lunes, 30 de abril de 2012

EL TOPO, Kestutis Kasparavicius



EL TOPO

   En una ocasión en que el topo se enfadó con todo el mundo  y con todas las cosas excavó muy profundamente en la tierra para no ver a nadie. Pronto se le pasó el enfado y pudo volver a la luz del día. Pero durante aquel tiempo apreció que no se vivía tan mal bajo tierra. Allí había silencio, no se oía el molesto canto de las cigarras, no había que estar pendiente de que alguna calabaza descuidada te pisara la cabeza y, además, había un fresco agradable en verano, mientras que en invierno era cálido y acogedor. El único problema es que resultaba un poco oscuro. Pero el topo se compró un pequeño televisor, lo colocó en su agujero y conectó la antena a una seta encorvada para que le sirviera como antena parabólica.
   De modo que el topo se echaba en el pequeño sofá y veía películas de todo el mundo.
   De vez en cuando, por la noche, el topo sacaba su aterciopelada cabecita y observaba el cielo estrellado. Le parecía que miles de ojitos le miraban amistosamente desde el cielo y que algunos incluso le hacían pícaros guiños.
        
          KESTUTIS KASPARAVICIUS, Cosas que pasan cada día, Thule Ediciones, Barcelona, 2005, p. 58.

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