martes, 24 de abril de 2012

EL REALISMO INTIMISTA: UN EJEMPLO EN ANTONIO MUÑOZ MOLINA. PLENILUNIO, José María Fernández Vázquez




EL REALISMO INTIMISTA: UN EJEMPLO EN ANTONIO MUÑOZ MOLINA. PLENILUNIO, José María Fernández Vázquez
        
   Antes de empezar vamos a intentar definir ese término tan resbaladizo de realismo, y no se puede olvidar que realismo no es Realidad, como señala Jorge Urrutia, “la Realidad es el resultado de un proceso de elección y ordenación de la Naturaleza. Luego la Realidad se entiende como orden y la Naturaleza como caos” (1). Por tanto el realismo literario no va a trasladar la Realidad sino va a ordenar esa realidad conforme a unos códigos establecidos en cada momento histórico.
   Para Roman Jakobson el término realismo es algo utilizado en contextos demasiado vagos lo que ha facilitado su confusión. En su opinión el Realismo "es una corriente artística que se ha propuesto como finalidad reproducir la realidad lo más fielmente posible y que aspira al máximo de verosimilitud.” (2)  El realismo, según este investigador, puede producirse desde la verosimilitud propuesta por el autor tanto como por el receptor que lo percibe como verosímil.
   Para Lázaro Carreter, el realismo es imposible sin una dosis de idealismo y en cualquier caso, “el arte asume la representación del mundo para actuar sobre él y modificarlo”3. Es decir, reafirma la idea de que el realismo no es realidad, sino selección y manipulación de realidad exterior que está sujeta a la intervención del artista, a la creación del arte.
   René Wellek centra mucho más el término realismo como etapa histórico literaria. Según Wellek, el Realismo rompe definitivamente con la exaltación romántica del yo, con el énfasis sobre la imaginación, el método simbólico, el interés por el mito, el concepto de naturaleza animada (4). Para este crítico el realismo “es la representación objetiva de la realidad social contemporánea” (5). Esta realidad objetiva, influenciada por el carácter cientifista del siglo XIX, incluye lo feo, lo repugnante, lo bajo, obviando lo alegórico, lo decorativo. Es un movimiento que persigue la objetividad tanto en el método como en el tema, aunque esta objetividad rara vez tiene una plasmación real en la práctica artística.
   Para Darío Villanueva, el Realismo hay que plantearlo como escuela o periodo que nace con un realismo genético que “todo lo fía a la existencia de una realidad unívoca anterior al texto ante la que sitúa a la conciencia perceptiva del autor, escrutiñadora de todos sus entresijos mediante una demorada y eficaz observación. Todo ello dará como resultado una reproducción veraz de aquel referente, gracias a la transparencia o adelgazamiento del medio expresivo propio de la literatura, el lenguaje y a la “sinceridad” del artista” (6). Sin embargo, este realismo genético es rápidamente superado en busca de la recreación de un mundo propio por parte del autor, “lo que la ficción realista presenta como un cuerpo u objeto real es ya réplica de un modelo articulado por los códigos y convenciones artísticas” (7).
   Como hemos observado en estas reflexiones, que podrían aumentarse o restarse en su número, no hay ningún acuerdo claramente uniforme respecto al concepto de realismo. Las ideas se mueven desde el amplio marco del concepto de realismo como reflejo más o menos condicionado de la realidad hasta una terminología artística que delimita un periodo histórico.
   Habría que precisar que el término de realismo necesita de una calificación para recoger todas las connotaciones que implica. Si limitamos el término de realismo a la terminología literaria al uso habría que delimitarlo al realismo decimonónico. Sin embargo la tesis de Menéndez Pidal considera toda la literatura española como realista; así realista es El Poema de Mío Cid, el Lazarillo de Tormes, Lope de Vega, Moratín hijo y una larga lista de escritores que se puede alargar hasta el presente siglo con el realismo social, o en el contexto más extenso del arte universal al realismo dialéctico o marxista. De hecho aquí nosotros calificamos el realismo como intimista.
   La novela española de la segunda mitad siglo siempre ha estado vinculada de un modo u otro a cierta tendencia realista. Nadie duda que realistas son Pascual Duarte, La colmena, Tiempo de Silencio, Cinco horas con Mario y una larga nómina de obras y autores que querían captar y criticar bajo diferentes aspectos y técnicas la realidad de la posguerra que se alargaba en el tiempo. Todas estas obras tienen en común el hecho de estar escritas durante la dictadura franquista. Cualquier estilo literario era un compromiso social, más o menos evidente del escritor contra Franco, así se interpretaba como compromiso la literatura realista y también la literatura experimental.
   Una vez muerto Franco la literatura no se emplea como un arma arrojadiza más o menos evidente contra el régimen dictatorial. Sin embargo, el realismo como modo de escribir novelas sigue presente en nuestra literatura. Cuando se ya trasformando la sociedad, y esta nueva sociedad implica un cambio en la percepción de la realidad, la literatura debe variar sus modos de plasmar esa sociedad de tal modo que llegue al lector y por tanto supone un modificación en los planteamientos de las técnicas realistas.
   De modo general, no sería incierto que el antiguo realismo claramente comprometido con el hombre ha variado. El realismo no se convierte en sinónimo de globalidad o de socialización sino que tiende a reflejar problemas personales muy concretos con los que la colectividad puede sentirse más o menos identificados.
   En los últimos años se han podido ver autores que van dibujando el cambio de la sociedad española de finales del siglo pero que no han abandonado en ningún momento su caracterización individual. Podemos citar a Javier Marías quien en sus diferentes novelas como Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí enfoca la realidad del hombre urbano pero individualizado a través de un lenguaje sumamente rico y trabajado que produce casi una alteración exagerada de la historia y del lenguaje, pero sin dejar de prestar atención nunca a cierta delicadeza en sus personajes ni en sus historias. Del mismo modo queremos citar a Luis Landero quien en Juegos de la edad tardía pasa de una realidad raquítica y gris de sus dos personajes a un mundo fantasioso y mágico, pero que no deja de ser el reflejo del mundo interior de sus protagonistas, todo ello cargado de un profundo simbolismo acerca de la condición humana. Por último, recordar a Almudena Grandes que en sus distintas obras Modelos de Mujer, Malena es nombre de tango, Te llamaré Viernes es la realidad femenina la que se pone en juego a través de una escritura delicada, pero donde refleja el complejo mundo de la mujer a veces quebradizo, a veces fuerte en especial en relación con los hombres, cargado de claros componentes eróticos en reivindicación de un papel como parte activa de la sexualidad que tantas veces había sido negado a las mujeres, como ya había reflejado en Las edades de Lulú.
   Estos tres autores han sido mencionados por ser evidente punto de referencia en la novelística contemporánea y representar cierta generación nacida en el régimen franquista pero que inician su trayectoria literaria con experiencias personales distintas (formación universitaria, lecturas europeas, etc.), ya sin espíritu reivindicativo social, y que ahora están en el momento más brillante de sus carreras. Hay que añadir el nombre de Antonio Muñoz Molina, que es sin duda el autor más emblemático sobre todo a partir de su nombramiento como académico de la Española. Esta escasa nómina podía alargarse y probablemente cada lector realizaría la suya con sus gustos específicos, pero no podemos dejar de citar a otros autores como Julio Llamazares, Soledad Puertolas, Juan José Millán, Luis Mateos Díez entre otros muchos que han traído el resurgir por parte de los lectores, únicos y verdaderos destinatarios de las novelas, de la narrativa española, anteriormente demasiado sometida a testimonios de oposición. Es a partir de la década de los ochenta cuando autores y lectores desean un cambio en las historias y en los tonos narrativos. El problema de este momento puede ser la avalancha de novelas sujetas a un excesivo mercadeo propiciado en gran parte por los suplementos  culturales y literarios de las periódicos.
   Estos autores, encuadrados en lo que se ha denominado como generación del 68, tienen en común varias cosas. En primer lugar, una riqueza y un dominio lingüístico que permite que ninguno de ellos escriba igual al no existir un lenguaje generacional propio salvo el respeto por el propio lenguaje. En segundo lugar, la plasmación de la realidad a través de unos personajes concretos pero que no se identifican nada más que con ellos, no son tipos de nada ni representantes de posturas específicas, sino que se convierten en personas claramente distinguidas, lo que permite por otro lado la comprensión del personaje. Estos novelistas no pretenden identificamos con un personaje de antemano, sino que es el lector quien debe identificarse con el personaje. La realidad no se va a plasmar desde un punto de vista exterior sino que se va a realizar desde un punto de vista íntimo, el del personaje y el del lector. Este abandono del testimo radical y comprometido nos ofrece por otro lado una visión de una sociedad cada vez más individualizada y ajena tanto a la problemática común como al reflejo de una sociedad donde el hombre se siente cada vez más solo rodeado de otros seres humanos.
   Hemos dejado para el final las alusiones a Antonio Muñoz Molina, quien va a centrar la parte final de esta comunicación. Nos vamos a centrar en su última obra Plenilunio. Comentamos de manera muy breve la trama de la misma: Es la historia de dos personajes principales, uno un inspector de policía y otro, una maestra de pueblo que se relacionan a partir de la muerte y violación de una alumna del último personaje, a estos habría que añadir varios otros como el propio asesino. Este resumen casi telegráfico es la esencia de la historia de la novela.
   Evidentemente, una obra que ronda las quinientas páginas resulta imposible resumirla en cinco líneas sin alterar la historia. Desde nuestro punto de vista, este número excesivo de páginas es inconveniente y tal vez no esté justificado plenamente dentro del desarrollo, al menos de los personajes. La capacidad narrativa de Muñoz Molina se descubre precisamente en esta habilidad especial para alargar la historia. En este caso, una historia perfectamente construida como caminos entrecruzados que tienen el fin y el inicio en las desagradables agresiones sufridas por una niña. A esta habilidad formalista y narradora hay que añadirle la exactitud lingüística que siempre se descubre en Muñoz Molina para hacernos llegar cada sensación. Este intento de precisión a veces alarga escenas que desde nuestro punto de vista serían resumibles.
   La interpretación más realista de la novela la encontramos en la propia violación de la niña. De hecho en la ciudad de Cádiz, durante el mes de abril de este año una niña fue violada tras ser amenazada con un arma blanca por su agresor. La noticia publicada por el Diario de Cádiz (Martes, 29 de abril de 1997) relata como el presunto violador esgrimía una navaja ante la niña, rasgaba su ropa interior y manipulaba en su presencia sus órganos sexuales. Este elemento, desagradable suceso real y cruel narración novelística, pone en relación las dos realidades; la realidad cotidiana de la violación infantil, la única realidad posible y la realidad ficticia de la obra de Muñoz Molina.
   La pregunta que podemos plantear es si la intención de escritor jiennense era mostrar la cruda realidad de la violencia infantil, tan usual en estos años de finales de siglo en España. Creemos que no. Muñoz Molina con este suceso inicial consigue atrapar al lector de su obra con un propósito claro que puede asimilarse con la piedad hacia la víctima. Pero la niña, la única víctima real no es la única víctima social.
   Es esta diferenciación entre víctimas reales y víctimas sociales, todas productos de la violencia y la sociedad, lo que pretende plasmar el autor por medio de su realismo intimista. Los dos personajes principales, el inspector —llamado así durante toda la novela— y Susana Grey también son víctimas; el primero ex-alcohólico, destinado en Bilbao durante largos años, con un matrimonio roto y objetivo final de ETA, la segunda, maestra de pueblo, culta, infravalorada y abandonada por su marido y su hijo. El tercer personaje, nunca en relación con ellos, pero como ellos abandonado en la masa solitaria que forma la ciudad es el violador, hijo único, alcohólico, obsesionado por el sexo, vive con unos padres ancianos a los que odia.
   La violación de la niña que es el motivo central del relato se va diluyendo poco a poco mediante un avanzar en el conocimiento de los personajes que nunca se terminan de encontrar porque su realidad es una realidad fracasada. Así la tenue historia de amor entre el inspector y Susana no pasa de ser un intento marcado por la culpabilidad no tanto del hecho sexual en sí y del adulterio en el caso del inspector, sino por la culpabilidad de no poder ofrecer nunca nada que sobrepase su propia soledad y su propio temor.
   La novela que empieza por la terrible plasmación de una realidad truculenta se va desplazando con un ritmo lento —a veces demasiado prolijo— en confesiones individuales y vamos descubriendo otra realidad, la realidad íntima de los personajes, que es tan ficticia como los propios personajes, pero que finalmente se descubre como la realidad de una época marcada por la violencia social que todos padecemos y la terrible soledad y angustia en la que se encuentra insertos tantas y tantas personas que nos rodean cada día. El delito identificable de la  violación sólo oculta soledad, como dice el propio Muñoz Molina al inicio de su novela como clave oculta de la terrible soledad y desesperación íntima que refleja la obra: “cada cual con su secreto escondido en el alma, royéndole el corazón, inaccesible siempre, no sólo para los desconocidos, sino para quienes están más cerca”(8).
        
        
     
        
JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ VÁZQUEZ, El realismo intimista: Un ejemplo en Antonio Muñoz Molina. Plenilunio., Antagonía, nº 6, Cádiz, 2001, pp. 37-42.
        

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(1) Urrutia, Jorge: Literatura y comunicación, Madrid, Espasa-Calpe - Instituto de España, 1992, pág. 42.
(2) Jakobson, Roman: “Sobre el realismo artístico”, en TODOROV (ed.): Teoría de la literatura de los formalistas rusos, Buenos Aires, Signos, 1970, pág. 71.               
(3) Lazaro Carreter, Fernando: El realismo como concepto critico-literario , en Estudios de Retórica, Madrid, Taurus, 1976, págs. 121-142, pág. 135.
(4) Ver Weliek, René: “El concepto de realismo en la investigación literaria”, en Historia literaria. Problemas y conceptos, Barcelona, Laja, 1983, págs. 195-219, pág. 218.
(5) Weliek, René: artículo citado, pág. 209.
(6) Villanueva, Darío: Teorías del realismo literario, Madrid, Instituto de España - Espasa-Calpe, 1992, pág. 32.
(7) Villanueva, Darío: obra citada, pág. 65.
(8) Muñoz Molina, Antonio: Plenilunio, Madrid, Alfaguara, 1987, pág. 34.

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