lunes, 22 de octubre de 2012

HUELLAS


HUELLAS
        
   El hombre estaba muerto, rígido, envuelto en blancas vendas. Su espíritu flotaba en el extraño intermedio que sigue a la negra zambullida. Acababa de dejar una vida, una historia, un mundo. Mientras se adentraba en la espiral luminosa que se materializaba poco a poco ante él, le vino a la mente su aventura humana. La vio como unos pasos que dejan huellas en la arena, ligeros cuando la vida es simple o rutilante de alegría; pesados y profundos en los días de angustia.
   Su adhesión a Dios no había flaqueado nunca, había vivido en estado permanente de recuerdo, no había olvidado nunca al Ser. El Señor, además, le había acompañado a todas partes. Vio su rastro al lado del suyo propio y sonrió. Después, al contemplar otra vez el camino, se dio cuenta de que el doble rastro de huellas no era constante. Dios había atravesado con él las alegrías pero, en los días de desgracia, él, el humano, el pobre hombre, había tenido que caminar sin compañía alguna.
   Su alma en agonía interpeló a Dios:
   —Señor, ¿por qué me abandonaste? ¡Mira lo mal que me iba y lo solo que estaba!
   Dios, a su lado, contestó:
   —Fíjate mejor en la forma de los pasos: cuando estabas alegre, yo estaba junto a ti, pero cuando sufrías, cuando estabas tan cansado de afrontar las dificultades del mundo que ya no podías mantenerte en pie tú solo, ¡yo te llevaba en brazos!
        
MARTINE QUENTRIC-SÈGUY, Cuentos de los sabios de la India, Sígueme, Salamanca, 2002, p.17.

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