lunes, 30 de abril de 2012

EL TOPO, Kestutis Kasparavicius



EL TOPO

   En una ocasión en que el topo se enfadó con todo el mundo  y con todas las cosas excavó muy profundamente en la tierra para no ver a nadie. Pronto se le pasó el enfado y pudo volver a la luz del día. Pero durante aquel tiempo apreció que no se vivía tan mal bajo tierra. Allí había silencio, no se oía el molesto canto de las cigarras, no había que estar pendiente de que alguna calabaza descuidada te pisara la cabeza y, además, había un fresco agradable en verano, mientras que en invierno era cálido y acogedor. El único problema es que resultaba un poco oscuro. Pero el topo se compró un pequeño televisor, lo colocó en su agujero y conectó la antena a una seta encorvada para que le sirviera como antena parabólica.
   De modo que el topo se echaba en el pequeño sofá y veía películas de todo el mundo.
   De vez en cuando, por la noche, el topo sacaba su aterciopelada cabecita y observaba el cielo estrellado. Le parecía que miles de ojitos le miraban amistosamente desde el cielo y que algunos incluso le hacían pícaros guiños.
        
          KESTUTIS KASPARAVICIUS, Cosas que pasan cada día, Thule Ediciones, Barcelona, 2005, p. 58.

domingo, 29 de abril de 2012

[EN CUANTO ABRO...], Herta Müller

En cuanto abro la sandía dentro
es remontado del sueño un hombre de
ojos grandes enano dice: has visto
Madame cómo las bellas pepitas negras
se van a flautear sabes bien que con el
cuchillo se puede matar cómo es que tú
me sacas el frío cráneo uno como él
el lo tiene bien y se quita de en medio durmiendo
en rojo cuando me tiendo en el corazón
de la casa están las calles
esmaltadas con pan blanco.

HERTA MÜLLER, Los pálidos señores con las tazas de moca, E.D.A, Benalmádena, 2010, pp. 168-169.

sábado, 28 de abril de 2012

ENCUENTRO INESPERADO, Wislawa Szymborska & Sara Morante


ENCUENTRO INESPERADO

Somos sumamente corteses el uno con el otro,
decimos: qué agradable encontrarnos después de tantos años.

Nuestros tigres beben leche,
nuestros halcones van a pie.
Nuestros tiburones se ahogan en el agua.
Nuestros lobos bostezan frente a jaulas abiertas.

Nuestras víboras se quedaron sin relámpagos,
los monos sin inspiración, y los pavos reales sin plumas.
Los murciélagos renunciaron a nuestros cabellos tiempo ha.

Sucumbimos al silencio sin acabar la frase,
sonreímos, sin recursos.
Nuestros humanos
no saben qué decirse.

WISLAWA SZYMBORSKA, Paisaje con grano de arena, Círculo de Lectores, Barcelona, 1997, p. 37.

Ilustración: Sara Morante
SOBRE WISLAWA SZYMBORSKA: Alberto San Segundo

viernes, 27 de abril de 2012

[UNA VEZ RECIBÍ...], Alfred Hitchcock



   Una vez recibí una carta de una madre que tenía muchas ambiciones respecto a su hija. Decía: “Tengo una hija de una belleza perfecta. Tiene diecisiete años de edad, mide metro y setenta centímetros de altura y pesa cincuenta y cinco kilos. ¿Cree usted que puede tener éxito en el cine?”. Le respondí: Señora, me resulta imposible decirlo, ya que no me indica usted lo que mide de ancho”.
Alfred Hitchcock

DES MAcHALE, Las mejores frases de todos los tiempos, Amat Editorial, Barcelona, 2012, p. 112.

jueves, 26 de abril de 2012

EL AGENTE Y EL GAMBERRO, Ambrose Bierce



EL AGENTE Y EL GAMBERRO

   Un Jefe de Policía que había visto cómo un Agente pegaba a un Gamberro estaba muy indignado, y le dijo que no lo hiciera más o sería expulsado del Cuerpo.
   —No sea tan duro conmigo —dijo el Agente, sonriendo—, le estaba pegando con una porra de trapo.
   —De todos modos —insistió el Jefe de Policía—, es una libertad que le ha debido resultar muy desagradable, aunque no haya causado ningún daño. Así pues, que no se repita.
   —Pero—dijo el Agente, sonriendo todavía—era un Gamberro de trapo.
   Tratando de expresar su alivio, el Jefe de Policía le tendió su mano derecha con tal violencia que se le desgarró la piel del sobaco y se le salió un chorro de serrín por la herida. Era un Jefe de Policía de trapo.


AMBROSE BIERCE, Fábulas fantásticas, Valdemar, Madrid, 1999, página 19.


miércoles, 25 de abril de 2012

LA NIÑA QUE SE LLAMABA YO, E.E. cummings & Marc Chagall


LA NIÑA QUE SE LLAMABA YO  
  
   Érase una vez una niña que se llamaba Yo.
   —Era una niña muy buena, ¿verdad?
   —Sí, en efecto, muy buena. Así que un día esta niña que se llamaba Yo caminaba completamente sola por un prado verde, verde. ¿Y adivina a quién se encontró?
   —Supongo que a una vaca.
   —Sí, eso es. Una vaca amarilla. Así que ella, muy educada, le dijo a la vaca amarilla: “¿Cómo estás?”. ¿Y qué le responde la vaca?
   —¿Bien, gracias?
   —Sí. Exactamente. Entonces esta niña que se llamaba Yo se puso muy contenta e invitó a la vaca a tomar el té, pero resulta que a la vaca no le gustaba el té. Así que se dijeron adiós, y Yo se marchó sola por el prado verde, verde.
   Yo siguió caminando y se encontró a un caballo blanco que comía hierba tierna. ¿Y qué crees que dijo el caballo?
   —¿Hola?
   —Sí. La niña que se llamaba Yo le dijo hola también. Y los dos rieron y rieron, y cuando acabaron de reír, la niña que se llamaba Yo le dijo al caballo blanco: “Voy a tomar el té. ¿Te gustaría venir conmigo?”. Pero al caballo blanco no le apetecía.
   —¿Quieres decir que no le gustaba el té?
   —Sí, eso es. Así que se dijeron adiós, y Yo se marchó sola por el prado verde, verde. Siguió caminando y caminando hasta que... ¿a quién crees que se encontró Yo tumbado al sol y durmiendo como un lirón?
   —¿A un cerdo, quizá?
   —Sí, en efecto. Un cerdo rosa. ¿Y qué le dijo la niña que se llamaba Yo?
   —Supongo que le diría: ¿Cómo está usted?
   —No, no le dijo eso.
   —¿Le dijo Hola?
   —No, no le dijo Hola.
   —Pues ¿entonces qué le dijo?
   —Le dijo: “Buenos días, señor Cerdo. ¿Duerme usted?”. ¿Y sabes lo que le contestó el cerdo?
   —Supongo que le diría que sí.
   —No. No le dijo eso.
   —Entonces, supongo que le diría que no.
   —No, tampoco le dijo eso.
   —Pues ¿qué le dijo el cerdo?
   —Bueno, no dijo nada porque estaba dormido. Así que Yo se alejó de puntillas para no molestarle porque estaba dormido, y sin hacer ruido se marchó sola por el prado verde, verde. La niña que se llamaba Yo se encontró poco después con un árbol.
   —¿Qué clase de árbol?
   —Un árbol muy grande.
   —¿De verdad?
   —De verdad. ¿Y quién crees que estaba completamente solo debajo de este árbol muy grande?
   —No sé. Dímelo tú.
   —¿Quieres que te lo diga?
   —Sí. ¿Era un pato?
   —No.
   —Bueno ¿entonces qué era?
   —Pues un elefante.
   —¿En serio?
   —Sí. Así es.
   —Bueno. ¿Y qué hacía este elefante debajo del árbol?
   —Comía. Eso es lo que hacía.
   —¿Comía? ¿Y qué comía?
   —Comía plátanos, todos para él solo.
   —¡Ah! ¿Quieres decir que los plátanos crecían en el árbol?
   —Sí, efectivamente. Y él los arrancaba con la trompa, se los llevaba a la boca y se los comía. Eso es lo que hacía.
   —Vale. ¿Y qué hizo la pequeña Yo cuando le vio hacer eso?
   —¿Quieres decir, cuando le vio comer los plátanos?
   —.
   —Le dijo: “Hace un día muy agradable, ¿no te parece?”. Eso es lo que le dijo. Y él le contestó: “Estos plátanos están deliciosos. ¿Quieres uno?”.
   —Creo que fue muy amable por su parte preguntarle si quería un plátano.
   —Así lo creo también yo. Entonces la niña le dijo: “Muchas gracias, pero ahora voy a tomar el té”.
   —¿La niña le preguntó al elefante si quería ir a tomar el té con ella?
  —Así es.
  —¿Y qué contestó él?
  —El elefante le dijo: “Sí, me gustaría mucho ir a tomar el té contigo”.
  —Entonces ¿el elefante fue a tomar el té con ella?
  —No. No fue.
  —¿Y eso? Creía que había dicho que sí quería el té.
  —Sí. Pero entonces dijo: “Creo que será mejor que me coma los plátanos de este árbol, porque si me paro ahora crecerán tan deprisa, que no me dará tiempo a comerlos.”
  —Fue una respuesta magnifica.
  —Sí. Sí que lo fue. Así que la niña que se llamaba Yo le dijo al elefante: “¿Te estás riendo de mí? Debería darte vergüenza”. Y él le contestó: “Sí, me estoy riendo de ti y me avergüenzo de ello”. Entonces se hicieron una mueca de burla, y luego Yo se marchó sola por el prado verde, verde.
  —¿A quién se encontró después?
  —Bueno, no se encontró a nadie durante mucho, mucho tiempo. Pero al cabo de un rato, la niña que se llamaba Yo vio a otra niña como ella.
  —¿Quieres decir que esta otra niña era igual que la niña que se llamaba Yo?
  —Era idéntica a ella.
  —Qué divertido, ¿no?
  —Sí, en efecto. Y Yo le dijo a la otra niña: “¿Cómo te llamas? me gustaría saberlo”. Pero la otra niña no dijo nada.
  —¿Nada?
  —Nada. Entonces Yo dijo simplemente: “¿Quién eres?”.
  —¿Y qué le contestó la otra niña?
  —“Tú. Esa soy yo —dijo la niña—. Me llamo Tú porque soy Tú”.
  —¿Supongo que la niña que se llamaba Yo se sorprendería?
  —La niña se sorprendió mucho.
  —¿Y qué pasó entonces?
  —Entonces Yo le dijo a Tú: “¿Te gustaría tomar el té?”. Y Tú contestó: “Sí, sí que me gustaría”. Así que Tú y Yo vinieron a mi casa y preparamos un magnífico té caliente y un delicioso pan con mantequilla, con mucha, mucha mermelada. Y aquí acaba esta historia.

E.E.Cummings, Cuentos, Casariego, Madrid, 2010, pp. 57-65.

martes, 24 de abril de 2012

EL REALISMO INTIMISTA: UN EJEMPLO EN ANTONIO MUÑOZ MOLINA. PLENILUNIO, José María Fernández Vázquez




EL REALISMO INTIMISTA: UN EJEMPLO EN ANTONIO MUÑOZ MOLINA. PLENILUNIO, José María Fernández Vázquez
        
   Antes de empezar vamos a intentar definir ese término tan resbaladizo de realismo, y no se puede olvidar que realismo no es Realidad, como señala Jorge Urrutia, “la Realidad es el resultado de un proceso de elección y ordenación de la Naturaleza. Luego la Realidad se entiende como orden y la Naturaleza como caos” (1). Por tanto el realismo literario no va a trasladar la Realidad sino va a ordenar esa realidad conforme a unos códigos establecidos en cada momento histórico.
   Para Roman Jakobson el término realismo es algo utilizado en contextos demasiado vagos lo que ha facilitado su confusión. En su opinión el Realismo "es una corriente artística que se ha propuesto como finalidad reproducir la realidad lo más fielmente posible y que aspira al máximo de verosimilitud.” (2)  El realismo, según este investigador, puede producirse desde la verosimilitud propuesta por el autor tanto como por el receptor que lo percibe como verosímil.
   Para Lázaro Carreter, el realismo es imposible sin una dosis de idealismo y en cualquier caso, “el arte asume la representación del mundo para actuar sobre él y modificarlo”3. Es decir, reafirma la idea de que el realismo no es realidad, sino selección y manipulación de realidad exterior que está sujeta a la intervención del artista, a la creación del arte.
   René Wellek centra mucho más el término realismo como etapa histórico literaria. Según Wellek, el Realismo rompe definitivamente con la exaltación romántica del yo, con el énfasis sobre la imaginación, el método simbólico, el interés por el mito, el concepto de naturaleza animada (4). Para este crítico el realismo “es la representación objetiva de la realidad social contemporánea” (5). Esta realidad objetiva, influenciada por el carácter cientifista del siglo XIX, incluye lo feo, lo repugnante, lo bajo, obviando lo alegórico, lo decorativo. Es un movimiento que persigue la objetividad tanto en el método como en el tema, aunque esta objetividad rara vez tiene una plasmación real en la práctica artística.
   Para Darío Villanueva, el Realismo hay que plantearlo como escuela o periodo que nace con un realismo genético que “todo lo fía a la existencia de una realidad unívoca anterior al texto ante la que sitúa a la conciencia perceptiva del autor, escrutiñadora de todos sus entresijos mediante una demorada y eficaz observación. Todo ello dará como resultado una reproducción veraz de aquel referente, gracias a la transparencia o adelgazamiento del medio expresivo propio de la literatura, el lenguaje y a la “sinceridad” del artista” (6). Sin embargo, este realismo genético es rápidamente superado en busca de la recreación de un mundo propio por parte del autor, “lo que la ficción realista presenta como un cuerpo u objeto real es ya réplica de un modelo articulado por los códigos y convenciones artísticas” (7).
   Como hemos observado en estas reflexiones, que podrían aumentarse o restarse en su número, no hay ningún acuerdo claramente uniforme respecto al concepto de realismo. Las ideas se mueven desde el amplio marco del concepto de realismo como reflejo más o menos condicionado de la realidad hasta una terminología artística que delimita un periodo histórico.
   Habría que precisar que el término de realismo necesita de una calificación para recoger todas las connotaciones que implica. Si limitamos el término de realismo a la terminología literaria al uso habría que delimitarlo al realismo decimonónico. Sin embargo la tesis de Menéndez Pidal considera toda la literatura española como realista; así realista es El Poema de Mío Cid, el Lazarillo de Tormes, Lope de Vega, Moratín hijo y una larga lista de escritores que se puede alargar hasta el presente siglo con el realismo social, o en el contexto más extenso del arte universal al realismo dialéctico o marxista. De hecho aquí nosotros calificamos el realismo como intimista.
   La novela española de la segunda mitad siglo siempre ha estado vinculada de un modo u otro a cierta tendencia realista. Nadie duda que realistas son Pascual Duarte, La colmena, Tiempo de Silencio, Cinco horas con Mario y una larga nómina de obras y autores que querían captar y criticar bajo diferentes aspectos y técnicas la realidad de la posguerra que se alargaba en el tiempo. Todas estas obras tienen en común el hecho de estar escritas durante la dictadura franquista. Cualquier estilo literario era un compromiso social, más o menos evidente del escritor contra Franco, así se interpretaba como compromiso la literatura realista y también la literatura experimental.
   Una vez muerto Franco la literatura no se emplea como un arma arrojadiza más o menos evidente contra el régimen dictatorial. Sin embargo, el realismo como modo de escribir novelas sigue presente en nuestra literatura. Cuando se ya trasformando la sociedad, y esta nueva sociedad implica un cambio en la percepción de la realidad, la literatura debe variar sus modos de plasmar esa sociedad de tal modo que llegue al lector y por tanto supone un modificación en los planteamientos de las técnicas realistas.
   De modo general, no sería incierto que el antiguo realismo claramente comprometido con el hombre ha variado. El realismo no se convierte en sinónimo de globalidad o de socialización sino que tiende a reflejar problemas personales muy concretos con los que la colectividad puede sentirse más o menos identificados.
   En los últimos años se han podido ver autores que van dibujando el cambio de la sociedad española de finales del siglo pero que no han abandonado en ningún momento su caracterización individual. Podemos citar a Javier Marías quien en sus diferentes novelas como Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí enfoca la realidad del hombre urbano pero individualizado a través de un lenguaje sumamente rico y trabajado que produce casi una alteración exagerada de la historia y del lenguaje, pero sin dejar de prestar atención nunca a cierta delicadeza en sus personajes ni en sus historias. Del mismo modo queremos citar a Luis Landero quien en Juegos de la edad tardía pasa de una realidad raquítica y gris de sus dos personajes a un mundo fantasioso y mágico, pero que no deja de ser el reflejo del mundo interior de sus protagonistas, todo ello cargado de un profundo simbolismo acerca de la condición humana. Por último, recordar a Almudena Grandes que en sus distintas obras Modelos de Mujer, Malena es nombre de tango, Te llamaré Viernes es la realidad femenina la que se pone en juego a través de una escritura delicada, pero donde refleja el complejo mundo de la mujer a veces quebradizo, a veces fuerte en especial en relación con los hombres, cargado de claros componentes eróticos en reivindicación de un papel como parte activa de la sexualidad que tantas veces había sido negado a las mujeres, como ya había reflejado en Las edades de Lulú.
   Estos tres autores han sido mencionados por ser evidente punto de referencia en la novelística contemporánea y representar cierta generación nacida en el régimen franquista pero que inician su trayectoria literaria con experiencias personales distintas (formación universitaria, lecturas europeas, etc.), ya sin espíritu reivindicativo social, y que ahora están en el momento más brillante de sus carreras. Hay que añadir el nombre de Antonio Muñoz Molina, que es sin duda el autor más emblemático sobre todo a partir de su nombramiento como académico de la Española. Esta escasa nómina podía alargarse y probablemente cada lector realizaría la suya con sus gustos específicos, pero no podemos dejar de citar a otros autores como Julio Llamazares, Soledad Puertolas, Juan José Millán, Luis Mateos Díez entre otros muchos que han traído el resurgir por parte de los lectores, únicos y verdaderos destinatarios de las novelas, de la narrativa española, anteriormente demasiado sometida a testimonios de oposición. Es a partir de la década de los ochenta cuando autores y lectores desean un cambio en las historias y en los tonos narrativos. El problema de este momento puede ser la avalancha de novelas sujetas a un excesivo mercadeo propiciado en gran parte por los suplementos  culturales y literarios de las periódicos.
   Estos autores, encuadrados en lo que se ha denominado como generación del 68, tienen en común varias cosas. En primer lugar, una riqueza y un dominio lingüístico que permite que ninguno de ellos escriba igual al no existir un lenguaje generacional propio salvo el respeto por el propio lenguaje. En segundo lugar, la plasmación de la realidad a través de unos personajes concretos pero que no se identifican nada más que con ellos, no son tipos de nada ni representantes de posturas específicas, sino que se convierten en personas claramente distinguidas, lo que permite por otro lado la comprensión del personaje. Estos novelistas no pretenden identificamos con un personaje de antemano, sino que es el lector quien debe identificarse con el personaje. La realidad no se va a plasmar desde un punto de vista exterior sino que se va a realizar desde un punto de vista íntimo, el del personaje y el del lector. Este abandono del testimo radical y comprometido nos ofrece por otro lado una visión de una sociedad cada vez más individualizada y ajena tanto a la problemática común como al reflejo de una sociedad donde el hombre se siente cada vez más solo rodeado de otros seres humanos.
   Hemos dejado para el final las alusiones a Antonio Muñoz Molina, quien va a centrar la parte final de esta comunicación. Nos vamos a centrar en su última obra Plenilunio. Comentamos de manera muy breve la trama de la misma: Es la historia de dos personajes principales, uno un inspector de policía y otro, una maestra de pueblo que se relacionan a partir de la muerte y violación de una alumna del último personaje, a estos habría que añadir varios otros como el propio asesino. Este resumen casi telegráfico es la esencia de la historia de la novela.
   Evidentemente, una obra que ronda las quinientas páginas resulta imposible resumirla en cinco líneas sin alterar la historia. Desde nuestro punto de vista, este número excesivo de páginas es inconveniente y tal vez no esté justificado plenamente dentro del desarrollo, al menos de los personajes. La capacidad narrativa de Muñoz Molina se descubre precisamente en esta habilidad especial para alargar la historia. En este caso, una historia perfectamente construida como caminos entrecruzados que tienen el fin y el inicio en las desagradables agresiones sufridas por una niña. A esta habilidad formalista y narradora hay que añadirle la exactitud lingüística que siempre se descubre en Muñoz Molina para hacernos llegar cada sensación. Este intento de precisión a veces alarga escenas que desde nuestro punto de vista serían resumibles.
   La interpretación más realista de la novela la encontramos en la propia violación de la niña. De hecho en la ciudad de Cádiz, durante el mes de abril de este año una niña fue violada tras ser amenazada con un arma blanca por su agresor. La noticia publicada por el Diario de Cádiz (Martes, 29 de abril de 1997) relata como el presunto violador esgrimía una navaja ante la niña, rasgaba su ropa interior y manipulaba en su presencia sus órganos sexuales. Este elemento, desagradable suceso real y cruel narración novelística, pone en relación las dos realidades; la realidad cotidiana de la violación infantil, la única realidad posible y la realidad ficticia de la obra de Muñoz Molina.
   La pregunta que podemos plantear es si la intención de escritor jiennense era mostrar la cruda realidad de la violencia infantil, tan usual en estos años de finales de siglo en España. Creemos que no. Muñoz Molina con este suceso inicial consigue atrapar al lector de su obra con un propósito claro que puede asimilarse con la piedad hacia la víctima. Pero la niña, la única víctima real no es la única víctima social.
   Es esta diferenciación entre víctimas reales y víctimas sociales, todas productos de la violencia y la sociedad, lo que pretende plasmar el autor por medio de su realismo intimista. Los dos personajes principales, el inspector —llamado así durante toda la novela— y Susana Grey también son víctimas; el primero ex-alcohólico, destinado en Bilbao durante largos años, con un matrimonio roto y objetivo final de ETA, la segunda, maestra de pueblo, culta, infravalorada y abandonada por su marido y su hijo. El tercer personaje, nunca en relación con ellos, pero como ellos abandonado en la masa solitaria que forma la ciudad es el violador, hijo único, alcohólico, obsesionado por el sexo, vive con unos padres ancianos a los que odia.
   La violación de la niña que es el motivo central del relato se va diluyendo poco a poco mediante un avanzar en el conocimiento de los personajes que nunca se terminan de encontrar porque su realidad es una realidad fracasada. Así la tenue historia de amor entre el inspector y Susana no pasa de ser un intento marcado por la culpabilidad no tanto del hecho sexual en sí y del adulterio en el caso del inspector, sino por la culpabilidad de no poder ofrecer nunca nada que sobrepase su propia soledad y su propio temor.
   La novela que empieza por la terrible plasmación de una realidad truculenta se va desplazando con un ritmo lento —a veces demasiado prolijo— en confesiones individuales y vamos descubriendo otra realidad, la realidad íntima de los personajes, que es tan ficticia como los propios personajes, pero que finalmente se descubre como la realidad de una época marcada por la violencia social que todos padecemos y la terrible soledad y angustia en la que se encuentra insertos tantas y tantas personas que nos rodean cada día. El delito identificable de la  violación sólo oculta soledad, como dice el propio Muñoz Molina al inicio de su novela como clave oculta de la terrible soledad y desesperación íntima que refleja la obra: “cada cual con su secreto escondido en el alma, royéndole el corazón, inaccesible siempre, no sólo para los desconocidos, sino para quienes están más cerca”(8).
        
        
     
        
JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ VÁZQUEZ, El realismo intimista: Un ejemplo en Antonio Muñoz Molina. Plenilunio., Antagonía, nº 6, Cádiz, 2001, pp. 37-42.
        

**********
(1) Urrutia, Jorge: Literatura y comunicación, Madrid, Espasa-Calpe - Instituto de España, 1992, pág. 42.
(2) Jakobson, Roman: “Sobre el realismo artístico”, en TODOROV (ed.): Teoría de la literatura de los formalistas rusos, Buenos Aires, Signos, 1970, pág. 71.               
(3) Lazaro Carreter, Fernando: El realismo como concepto critico-literario , en Estudios de Retórica, Madrid, Taurus, 1976, págs. 121-142, pág. 135.
(4) Ver Weliek, René: “El concepto de realismo en la investigación literaria”, en Historia literaria. Problemas y conceptos, Barcelona, Laja, 1983, págs. 195-219, pág. 218.
(5) Weliek, René: artículo citado, pág. 209.
(6) Villanueva, Darío: Teorías del realismo literario, Madrid, Instituto de España - Espasa-Calpe, 1992, pág. 32.
(7) Villanueva, Darío: obra citada, pág. 65.
(8) Muñoz Molina, Antonio: Plenilunio, Madrid, Alfaguara, 1987, pág. 34.

lunes, 23 de abril de 2012

DESPROPORCIÓN, Manuel Moyano


DESPROPORCIÓN

   Vació el bidón de arsénico en la planta potabilizadora que abastecía a toda la ciudad. Sabía que su mujer siempre bebía agua del grifo.



MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 26.

domingo, 22 de abril de 2012

[MI PADRE ME CONTÓ...], Bob Hope

    Mi padre me contó lo de los pájaros y las abejas, así que él tuvo la culpa de que estuviera saliendo dos años en serio con un pájaro carpintero.
Bob Hope

DES MAcHALE, Las mejores frases de todos los tiempos, Amat Editorial, Barcelona, 2012, página p. 90.

sábado, 21 de abril de 2012

AMENAZAS, William Ospina


AMENAZAS

—Te devoraré —dijo la pantera.
— Peor para ti—dijo la espada.


    WILLIAM OSPINA


GUILLERMO BUSTAMANTE ZAMUDIO & HAROLD KREMER, Antología del cuento corto colombiano, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, 2006 (1994), página 75.

viernes, 20 de abril de 2012

PRIMAVERA, Juan Cruz Iguerabide

PRIMAVERA

Flor naciente.
La contempla una niña:
espejo.



JUAN CRUZ IGUERABIDE, Poemas para la pupila, Hiperión, Madrid, 1995, p. 64.

Ilustración: Xio Matías

jueves, 19 de abril de 2012

PARTO, Manuel González Seoane


PARTO

   A simple vista parecía imposible que mi cabeza pudiese salir por aquella minúscula abertura. Mi madre empujaba con fuerza. Yo, en medio de la oscuridad, intentaba colaborar a pesar de que la angustia confundía mi sentido de la orientación. Después de un impulso conjunto noté con alivio que la coronilla estaba fuera. Pero no cedimos hasta que por fin mis ojos se abrieron al otro lado, una vez traspasado por completo el estrecho cuello del jersey.

 MANUEL GONZÁLEZ SEOANE, BABELIA, 18 de mayo de 2002, página 9.

miércoles, 18 de abril de 2012

EJÉRCITOS, Juan Cruz Iguerabide


EJÉRCITOS

Cabalga la lluvia
camino del bosque.
¿Peleará?



JUAN CRUZ IGUERABIDE, Poemas para la pupila, Hiperión, Madrid, 1995, p. 32.

martes, 17 de abril de 2012

LA AURORA EN LA LUNA DEL ESCAPARATE, Juan Salmerón



LA  AURORA EN LA LUNA DEL ESCAPARATE

la lluvia reúne el agua en la calzada
        
un brillo azul ilumina los baldosines mojados
y un ciego olor a lilas surge de la herrumbre
        
la luz opalina viste tu torso desnudo
burlando las oblicuas fajas de luz las persianas metálicas
        
a veces digo
hundiendo la nariz en el cristal,
acércate reina
        
y el aluminio como un halo de niebla
huyendo de los bosques del hielo
        
¿y qué sordo suspiro espera tras el tamiz del relámpago?
        
quizás sea tarde y no esperes, reina
        
el acero se roma al golpear la madera
estrujo en mi mano el soldado de plomo
hasta que su conjuro se confunda
entre los vidrios rotos, o tal vez el rocío, reina
        
el azafrán enrojece la comisura de tus labios
        
y la reina permanezca inmóvil, maniquí, azucenas

lunes, 16 de abril de 2012

RIVER MAN, Nick Drake

GORM HENRIK RASMUSSEN, Pink Moon. Nick Drake. Canciones, Contraediciones, Barcelona, 2012, 202-203.
Traducción: Didac Aparicio

HOMBRE DE LA RIVERA

Betty ha pasado a saludar.
Ha dicho que tenía algo que contar
 sobre el momento actual
y las hojas caídas.
        
Que no había oído lo que iba a suceder.
No había tenido tiempo de escoger
la manera de perder,
pero que no es una descreída.
        
Iré a ver al hombre de la ribera,
le diré todo lo que pueda
sobre la idea
para el tiempo de las lilas.
        
Si me cuenta todo lo que intuye
sobre cómo su río fluye
y lo que toda noche trasluce
en la canícula...
        
Betty dice haber rezado esta mañana
rogando que el cielo estallara
o quizá que se quedara.
No lo podía asegurar.

Y cuando ha pensado en la lluvia de verano,
que su mente había reclamado,
su dolor ha cesado
y se ha quedado por más.
        
Iré a ver al hombre de la ribera,
le diré todo lo que pueda
del mandato que ordena
no sentirse en libertad.
        
Si me cuenta todo lo que intuye
sobre cómo su río fluye,
que no me incumbe
puedo casi afirmar.
        
Oh, cómo vienen y se van.
Oh, cómo vienen y se van.
***

***
RIVER MAN

Betty came by on her way
Said she had a word to say
About things today
And fallen leaves.

Said she hadn't heard the news
Hadn't had the time to choose
A way to lose
But she believes.

Going to see the river man
Going to tell him all I can
About the plan
For lilac time.

If he tells me all he knows
About the way his river flows
And all night shows
In summertime.

Betty said she prayed today
For the sky to blow away
Or maybe stay
She wasn't sure.

For when she thought of summer rain
Calling for her mind again
She lost the pain
And stayed for more.

Going to see the river man
Going to tell him all I can
About the ban
On feeling free.

If he tells me all he knows
About the way his river flows
I don't suppose
It's meant for me.

Oh, how they come and go
Oh, how they come and go.

domingo, 15 de abril de 2012

LA METAMORFOSIS , Mariusz Szczygiel




LA METAMORFOSIS        
27 DE MARZO DE 2003
        
   El teatro Komedia de Praga (en el cual hay una cafetería, la cafetería Tragedia) estrena La metamorfosis, de Franz Kafka, dirigida por Arnost Goldflam.
   En esta escenificación, el problema del protagonista no es que se convierta en cucaracha, sino cómo va a ir así al trabajo.

MARIUSZ SZCZYGIEL, Gottland, Acantilado, Barcelona, 2011.

sábado, 14 de abril de 2012

JUEGO, Juan Cruz Iguerabide



JUEGO

Gotas de rocío
por toboganes de hierba
resbalan tiritando de frío.


JUAN CRUZ IGUERABIDE, Poemas para la pupila, Hiperión, Madrid, 1995, p.35.

viernes, 13 de abril de 2012

[CUANDO ERA JOVENCITA...], Rita Rudner



   Cuando era jovencita sólo tuve dos amigas y eran imaginarias. Y sólo querían jugar entre ellas.
Rita Rudner

DES MAcHALE, Las mejores frases de todos los tiempos, Amat Editorial, Barcelona, 2012, página 72.

jueves, 12 de abril de 2012

[FUI UN NIÑO ASESINO...], Joyce Carol Oates




   Fui un niño asesino.
   No quiero decir un asesino de niños, aunque la idea no está mal. Quiero decir un niño asesino, es decir, un asesino que resulta ser un niño, o un niño que resulta ser un asesino. Elijan lo que prefieran. Cuando Aristóteles advierte que el hombre es un animal racional uno hace un  esfuerzo, aguzando el oído, por escuchar cual de esas palabras recibe mayor énfasis: ¿animal racional, o animal racional? ¿Qué soy? ¿Niño asesino, o niño asesino? He tardado años en empezar a escribir esta memoria, pero ahora que he empezado, ahora que. esas feas palabras ya han quedado escritas, podría seguir escribiendo a máquina eternamente. Se ha producido una especie de histeria pacífica, gimoteante. Siendo como son ustedes normales, les sorprendería saber los años, los meses, los terribles minutos que he tardado en escribir esa primera linea, que ustedes leen en menos de un segundo: fui un niño asesino. ¿Creen que es fácil?
   Déjenme explicar la segunda línea. Asesino de niños «no está mal». Escribo esta memoria en una habitación alquilada, bastante indecorosa y que apesta a basura, y afuera, en la calle, hay niños jugando. Y como es normal, como sería normal para ustedes y para cualquier otra persona que por casualidad leyese estas sudorosas palabras mías, los, niños hacen ruido. Las personas normales siempre hacen ruido, De modo que, por mi mente desesperada, corrupta, llena de telarañas, por mi mente fofa, rastrera, cruza la idea de que esos ruidos podrían ser silenciados del mismo modo como en otra ocasión silencié a otra persona. ¿A que ya están peleando y forcejeando con su repugnancia, eh? Sienten tentaciones de hojear el final del libro para ver si el último capítulo es una escena en una prisión y si el capellán me visita y yo le rechazo estoicamente o me abrazo virilmente a sus rodillas. Sí, eso es lo que están pensando. De modo que quizá sea mejor que les diga que mi memoria no va a tener un final tan cómodo; el destino no la ha redondeado ni rematado con la forma de la arquitectura novelística. Desde luego no está bien planificada. Carece de conclusión y se limita a escurrir el bulto, de modo muy parecido a como empieza. Así es la vida. Mi memoria no es una confesión y tampoco es una ficción para ganar dinero; es sencillamente~.. No estoy seguro de lo que es. Y hasta que no lo haya escrito todo ni siquiera sabré qué pienso de ella.
   ¡Miren como me tiemblan las manos! No me encuentro bien. Peso ciento doce kilos y no me encuentro bien y, si les dijese cuántos años tengo, se apartarían con una mirada de asco. ¿Cuántos años tengo? :~Paré de crecer el día que ocurrió «aquello» (adviertan la astuta pasividad de esta frase, como si yo no hubiera sido quien hizo que. «aquello» ocurriera), o quedé congelado quizá tal como era, mientras en el exterior de aquella concha empezaban a formarse capas y más capas de grasa? Escribir esto comporta un esfuerzo tan arduo que tengo que parar y enjugarme con un gran pañuelo. Estoy bañado en sudor. ¡Y esos niños del otro lado de la ventana! De todos modos creo que es imposible matarlos. La vida sigue su curso, haciéndose más y más ruidosa a medida que yo me hago más y más silencioso, y todas esas personas normales, bulliciosas, sanas, que me rodean, van presionándome, con bocas repletas de dientes sonrientes y bíceps encantadoramente protuberantes. En el instante en que el terso revestimiento de mi estómago termine por reventar, algún vecino sintonizará la radio pasando del «Weather Round-Up» de Bill Sharpe al «Top- Ten Jamboree» de Guy Prince. 
   Esta memoria es un machete para hendir mi propia y gruesa carne, y la de cualquier otra persona a quien se. le ocurra interponerse. 
   Una cosa que deseo hacer, lectores míos, es minimizar la tensión entre escritor y lector. Sí, existe tensión. Ustedes piensan que yo intento engatusarles algo, pero no es cierto. Eso no es cierto. Soy honesto y terco y, en su momento, aflorará la verdad; sólo que llevará cierto tiempo porque quiero cerciorarme de que entra todo. Comprendo que mis frases son negligentes y fofas y que se hallan compuestas por demasiadas palabras cortas —veré si puedo arreglarlo.. Ustedes se ponen impacientes porque, por lo visto, no puedo empezar a contar esta historia de un modo normal (no pretendo ser excesivamente irónico, la ironía es un rasgo caracteriológico desagradable), y les gustaría saber, de un modo bastante caprichoso, si ahora me encuentro en alguna institución mental o si estoy loco en un lugar menos oficial, si estoy arrepentido (tal vez sea un monje con la lengua cortada), si en estas páginas va a llegar la sangre al río, si habrá múltiples y violentos encuentros entre macho y hembra, y si, tras esas extravagancias, he recibido justo castigo. El justo castigo tras ilícitas extravagancias es algo que se le suele servir al lector, que así se siente mejor. Pero, ya ven, esto no es pura invención. Es la vida. Mi problema es que no sé qué estoy haciendo. He vivido toda esa confusión pero no sé qué es. Ni siquiera sé qué quiero dar a entender por «esto». Tengo una historia que contar, efectivamente, y soy la única persona que puede contarla, pero si la cuento ahora, en lugar del año que viene, saldrá de un modo, y si hubiese podido forzar mi cuerpo obeso, palpitante, a empezarla hace un año entonces hubiese sido una historia diferente. Y es posible que mienta sin saberlo. O que, sin saberlo, cuente la verdad de un modo raro, simbólico y que sólo unos pocos críticos literarios psicoanalíticos (no serán más de tres mil) tengan acceso a la verdad, a lo que «esto» es. De ahí la tensión, de acuerdo, porque no he podido empezar la historia escribiendo: Una mañana de enero un Cadillac amarillo se detuvo junto a una acera. Y no he podido empezar la historia escribiendo: Era hijo único. (Por cierto, estas dos frases son bastante sensatas, aunque jamás podría hablar de mí mismo en tercera persona.)
   Y no he podido empezar la historia escribiendo: Elwood Everett conoció y contrajo matrimonio con Natashya Romanov cuando él tenía treinta y dos años y ella diecinueve. (¡Estos son mis padres! Ya ven que he tardado un tanto en escribir sus nombres.)
   Y no podía empezar la historia con esta patética floritura: La puerta del armario se abrió inesperadamente y apareció allí de pie, desnudo. Él me miró desde afuera y yo le miré desde adentro. (Y también llegaremos a esto, aunque o tenía intención de mencionarlo tan pronto.)
   Todos estos trucos son estupendos y se los brindo a cualquier escritor aficionado que los quiera, pero a mí no me sirven porque... No estoy seguro del porqué. Debe ser porque la historia que tengo que contar es mi vida, sinónima de mi vida, y ninguna vida empieza en ninguna parte. Si tienes que empezar tu vida con una frase, más vale hacer un resumen valiente y no una cosilla apocada: Fui un niño asesino.
   Lectores míos, no se impacienten, no se muerdan las uñas: naturalmente fui castigado. Y sigo siéndolo, naturalmente. Mi aflicción es prueba de la existencia de Dios, ¡ sí, se lo ofrezco como regalo especial! A sus almas les irá bien leer mis sufrimientos. Querrán saber cuándo ocurrió mi crimen, y dónde. Y qué aspecto tengo, gordo degenerado, sudando a mares sobre el manuscrito, y cuántos años tengo, demonios, y a quién maté, y por qué, y qué significa todo eso.


JOYCE CAROL OATES, Gente adinerada, Laertes, Barcelona, 1978, pp.11-14.

miércoles, 11 de abril de 2012

ARMONÍA NATURAL, Raquel Vázquez Díaz



ARMONÍA NATURAL

Lloran los árboles
cuando se ven desnudos
frente al invierno.


RAQUEL VÁZQUEZ DÍAZ, Por el envés del tiempo, Cardeñoso, Vigo, 2011, p. 33.

martes, 10 de abril de 2012

SUEÑO INFANTIL, Cástor Santana


SUEÑO INFANTIL

   Me llamo Marta y tengo 9 años —bueno, casi 10—. Acabo de llegar a casa después del colegio y estamos comiendo, como siempre, en la cocina. Mi madre levantándose y sentándose continuamente, atendiéndonos como si estuviéramos en una cafetería: por turnos. Masticando entre risas, empujones y gritos. De repente, levanto la cabeza y veo a mis hermanos y a mi madre dormidos, con la cabeza encima de la mesa; a mí no me extraña, yo también tengo mucho sueño. Así que retiro el plato de comida hacia un lado —qué raro, ya no me acuerdo de lo que estaba comiendo— y pongo mi frente encima de mis brazos flexionados, como cuando echamos la siesta en el colegio después del recreo. Mientras me quedó dormida, sin oler en ningún momento el gas que emana del fogón apagado, oigo las motocicletas de los chicos del barrio, y pienso: ya está aquí el verano.

CÁSTOR SANTANA, BABELIA, 25 de mayo de 2002, página 15.

lunes, 9 de abril de 2012

DEJAR A MATILDE, Alberto Moravia



DEJAR A MATILDE

   Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: «Mujeres y motores, alegrías y dolores.» No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la pri­mera oportunidad.
   La oportunidad llegó pronto, una noche que le había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa. Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y com­prendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta: «Esta vez se acabó, vaya si se acabó.» Este jura­mento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme de que pregun­taban por mí al teléfono.
   Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:
   —¿Cómo estás?
   —Estoy bien—‑contesté, duro.
   —Perdóname por ayer noche..., pero no pude, de verdad.
   —No importa—le dije—, así que adiós... Nos veremos mañana... Te diré una cosa...
   —¿Qué cosa?
   —Una cosa importante.
   —¿Una cosa buena?
   —Según... Para mí, sí.
   —¿Y para mí?
   Dije tras un momento de reflexión:
   —Claro, también para ti.
   —¿Y qué cosa es?
   —Te la diré mañana.
   —No, dímela hoy.
   —No me mates...
   —Está bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?
   Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:
   —Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.
   Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: «Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo», y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:
   —¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?
   Contesté huraño:
   —Vamos, monta.
   Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.
   Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañuda­mente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, tam­bién me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y—¿por qué no?—de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decír­selo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin vol­verme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decír­selo en la puerta de su casa: «Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos.» Entre tantas ideas no sabía cuál esco­ger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco de asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído, con una voz alegre y tierna:
   —¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.
   Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: «Sigue, sigue... Ya es demasiado tarde.»
   Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.
   —Voy a desnudarme detrás de aquella mata—dijo ella—. No mires.
   Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:
   —Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.
   Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:
   —¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?
   Y yo contesté espontáneamente:
   —Pienso en lo que tengo que decirte.
   —Pues dilo.
   Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:
   —Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.
   Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el fresquito del aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final, ella anunció:
   —Me duermo. ¡No me molestes!
   Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.
   Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:
   —Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.
   Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreri­tas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo del mar: «Ahora te digo esa cosa.» Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza dicién­dome: «Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer.» De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruza­ban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:
   —Y ahora comamos.
   Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto impre­visto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:
—Bueno, dime ahora esa cosa.
   Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:
   —No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?
   —No—respondí.
   —¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?
   —No.
   —Entonces, ¿que nos casaremos pronto?
   —No.
   —Éstas son las tres únicas cosas que me interesan—dijo ella sacudiendo la cabeza—. Basta, no quiero saber nada.
   —No, tengo que decirte que...
   Pero ella, tapándome la boca con la mano:
   —Chitón, si quieres que te dé un beso.
   ¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.
   Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ése era el momento ade­cuado. Me levanté y dije con voz natural:
   —Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.
   Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: «Matilde». pero no obtuve respuesta. Grité entonces: «¡Matilde!», y tam­poco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima con violencia, hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:
   —Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.
   La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté, flojo:
   —Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.
   Pero ella no se levantó en seguida y dijo:
   —¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.     
   Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamora­dos. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó, ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: «También yo.» Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.
   Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:
   —Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.
   Me sentí casi desfallecer y, consternado, exclamé:
   —Pero ¿por qué?
   Y ella, con una buena carcajada:
   —He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.
Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.


ALBERTO MORAVIA

Relatos italianos del siglo XX, Alianza Editorial, Libro de bolsillo, núm. 498, 1974, pp. 179-186.

domingo, 8 de abril de 2012

ESCENA, Carmen Jodra Davó

ESCENA

—Voy a pasar lista...Este chico falta.
¿Sabéis qué le pasa?
—Ha tenido que ir a un entierro.
—También faltó ayer. ¿Qué le pasó ayer? ¿Lo sabéis?
—Se estuvo muriendo.


CARMEN JODRA DAVÓ, Las moras agraces, Hiperión, Madrid, 1999, p. 59.

sábado, 7 de abril de 2012

EL CAMINO DE CHOCOLATE , Gianni Rodari


EL CAMINO DE CHOCOLATE

   Una vez,tres hermanitos de Barletta se encontraron, yendo por el campo, con un camino muy liso y de color marrón.
   —¿Qué será?—dijo el primero.
   —Madera no es— dijo el segundo.
   —Ni carbón—dijo el tercero
   Con el fin de saberlo,los tres se arrodillaron y dieron una chupadita.
   Era chocolate, era un camino de chocolate. Empezaron a comer un pedacito y luego otro; llegó la noche y los tres hermanitos todavía permanecían allí comiéndose el camino de chocolate hasta que no quedó siquiera un pedacito. Ya no quedaba ni chocolate ni camino.
   —¿Dónde estamos?—preguntó el primero.
   —No estamos en Bari—dijo el segundo.
   —Ni en Mofetta—añadió el tercero.
   No sabían que hacer. Por fortuna apareció por el lugar un campesino montado en un carrito.
   —Yo os llevaré a casa—dijo el campesino.
   Y los llevó hasta Barletta, hasta la puerta de su casa. Al descender del carro advirtieron que éste era de biscocho. Y entonces, sin esperar a que se lo dijeran, empezaron a comérselo y no dejaron ni las ruedas ni los barrotes.
   En Barletta nunca había habido tres hermanitos con tanta suerte... y quién sabe cuándo los volverá a haber.



GIANNI RODARI, Cuentos por teléfono, Editorial Juventud, Barcelona, 1973, página 24.

viernes, 6 de abril de 2012

AMISTAD, Roberto Moso


AMISTAD

   Éramos grandes amigos y aunque jugábamos a lo contrario, lo cierto es que teníamos mucho en común. A él le gustaban los Rolling, a mí también. A él le gustaba Woody Allen, a mí también. A él le gustaba Londres, a mí también. Y, mañdita sea, A él también le gustaba su mujer.




ROBERTO MOSO, Polvo: Relatos liofilizados de pompas de papel, Erein, San Sebastián, 2010 p. 19.

jueves, 5 de abril de 2012

LA MUÑECA MENOR, Rosario Ferré


LA MUÑECA MENOR

   La tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón al balcón que daba al cañaveral como hacía siempre que se despertaba con ganas de hacer una muñeca. De joven se bañaba menudo en el río, pero un día en que la lluvia había recrecido la corriente en cola de dragón había sentido en el tuétano de los huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el reverbero negro de las rocas, había creído escuchar, revolcados con el sonido del agua, los estallidos del salitre sobre la playa y pensó que sus cabellos habían llegado por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento sintió una mordida terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la llevaron a la casa en parihuelas retorciéndose de dolor.
   El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había sido mordida por una chágara viciosa. Sin embargo pasaron los días y la llaga no cerraba. Al cabo de un mes el médico había llegado a la conclusión de que la chágara se había introducido dentro de la carne blanda de la pantorrilla, donde había evidentemente comenzado a engordar. Indicó que le aplicaran un sinapismo para que el calor la obligara a salir. La tía estuvo una semana con la pierna rígida, cubierta de mostaza desde el tobillo hasta el muslo, pero al finalizar el tratamiento se descubrió que la llaga se había abultado aún más, recubriéndose de una substancia pétrea y limosa que era imposible tratar de remover sin que peligrara toda la pierna. Entonces se resignó a vivir para siempre con la chágara enroscada dentro de la gruta de su pantorrilla.
   Había sido muy hermosa, pero la chágara que escondía bajo los largos pliegues de gasa de sus faldas la había despojado de toda vanidad. Se había encerrado en la casa rehusando a todos sus pretendientes. Al principio se había dedicado a la crianza de las hijas de su hermana, arrastrando por toda la casa la pierna monstruosa con bastante agilidad. Por aquella época la familia vivía rodeada de un pasado que dejaba desintegrar a su alrededor con la misma impasible musicalidad con que la lámpara de cristal del comedor se desgranaba a pedazos sobre el mantel raído de la mesa. Las niñas adoraban a la tía. Ella las peinaba, las bañaba y les daba de comer. Cuando les leía cuentos se sentaban a su alrededor y levantaban con disimulo el volante almidonado de su falda para oler el perfume de guanábana madura que supuraba la pierna en estado de quietud.
   Cuando las niñas fueron creciendo la tía se dedicó a hacerles muñecas para jugar. Al principio eran sólo muñecas comunes, con carne de guata de higuera y ojos de botones perdidos. Pero con el pasar del tiempo fue refinando su arte hasta ganarse el respeto y la reverencia de toda la familia. El nacimiento de una muñeca era siempre motivo de regocijo sagrado, lo cual explicaba el que jamás se les hubiese ocurrido vender una de ellas, ni siquiera cuando las niñas eran ya grandes y la familia comenzaba a pasar necesidad. La tía había ido agrandando el tamaño de las muñecas de manera que correspondieran a la estatura y a las medidas de cada una de las niñas. Como eran nueve y la tía hacía una muñeca de cada niña por año, hubo que separar una pieza de la casa para que la habitasen exclusivamente las muñecas. Cuando la mayor cumplió diez y ocho años había ciento veintiséis muñecas de todas las edades en la habitación. Al abrir la puerta, daba la sensación de entrar en un palomar, o en el cuarto de muñecas del palacio de las tzarinas, o en un almacén donde alguien había puesto a madurar una larga hilera de hojas de tabaco. Sin embargo, la tía no entraba en la habitación por ninguno de estos placeres, sino que echaba el pestillo a la puerta e iba levantando amorosamente cada una de las muñecas canturreándoles mientras las mecía: Así eras cuando tenías un año, así cuando tenías dos, así cuando tenías tres, reviviendo la vida de cada una de ellas por la dimensión del hueco que le dejaban entre los brazos.
   El día que la mayor de las niñas cumplió diez años, la tía se sentó en el sillón frente al cañaveral y no se volvió a levantar jamás. Se balconeaba días enteros observando los cambios de agua de las cañas y sólo salía de su sopor cuando la venía a visitar el doctor o cuando se despertaba con ganas de hacer una muñeca. Comenzaba entonces a clamar para que todos los habitantes de la casa viniesen a ayudarla. Podía verse ese día a los peones de la hacienda haciendo constantes relevos al pueblo como alegres mensajeros incas, a comprar cera, a comprar barro de porcelana, encajes, agujas, carretes de hilos de todos los colores. Mientras se llevaban a cabo estas diligencias, la tía llamaba a su habitación a la niña con la que había soñado esa noche y le tomaba las medidas. Luego le hacía una mascarilla de cera que cubría de yeso por ambos lados como una cara viva dentro de dos caras muertas; luego hacía salir un hilillo rubio interminable por un hoyito en la barbilla. La porcelana de las manos era siempre translúcida; tenía un ligero tinte marfileño que contrastaba con la blancura granulada de las caras de biscuit. Para hacer el cuerpo, la tía enviaba al jardín por veinte higueras relucientes. Las cogía con una mano y con un movimiento experto de la cuchilla las iba rebanando una a una en cráneos relucientes de cuero verde. Luego las inclinaba en hilera contra la pared del balcón, para que el sol y el aire secaran los cerebros algodonosos de guano gris. Al cabo de algunos días raspaba el contenido con una cuchara y lo iba introduciendo con infinita paciencia por la boca de la muñeca.
   Lo único que la tía transigía en utilizar en la creación de las muñecas sin que estuviese hecho por ella, eran las bolas de los ojos. Se los enviaban por correo desde Europa en todos los colores, pero la tía los consideraba inservibles hasta no haberlos dejado sumergidos durante un número de días en el fondo de la quebrada para que aprendiesen a reconocer el más leve movimiento de las antenas de las chágaras. Sólo entonces los lavaba con agua de amoniaco y los guardaba, relucientes como gemas, colocados sobre camas de algodón, en el fondo de una lata de galletas holandesas. El vestido de las muñecas no variaba nunca, a pesar de que las niñas iban creciendo. Vestía siempre a las más pequeñas de tira bordada y a las mayores de broderí, colocando en la cabeza de cada una el mismo lazo abullonado y trémulo de pecho de paloma.
   Las niñas empezaron a casarse y a abandonar la casa. El día de la boda la tía les regalaba a cada una la última muñeca dándoles un beso en la frente y diciéndoles con una sonrisa: “Aquí tienes tu Pascua de Resurrección.” A los novios los tranquilizaba asegurándoles que la muñeca era sólo una decoración sentimental que solía colocarse sentada, en las casas de antes, sobre la cola del piano. Desde lo alto del balcón la tía observaba a las niñas bajar por última vez las escaleras de la casa sosteniendo en una mano la modesta maleta a cuadros de cartón y pasando el otro brazo alrededor de la cintura de aquella exuberante muñeca hecha a su imagen y semejanza, calzada con zapatillas de ante, faldas de bordados nevados y pantaletas de Valenciennes. Las manos y la cara de estas muñecas, sin embargo, se notaban menos transparentes, tenían la consistencia de la leche cortada. Esta diferencia encubría otra más sutil: la muñeca de boda no estaba jamás rellena de guata, sino de miel.
   Ya se habían casado todas las niñas y en la casa quedaba sólo la más joven cuando el doctor hizo a la tía la visita mensual acompañado de su hijo que acababa de regresar de sus estudios de medicina en el norte. El joven levantó el volante de la falda almidonada y se quedó mirando aquella inmensa vejiga abotagada que manaba una esperma perfumada por la punta de sus escamas verdes. Sacó su estetoscopio y la auscultó, cuidadosamente. La tía pensó que auscultaba la respiración de la chágara para verificar si todavía estaba viva, y cogiéndole la mano con cariño se la puso sobre un lugar determinado para que palpara el movimiento constante de las antenas. El joven dejó caer la falda y miró fijamente al padre. Usted hubiese podido haber curado esto en sus comienzos, le dijo. Es cierto, contestó el padre, pero yo sólo quería que vinieras a ver la chágara que te había pagado los estudios durante veinte años.
   En adelante fue el joven médico quien visitó mensualmente a la tía vieja. Era evidente su interés por la menor y la tía pudo comenzar su última muñeca con amplia anticipación. Se presentaba siempre con el cuello almidonado, los zapatos brillantes y el ostentoso alfiler de corbata oriental del que no tiene donde caerse muerto. Luego de examinar a la tía se sentaba en la sala recostando su silueta de papel dentro de un marco ovalado, a la vez que le entregaba a la menor el mismo ramo de siemprevivas moradas. Ella le ofrecía galletitas de jengibre y cogía el ramo quisquillosamente con la punta de los dedos como quien coge el estómago de un erizo vuelto al revés. Decidió casarse con él porque le intrigaba su perfil dormido, y porque ya tenía ganas de saber cómo era por dentro la carne de delfín.
   El día de la boda la menor se sorprendió al coger la muñeca por la cintura y encontrarla tibia, pero lo olvidó en seguida, asombrada ante su excelencia artítica. Las manos y la cara estaban confeccionadas con delicadísima porcelana de Mikado. Reconoció en la sonrisa entreabierta y un poco triste la colección completa de sus dientes de leche. Había, además, otro detalle particular: la tía había incrustado en el fondo de las pupilas de los ojos sus dormilonas de brillantes.
   El joven médico se la llevó a vivir al pueblo, a una casa encuadrada dentro de un bloque de cemento. La obligaba todos los diás a sentarse en el balcón, para que los que pasaban por la calle supiesen que él se había casado en sociedad. Inmóvil dentro de su cubo de calor, la menor comenzó a sospechar que su marido no sólo tenía el perfil de silueta de papel sino también el alma. Confirmó sus sospechas al poco tiempo. Un día él le sacó los ojos a la muñeca con la punta del bisturí y los empeñó por un lujoso reloj de cebolla con una larga leontina. Desde entonces la muñeca siguió sentada sobre la cola del piano, pero con los ojos bajos.
   A los pocos meses el joven médico notó la ausencia de la muñeca y le preguntó a la menor qué había hecho con ella. Una cofradía de señoras piadosas le había ofrecido una buena suma por la cara y las manos de porcelana para hacerle un retablo a la Verónica en la próxima procesión de Cuaresma. La menor le contestó que las hormigas habían descubierto por fin que la muñeca estaba rellena de miel y en una sola noche se la habían devorado .“Como las manos y la cara eran de porcelana de Mikado, dijo, seguramente las hormigas las creyeron hechas de azúcar, y en este preciso momento deben de estar quebrándose los dientes, royendo con furia dedos y párpados en alguna cueva subterránea.” Esa noche el médico cavó toda la tierra alrededor de la casa sin encontrar nada.
   Pasaron los años y el médico se hizo millonario. Se había quedado con toda la clientela del pueblo, a quienes no les importaba pagar honorarios exorbitantes para poder ver de cerca a un miembro legítimo de la extinta aristocracia cañera. La menor seguía sentada en el balcón, inmóvil dentro de sus gasas y encajes, siempre con los ojos bajos. Cuando los pacientes de su marido, colgados de collares, plumachos y bastones, se acomodaban cerca de ella removiendo los rollos de sus carnes satisfechas con un alboroto de monedas, percibían a su alrededor un perfume particular que les hacía recordar involuntariamente la lenta supuración de una guanábana. Entonces les entraban a todos unas ganas irresistibles de restregarse las manos como si fueran patas.
   Una sola cosa perturbaba la felicidad del médico. Notaba que mientras él se iba poniendo viejo, la menor guardaba la misma piel aporcelanada y dura que tenía cuando la iba a visitar a la casa del cañaveral. Una noche decidió entrar en su habitación para observarla durmiendo. Notó que su pecho no se movía. Colocó delicadaniente el estetoscopio sobre su corazón y oyó un lejano rumor de agua. Entonces la muñeca levantó los párpados y por las cuencas vacías de los ojos comenzaron a salir las antenas furibundas de las chágaras.

Rosario Ferré

Fábula rasa, Alfaguara, Madrid, 2005, páginas 172-177.

miércoles, 4 de abril de 2012

NADIE LO VE, Alba Calderón Les


NADIE LO VE

   “El rencor es como el roto del jersey. Nadie lo ve, pero tú no dejas de hurgar con el dedo y hacerlo cada vez más grande”.

ALBA CALDERÓN LES, BABELIA, 25 de mayo de 2002, página 15.

martes, 3 de abril de 2012

[GREGORIA TIENE...], Juan Gracia Armendáriz



DÍA OCHENTA Y SIETE

   Gregoria tiene ochenta y dos años. Ha parido seis hijos, tiene tres nietos y una bisnieta. Es una mujer asarmentada, tendinosa, con un solo diente. Debió de ser tan fuerte como un hombre, en sus años mozos. Aún conserva energía suficiente para reír o gritar, si las enfermeras no aciertan a pincharla. Suele evocar a su marido, que la dejó viuda, cuando ella apenas contaba cuarenta años. Consiguió sacar adelante a su prole. Sirvió como asistenta en la casa de los ricos de su pueblo. Es mejor no animarla a recordar aquellos años porque entonces su fuerza se quiebra y los ojos se le humedecen. También crió a sus tres nietos, a los que abandonó su madre por el amor de un desconocido. Acogió en su casa a su hijo divorciado, un hombre solo con tres criaturas, a los que ha cuidó supliendo la figura de la madre. Hace unos meses, en un arranque de mal humor, nos dijo que se arrepentía de haber tenido seis hijos. «Si lo llego a saber no tengo ninguno» —dijo con voz árida. Todos esperábamos una explicación. Y la dio, haciendo un pareado: «Lo que pasa es que yo tengo la matriz muy baja... Y me quedo preñada con cualquier miaja».



JUAN GRACIA ARMENDÁRIZ, Diario de un hombre pálido, Demipage, Madrid, 2010, pp. 138-139.

lunes, 2 de abril de 2012

ARMAS, Sandra Petrignani



ARMAS

   Que una niña le pidiese a Papá Noel una pistola o un fusil era algo impensable. Podía jugar con los de sus hermanos o amigos, cuando se lo permitían. Sucedían estos intercambios. Los chicos a veces manipulaban las muñecas y las chicas disparaban. Se entraba en el territorio del otro con prudente impericia o fanfarrona superioridad. Los chicos pretendían lavar las muñecas, las hundían en el agua entre salpicaduras y protestas de las pequeñas madres, las zamarreaban cabeza abajo. Torpemente, las chicas imitaban el gesto ceñudo de los niños al gritar: «¡Estás muerto!», o se lanzaban a la carrera agitando las pistolas sobre sus cabezas, o se sentaban a caballo sobre el brazo de un sillón fingiendo que galopaban y apuntando a los indios. Pero preferían limitarse a observar el objeto extraño, hacer girar mil veces el tambor, repetir, fascinadas, el clic del gatillo, que se correspondía con la reacción del perro. A ellas les gustaba calentar la madera o el plástico de la empuñadura en la palma de la mano, sentir los dedos perfectamente adheridos a los surcos que facilitaban el agarre. El fusil era otra cosa, una cuestión de habilidad y de ojo donde prevalecían los grandes sin distinción de sexo. Como en el tiro al blanco del Ital Park, en casa se organizaban partidas: un blanco con círculos concéntricos, uno verde, uno blanco, uno rojo, con la puntuación: 50, 75, 100 se dibujaba en la panza de un piel roja de ojos feroces. Se cargaba el fusil con balines de goma, círculo número 100. El esfuerzo mayor consistía en mantener quieto el cañón mientras el índice oprimía el gatillo. La tensión aumentaba con la participación de los otros que, alrededor de quien estaba disparando, gritaban sus consejos, intervenían corrigiendo la mira, diciendo: «Así», «¡No!», «¡Más a la derecha!» ¡Más a la izquierda!». A menudo la partida terminaba en pelea.
   Las chicas temían el estallido y el olor a azufre de ciertos balines especiales, esos que se compraban por pocas liras en el quiosco contra la voluntad de los padres, que los hermanos disfrutaban haciéndolos estallar cerca de sus orejas, entre los pies, a la salida de la escuela. En cambio, se volvían locas por las carabinas con tapón, que teman un pequeño pedazo de corcho atado a un cordel que a su vez estaba atado a la abrazadera del gatillo. Se tapaba el cañón con el tapón. Cuando se disparaba, el tapón saltaba con un ruido seco que parecía el estallido de un beso.
   Pero las armas que a los chicos y las chicas les gustaban más eran los fusiles prohibidos, porque eran de verdad. Ni siquiera descargados debían ser inocuos si la prohibición de tocarlos era tan perentoria. Estaban encapuchados con envoltorios de tela, como los instrumentos musicales, arriba del armario. El abuelo pesaba la pólvora en una pequeña balanza de dos platillos, un objeto que aun sobrevive solo en el laboratorio del farmacéutico. Rellenaba con ella los cartuchos de cartón vacíos con el fondo metálico que después tendrían su lugar en los compartimientos cilíndricos del cinturón o del morral. A los niños les estaba concedido solamente tocar los cartuchos usados. Los hombres se iban de caza al alba y raramente llevaban a los niños. Casi nunca a las niñas, porque se impresionaban y trataban de impedir la matanza de las perdices negras y de los gordos cuajares. De caza, el fusil de verdad entraba en acción. Primero venía abierto y plegado, dos cartuchos resbalaban dentro del cañón doble. Se cerraba con un gesto preciso y un chasquido limpio. Después partía el disparo, insoportable y ensordecedor. El niño, a quien se le había permitido probar, empuñaba el fusil, emocionado, con la ayuda de un adulto. El pequeño dedo bajo el índice mayor quedaba aplastado y dolorido por la presión. El culatazo lo hacía trastabillar. Finalmente, el cuerpo del adulto —que con su estorbo incontrolado  había abrazado y apretado, obligado y sofocado en un tirar de cabellos enredados, orejas pellizcadas, mejillas enrojecidas por los pelos punzantes de la barba— se apartaba del cuerpo del niño. Él, como un animal demasiado tiempo retenido, escapaba para seguir saltando, lejos.
   Con más garra, en casa, se volvía a las armas de juguete. Conscientes de su crueldad se las manipulaba con más consideración. Y, entretanto, un racimo de  pajaritos muertos arrojado negligentemente sobre la mesa horrorizaba a las mujeres, a las que se les pedía que los cocinaran.


SANDRA PETRIGNANI, Catálogo de juguetes, La Compañía, Buenos Aires, 2009, pp. 22-23.