocultos? ¿Fue, simplemente, heroísmo? ¿O fue el gusto de servirme y el prúrito de divertir, con emociones fuertes, mi vivir tedioso? Lo ignoro; no lo sé… Pero es lo cierto que siempre que el chofer nuevo puso en movimiento el motor de mi coche; ejecutó sorprendentes ejercicios llenos de riesgos y sembró el terror en los sitios por donde metió el coche; destrozó los vidrios de infinitos comercios, derribó postes telefónicos y luminosos, hizo cisco trescientos coches del servicio público, pulverizó los esqueletos de miles de individuos, suprimiéndoles del mundo de los vivos, en oposición con sus evidentes deseos de seguir existiendo; quitó de en medio todo lo que se le puso enfrente; hendió, rompió, deshizo, destruyó; encogió mi espíritu, superexcitó mis nervios; pero me divirtió de un modo indecible, porque Melecio Volodio no fue un chofer, no; fue un «simún» rugiente. ¿Por qué este furor, este estropicio continuo? ¿Por qué, si Volodio dominó el coche como no lo dominó ningún chofer de los que tuve después?
Hice lo posible por conocer el fondo del misterio, y lo logré por fin.
—¡Melecio!— le dije, volviendo de un terrible circuito que produjo horrendos efectos destructores—. Es preciso que expliques lo que ocurre. Muchos infelices, muertos por nuestro coche, piden un desquite… ¡Que yo mire en lo profundo de tus ojos, Melecio Volodio!… Di… ¿Por qué persistes en ese feroz proceder, en ese cruel ejercicio?
Melecio inspeccionó el horizonte, medio sumido en el crepúsculo, y moderó el correr del coche. Luego hizo un gesto triste.
—No soy cruel ni feroz, señor —susurró dulcemente—. Destrozo, destruyo, y rompo, y siembro el terror… de un modo instintivo.
—¡De un modo instintivo! ¡Eres entonces un enfermo, Melecio!
—No, pero me ocurre, señor, que he sido muchísimo tiempo chofer de bomberos. Un chofer de bomberos es siempre el dueño del sitio por donde se mete. Todo el mundo le permite correr, no se le detiene; el sonido estridente e inconfundible del coche de los bomberos, de esos héroes con cinturón, es suficiente, y el chofer de bomberos corre, corre… ¡Qué vértigo divino!
Concluyó diciendo:
—Y mi defecto es que me creo que siempre voy conduciendo el coche de bomberos. Y como esto no es cierto como hoy no soy, señor, el dueño del sitio por donde me meto pues ¡pulverizo todo lo que pesco!
Y Melecio prorrumpió en sollozos.


ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Ventanilla de cuentos corrientes, Rey Lear, Madrid, 2009, páginas 27-30.

viernes, 4 de marzo de 2011

AJUAR, Pablo García Casado

AJUAR

Vendió su casa para pagar las deudas, sólo se quedó lo necesario. Estamos bien, dice, un piso más pequeño, más fácil para limpiar. El resto está en una nave que tiene su hermano en el polígono. Vitrina Luis XV, cómoda de caoba, vajilla, protegidas del frío y la humedad por un plástico transparente. Todos los domingos, muy temprano, toma el autobús hasta el polígono con una bolsa de trapos y productos de limpieza.


PABLO GARCÍA CASADO, Dinero, DVD, Barcelona, 2007, página 33.

jueves, 3 de marzo de 2011

ECOS DE SOCIEDAD, Juan Gracia Armendáriz

ECOS DE SOCIEDAD

(Homenaje mínimo a Juan José Arreola
y Augusto Monterroso)



Frente al altar, la novia desenrolló bajo el vestido su gran cola de saurio.

JUAN GRACÍA ARMENDARIZ, Noticias de la frontera, Libertarias, Madrid, 1994, p.26.

miércoles, 2 de marzo de 2011

UN MARIDO SIN VOCACIÓN, Enrique Jardiel Poncela

UN MARIDO SIN VOCACIÓN

Un otoño —muchos años atrás—, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.
—¡Hay un matrimonio próximo, pollos!—advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al casino y toparon con los camaradas más íntimos—.
—¿Un matrimonio?
—Un matrimonio, sí—corroboró Ramón—.
—¿Tuyo?
—Mío.
—¿Con una muchacha?
—¿Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
—Y, ¿cuándo ocurrirá la cosa?
—Lo ignoro.
—¿Cómo?
—No conozco a la novia. Ahora voy a buscarla...
Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.


***

A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a «La moda y la Casa» (publicación para muchachas sin novio).
Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!... Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sándwichs duros como un fiscal...
Al onzavo sándwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:
—¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sándwich —dozavo—y otra copita.
Y allí acabó la cosa.
***

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí...
Al contrario: allí daba principio.
Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.
—¡Soy un idiota! —murmuró Ramón—. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado...
Y corroboró rabioso:
—¡Soy un idiota!
Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.
—¡Dios mío! —gruñía Ramón mirándola—. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!... No hay ya salvación para mí..., ¡no la hay!
Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
—¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! —gritó.
(Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
—Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si
no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada...
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.
***

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial.
Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.
—Grupo nupcial, ¿no? —indagó—.
—Sí —dijo Ramón—.
Y añadió:
—Con una variación.
—¿Cuál?
—La sustitución más original vista hasta ahora... Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto... ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
—¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión: La cara más alta... ¡Cuidado! ¡Así!... ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.
—¡Al auto! —mandó—.
(Silvia ahora iba llorando)
—¡La cosa marcha! —susurró Ramón.
***

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda).
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
—Yo viajo con los maquinistas —anunció—. Voy a la locomotora... ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.
Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.
Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido.
Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.
Silvia sufría cada día más.
—¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! —murmuraba todavía Ramón. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.
Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.

***
Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia.


ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Ventanilla de cuentos corrientes, Rey Lear, Madrid, 2009, páginas 21-26.

martes, 1 de marzo de 2011

LA LLUVIA, Pablo García Casado


LA LLUVIA

La lluvia sobre el vendedor que anuda su corbata antes de subir a casa. La lluvia sobre la visera verde del taller donde unas chicas flirtean con el mecánico que de joven se tatuó un as de corazones en el brazo. La lluvia sobre el cabello moldeado de la vieja que a duras penas consigue alcanzar un autobús que está vacío. La lluvia sobre el carro de la compra, legumbres, tomate, porciones de merluza congelada. La lluvia sobre los cristales de la unidad de cuidados intensivos. La lluvia sobre los cristales progresivos de mi padre, que me llama por teléfono preocupado por mi situación laboral. La lluvia sobre el vendedor que conduce despacio su automóvil. Que sólo piensa en desaparecer, al menos, por un tiempo. Cambiar de ciudad, alquilar un pequeño apartamento. Comprar un teléfono móvil, empezar de nuevo.

PABLO GARCÍA CASADO, Dinero, DVD, Barcelona, 2007, página 15.