sábado, 31 de marzo de 2012

RELACIÓN PLATÓNICA, Juan Rojo González


RELACIÓN PLATÓNICA

   Tengo una camisa que no he estrenado. Pasa de la maleta de ropa de invierno al armario y viceversa cuando la estación lo requiere. Sólo la doblo y la desdoblo según la ocasión. No hemos llegado a más.

 JUAN ROJO GONZÁLEZ,  BABELIA, 18 de mayo de 2002, página 9.

viernes, 30 de marzo de 2012

HISTORIA DE UNA CABEZA



HISTORIA DE UNA CABEZA
 
   Antiguamente, en la desembocadura del río Kobuk vivía un joven esquimal que tenía una cabeza por compañero favorito. Esta cabeza podía hablar y, a pesar de su falta de brazos y piernas, desplazarse.
   Un día los dos amigos fueron a un baile en el kaghzie. Al anochecer, el joven esquimal le dijo a la cabeza:
   —Es hora de regresar. Vamos a acostarnos.
   —Yo me estoy divirtiendo —le respondió la cabeza.
   Ve tú solo, yo volveré dentro de un rato.
   —¡Los perros te comerán en el camino!
   —¡No! Gritaré ¡ko-ha ko-ha! y se escaparán.
   El esquimal se marcho y la cabeza empezó a pensar en una muchacha, la más bonita del campamento, que no quería casarse. Salió subrepticiamente del iglú de la fiesta y rodó hasta la morada de ella. La joven, al oír ruidos, se despertó y vio la cabeza. De un salto cogió la cabeza de los pelos, la hizo girar con un movimiento de molinete y la lanzó por la puerta. Pero ésta no rodó, al contrario, se elevó por el aire y voló hasta el iglú donde su amigo el esquimal esperaba preocupado.
   —Querida cabeza, creía que los perros te habían devorado.
   —No, no. Se me hizo tarde. No me crucé con nadie por el camino.
   Al día siguiente, los dos amigos volvieron a bailar y otra vez, pese a las reprimendas del joven esquimal, la cabeza prefirió quedarse hasta la última danza y escaparse enseguida. Rodó hasta la vivienda de la bella, y aunque hizo menos ruido que la noche anterior, la muchacha —que tenía un oído fino— la oyó. La joven, fastidiada, volvió a cogerla por el pelo y arrojarla afuera. La cabeza llego al iglú de su amigo y se durmió a su lado sin contar nada de su desventura.
   A la noche siguiente la cabeza regresó a la morada de la muchacha. Ésta, juzgando que tanta pasión merecía una recompensa, aceptó casarse y vivieron muy felices.
   Pero al llegar la primavera, la extraña pareja notó que sus provisiones habían disminuido peligrosamente y que el hambre los amenazaba.
   —Atame una cuerda a los cabellos y con un movimiento de molinete, lánzame hasta la tundra —dijo la cabeza a su joven esposa—. Te demostraré qué buen cazador soy.
   Dicho y hecho. La cabeza regresó sin demora a la casa familiar, rodando en compañía de un reno muy gordo. La joven esposa, encantada, fue a decirle a sus padres que el yerno era un cazador muy intrépido y ellos se alegraron mucho. Pasaron los años y todos engordaron y se enriquecieron. Cada día la muchacha ataba la cuerda a los cabellos de la cabeza y la lanzaba más y más lejos. Hasta que llegó un momento en que ni la audacia ni las ganancias le parecieron bastantes. La cuerda nunca era bastante larga, la cabeza nunca llegaba demasiado lejos en la peligrosa tundra, los renos que traía jamás le parecían bastante gordos. Una mañana, al arrojar la pesada cuerda, su molinete fue tan violento que la cabeza se elevó hacia el cielo. La joven esposa la siguió durante largo rato con la mirada. La cabeza, triste y silenciosa, volaba sobre las colinas, los lagos y los pantanos. Voló y voló hasta desaparecer. Jamás regresó y ningún esquimal del inmenso noroeste ha vuelto a saber nada de ella...

Cuentos esquimales (Los cuentos del iglú), Olañeta, Palma de Mallorca, 1990.

jueves, 29 de marzo de 2012

VIDA REAL, Vladimir Holan


VIDA REAL

No es que ahora iniciemos un pleito con Dios.
¡Nosotros interferimos en su actividad!
Pues todos nosotros, por desgracia, vemos
sólo lo que resplandece.


Así, prisioneros de nosotros mismos, de nuestro acontecer,
gozamos de la ventaja de unas esposas tintineantes
y no comprendemos ya el juego
como base
y cumbre del universo.


VLADIMIR HOLAN, Pero existe la música, Icaria, Barcelona, p. 51.

miércoles, 28 de marzo de 2012

LA MADRE INEXISTENTE, María Dolores Fernández


LA MADRE INEXISTENTE

   Estoy escribiendo desde el ordenador de mi hijo, desde su habitación, rodeada de todas sus cosas, sus discos, sus libros, su ropa y su recuerdo..., prácticamente estoy sentada junto a él. Sin embargo ya no existo como madre, porque va a hacer tres años que mi hijo (Gerardo) desapareció de este mundo y en ese momento yo dejé de ser madre y ahora sólo soy una mujer.

 MARÍA DOLORES FERNÁNDEZ, BABELIA, 27 de abril de 2002, página 11.

martes, 27 de marzo de 2012

EL PERRO DE GOYA EN BEIRUT, Ricardo Gómez



EL PERRO DE GOYA EN BEIRUT

   Trece horas antes de que el perro semihundido asomase la cabeza por encima de aquel montón de tierra, Fairuz Mernisi se levantaba como todas las mañanas para ir a la escuela.
   Su madre la obsequió al despertarse con una enorme sonrisa y un humeante tazón de leche.
   
   Doce horas antes de que el perro alzase la cabeza para contemplar la devastación, Fairuz salió de casa vestida de colegiala; llevaba en una cartera los cuadernos con los deberes hechos la víspera. Ella y su madre recorrieron el camino hacia la escuela cantando una canción que hablaba de ratoncitos blancos.

   Once horas antes de que el perro meditase, asombrado una vez más, sobre la brutal explosión que había arrasado la plaza, Fairuz practicaba con sus compañeros de clase la tabla de multiplicar. Siete por siete eran en Beirut lo mismo que en otras parles del mundo y, como en otros lugares del planeta, la maestra se afanaba para que aquel ejercicio rutinario diese normalidad a un día que no tenía nada de corriente. 
   
   Diez horas antes de la mirada de asombro del perro semihundido, en la clase de Fairuz se anticipó la hora del recreo. Por espantar los miedos, la maestra explicó lo que esos días estaba ocurriendo en la ciudad. La mirada de los niños era severa y, ante su silencio, la mujer les invitó a que pintaran en la pizarra lo que habían visto o de lo que habían oído hablar.
   Sin pronunciar palabra, varios dibujaron las puntiagudas silueta de los F-16 y los efectos de sus vuelos sobre la ciudad.
   Cuando le llegó el turno a Fairuz, no quiso pintar aviones ni edificios destruidos, sino un puente.
   
   Nueve horas antes de que el perro, con las patas hundidas en la tierra, mirase hacia la cima del montón de escombros, la escuela de Fairuz trató de hacer lo de todos los días, pero no pudo porque el fragor de las sirenas quebró el hábito de la mañana, y los niños de cada aula se pusieron en pie pegados a la pared; como estaban advertidos. La maestra, cuando fue su turno, se dirigió con sus alumnos hacia el gimnasio, donde estaban ya niños y profesores de otros cursos. Allí pasaron cerca de una hora. Los más pequeños lloraban, pero los mayores, como Fairuz, jugaban a las adivinanzas o a las rimas en pequeños grupos.
   
   Ocho horas antes de sorprender las pupilas centelleantes del perro tras el montón de tierra, la directora de la escuela entró en el gimnasio. Se dirigió hacia algunos maestros, y otros adultos hicieron un corro a su alrededor. Los niños no pudieron oír: «Ha sido en Ouzaei, en el sur.  Los aviones se han ido. Volvemos a las clases».
   A una palmada de los profesores, los niños se alzaron del suelo y se ordenaron en disciplinadas filas, dispuestos para subir a las clases.
   
   Siete horas antes de que el perro mirara hacia arriba, con los oídos aturdidos,la maestra escribió en la pizarra los deberes para el día siguiente. El primer ejercicio fue: «Escribe una carta de una página a un familiar lejano, en la que le felicites por su cumpleaños». El segundo: «Haz una lista con seis palabras que expresan alegría y tres que indiquen tristeza». Eso era todo. Deseó a sus alumnos que descansaran, que durmieran bien y que tuvieran cuidado. Se despidió de cada uno en la puerta de la clase, con la frase ritual, y cada uno saludó con respeto.
   A la salida esperaban madres ansiosas por llevar a sus hijos a casa. No se entretuvieron por el camino. No hicieron compras, porque casi todos los establecimientos estaban cerrados a esas horas, la mayoría por falta de abastecimiento. La madre de Fairuz preguntó a su hija qué tal le había ido la mañana, aparentando rutina. La niña no habló de la alarma.
         
   Seis horas antes de que el perro soltase un gañido compungido, Fairuz y su madre acabaron de comer. Mientras la mujer fregaba los cacharros, la niña encendió el televisor. Al poco se quedó dormida, tendida en el sofá. Llevaba tres noches de sueño irregular.
   Ni siquiera despertó cuando su madre la llevó en brazos hasta su habitación, que dejó en penumbra, bajando la persiana y cerrando las ventanas para que no llegaran hasta allí los ruidos de la calle.

   Cuatro horas antes de la explosión que dejó aturdido y casi ciego al perro de patas semihundidas, se oyó el chiqui-chaque de la cerradura, y entró el padre de Fairuz. Su mujer salió a la puerta y le indicó con un gesto que no hiciera ruido, para no despertar a la niña. Cuchichearon en la cocina, con la puerta cerrada, sobre la angustia vivida con las sirenas de media mañana, e intercambiaron impresiones sobre la marcha de los acontecimientos.
   El puso agua al fuego para preparar un té, mientras ella colocaba la tetera y las tazas. Por suerte, tenían provisiones para más de una semana y las garrafas de agua estaban llenas. Nunca se sabía cuándo se podía cortar el suministro. Peor era que faltasen el gas, o la electricidad, pensaron sin decirse nada.

 Tres horas antes de que el misil impactase en la plaza y causase el pavor del perro, Fairuz despertó. Entró en la cocina, dio a su padre un beso y se sentó en sus rodillas. El le preguntó cómo había ido el día, qué habían hecho en el colegio, qué cosas nuevas había aprendido... La niña no habló de los dibujos de la pizarra, ni de la alarma aérea, ni de la ausencia de algunos niños, ni del llanto de los pequeños mientras esperaban en el gimnasio. Tras un rato de conversación, dijo que iría a su cuarto a hacer los deberes. 
    
   Dos horas antes de que el perro caminase hacia la montaña de escombros, antes de fijar su mirada en un punto que aún no podemos adivinar, Fairuz acabó de hacer sus deberes. Luego, tomó una hoja de papel y pintó en ella el puente que veía desde su ventana, el que había dibujado a medias en el colegio. Quizá ese puente fuera volado en un próximo bombardeo, porque las noticias hablaban del peligro de que la aviación destruyese edificios estratégicos de la ciudad, y ese era uno de sus lugares favoritos. Sabía que era antiguo, pero para ella ese no era su principal valor.

   Una hora antes de que el perro, con las patas semihundidas, la mirada vidriosa y los oídos aturdidos, mirase hacia la cima del montón de escombros, con la luz de los incendios reflejada en la pared que había tras él, Fairuz pidió permiso a su padre para bajar a jugar a la plaza.
   Su madre se adelantó y dijo que no, que estaba anocheciendo, y que era peligroso estar en la calle. Pero su padre miró por la ventana del segundo piso y la tranquilizó: «Mujer, no hay peligro. En este barrio no hay nada que tenga interés para los aviones. Además, hay otros niños jugando abajo. No podemos estar encerrados siempre...». 
   Fairuz consiguió el permiso pero, antes de bajar las escaleras, la madre avisó: «Fairuz, cariño, ya sabes... Si se oyen las sirenas, sube en seguida». «Sí, mamá», dijo ella.
   La hora que transcurrió hasta que llegó el misil, Fairuz jugó con otros niños en la plaza. El barrio, es cierto, era simplemente una zona residencial.
   En el parque de verdes ajados y columpios herrumbrosos, dos grupos de ancianos y varios de niños aprovechaban la tibieza del tiempo que precede al anochecer.
     
   No llevaba collar y parecía muy viejo.
   Fairuz fue la primera en verlo y, al cruzar su mirada con la del animal, supo que a ambos les unía un hilo de aflicción. Tacharía «silencio» de su lista de palabras tristes y la sustituiría por «mirada de perro».
   El animal lamió los pies de la niña mientras se dejaba acariciar.
   Debía demostrarle confianza y estaba acostumbrado a ello.
   Luego, a pesar de que se sentía cansado y viejo, se puso a jugar. Primero, dando pequeños brincos; luego, mediante ladridos que invitaban a la persecución.
   Cuando otros chicos de la plaza vieron que Fairuz jugaba con él, se acercaron.
   Pronto, el animal tomó un objeto con sus dientes y lo dejó a los pies de un niño; éste lo lanzó hacia un lugar, y el perro fue a buscarlo para dejarlo a los pies de una niña.
   Los chicos entendieron.
   El juego se prolongó mucho tiempo y cada vez era mayor el entusiasmo de los pequeños, que ahora eran más de quince. El perro, aunque era viejo y se notaba cansado, sabía que aquello era necesario.
   En un momento determinado, el perro supo que, en un lugar distante, dos soldados acababan de introducir en una máquina cruel las coordenadas del lugar en que debía caer un misil.
   El animal acomodó el ritmo del juego a un reloj interior que determinó la trayectoria del cohete y el momento exacto en que estallaría.
   Poco a poco, en ese juego, fue sacando a los niños de la plaza, pero ellos no se dieron cuenta.
   Cinco segundos antes de la explosión, el perro y la turbamulta de niños estaban a salvo en el callejón de un edificio cercano.
   Ante los misiles que vuelan a baja altura no se activan las sirenas.
   Primero se oyó un siseo...
   ...y, luego, una terrible explosión que pulverizó el cemento, esparció por el aire toneladas de tierra y paralizó a los niños.
   Mientras éstos gritaban aturdidos y aterrorizados, el perro se asomó a la plaza.
   Las patas del perro se hundían en el suelo reventado. Los oídos le dolían y el fragor del incendio que siguió hería sus pupilas.
   Miró a través del montón de escombros y trató de ver si los edificios en los que habitaban Fairuz, Hassan, Limam, Souad... estaban indemnes. Todavía no pudo verlo, a través  del humo de la explosión.
   El animal pensó con pavor que, una vez más durante un día de guerra más, había conseguido salvar por poco a un grupo de niños. Al menos, de momento.
         
   CODA
         
   Cuando suenan las sirenas, en las ciudades desiertas deambulan los perros. Algunos, como el de Goya, intentan salvar niños. Unas veces lo consiguen; otras, no.
   En cualquier caso, no hay tantos perros de Goya como para compensar la despiadada mirada de algunos seres humanos.

RICARDO GÓMEZ, 7 cuentos crudos, SM, Madrid, 2007, pp. 3-34.

ILUSTRACIONES: Juan Ramón Alonso

lunes, 26 de marzo de 2012

LA ROPA INTERIOR, Josefina Arriondas


LA ROPA INTERIOR

   La ropa interior de los hombres, cuando muere, va al infierno, y la de las mujeres va al cielo.

 JOSEFINA ARRIONDAS, BABELIA, 18 de mayo de 2002, página 9.

domingo, 25 de marzo de 2012

EN LA ACERA, Vladimir Holan


EN LA ACERA

Es una vieja vendedora de periódicos
que cada día llega cojeando hasta aquí...
Cuando agotada ya no tiene fuerzas para llevarlo,
suelta el paquete de "Ediciones extraordinarias",
se sienta encima y se adormece...
Los que pasan delante
están tan acostumbrados que ni siquiera la ven,
y ella, misteriosa y muda como una sibila,
esconde lo que debiera ofrecer...


Empieza a llover...


VLADIMIR HOLAN, Pero existe la música, Icaria, Barcelona, p. 94.

sábado, 24 de marzo de 2012

[UN HOMBRE ES APLASTADO], Chantal Maillard



Un hombre es aplastado.
En este instante.
Ahora.
Un hombre es aplastado.
Hay carne reventada, hay vísceras,
líquidos que rezuman del camión y del cuerpo,
máquinas que combinan sus esencias
sobre el asfalto: extraña conjunción
de metal y tejido, lo duro con su opuesto
formando ideograma.
El hombre se ha quebrado por la cintura y hace
como una reverencia después de la función.
Nadie asistió al inicio del drama y no interesa:
lo que importa es ahora,
este instante
y la pared pintada de cal que se desconcha
sembrando de confetis el escenario.

Tuerzo la esquina. Apresuro el paso. Se hace tarde y aún no he almorzado.

 CHANTAL MAILLARD, Matar a Platón, Tusquets, 2004, p. 13.

viernes, 23 de marzo de 2012

EL GITANILLO, Sara Nomberg-Przytyk


EL GITANILLO
        
   Los médicos alemanes solían venir hacia las doce. Echaban un vistazo a los enfermos que habían ingresado en el hospital esa mañana, y después firmaban la beff-karte, que equivalía a un permiso para permanecer allí un día más. Después nos dejaban solos. Limpiábamos y preparábamos vendajes hasta el anochecer, cuando el komando volvía del trabajo. Durante esas horas disminuía la tensión.
   Estábamos sentados en una pequeña habitación de la enfermería cuando Marusia gritó: «Achtung!». Nos levantamos de un salto y corrimos adentro, poniéndonos firmes. Entonces entró Mengele con un gitanillo que debía de tener unos cuatro años de edad. El niño era una belleza. Iba vestido con un vistoso uniforme blanco formado por unos largos pantalones con la raya planchada, una chaqueta con botones dorados, una camisa de hombre y una corbata. Hechizados, mirábamos fijamente a aquel precioso pequeño. Estaba claro que a Mengele le complacía vernos así. Puso una silla en el centro de la enfermería y se sentó en ella, con el gitanillo entre sus rodillas. El niño entendía el alemán.
   «Enséñales cómo bailas el kozak», dijo. Mientras Mengele daba palmas, el pequeño, en cuclillas, leyantaba alternativamente las piernas. Estaba asombrado. «Ahora canta una canción.» El pequeño entonó una inolvidable melodía gitana. Nosotros seguíamos firmes mientras el pequeño se lucía ante Mengele. Era evidente que a Mengele le gustaba. Le abrazaba y le besaba. «Ha sido muy bonito. Aquí tengo algo por la actuación», dijo sacando una caja de bombones de su bolsillo. Se marcharon. Nos miramos unos a otros, sin entender por qué Mengele nos había traído al niño. ¿Por qué quería exhibir ante nosotros el talento del pequeño?
   «Estoy segura de que Mengele lo matará pronto», dijo Marusia.
   Sentimos un escalofrío.
   Durante todo el verano, Mengele se paseó por el campo con el gitanillo, siempre vestido de blanco. Incluso cuando tenían lugar las selecciones, el precioso niño con su traje blanco permanecía a su lado. Había un campamento familiar para los gitanos en el campo C de Auschwitz. Allí vivían veinticinco mil gitanos, los niños con sus familias. No sé muy bien por qué abrieron el campamento familiar en Auschwitz, por qué permitieron que los gitanos creyeran que se les iba a dejar vivir durante la guerra. En el otoño de 1944 llegó el fin para el campamento gitano. No recuerdo la fecha exacta, pero el exterminio tuvo lugar un día de octubre al caer la tarde. Por la mañana se llevaron a todas las mujeres jóvenes. A medida que las iban apiñando en los camiones, lloraban amargamente. Evidentemente, sabían que los que se quedaban en el campo estaban condenados a muerte. Y así fue. Esa misma tarde pudo oírse el ruido de los motores. Se los llevaron a todos a las cámaras de gas. Sólo en esa noche, veinte mil gitanos fueron asesinados.
   Es curioso, pero a lo largo de toda aquella matanza sólo podíamos pensar en una cosa. ¿Iba Mengele a proteger del gas al precioso niño? Al día siguiente se paseó por el campo sin el gitanillo. Los hombres nos contaron que en el último minuto Mengele le había empujado a la cámara de gas con sus propias manos.

SARA NOMBERG-PRZYTYK, Auschwitz: True Tales from a Grotesque land, University of North Carolina Press, Chapell Hil, 1985, pp. 83-84.

jueves, 22 de marzo de 2012

AUTORRETRATO, Raquel Vázquez


AUTORRETRATO
        
[Jean-Michel Basquiat]
        

Mis ojos son la noche
y mi piel es ceniza.
        
Creía portar una flecha para
asestársela al mundo
pero es un pararrayos
que me regala todas las tormentas
del cielo
               y del infierno
del vacío
               y del aire.
        
Y mientras la ciudad
sigue su curso
        
yo
       me ilumino
                         tiemblo
                                       me ennegrezco
             y me deshago.

 RAQUEL VÁZQUEZ DÍAZ, Pinacoteca de los sueños rotos, Isla Varia, Salobreña, 2012, p. 15.

miércoles, 21 de marzo de 2012

MAMÁ, Carlos Rodríguez Blanco



MAMÁ

   El día en que se fue la luz, todo se quedó parado de repente. La música, la tele y el ordenador dejaron de funcionar al mismo tiempo, y todas las bombillas se apagaron. La luna se filtraba a través de las persianas, y yo llamé a mi madre: ¡mamá!, ¡mamá! Como no me contestaba fui en su busca. A tientas salí del dormitorio y recorrí el oscuro pasillo. Ella debía de andar en la cocina. Pensé que podría estar muerta de miedo, por eso comencé a hablarle en voz alta: mamá, ¿estás ahí?, ¿dónde estás?, ¿qué estás haciendo? Giré el picaporte de la puerta y penetré en la cocina. La luna iluminaba con su magia pálida el suelo de terrazo. Mi madre estaba allí, de espaldas: mamá, mamaíta, le dije. Pero ella no podía oírme, ni moverse, ni contestarme. Estaba paralizada, rígida como una inmensa muñeca de carne envejecida. Me acerqué a ella, me puse delante de sus ojos, me abracé a sus piernas: ¡mamá!, ¡mamá!, grité. Y entonces volvió la luz y todo se puso en marcha.

 CARLOS RODRÍGUEZ BLANCO, BABELIA, 1de julio de 2002, página 10.

martes, 20 de marzo de 2012

AMOR EXPRIMIDO, Juan Pedro Aparicio


AMOR EXPRIMIDO

   Mientras la acariciaba y le decía dulces palabras al oído mi novia se iba licuando entre mis brazos como un zumo. Entonces, siguiendo el manual de instrucciones de un poeta, la bebí sorbo a sorbo toda entera. Luego me tomé un par de tabletas de Alka Seltzer, por si acaso.


JUAN PEDRO APARICIO, El juego del diábolo, Páginas de Espuma, Madrid, 2008, p. 48.

lunes, 19 de marzo de 2012

["SOY TU HIJO"...], Peter Handke


   "Soy tu hijo", quisiera uno decir a veces. ¿Pero a quién?

PETER HANDKE, Ayer, de camino, Alianza Editorial, Madrid, 2011, página 494.

domingo, 18 de marzo de 2012

CASTILLO, José Luis Torres Vitolas


CASTILLO

   Antes la bestia y la torre que papá, pensó la princesa y eligió su destino.


JOSÉ LUIS TORRES VITOLAS, L, Albatros, Genève, 2010, página 87.

sábado, 17 de marzo de 2012

ANTONIO TIENE LA CULPA, David Hidalgo



ANTONIO TIENE LA CULPA

   Hoy hace doce años que Antonio me regaló esta lupa y desde entonces no he dejado de quemar hormigas. Antonio es un enfermo.

DAVID  HIDALGO, BABELIA, 4 de mayo de 2002, página 9.


Grabado: PABLO DEL PINO

viernes, 16 de marzo de 2012

ONOMATOPEYAS, Raymond Queneau


ONOMATOPEYAS

   En la plataforma, plas, plas, plas, de un autobús, tuf, tuf, tuf, de la línea S (en el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba), ¡pii!, ¡pii!.. pintarrajeado de rojo, a eso del medio ding-dong-dingdong día, gemía la gente apretujada, ¡aj!, ¡aj! Y he aquí quiquiriquí que un gallito gilí, jtururú!, que, iPuaf!, llevaba un sombrerucho, ¡fiu!, se volvió cabreado, brr, brr, contra su vecino y le dijo, hm hm: «Oiga, usted me está empujando adrede.» Casi se pegan, plaf, smasch, pero en seguida el pollo, pío, pío, se lanzó, izas!, sobre un sitio libre sentándose en él, ploc.
   El mismo día, un poco más tarde, ding-dong-dingdong, vuelvo a vedo, junto a la estación, ¡fss!, ¡fsss!, ¡puu!, ¡puu!, charrando, bla, bla, bla, con otro efebo, ¡tururú!, sobre un botón del abrigo (trr, trr, precisamente no hacía calor...)
   Y chim-pum.

RAYMOND QUENEAU, Ejercicios de estiloCátedra, Madrid, 1989, p. 74.

jueves, 15 de marzo de 2012

GATHY, LA REINA DE LOS GATOS




GATHY, LA REINA DE LOS GATOS

   Ella dice: soy la tatara tatara sobrina nieta de la reina de Francia. Vive arriba, justo encima, en el piso de al lado de Joe, el ladrón de niños. Apartaos de él, dice. Es muy peligroso. Benny y Blanca son los dueños de la tienda de la esquina. Todo está bien, mientras no te apoyes en el mostrador de los caramelos. En la otra acera viven dos niñas harapientas como ratas. No te gustaría conocerlas. Edna es la Dueña del edificio contiguo al tuyo. Antes tenía una casa grande como una ballena, pero su hermano la vendió. La madre les decía que no, no, no la vendáis nunca. No la venderé. Y, en cuanto cerró los ojos, él la vendió. Alicia se ha vuelto antipatica desde que se fue al colegio. Antes yo le gustaba, pero ahora no. Cathy, que es la reina de los gatos, tiene gatos y gatos y gatos. Cachorros de gato; gatos grandes, gatos huesudos, gatos enfermos. Gatos dormidos como pequeñas rosquillas. Gatos encima de la nevera. Gatos que se pasean por la mesa. Su casa es como un paraíso de gatos.
   O sea que quieres una amiga, me dice. Vale. Seré tu amiga, pero sólo hasta el martes que viene. Ese día nos mudaremos. No hay más remedio. Y luego, como si se olvidara de que yo acabo de llegar, me dice que este barrio está cada vez peor.
   El padre de Cathy tendrá que viajar a Francia y encontrar al tatara tatara tío abuelo lejano por parte de padre para heredar la casa de la familia. ¿Que cómo lo sé? Me lo dijo ella. Mientras tanto, se tendrán que mudar un poquito más al norte de Mango Street, un poquito más allá cada vez que la gente como nosotros venga más acá.


SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, páginas 21-22.

miércoles, 14 de marzo de 2012

[ESTA PLANTA CARNÍVORA...], Miguel Ángel Zapata



 XXIII
  
   Esta planta carnívora se deleita humillándonos. No lo devora todo como si de un engendro terrible de película de serie B se tratara, como se espera de un ser implacable y terrorífico semejante, no. Ella abre con parsimonia su bocaza de filamentos, dientes serrados y pistilos, nos fagocita en un santiamén con un ágil movimiento de succión para volver a vomitarnos segundos más tarde emitiendo un chasquido de desaprobación y asco.
   Nosotros nos arremolinamos alrededor de ella, intentando seducirla y llamar su atención con elegancia, pretendiendo convertirnos de una vez por todas en atractivas víctimas de tan selectiva gourmet, buscando ser devorados con gozo para evitar de una vez por todas la vergüenza de sus rechazos.

MIGUEL A. ZAPATA, Revelaciones y magias, Traspiés, Granada, 2009, página 34.

martes, 13 de marzo de 2012

DESPEDIDA, Gloria Dionis


DESPEDIDA

   Me llamo Alicia, tengo 32 años, un marido, una casita, un perro, un pájaro, un gatito con crías, tres hijos y la muerte encima. Y me siento culpable de irme sin que mis niños lo sepan, de no estar cuando los deje su primer amor, de que no sean mis manos las que los acompañen por la vida. Culpable de su pena cuando descubran que no volveré, de su absoluto desamparo durante los primeros meses, del dolor de mis padres y de su tristeza. Y a veces pienso que toda esa culpa no me está dejando tener pena por mí misma y se lo agradezco, pues me va a permitir despedirme mejor de todos ellos.


Gloria Dionis, BABELIA, 4 de mayo de 2002, página 9. 

lunes, 12 de marzo de 2012

[NUNCA VERÁS...], Rafael Pérez Estrada


   Nunca verás un amanecer tan hermoso como ella.

Rafael Pérez Estrada


Mil y un cuentos de una línea, Thule Ediciones, Barcelona, 2007, p. 2010.

Ilustración: Antonio Callau

domingo, 11 de marzo de 2012

sábado, 10 de marzo de 2012

NATACIÓN, Virgilio Piñera




NATACIÓN

   He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.
   No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.
   Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.


viernes, 9 de marzo de 2012

CRUCE DE CAMINOS, Javier Iglesias



CRUCE DE CAMINOS

   Todo estaba listo para que ocurriera, pero aquella señora del abrigo gris y el rostro triste tuvo que cruzar aquel paso de peatones con el semáforo en rojo justo delante del taxi de mi padre. Mientras éste la llevaba al hospital, mi madre esperaba en el siguiente cruce para conocer a su marido.


JAVIER IGLESIAS, BABELIA, 27 de abril de 2002, página 11.

jueves, 8 de marzo de 2012

TRIÁNGULO, Rubén Abella



ICEBERG

   Hay dos parejas sentadas a la mesa, una frente a la otra. Mientras el camarero recita el menú, Teresa mira a Román con ojos conciliadores. Han discutido antes de la cena y quiere agitar la bandera blanca y confirmar que se quieren. Pero Román no le devuelve la mirada. Está demasiado ocupado tratando de discernir si lo que África está haciendo con la lengua —un barrido húmedo, de ida y vuelta, a lo largo de los labios— es un gesto inocente o una incitación a la infidelidad. África sonríe. Hace meses que su vida conyugal hace agua y, después de meditarlo mucho, ha llegado a la conclusión de que sólo los celos y el deseo de otro pueden hacer que Alberto reaccione. Alberto se queda estupefacto al ver a su amigo tontear con su esposa. Su impulso inicial es levantarse e irse, pero se contiene. Entonces, poseído por el demonio de la venganza, se quita un zapato y, tanteando bajo el mantel, frota el pie contra la pierna de Teresa. Teresa da un respingo y hace añicos un vaso. Todos se vuelven hacia ella, incluido el camarero. Teresa se disculpa, emite una tosecilla nerviosa y dice:
   —Yo de primero tomaré una ensalada especial.



RUBÉN ABELLA, Los ojos de los peces, Menoscuarto, Palencia, 2010, p. 21.

miércoles, 7 de marzo de 2012

[UNA URGENTE LLAMADA TELEFÓNICA...], Vicente Molina Foix



   [...] una urgente llamada telefónica interrumpió la velada en la que un grupo de escritores desengañados del Movimiento (Rosales, Vivancos, Laín Entralgo, Tovar, quizá Ridruejo) tomaban copas en casa de Torrente Ballester, que también invitaba alguna tarde, siendo comunista y más joven que ellos, a Juan García Hortelano. Torrente Ballester volvió pálido tras responder al teléfono. El director general de Seguridad le había llamado personalmente por el robo de un valioso cáliz en una iglesia de la capital, del que era sospechoso Gonzalito; el padre, después de colgar, había ido al dormitorio que su hijo ocupaba a veces en la casa familiar, y allí, bajo, la cama, encontró en efecto el cáliz de oro y pedrería, y lo que era peor, su contenido, una considerable porción de hostias. Al haber por medio no sólo un delito sino un posible sacrilegio, los allí presentes convinieron en que había que pedir consejo al intelectual afín que más podría saber de estos pormenores, Jesús Aguirre, a la sazón sacerdote apenas ejerciente y no vinculado todavía a la Casa de Alba. El cura Aguirre se presentó en taxi poco después, y, ante la duda de que aquellas hostias estuviesen consagradas, les dio la comunión in situ a los poetas y novelistas y antiguos jerifaltes del régimen, los cuales fueron tragando las benditas formas una tras otra, con la excepción de García Hortelano, que, al contrario que los demás, no se arrodilló y no dejó su gin tonic mientras se hacía el reparto eucarístico. El copón fue devuelto vacío e intacto, y por ese robo no hubo condena.


VICENTE MOLINA FOIX, Los Torrentes, El País, Madrid, 4 de marzo de 2012.


martes, 6 de marzo de 2012

RUTHIE, LA DE EDNA, Sandra Cisneros



RUTHIE, LA DE EDNA

   Ruthie, dama alta y delgaducha con carmín en los labios y pañolón azul en la cabeza, un calcetín azul y el otro verde porque se despisto, es la única adulta de las que conocemos a quien le gusta jugar. Saca a pasear a su perro Bobo y se ríe sola, esa Ruthie. No necesita reírse con nadie, simplemente se ríe. 
   Es la hija de Edna, la dueña del edificio grande de al lado, tres apartamentos, delante y detrás. Cada semana, Edna le grita a alguien y cada semana alguien tiene que mudarse. Una vez echó a una embarazada sólo porque tenía un pato, y encima era un pato bonito. Pero Ruthie vive allí y Edna no puede echarla porque Ruthie es su hija.
   Parece que Ruthie vino un día de ninguna parte. Ángel Vargas intentaba enseñarnos a silbar. Entonces oímos silbar a alguien, un silbido bonito, como el del ruiseñor del emperador, nos dimos la vuelta y allí estaba Ruthie.
   A veces vamos de compras y nos llevamos a Ruthie, pero nunca entra en las tiendas, y cuando entra se queda mirando alrededor suyo como un animal salvaje encerrado en una casa por primera vez.
   Le gustan los caramelos. Cuando vamos al colmado del señor Benny nos da dinero para que le compremos unos cuantos. Dice que nos aseguremos de que son de los, blandos porque le duelen las muelas. Luego promete que irá al dentista la semana que viene, pero cuando llega la semana que viene no va.
   Ruthie ve cosas adorables por todas partes. A veces le estoy contando un chiste y ella me interrumpe y dice: La Luna es bonita como un globo. O alguien está cantando y ella señala hacia unas nubes: Mira, Marlon Brando. O una esfinge que guiña un ojo. O mi zapato izquierdo.    
   Una vez vinieron de visita unos amigos de Edna y le preguntaron a Ruthie si quería ir con ellos a jugar al bingo. El coche tenia el motor en marcha y Ruthie estaba en la escalera pensando si iría. ¿Debo ir, mamá?, preguntó a la sombra gris que vigilaba detrás de la puerta-lámpara del segundo piso. Tanto me da, dice la puerta-mampara, ve si quieres. Ruthie miró al suelo. ¿Tú que piensas, mamá? Haz lo que quieras, ¿qué sé yo? Ruthie siguió mirando al suelo un rato. El coche espero quince minutos con el motor aún en marcha y luego se fueron. Aquella noche, cuando sacamos el mazo de cartas, dejamos que Ruthie repartiera.
   Ruthie podría haber sido muchas cosas si hubiese querido. No sólo sabe silbar bien, sino que también sabe cantar y bailar. Cuando era joven le ofrecían muchos trabajos, pero nunca los aceptó. En vez de eso, se casó y se mudó a una bonita casa fuera de la ciudad. Lo único que no entiendo es por que Ruthie vive en Mango Street si no le hace falta, por qué duerme en un sofá en el cuarto de estar de su madre cuando tiene una casa de verdad toda para ella; dice que sólo está de visita y que el próximo fin de semana volverá su marido para llevarla a casa. Pero los fines de semana vienen y se van y Ruthie se queda. No importa. Nos encanta porque es nuestra amiga.
   Me gusta enseñarle los libros que saco de la biblioteca. Los libros son maravillosos, dice Ruthie, y luego les pasa la mano por encima como si pudiera leerlos en Braille. Son maravillosos, maravillosos, pero yo ya no puedo leer. Me da dolor de cabeza. Tendré que ir al oculista la semana que viene. Yo antes escribía libros para niños, ¿nunca te lo he dicho?
   Un día me aprendí de memoria La morsa y el carpintero porque quería que Ruthie me escuchara. «El sol brillaba sobre el mar, brillaba con toda su intensidad...» Ruthie miraba al cielo y a ratos se le humedecían los ojos. Por fin llegué a las últimas lineas: «Pero no obtuvo respuesta, lo cual no era extraño porque se los habían comido a todos...» Ella estuvo mucho rato mirándome antes de abrir la boca y entonces, dijo: Tienes los dientes más bonitos que jamás he visto, y se fue para dentro.
         
         
SANDRA CISNEROS, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, páginas 101-104.

lunes, 5 de marzo de 2012

LA LEYENDA DEL CUCHILLO, Mumon & Hokusai


LA LEYENDA DEL CUCHILLO
        
   El gallo francés cacarea en francés: «¡Cocorico!», el gallo alemán, en alemán: «¡Kire-kiki!», y el gallo inglés, como es debido, en inglés: «¡Cook-e-doodle-do!». Los gallos hablan la lengua de sus países respectivos, ¿o quizá son los humanos quienes interpretan a su manera el grito inocente de las gallináceas? La cuestión hace sonreír, pero hay un canto que uno no puede, ciertamente, modular a su gusto: ¡el del cuclillo! En efecto, ¿cómo transformar esa música binaria, repetitiva, de una claridad tan evidente: «cucú... cucú...»? El que ha oído una vez la voz bien timbrada del volatinero de la primavera sabe muy bien que el cuclillo hace «cucú» y nada más. Sin embargo, en el país del Sol Naciente se afirma que el cuclillo no dice «cucú... cucú...», sino «kakkó...kakkó...» Añaden, incluso, que para ello tiene una razón excelente.

***
        
   Hace muchísimo tiempo, papá cuclillo pidió un día a su hija que le rascara la espalda, cosa que él no podía hacer a pesar de sus intentos vanos y desesperados de retorcer el pico. La señorita atravesaba las tormentas de la adolescencia. Se negó a hacerlo, con el pretexto de que a papá no le gustaba cierto cuclillo juvenil que exhibía una vestimenta pardo-rojiza de muy mal efecto y que le hacía parecer un cernícalo hembra.
   —¡Grotesco! fulminaba papá ¡Un cuclillo gris se viste de gris!
   —¡Tú no sabes nada, es la última moda! replicaba su hija.
   En una palabra, cualquiera que fuera el motivo, la señorita cuclillo se negó a hacer ese favor a su padre. Éste, al que la espalda le picaba furiosamente, fue a frotarse contra una piedra puntiaguda. Se hizo una herida. La herida se infectó. Y se murió. Una historia lamentable... La joven cuclillo sintió tal dolor que desde entonces repite «¡Kakkó...kakkó...!», que en japonés significa: «¡Rascaré..., rascaré...!» Sí, rascaré la espalda de mi papá.
   Por desgracia, es demasiado tarde.
***     
        
   El remordimiento es una herida abierta. Tiene efectos deletéreos sobre los demás y sobre uno mismo. Conviene dice el sabio asumir los propios errores, ofrecer reparación y olvidarse de ello.
        
                     Las flores en primavera, la luna en otoño,
                     la brisa fresca en verano, la nieve en invierno.
                     Libera a tu alma de todo pensamiento vano.
                     Cada estación será para ti un encanto.
        
        
                                                                       Mumon (1183-1260),
                                                                         maestro Zen y poeta chino


HENRI BRUNEL, Los más bellos cuentos zen, Olañeta, Palma de Mallorca, 2011(2006),  pp. 177-178.

Ilustración: HOKUSAI

domingo, 4 de marzo de 2012

EL PUNTO EXTREMO, Cees Nooteboom


EL PUNTO EXTREMO

   «Eso no es cosa de mujeres», dijo mi padre. «Son los hombres los que viajan al punto extremo, nunca las mujeres.» Pero yo me negué a escucharle. En las islas existen muchos  puntos extremos, más que en tierra firme. En esta isla, mi punto extremo favorito es Punta Nati, sobre todo cuando hace mal tiempo. Siempre que la tramontana doblega los árboles, sé que tengo que salir. Me pongo ropa de lluvia y abandono la ciudad. No es una ciudad muy grande, enseguida se llega a los edificios de la zona industrial. Unos hombres  trajinan con carretillas elevadoras, trasladando cajas y baúles. Cada vez que retroceden, los vehículos emiten un sonido alto, monótono y repetitivo. Es como si sufrieran y no pudieran expresar su dolor. Sigo oyendo ese sonido cuando llego al angosto camino que va hacia el norte. El viento empieza a arreciar, me obliga a inclinar la cabeza como un sirviente. Me agita los cabellos. Si quisiera mirar al viento de cara no podría, tengo los ojos bañados en lágrimas. El camino está flanqueado por muros construidos con las piedras que aquí yacen por doquier en la tierra. El resto de la isla es verde, sólo este rincón es una llanura árida. No hay árboles. Los escasos matorrales están duros y resecos, el viento doblega hacia el sur sus formas caprichosas. Los corderos que pastan entre las rocas apenas encuentran alimento. Hay que caminar dos horas, lo sé, pero nunca estoy pendiente del tiempo. «Un minuto o una hora ¿qué más da? ¿Por qué quieres saberlo?», solía preguntar mi padre. El ya murió. Me hubiera gustado explicarle el porqué, pero nunca fui capaz. Sólo lo sé cuando estoy en este lugar, pero después no consigo verbalizarlo. Hay rocas por todas partes. Nubes de tormenta intercaladas con zonas de luz. De repente el paisaje pedregoso se ilumina con un extraño resplandor. Oro muerto. Para librarse de tanta piedra, los campesinos levantaron en su día unas construcciones circulares que carecen de utilidad. Yo fantaseo con la idea de que en ellas vive una gente diferente de nosotros, aunque sé que no es verdad. Nunca se ve ni un alma por ahí y los campos de cultivo fueron abandonados hace ya mucho tiempo, porque no crecía nada en esta tierra. Al final del camino hay un faro con un par de edificios anexos. No hay farero, los edificios están deshabitados. El gran faro giratorio se acciona a distancia y se enciende automáticamente cuando se pone el sol. Antaño naufragaban en esta zona muchas embarcaciones. Yo me sé los nombres de esas embarcaciones. Mientras camino las voy recitando, como una letanía. El acceso al terreno del faro, rodeado de muros, está prohibido, pero sé que puedo entrar. A medida que me acerco, oigo el rumor del mar, furia y júbilo. Yo vengo aquí para bailar, eso no puedo contárselo a mi padre. El viento baila conmigo, me sostiene, me dejo llevar del cuerpo, de un modo brutal e irresistible, y yo me dejo llevar procurando que no me arroje al suelo. Las rocas son muy afiladas aquí, a veces me golpeo contra ellas y me arañan. Antes siempre tenía que ocultar esas heridas. Por aquel entonces había un camino que iba del faro hasta la ensenada, donde el mar, muy al fondo, se agita con furia. El camino es hoy una pista borrosa porque ya no viene nadie por aquí. Las rocas traicioneras apenas te dejan transitar. No hay nada a que agarrarse, pero yo quiero llegar al borde, quiero adentrarme en esa furia extática. Marejada, eso es lo que es, guerra, peligro. Grandes extensiones grises que se elevan y se precipitan contra las rocas. Se alzan con una ondulación gigantesca y luego se ahuecan por dentro como si quisieran emprender el vuelo. El gris contiene toda suerte de matices, desde el gris azulado con el falso brillo del petróleo hasta el negro apagado como un sudario. La furia del mar. La espuma que azota las rocas parece detenerse un instante en vertical contra el cielo gris, hasta que se desmorona de nuevo y se retira para embestir con más ímpetu. Latigazos, gritos de titanes. Esta es la razón por la que acudo a este lugar, por los gritos. En un primer momento me siento cohibida, a pesar de que no hay nadie que pueda yerme u oírme. Pero enseguida empiezo a reaccionar y respondo al mar con mis gritos. Unos gritos al principio contenidos,  aún no me oigo a mí misma, y luego cada vez más fuertes. Contesto a los gritos con mis gritos, con chillidos más fuertes que los de cien gaviotas, les grito a los náufragos que perecieron en este lugar, les llamo y ellos me llaman a mí. Quisiera desaparecer en las profundidades de este mar, perderme en el vaivén de las olas, y sé que no es posible, que el baile se ha acabado, que regresaré por el largo camino, perseguida por los latigazos del viento, flagelada por haber sido de nuevo demasiado débil. Tocada por la tramontana, dice la gente de por aquí, queriendo decir que has perdido la chaveta. Pero no, no es eso, yo sé exactamente qué me pasa. Fui feliz pero ya no hay nadie a quien pueda contárselo. Debo esperar a que la tormenta y el mar me convoquen de nuevo al punto extremo. Así lo hemos acordado.


        
CEES NOOTEBOOM, Los zorros vienen de noche, Siruela, Madrid, 2011, pp.135-138.

sábado, 3 de marzo de 2012

LADRONES DE ARTE, Manuel Moyano




LADRONES DE ARTE
a Miguel Ángel Hernández-Navarro

   Robaron todos los lienzos del Museo de Arte Conceptual y dejaron tan solo los marcos, pero, hasta pasados unos días, nadie se dio cuenta.


MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 71.

viernes, 2 de marzo de 2012

ELEGÍA, Tomas Tranströmer


ELEGÍA

Abro la primera puerta.
Es una gran habitación soleada.
Un camión pasa por la calle
y hace vibrar la porcelana.

Abro la puerta número dos.
¡Amigos! Vosotros bebisteis la oscuridad
y os hicisteis visibles.

Puerta número tres. Una estrecha habitación de hotel.
Vistas a un callejón.
Un farol que reluce en el asfalto.
El hermoso residuo de las experiencias.

TOMAS TRANSTRÖMER, Para vivos y muertos, Hiperión, Madrid, 1992, página 94.

jueves, 1 de marzo de 2012

RETRATO, Mário Cláudio


RETRATO

Quando a tarde passa
Abre-se outra porta
Se um morcego voa a estrela desponta

Ser de hoje ou de sempre
nada disso importa
todo o tempo corre só por nossa conta

sair por praias brancas de velas queimadas
se perdi meus espacos ao longo da carreira

tive pais e filhos tive namoradas
e encontrei-me logo aqui mesmo á beira
jogo minhas cartas na mesa da vida
recolho moedas apenas também

alma encandescente
frio transivel

quem me dasse querido nao tenho
o vinho bebido ao sangue juntando
e os frutos da terra descobri em mim

que ninguem me diga que morreu sem lei
que ninguem me diga que morreu assim

Mário Cláudio


CARLOS DO CARMO & BERNARDO SASSETTI, Carlos do Carmo & Bernardo Sassetti, Universal Music Portugal, 2010.