miércoles, 21 de noviembre de 2012

VENTISÉIS, Giorgio Manganelli


VENTISÉIS

   Como todos los enfermos, con frecuencia se despierta por la mañana con una profunda y abandonada sensación de salud. No advierte que el mundo se hace cada vez más angosto, la brevedad de sus paseos, incluso en su propia casa. Su vida, cada vez más minúscula, le parece de la medida exacta, un traje que le sienta con propiedad y elegancia. ¿Por qué salir cuando en el cielo hay nubes bajas y no se vislumbran indicios de sol? ¿Por qué moverse, cuando no hay duda de que la inmovilidad es mucho más pertinente y conceptuosa? El está bien, ¿por qué tendría que hacer gestos o pronunciar palabras o concebir pensamientos capaces de hacer vacilar aquella admirable sensación de equilibrio?
   Pero en torno a él se mueven otras personas; advierte que en ellas reside el peligro. Quisiera estar solo, pero no ignora que la soledad que le protege es recortada pacientemente desde fuera por una multitud: al menos tres o cuatro personas. La mujer le mira la cara: «Tienes buena cara, sabes», comenta. El equilibrio perfecto queda roto, miserablemente desmenuzado. Contempla en el espejo aquel rostro, apenas observado por la mujer que lleva años viviendo con él y con aquel rostro, que se ha acostumbrado a su existencia, un hábito que él no ha conseguido contraer. Examina la cara que tiene buen aspecto: flaca, los ojos anormalmente grandes, unos labios secos que nadie osaría besar, con herpes por otra parte; contempla la piel del cuello, los cabellos desordenados. Vuelve a echarse, pensando de nuevo en el propio cuerpo, aquel cuerpo que por un breve instante había olvidado que le acompañara. Tal vez está mejor, sonríe para sus adentros; el problema de la vida, se predica a sí mismo haciéndose muecas, como un predicador borracho, es el de «mejorar ininterrumpidamente, día tras día, hora tras hora»; se comienza a mejorar con el primer grito del nacimiento —¡inicio de la convalecencia! «Cuidar de un niño»—. También él ha tenido un hijo, pero éste jamás le dice «tienes buena cara». Naturalmente, su mirada carece de sutileza, está distraído por las rápidas pasiones juveniles. El enfermo ríe. Mejora de día en día, está muy claro. Aún le falta un poco, cada vez menos; una de las próximas mañanas —pronto podrá comenzar a contar— se descubrirá sin el menor síntoma, para siempre, finalmente.

GIORGIO MANGANELLI, Centuria. Cien novelas río, Anagrama, Barcelona, 1982.

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