lunes, 31 de diciembre de 2012

EL VIAJE DE LA PALABRA, Eduardo Galeano




Diciembre
31
EL VIAJE DE LA PALABRA
        
   En el año 208, Serenus Sammonicus escribió en Roma un libro, Asuntos secretos, donde revelaba sus descubrimientos en el arte de la sanación.
  Este médico de dos emperadores, poeta, dueño de la mejor biblioteca de su tiempo, proponía, entre otros remedios, un infalible método para evitar la fiebre terciana y espantar la muerte: había que colgarse al pecho una palabra y protegerse con ella noche y día.
  Era la palabra Abracadabra, que en hebreo antiguo quería decir, y sigue diciendo:
  Envía tu fuego hasta el final.

domingo, 30 de diciembre de 2012

[LANZARÁN MIS CENIZAS...], Miguel Ángel Zapata



    XLIV

   Lanzarán mis cenizas al espacio, a la prisa del viento irán los restos calcinados de lo que dicen que fui, y con las primeras tormentas invernales una lluvia grisácea de memorias mojará a los míos en las calles de diciembre, y llegarán ellos empapados a casa, y al calor de la estufa, el café y las luces chillonas del árbol me recordarán, reirán mis mejores anécdotas, revivirán en sus palabras mis gestos y mi voz, en sus lágrimas mis consejos y mis errores y mis fracasos y mis triunfos, y se irá secando la lluvia en su pelo y en sus ropas, y alguien descorchará una botella de champaña, y poco a poco la nostalgia de mi recuerdo será borrada por la risa de la celebración, por el calor recobrado junto a la estufa, y la lluvia parda los mirará tras el cristal, guardando mi melancólico eco para el próximo diluvio, tal vez la próxima Navidad que vuelva a empapar de mí sus huesos.
        
        
               MIGUEL A. ZAPATA, Revelaciones y magias, Traspiés, Granada, 2009, página 55.

sábado, 29 de diciembre de 2012

MARÍA, Kjell Askildsen


MARÍA

   Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla. No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya saldo justamente hoy. Pareció alegrarse de verme, porque dijo «padre» y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa de ella, lo había heredado de su madre. «María —dije eres realmente tú, tienes buen aspecto». «Sí, bebo orina y soy vegetariana», contestó. Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso. Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. «Te estás burlando de mí —dijo—, pero si yo te contara…». «Me pareció haberte oído decir orina», contesté. «Orina, sí, y me he convertido en otra persona». No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. «Bueno, bueno», dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable, nunca se sabe. Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: «Veo que te has casado». Ella miró el anillo. «Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados». Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. «¿De qué te ríes?», preguntó. «Creo que me estoy haciendo mayor», contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, «conque es así como se hace hoy en día». Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos. Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?
   Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaba eran las piernas. «Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme». No sé por qué le hablé tanto de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. «Será la edad», dijo ella. «Desde luego que es la edad —contesté—, ¿qué otra cosa iba a ser?». «Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no?». «Sí tú lo dices —contesté—, si tú lo dices». Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: «Todo lo que digo está mal». No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.
   «Bueno, tengo que seguir mi camino —dijo mi hija tras una pausa breve, pero lo suficientemente larga—, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos» Y me dio la mano. «Adiós, María» dije. Y se marchó. Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.

KJELL ASKILDSEN, Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, Lengua de Trapo, Madrid, 2003, pp. 33-35.

viernes, 28 de diciembre de 2012

[ME ACUERDO...], Silvia Nanclares, Felipe G. Gil y Guillermo Zapata.


Me acuerdo de mi primera factura con 21% de IVA.
Me acuerdo de tener discusiones con mi persona preferida por culpa del maldito dinero.
Me acuerdo de cancelar la preinscripción a un máster hecha en junio porque en septiembre las tasas se habían encarecido en un 150%.
Me acuerdo de mails que dicen que no me van a pagar. Me acuerdo de amigas diciendo "Yo te lo pago".
Me acuerdo de ir a la oficina de la Seguridad Social a pedir un certificado de "persona sin recursos" para poder obtener la renovación de la tarjeta sanitaria. Y tener que hacer cola.
Me acuerdo del ERE de Macsa. Me acuerdo del ERE de El País. Me acuerdo de muchos EREs.
Me acuerdo de reirnos imaginándonos a Súper ERE, el súper heroe más chungo de la temporada.
Me acuerdo de la rabia de ir a parar mi primer desahucio y solo conseguir aplazarlo.
Me acuerdo de llegar tarde por culpa del metro. Por culpa del bus. Por culpa del deterioro de los transportes públicos.
Me acuerdo de Arenas, "el campeón" andaluz que nunca ganó.
Me acuerdo de un amigo enviándome noticias sobre la corrupción en Mallorca y diciéndome: "Esto es solo una pequeña parte".
Me acuerdo de la noche que detuvieron a Díaz Ferrán. Fuimos a ver tocar a Nacho Vegas y cambió el título de su canción "Cómo hacer Crac" por "Justicia Poética".
Me acuerdo de Wert graznando en el parlamento catalán: "¡Mi tesoro!".
Me acuerdo de trolear a Percival Manglano y a Elena Valenciano y a...
Me acuerdo del Sánchez Fornet Bot absolutamente on fire. No era un bot.
Me acuerdo de los ministros reptilianos.
Me acuerdo de Felipe Puig y su cara de nada.
Me acuerdo de la dimisión de Esperanza Aguirre. De la incredulidad, de la suspicacia y de pensar: "¿Pero esto se puede hacer así, irse, de un día para otro, sin más, porque sí?".
Me acuerdo de la LOMCE. Del nuevo canon de la LPI.
Me acuerdo del bastón de Mr. Adelson y de su extraordinario parecido con Mickey Rooney.
Me acuerdo de las mechas y de los block de Cristina Cifuentes. De su marido missing.
Me acuerdo de la mentira convertida en forma de gobierno.
Me acuerdo del ojo perdido de Esther.
Me acuerdo de la segunda toma de la plaza de Tahrir vista por streaming.
Me acuerdo de una concentración por el desalojo de La Osera y otra por La Salamanquesa, y otra por Casablanca, y otra...
Me acuerdo de un policía cogiéndome el 14N. Me acuerdo de un amigo apartándole de mi.
Me acuerdo de las UIP entrando en la Estación de Atocha persiguiendo a gente.
Me acuerdo de las UIP entrando en el parque de El Retiro detrás de manifestantes y pensar: "¿Cómo reconocerán a los que huyen de los que hacen running?"
Me acuerdo de los comercios abiertos durante la huelga que cerraban al paso de los manifestantes que corrían para que nadie se pudiera refugiarse en su negocios. Machotes.
Me acuerdo de la gente de Celenque, de su serena resistencia.
Me acuerdo de la huelga general de primavera. Me acuerdo de la huelga general de otoño.
Me acuerdo del cambio de Toma el Congreso a Rodea el Congreso.
Me acuerdo de que cortamos la calle junto con unas investigadoras que iban en bata blanca.
Me acuerdo de los bomberos de uniforme enfrentándose a los antidisturbios delante de las vallas del Congreso.
Me acuerdo de el pony de peluche que "se incautaron" las UIP el 25-S.
Me acuerdo de la Marea Verde. Del Tsunami Blanco.
Me acuerdo de explicarle a un hombre de la #mareablanca de 70 años cómo se usa twitter para "hacer la revolu".
Me acuerdo de un video puesto en loop en el que un chaval la de una patada a un policía.
Me acuerdo del Baby Block, la mani más corta de la historia.
Me acuerdo de la cabecera de la manifestación del 25S con el "Que se vayan Todos" en la garganta.
Me acuerdo del estruendo de cacerolas.
Me acuerdo de la postal navideña de Merry, Chris y Mas (Artur Mas).
Me acuerdo de leer una metáfora que asemejaba a Artur Mas con Charlton Heston.
Me acuerdo de cantar "Violencia es escuchar a Russian Red"
Me acuerdo del capítulo de Mad Men en el que Joan...Joan...Bueno, Joan.
Me acuerdo de la sensación de darle al play tras descargar el último capítulo de Breaking Bad, de Homeland o de Black Mirror.
Me acuerdo de leer libros de Memento Mori y tebeos de Caramba.
Me acuerdo de oir hablar por primera vez de "proceso constituyente".
Me acuerdo de La Selva y sus cocidos. Y las conversaciones alrededor de los mismos.
Me acuerdo de el vídeo de Feministas Indignadas sacándose rosarios del coño.
Me acuerdo de que el debate de "lo indepe" estaba en casi todas las conversaciones en Barcelona.
Me acuerdo de escuchar por primera vez la palabra "Cipotesis".
Me acuerdo del día que Michel Foucault fue a Sálvame y se hizo pasar por Robin Williams.
Me acuerdo de la primera vez que escuché decir Luis de Windows. Y de decirlo.
Me acuerdo de la Mujeres de "La Unión" cantando "Somos La Unión y juntos podemos. Dónde hay una necesidad nace un derecho" en su local de Nueva York.
Me acuerdo de la Corrala Utopía, la Corrala la Alegría, la Corrala La Esperanza, la Corrala La Ilusión, la Corrala Libertad y la Corrala Conde-Quintana.
Me acuerdo de la finca ocupada de Somonte.
Me acuerdo de conocer a personas integrantes del 15M en Senegal: "Y en a Marre".
Me acuerdo de la Mayoría Silenciosa.
Me acuerdo de Puto Helicóptero.
Me acuerdo de una Asamblea de la Comisión de Economía donde alguien dijo: "Tenemos que aprender lo más difícil. A hacer las cosas juntos".
Me acuerdo de pensar que el 15M sólo lleva un año, no diez.
Me acuerdo de la gente de Cafe Amb Llet hablando en el Free Culture Forum.
Me acuerdo de Alinsky y su manual para revolucionarios pragmáticos. Y de "los Traficantes de Sueños", así, como una banda de música punk, que nos permitieron conocerlo.
Me acuerdo de Colaborabora y su experimento de Hondartzan.
Me acuerdo del camarero Casillas parando a las UIP.
Me acuerdo de las señoras de Diego de León defendiendo el hospital de La Princesa con su visones y sus perlas enfurecidas.
Me acuerdo del Crowdfunding de 15mPaRato. De los 33 de Bankia.
Me acuerdo de la muerte repentina de García Calvo.
Me acuerdo de Los Mongoles dándolo todo en el aniversario del Patio Maravillas. Me acuerdo de que el Patio Maravillas cumplió cinco años, contra las leyes de la estadística, el sentido común y hasta de la gravedad.

Me acuerdo del premio nóbel de la PAH.
Me acuerdo de las CUP.
Me acuerdo de la presentación de No-Res.
Me acuerdo de escuchar una y otra vez a Fundación Robo, a Orxata... A la Polla Records.
Me acuerdo de las mujeres de Diamond Flash.
Me acuerdo de la primera reunión con la Oficina de Derechos Sociales de Sevilla.
Me acuerdo de cuando nos hicimos socios de COOP57.
Me acuerdo de las Residencias COPYLOVE.
Me acuerdo de cuando Bookcamping cumplió un año.
Me acuerdo de ver nacer El Intercambio Celestial de Whomba.
Me acuerdo de gastar dos bromas telefónicas parecidas a las personas con las que ahora escribo este blog.
Me acuerdo de percibir radicalización en el ambiente, urgencia, necesidad.
Me acuerdo de una fiesta en El Vaciador donde bailamos en calcetines hasta casi el amanecer.
Me acuerdo de "Preguntas" o de "Lo Madre".
Me acuerdo de cuando viajar no parecía un lujo.
Me acuerdo de pensar y escuchar varias veces: "Era esto a lo que se referían los Mayas".
Me acuerdo del día que estrenamos el blog.
Me acuerdo de un jersey de punto color naranja que me hizo mi madre. Muy útil para ser reconocida en fiestas y manifestaciones. Muy útil también en cargas retransmitidas por streaming en prime time por el canal estatal.
Me acuerdo de mi padre llamándome para saber si seguía teniendo seguridad social o no.
Me acuerdo que murió la madre de un amigo y yo no estaba en la ciudad, solo al teléfono.
Me acuerdo de que los días tenían 25 horas. Las semanas ocho días. El cansancio todo nuestro futuro.
Me acuerdo de escuchar las noticias con congoja.
Me acuerdo del día que mi padre tuvo que pagar sus primeros medicamentos (67 años, enfermedad crónica, 40 años cotizados, media de gasto en medicinas: 200€/mes, por pensionista, unos 30€ al mes).
Me acuerdo de mi abuelo, que se fue sin que pudiera devolverle el dinero que me prestó.
Me acuerdo de apuntar las horas de reproductivo.
Me acuerdo de viajes. De hacer como si no pasara nada.
Me acuerdo de comprar. De salir. De comer fuera.
Me acuerdo de conocer a mucha gente nueva. De tener ganas de resistir con ellas. De querer defender nuestros espacios sin saber muy bien cómo.

Me acuerdo de estar cansada. Muchos días.
Me acuerdo del sexo y su urgencia. Y de pensar que era lo mejor en medio de un naufragio.
Me acuerdo de mi madre llamándome y diciéndome "Anímame, por favor".
Me acuerdo de cenar con un cuaderno apuntando ideas para cambiarlo todo.
Me acuerdo de llamadas de teléfono de amigos que no saben si volverse o no volver nunca más.
Me acuerdo de sentir que todo se parte y asumir la angustia. Que se parta.
Me acuerdo de que me robaron la cartera y las de mi ofi montaron una fiesta colecta para recuperar la pasta robada. Aunque lo más angustioso fue quedarme sin tarjeta sanitaria.
Me acuerdo del odio, de la rabia.
Me acuerdo de quedarme en casa.
Me acuerdo de muchos tuits.

Me acuerdo de reirnos. Me acuerdo de llorar. Me acuerdo de pensar: "Que se acabe el mundo, pues".
Me acuerdo de las calles. Me acuerdo de las plazas.
Me acuerdo de abrazos.
Me acuerdo de pensar que todo es posible. Y agobiarme. Y excitarme.
Me acuerdo de enterrar las pasiones tristes. De reírme de lo viejo y angustiarme de lo nuevo.
Me acuerdo de haber pensado muchos días: "¿Por qué no hago/no hacemos más?"
Me acuerdo de sentir ganas de matar, quemar y chillar.
Me acuerdo de una charla sobre si tener hijos o no, si era posible o no.
Me acuerdo de mis abuelos y mis abuelas, que se lo están perdiendo.
Me acuerdo de que alguien me dijo al oído: "ahora hamor del bueno".
Me acuerdo de escribir, escribir y escribir.
Me acuerdo de tener muchas ganas.
Me acuerdo de ti. Me acuerdo de nosotras. Ahí. Aquí.

jueves, 27 de diciembre de 2012

LOS POBRES EN LA ESTACIÓN DE AUTOBUSES, Lêdo Ivo




LOS POBRES EN LA ESTACIÓN DE AUTOBUSES


Los pobres viajan. En la estación de autobuses
levantan los pescuezos como gansos para mirar
los letreros del autobús. Sus miradas
son de quien teme perder alguna cosa:
la maleta que guarda un radio de pilas y una chaqueta
que tiene el color del frío en un día sin sueños,
el sandwich de mortadela en el fondo de la mochila,
y el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el traqueteo de los autobuses
temen perder su propio viaje
escondido en la neblina de los horarios.
Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean un privilegio
de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa
la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Qué grotesco son los pobres! ¡Y cómo molestan sus olores
aun a la distancia!
No tienen la noción de los conveniente,
no saben portarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que del sueño retuvo apenas la legaña.
Del seno caído e hinchado un hilillo de leche
escurre hacia la pequeña boca habituada al lloriqueo.
En los andenes van y vienen, saltan y
aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas impertinentes en las ventanillas,
susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas extravagantes,
esos amarillos de aceite de dendé que lastiman la vista delicada
del viajero obligado a soportar tantos olores incómodos,
y esos rojos chillantes de feria y parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción del confort
aunque algunos de ellos tengan hasta televisión.
Verdaderamente los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y de mal  gusto)
Y en cualquier lugar del mundo molestan,
viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares
aun cuando vayamos sentados y ellos viajen de pie.

Lêdo Ivo 

Ilustración: Rosaura Rodríguez

miércoles, 26 de diciembre de 2012

[...ME ACUERDO...], Andrés Neuman



   ...me acuerdo del paseo marítimo, me acuerdo de esos yates que tanto te llamaban la atención, los ricos siempre llaman la atención, ¿no?, cada vez que veo un yate pienso en quién limpiará el baño, y me acuerdo del sol, las bicicletas, me acuerdo de la gente paseando en traje de baño, rodeada de luz, feliz, feliz, como si no fuera a morirse, tú pasaste entre ellos corriendo, me acuerdo.

ANDRÉS NEUMAN, Hablar solos, Alfaguara, Madrid, 2012, p. 147.

martes, 25 de diciembre de 2012

EN MEMORIA DE MI PADRE, Mary Grace Dembeck


EN MEMORIA DE MI PADRE

   Yo era una niña de once años que vivía en Brooklyn. Mi padre había muerto de manera inesperada aquel verano y, súbitamente, llegaron malos tiempos para mi madre, para mis dos hermanos y para mí. Mi hermano de dieciocho años llevaba un año en el ejército. Mi otro hermano, de trece, trabajaba como recadero después del colegio para ganar un dinero extra que tan desesperadamente necesitábamos. Mi madre también había empezado a trabajar después de que papá muriera, pero tuvo que dejarlo cuando su salud comenzó a resentirse.
   Papá siempre había dado gran importancia a la navidad. Desde que tengo memoria, nuestras celebraciones habían girado en torno al árbol, al Nacimiento y a Santa Claus. Teníamos un muñequito regordete como un angelote rodeado de un círculo de terciopelo rojo que papá siempre guardaba en su propia cajita. Todas las navidades cuando empezábamos a decorar el árbol, papá hacía una pequeña ceremonia, sacándo el muñeco de su caja y mostrándomelo mientras decía: "María, este muñeco tiene los mismos años que tú." Y después colgaba el muñeco regordete en el árbol.
   Papá había comprado aquel muñeco el año en que nací y sin proponérselo, el que fuera el primer adorno navideño que se colgaba en el árbol, antes que ningún otro, se había convertido en una pequeña tradición familiar.
   Pero aquella navidad no íbamos a tener árbol.
   Mi madre era una mujer práctica y había decidido que el árbol era un lujo del que podíamos prescindir. En ese momento pensé, con callado pero intenso resentimiento, que de todos modos el árbol nunca había sido tan importante para ella como para mi padre. Y si a mi hermano le importó, tampoco dijo nada.
   Aquella tarde habíamos ido a la iglesia y volvíamos a casa en silencio. Era una hermosa y clara noche de invierno, pero yo sólo me fijaba en las ventanas iluminadas por las luces de los árboles de navidad. Su alegre resplandor hizo que mi amargura se hiciera más intensa, porque me imaginaba a una familia completa y felíz en cada casa, compartiendo risas, intercambiando regalos, sentados todos ante una mesa repleta de comida, hablando y bromeando. Aquella noche la navidad no consistía más que en eso para mí. Sabía que cuando llegáramos a casa nos recibirían las ventanas oscuras, y que, una vez adentro, estaríamos juntos pero, en realidad solos, cada uno inmerso en el vacío casi tangible que se había apoderado de nosotros.
   Al pasar delante de la casa de una amiga que estaba casi al lado de la nuestra, vi que las luces del cuarto de estar todavía estaban encendidas. Le pedí a a mi madre que, por favor, me dejara entrar para hacerle una visita. Me dio permiso. Solo que aquella noche no fui donde mi amiga.
   Esperé a que mi madre y mi hermano entrarán  en nuestra casa, di la vuelta y me dirigí impulsivamente hacia la tienda de mi padre, a cinco manzanas de allí. Era una pequeña tienda de ultramarinos en la esquina de la calle Cuarenta y cinco y la Undécima avenida. Por alguna razón quería ir allí, a la tienda que había significado tanto para mi padre, a pesar de que estaba vacía y en alquiler. Era como si así fuera a estar, de algún modo, más cerca de él.
   No había mucha gente por allí. Estaba oscuro pero, por primera vez, me di cuenta de lo hermosa que estaba la noche, tan fría y estimulante, como aquel cielo repleto de estrellas. A través de las ventanas, los árboles de navidad seguían iluminados y brillantes, pero no parecían producir en mí el mismo efecto que hacía unas horas. Quizá fuera mi osadía al estar sola en la noche por primera vez o la sensación de que, de alguna forma iba a estar más cerca de papá, lo que causó un extraño efecto en mí. Fuera lo que fuese, apaciguó mi resentimiento y mi dolor.
   Al llegar, finalmente, a la tienda, noté unas masas oscuras con formas extrañas en la acera. Me paré en seco. Mi imaginación comenzó a volar y casi di la vuelta para marcharme. Pero algo hizo que siguiera. Al acercarme, me di cuenta de que aquellas masas no eran monstruos, sino árboles de navidad de la tienda próxima a la de mi padre que habían  quedado sin vender. Los habían dejado allí para que los recogiesen los basureros o quien estuviese encargado de hacerlo.
   Recuerdo que me lancé de repente sobre el montón de árboles intentando escoger en la oscuridad el mejor que pudiera encontrar. Creo recordar que escogí uno enorme, de más de tres metros de alto, aunque era imposible que fuera tan grande. De cualquier modo, cogí mi árbol, aliviada por llevar mis guantes de lana gruesa, y comencé a medio cargar, medio arrastrar, mi tesoro hasta casa.
   Mi alama estaba inundada de navidad. Sabía que papá estaba presente en aquel momento. No sé si alguna vez estuve tan próxima a él como aquella noche. Era como si él estuviese allí arriba, en las estrellas, en cada ventana iluminada, en aquel mismo árbol que yo arrastraba. No recuerdo si me crucé con alguien en el camino. Supongo que, sí fue así, debía de parecer una visión rara: una niña cantando villancicos en voz baja y arrastrando un árbol el doble de grande que ella. Pero sé que no me importaba nada lo que pensaran los demás.
   Cuando llegué a casa llamé al timbre, dispuesta a batallar por entrar con el árbol en casa si era necesario. Mi hermano abrió la puerta y su mirada de sorpresa vino acompañada por un "¿De dónde has sacado eso?". Metimos el árbol, y mi hermano se las arregló para encontrarle una base y nos pusimos a adornarlo. Apareció mi madre y nos vio, pero no dijo nada. No colaboró pero tampoco nos impidió seguir. Y aunque se dio cuenta de que yo no había estado en casa de mi amiga, no me hizo el menor reproche.
   Cuando mi hermano y yo acabamos nuestra obra dimos un paso atrás y nos quedamos mirando el árbol. Para nosotros estaba perfecto, sin un solo fallo. Yo estaba tan excitada que podría haberme quedado toda la noche adornándolo, pero mi madre insistió en que ya era tarde, casi medianoche, y debíamos irnos todos a la cama.
   La navidad estaba a punto de terminar. Estaba segura de que mi madre no aprobaba lo que yo había hecho, e incluso empecé a sentirme culpable al darme cuenta, de pronto, de la tristeza que aquel árbol podía haberle ocasionado y mi alegría empezó a desvanecerse.
   Cuando me dispuse a ir a la cama reinaba en mi mente una confusión en la que se mezclaba la excitación y la tristeza. Me asomé a mirar mi árbol por última vez antes de que acabase la navidad.
   Mi madre estaba delante de él, con una cajita en las manos. No sé si me vio en la puerta. ¿Habría estado llorando?
   Sus manos parecían temblar mientras abría la caja. Sostuvo el adorno delante de ella, mirando el árbol, no a mí.
   "María", dijo, casi en un susurro, en un tono de voz diferente, extraño, "...este muñeco tiene los mismos años que tú"
   Y colgó el muñequito regortede en el árbol.

MAY GRACE DEMBECK

PAUL AUSTER, Creía que mi padre era Dios, Anagrama, Barcelona, 2002,  pp.173-176.

lunes, 24 de diciembre de 2012

PARTIDA DE NACIMIENTO, Lêdo Ivo


PARTIDA DE NACIMIENTO

El nacimiento del día es nuestro nacimiento.
Nacemos con la aurora y nuestras manos se alzan
para ahuyentar la oscuridad que recubre el mundo
y oculta los navíos.
En la borda que nos separa del océano
somos los primeros que oyen el grito agudo de las gaviotas
que sobrevuelan los remolcadores. Y bajo el sol que avanza
como un insecto por la hoja verde de un almendro
buscamos en las aceras las primeras sombras
que anticipan la procesión silenciosa de los hombres
en las escaleras mecánicas del metro.
En el amanecer de pan y marejada, los autobuses pasan
trayendo de los suburbios los últimos restos de la noche.
Los aeropuertos se abren lentamente como las corolas.
En la maternidad de fachada ennegrecida por las lluvias
nace un niño. Y su llanto inaugural
sube por el aire de la mañana como una segunda aurora.

LÊDO IVO, El silencio de las constelaciones, Monte Ávila, Caracas, 2010, p. 179.

Traducción: Nidia Hernández

domingo, 23 de diciembre de 2012

EL JUEGO MÁS ANTIGUO, Alberto Chimal


EL JUEGO MÁS ANTIGUO


   Y pasó que en la tierra de Mundarna, en un cruce de caminos, una tarde de invierno, se encontraron dos brujas. Una se llamaba Antazil, la otra Bondur. Eran expertas en sus artes y sobre todo en el de la transformación, que permite a sus adeptos mudar de apariencia y de naturaleza. Venían de lugares lejanos, igualmente distantes, y se odiaban.
   La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez.
   Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron, y no dijeron nada.
   Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla. Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz...
   Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico...
   Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla, no exagero, pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo.
   Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga.
   Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.
   Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo.
   Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil.
   Y entonces se vieron.
   Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.

ALBERTO CHIMAL, Siete, Salto de Página, Madrid, 2012, pp. 141-143.

sábado, 22 de diciembre de 2012

[UN MOLINO ES...], Eduardo Berti



Un molino es un reloj donde el tiempo pasa volando.


viernes, 21 de diciembre de 2012

KILLER, Ricardo Álamo



KILLER

   Brandon se colocó el pasamontañas con sumo cuidado. Luego, con una ganzúa abrió la puerta del apartamento. Una vez dentro, el foco de una pequeña linterna le ayudó a sortear los muebles. El matrimonio a quien iba a matar dormía plácidamente. Como otras veces visualizó con deleite el momento preciso en que se abalanzaría sobre aquellos dos cuerpos, acuchillándolos con saña. No estaba nervioso, no sudaba. Con mucho sigilo siguió caminando por el interior de la casa. Por fin, llegó al dormitorio, sacó un enorme cuchillo y, entonces, a su espalda oyó aquel grito estentóreo: ¡Corten! ¡Corten!

63 claves para escribir buenos microrrelatos (Antología del I Certamen Internacional MundoPalabras de Microrrelatos), El desván de la memoria, Madrid, 2012,  p. 25.

jueves, 20 de diciembre de 2012

[MENTIR A ALGUIEN...], Benjamín Prado


   Mentir a alguien es transformarlo en un desconocido.


BENJAMÍN PRADO, Pura lógica, Hiperión, Madrid, 2012, p.15.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

CONSEJO, Jaume Perich



CONSEJO

   Hay que saber perdonar a nuestros enemigos, por lo menos mientras no sepamos hacerles otra cosa.

JAUME PERICH, Autopista, Crítica, Barcelona, 2012, página 141.

martes, 18 de diciembre de 2012

COSTUMBRES DE OTRAS TIERRAS, Pere Calders


COSTUMBRES DE OTRAS TIERRAS
        
   Los indios alova son feos sin excepción, pero muy amistosos y extremadamente hospitalarios. Tan pronto como te reciben en casa, te ofrecen la mujer a todo trapo y ellos mismos te preparan la cama. Eso sí: si la mujer no te gusta y la rechazas, te degüellan ipso facto con un pedernal sin afilar.
        
PERE CALDERS, Ruleta rusa y otros cuentos, Anagrama, Barcelona, 1984, página 290.

lunes, 17 de diciembre de 2012

ODIO, Xuan Bello



ODIO
        
   Llevarse bien resulta francamente difícil. La amistad, la vecindad, la familia, las relaciones laborales, etc., etc., necesitan cada día que pasa de más y más pasión, de mayor atención y estima. Todo el mundo reclama, exige, alega. Abundan los enfrentamientos, las peleas, los gritos. Abundan, también, las declaraciones fraternales y las alianzas puntuales. Según van pasando los años me voy dando cuenta que la gente es más tiquismiquis y que yo (que también soy gente) me voy haciendo más complicado y arisco, menos abierto a nuevas relaciones y más exigente con las que mantengo. ¿Por qué? Qué sé yo. Cuando sea muy viejo quiero ser uno de esos gruñones insoportables que están todo el día murmurando de todo quisque. No se espanten: lo reconozcan o no eso de ser un cascarrabias es la ambición de la mayoría. Y la mayoría, por cierto, lo consigue.
   Llevarse bien, a todas horas, es antinatural, no es sano. Basta ya de preguntarse por qué no aguanto a quienes amo, por qué cada día que pasa me molesta más ese que es amigo pero tiene manías y discrepa a la mínima. Son amigos y basta: tan insoportables como yo.
   Lo sorprendente de todo esto es llegar a conclusiones paradójicas. Después de tantos años uno empieza a comprender que la frontera entre la amistad y la enemistad, entre el amor y el odio, está hecha de una seda muy fina y transparente, casi imperceptible. Hablo, por supuesto, de los amigos que son verdaderamente amigos y de los enemigos que son verdaderamente enemigos. Entre este último grupo, en lo que a mí atañe, hay uno que me odia desde hace más de diez años. A veces parece que se olvida de mí, pero es para engañarme. Siempre me colma de desatenciones atisbando mi yugular. Advierto su garra de odio como una declaración de amor.
    
XUAN BELLO, La nieve y otros complementos circunstanciales, Xordica, Zaragoza, 2012, pp. 13-14.

domingo, 16 de diciembre de 2012

KAFKA, MONTERROSO Y CHUANG TZU, Nicolás Ricci & José Luis Álvarez



KAFKA, MONTERROSO Y CHUANG TZU

        
Cuando Gregorio Samsa despertó, el insecto todavía estaba allí.
***
 ***
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un dinosaurio.
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***
     
Chuang Tzu soñó que era un dinosaurio. Cuando despertó, la mariposa todavía estaba allí.
***
***          
Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Cuando despertó, ignoraba si era Tzu que había soñado que era Gregorio Samsa, o si era un dinosaurio que ahora soñaba ser un insecto, o si era una mariposa que había soñado —como quien no quiere la cosa— con Kafka y se despertaba hecha un Monterroso cualquiera, o si el insecto soñaba con Tzu y con el dinosaurio al mismo tiempo, que todavía estaba allí.


                                             Nicolás Ricci

Fotografía: José Luis Álvarez

sábado, 15 de diciembre de 2012

AJEDREZ, Kjell Askildsen


AJEDREZ

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo.
Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. «Sigues vivo», dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. «La vida es dura —dijo—, no hay quien la aguante». Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado.
Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco grosero. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, me pregunto dónde lo habrá aprendido. Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. «Eso lleva mucho tiempo —dijo—, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes». Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo hubiera merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. «No lleva más de una hora», dije. «La partida sí —contestó—, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo». No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: «De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya». «Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida». Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. «Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos», dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. «No ha sido mi intención herirte», dijo. «¿Herirme? », contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. «Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito». Me puse de pie y le solté un discurso: «Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo». Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: «Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez». Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: «Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante».
Exactamente así era mi hermano. Por cierto, se murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que hubiera querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo éramos hermanos.

KJELL ASKILDSEN, CuentosLengua de Trapo, Madrid, 2010.



Ilustración: Eduardo Sallés

viernes, 14 de diciembre de 2012

SÓCRATES, Bertolt Brecht



SÓCRATES

   Tras la lectura de un libro de historia de la filosofía, el señor K. emitió un juicio desfavorable sobre los intentos de los filósofos por presentar las cosas como fundamentalmente incognoscibles. 
   –Cuando los sofistas afirmaban saber mucho sin haber estudiado nada —dijo— surgió el sofista Sócrates con la arrogante aseveración de que sabía que no sabía nada. Se habría esperado que añadiera a su frase: "pues yo tampoco he estudiado nada". (Para saber algo hace falta estudiar). Pero al parecer no siguió hablando y acaso los estruendosos aplausos que estallaron tras esa primera frase y se prolongaron por espacio de dos mil años hayan devorado cualquier frase ulterior.


BERTOLT BRECHT, Historias del señor Keuner, Alba Editorial, Barcelona, 2007, p. 132.

jueves, 13 de diciembre de 2012

[MI CORAZÓN GRIS...], Pedro Casariego Córdoba

mi corazón gris es una miga de luna 
para los pájaros


PEDRO CASARIEGO CÓRDOBA, La vida puede ser una lata, Árdora, Madrid, 1994, p. 25.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

[AMÉ...], Antonio Gamoneda


Amé. Es incomprensible como el temblor de los álamos. Estoy extraviado pero yo sé que amé.
        
Yo vivía en un ser y su sangre se reunía con mi sangre y la música me envolvía y yo mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?
        
Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían lentamente. ¿Qué fue vivir entre heridas y sombras? ¿Quién fui en los brazos de mi madre, quién fui en mi propio corazón?
        
Únicamente he aprendido a desconocer y olvidar. Es extraño.
Todavía el amor
habita en el olvido.
        
         ANTONIO GAMONEDA, Canción errónea, Tusquets, Barcelona, 2012, p. 53.

Fotografía: Matilde Epíscopo

martes, 11 de diciembre de 2012

[LO QUE DISTINGUE...], John Berger



   Lo que distingue a la tiranía global actual es que no tiene rostro. No hay Führer ni Stalin ni Cortés. Su manera de funcionar varía de un continente a otro, y la historia local modifica sus modos, pero sus pautas generales son las mismas, una pauta de comportamiento circular.
   La división entre los pobres y los relativamente ricos se transforma en un abismo. Se echan por tierra las limitaciones y recomendaciones tradicionales. El consumismo consume toda capacidad de cuestionamiento. El pasado se hace obsoleto. En consecuencia, la gente pierde su personalidad, su identidad, y entonces han de buscar y encontrar un enemigo a fin de definirse. El enemigo al margen de cuál sea su etnia o su religión siempre se encuentra entre los mas pobres. Ahí es donde esa pauta circular se transforma en un círculo vicioso.
   Económicamente, el sistema produce, junto con riqueza, cada vez más pobreza, más y más familias sin techo, al tiempo que desde una perspectiva política promueve ideologías que articulan y justifican la exclusión y la eliminación posterior de las hordas de nuevos pobres.
   Este nuevo círculo político-económico es el que fomenta esa constante capacidad humana para la crueldad que termina borrando la imaginación.

JOHN BERGER, El cuaderno de Bento, Alfaguara, 2012, p.85.

lunes, 10 de diciembre de 2012

KITSCH EN MINIATURA II, Dorian Occhuizzi & Carlos Pazos



    Dada la rápida difusión del término kitsch, puede resultar sorprendente que en el ámbito español surja, simultáneamente al término alemán, un concepto parecido: lo cursi. Según el DRAE, “dícese de los artistas o escritores cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados”[8]. O describe una cosa que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto. En lo que concierne a su etimología, “cursi” parece nacer en la tradición oral, de una coplilla [...] referida al vestuario llamativo de las hijas de un sastre francés de nombre Sicour [...] El estribillo de la copla, repetido rápidamente, daría origen a la palabra: “Las niñas de Sicour / Sicour, Sicour, Sicour...” [9]
    Para Ramón Gómez de la Serna que, en su ensayo de 1934 “Lo cursi”, [10] describe con gran placer y virtuosismo toda una colección de objetos de adorno que deberían salvarse de las huellas del tiempo, lo cursi “viene [...] del momento en que el hombre civil y aposentado se encuentra más consigo mismo y con sus seres amados y quiere hacer un microcosmos de su casa para cobijar en ella la paz, los tormentos íntimos y la felicidad.” Según el escritor madrileño, el calor protector que proporciona esa “adornística espontánea, ingenua, que quiere mimarnos frente al vacío se crea por el deseo de abrigar bien la vida y consagrar su contoneo”.
    Pero ¿existe alguna diferencia entre los conceptos kitsch y cursi, usados a menudo como sinónimos? Al contrario de lo kitsch, lo cursi no ha logrado extenderse más allá del ámbito hispánico que lo ha originado, y queda restringido a las prácticas estéticas y culturales de un mundo pequeñoburgués y altamente sentimental. Mientras que el término kitsch ha adquirido un toque glamuroso y ha alcanzado un estatus de culto, la palabra cursi no ha gozado de ninguna evolución sino que se ha aferrado a connotaciones negativas y se sigue asociando con expresiones desfavorables como “hortera” o “pretencioso”.


DORIAN OCCHIUZZI

IRENE ANDRES-SUÁREZ & ANTONIO RIVAS, La era de la brevedad. El microrrelato hispánico, Menoscuarto, Palencia, 2008, pp. 261-273.




[8] Cf Diccionario de la Lengua Española, Madrid, Real Academia Española, 1984, vigésima edición, s. v. cursi.
[9] Carlos Moreno Hernández, “Un cursi” (1842), Espéculo, Revista Electrónica Cuatrimestral de Estudios Literarios, núm. 25, noviembre de 2003-febrero de 2004, Madrid, Universidad Complutense, http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/cursi.html  (consultado el 30 de octubre de 2006).
[10] Ramón Gómez de la Serna, “Lo cursi” , en Lo cursi y otros ensayos, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1943, pp. 7-54. La primera publicación de este ensayo se encuentra en la revista Cruz y Raya (núm. 16, julio de 1934).


domingo, 9 de diciembre de 2012

EL DIBUJO DEL TAPIZ, Arthur Machen


EL DIBUJO DEL TAPIZ


   Recordé el cuento de Henry James, El dibujo del tapiz: la historia de un hombre de letras que ha publicado muchas novelas y que oye con alguna perplejidad que uno de sus lectores no había notado que todas eran variaciones de un mismo tema y que un solo dibujo las recorría, como el dibujo de un tapiz oriental. Si no me engaño: el novelista muere, sin haber declarado el secreto, y la historia concluye de una manera muy delicada, dejándonos con el lector que, nos dan a entender, se consagrará a descubrir ese reiterado dibujo, que está oculto en muchos volúmenes.

Arthur Machen, The London Adventure (1924).


JORGE LUIS BORGES & ADOLFO BIOY CASARES (editores), Cuentos breves y extraordinarios, Losada, Buenos Aires,  1989 (1957).

sábado, 8 de diciembre de 2012

UN SUICIDIO, Miguel Sawa


UN SUICIDIO
        
        
   En las ropas del suicida se encontró una carta, dirigida al juez de guardia, que, copiada a la letra, decía así:
   «Le escribo a usted por respeto a los precedentes. Todo hombre que se mata tiene el deber de confesarse con el juez de su distrito. Obedezco la ley de la rutina.
   Sin embargo... Yo no le concedo a usted potestad para juzgarme. El haberse aprendido de memoria el Digesto no le da a usted derecho a tanto. ¡Ah, señor juez, Cristo no practicaba la justicia llevando un bastón de borlas en la mano!
   Mi caso es un caso especial. Yo no sé si será usted capaz de comprenderme. ¿Ha leído usted a Nietzsche? Quizás no, porque Nietzsche es incompatible con el Código. Pues el gran filósofo ha dicho que la vida sólo puede tolerarse con la esperanza de la muerte.
   Es una horrible frase, ¿verdad? Pues bien; ese gran pesimista de Nietzsche, que estando loco razonaba como cuerdo, ha puesto en mis manos, como en la de tantos otros, el revólver del suicida, ¡Sí; tenía razón el maestro: la muerte es la única esperanza!
   ¿Por qué me mato? Yo mismo no puedo decirlo. Porque sí; que es toda una afirmación. Me hallo en una situación tan especial de ánimo... Todo me aburre. ¿Por qué, si el cielo es azul, a mí se me aparece negro? ¡Ay, señor juez, si yo pudiera llorar! ¡Ay, señor juez, si yo pudiera reír!
   Los médicos dicen que padezco de ese mal extraño, llamado neurastenia, del que ha dicho Charcot que es una enfermedad que no mata, pero que no deja vivir.
   ¡No! ¡No deja vivir! Y por eso... La vida es mala, ¿quién sabe si la muerte...? ¡Oh, la atracción de lo desconocido, la fuerza del misterio!... Señor juez, ya que en este mundo me ha ido tan mal, vamos a ver si en el otro... ¿Quiere usted acompañarme en el viaje? Mi revólver es de seis tiros. Dos para usted y dos para mí. Sobran otros dos para quien quiera aprovecharlos.
        
   Hace muchos años que llevo amartillado en la mano el revólver del suicida. Si no le molesta, voy a contarle una triste historia sentimental.
   Yo he padecido como tantos otros, la enfermedad del amor. Decir mujer, es decir engaño y falsía y traición; decir amor, es decir tormento y pena y desesperación y muerte.
   ¡Si la hubiera conocido, señor juez!... Era un monstruo de belleza. Colocada sobre un pedestal, la multitud la hubiese admirado como a la divina mujer de Milo.
   Tenía ios ojos verdes, que se tornaban negros en el instante divino del placer, y las cejas de color azulino, graciosamente curvadas, y la boca, siempre sonriente, engarzada de perlas, y el pelo dorado como el trigo, y la tez blanca como la nieve y como la espuma.
   Era un monstruo de belleza. Cuerpo de estatua y rostro de mujer. Venus y Eva al mismo tiempo. ¡Bendito el artífice que la engendró, y el vientre, divino molde de belleza, en que se cuajó su carne maravillosa! Nos queríamos mucho, mucho...
   —¡Venus!
   —¡Apolo!
   —¡Un beso!
   —¡Ciento!
   Nos queríamos mucho, mucho...
   Pero después de unos cuantos meses de amor, mi adorada se cansó de mis caricias. Y ya no me llamaba Apolo, sino Juan, y yo no la llamaba ya Venus, sino Venancia.
   Y acabó por abandonarme.

   Aquel amor fue un amor de la carne; un amor de los veinte años, cuando el deseo, siempre en fiebre, pide más y siempre más,..
   Luego, pasado algún tiempo... ¡Si la hubiera usted conocido, señor juez! Era como una de esas vírgenes creadas por los pintores del renacimiento. ¡Un alma sin cuerpo, un algo inmaterial y divino! Colocada en un altar, la hubieran adorado como a la Madre de Dios.
   Tenían sus ojos negros la hermosura del dolor; su boca, de labios pálidos, ¡que yo torné en rojos a fuerza de besos!, no sonreía nunca, no reía nunca; su tez era de un blanco azulado, ¡el color de los muertos!; su cabeza, «más bien que iluminada, luminosa», se inclinaba pensativa.
   Y también me quería mucho, mucho...
   —¡Mi virgen!
   —¡Mi cielo!
   —¡Un beso!
   —¡Ciento!
   Y también me abandonó. Decir mujer —ya lo he dicho antes— es decir engaño y falsía y traición.

   Yo no he hecho mal a nadie; yo he sido bueno como todos y nadie lo ha sido conmigo. Yo creía en la amistad y en el amor. ¡Y ya no puedo creer en nada!
  Estoy solo en el mundo. Nadie me quiere ni yo quiero a nadie. Huyo cuando alguien intenta acercarse a mí. La vista de las mujeres me produce náuseas; la vista de los hombres me causa horror.

   No tengo más distracción que los libros, y los libros me dicen: «Todo es mentira en la vida; no creas en nada; negar es ser fuerte; odiar es ser doblemente fuerte.»
   Estoy aburrido, señor juez; no hay placer que para mí sea placer; no hay dolor que para mí sea dolor. No sé reír... no sé llorar...
   Sí; un buen tiro en la sien... No tengo otra solución... Desliguemos el cuerpo del alma. ¡Mal matrimonio el de la materia y el espíritu! Dormir siempre... no sentir... no pensar... ¡Muertos el corazón y el cerebro, nuestros dos grandes enemigos!... El cuerpo, sin movimiento; el alma, sin sensaciones... ¡qué felicidad!
   Señor juez, siga usted mi ejemplo. Ahí queda mi revólver. ¡Dos tiros, y a descansar para siempre!
   Conque... ¡Adiós!...¡Qué bien voy a dormir esta noche en mi lecho de tierra!

MIGUEL SAWA, Historias de locos, Domenech, Barcelona, 1910,  pp. 121-129.

viernes, 7 de diciembre de 2012

KITSCH EN MINIATURA I, Dorian Occhuizzi & Carlos Pazos



   A primera vista, resulta comprensible que ningún autor con el propósito de ser reconocido por la crítica quiera recibir la estigmatizante impronta de kitsch, como postula el crítico mencionado.
   Por eso, a estas alturas, se impone una definición de dicho término. El Diccionario de la Real Academia la ofrece, aunque algo limitada: "objeto artístico, pretencioso, pasado de moda y considerado de mal gusto"[4]. Aunque resulta sumamente difícil abarcar las estructuras conceptuales o las propiedades estilísticas que se relacionan con el kitsch, tanto en el ámbito del arte como en la vida cotidiana, el término se asocia con la producción en serie y la imitación e implica un conjunto de atributos de connotaciones negativas: patético, banal, mentiroso, falso, inauténtico, afectado, exagerado, sentimental, dulzón, untuoso, pegajoso, exuberante, frívolo, etc. Además, el kitsch se caracteriza por su trivialidad y su fácil e inmediato deleite.
   El uso internacional del término kitsch se debe seguramente a su alta capacidad expresiva y asociativa. Su etimología sigue siendo objeto de discusión y, hasta ahora, no ha sido aclarada. Proviene supuestamente del verbo alemán bávaro kitschen que significa "barrer el lodo de las calles" y que genera verkitschen "traficar con objetos de arte de escasa calidad". Aparece a mediados del siglo XIX, momento en el cual la industrialización empieza a facilitar la producción y distribución en serie de artefactos. Y, a partir de 1880, en los círculos de artistas de Munich, el término se consolida para calificar negativamente las copias de obras famosas producidas de manera barata que se venden por poco dinero en los mercadillos de arte. También se utiliza para definir el comercio ambulante de libros (en alemán: Kolportage) y la literatura superficial.
   Después de la Segunda Guerra Mundial, la palabra llega a cobrar un uso universal en su acepción de “mal gusto”... En aquel momento el kitsch sufre severas críticas por parte de antropólogos, filósofos, pedagogos y sociólogos, que ven en su consumo la decadencia moral e intelectual de las capas sociales inferiores; sin embargo, a partir de los años sesenta del siglo XX se produce un cambio paradigmático; artistas como Andy Warhol o Roy Liechtenstein empiezan a integrar elementos kitsch en su arte pop. Esta réplica a un previo consenso sobre una estimación negativa de dicha estética suscita una producción artística que utiliza elementos de mal gusto (por ejemplo objetos que se adquieren en tiendas de recuerdos) y se sirve del pastiche para ironizar o deconstruir conceptos de arte consolidados. Con la llegada de la onda retro, a partir de los años 80, el kitsch se convierte definitivamente en culto e invade los interiores de diseño y, paralelamente, nace un arte de vanguardia neo-kitsch. Este proceso de transición de una producción artesanal barata a una producción artística se refleja de manera ejemplar en la obra internacionalmente reconocida de Jeff Koons [5] o de la pareja de artistas franceses Pierre et Gilles.[6] En España tenemos, por citar algún ejemplo, a Antonio de Felipe o Carlos Pazos, [7] quienes suelen incorporar elementos kitsch en su arte híbrido. Numerosos artistas del ámbito hispanohablante han obtenido también fama mundial gracias a una estética neo-kitsch. Y, en la literatura, basta con mencionar las obras de Manuel Puig, Luis Rafael Sánchez o Severo Sarduy. Y no es necesario enredarse en prolijas explicaciones al citar el nombre de Pedro Almodóvar, figura clave cuyo arte rebosa de elementos kitsch y melodramáticos, siempre con una buena dosis de ironía, claro.

DORIAN OCCHIUZZI

IRENE ANDRES-SUÁREZ & ANTONIO RIVAS, La era de la brevedad. El microrrelato hispánico, Menoscuarto, Palencia, 2008, pp. 261-273.

Ilustración: Carlos Pazos 

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[4] Cf Diccionario de la Lengua Española, Madrid, Real Academia Española, 2001, vigésima segunda edición, s. v. Kitsch.
[5] En el año 2007, Jeff Koons ha sido el artista vivo más cotizado mundialmente. Su obra “Hanging Heart” (corazón colgante) se vendió en una subasta de Sothebys en Nueva York por más de 23 millones de dólares.
[6] En la exposición Pierre et Gilles, double je, 1975-2007, en el museo “Jeu de Paume”, París, del 26 de junio al 23 de septiembre de 2007 se pudo admirar una amplia muestra de su obra.
[7] El Museo d’Art Contemporani de Barcelona le dedicó a Pazos una exposición con el título “No em diguis res” del 9 de marzo al 6 de mayo de 2007.

jueves, 6 de diciembre de 2012

CHARLES WENTWORTH LITTLEFIELD, Juan Rodolfo Wilcock



CHARLES WENTWORTH LITTLEFIELD

   Con la fuerza exclusiva de su voluntad, el cirujano Charles Wentworth Littlefield conseguía hacer cristalizar la sal de cocina en forma de pollo o de otros animales pequeños.
   Cierta ocasión en que su hermano se había hecho un feo corte en el pie y perdía bastante sangre, el doctor Littlefield tuvo la idea de recitar un pasaje de la Biblia y la hemorragia se detuvo inmediatamente. Desde aquel día, Littlefield fue capaz de realizar arriesgadas intervenciones de alta cirugía, utilizando como coagulante su poder mental apoyado en el mismo fragmento de la Biblia.
   En determinado momento, el doctor decidió estudiar más metódicamente la causa secreta de su poder trombocoagulante. Littlefield sospechaba que la coagulación era provocada por las sales contenidas en la sangre; por consiguiente, disolvió una pizca de sal de cocina en el agua y puso la solución bajo el microscopio. A medida que el agua se evaporaba, el observador repetía a media voz el pasaje quirúrgico del Antiguo Testamento, pensando al mismo tiempo en un pollo. Sorprendido, vio como los diminutos cristales que se iban formando lentamente en el portaobjetos se disponían en forma de pollo.
   Repitió el experimento cien veces, siempre con el mismo resultado: si, por ejemplo, pensaba en una pulga, los cristales se disponían en forma de pulga. El relato de las investigaciones se puede leer en el libro del mismo Littlefield Origen y modo de la vida (The Beginning and Way of Life, Seattle, 1919). Se trata de un profundo estudio del sutil magnetismo que convierte a los cristales en dóciles al control de la mente humana. En el prefacio, el doctor da las gracias a san Pablo, a san Juan Evangelista y al físico inglés Michael Faraday, que, desde el otro mundo, le han dictado capítulos enteros.

JUAN RODOLFO WILCOCK, La sinagoga de los iconoclastas, Anagrama, Barcelona, 1981.

Ilustración: Leonardo Da Vinci

miércoles, 5 de diciembre de 2012

VIDA COTIDIANA, Xuan Bello



VIDA COTIDIANA
        
   Ana amaba a Berto pero Berto la dejó por Celeste; Celeste, desdeñándolo, se entendía con Chelo, casada con Damián. Damián cortejaba a Elvira y Elvira, ya se sabe, se volvía loca por Fernando, vendedor de seguros. Fernando estaba casado con Verónica y tenía tres hijos. Cuando le pidió el divorcio alegó que Verónica no respetaba el orden alfabético.
      
XUAN BELLO, La nieve y otros complementos circunstanciales, Xordica, Zaragoza, 2012, p.13.

martes, 4 de diciembre de 2012

CURALOTODO, Alfred Polgar



CURALOTODO
        
   Un funcionario del Tercer Reich declaró una vez que acabar con los gángsters (a quienes las autoridades americanas no eran capaces de meter en cintura) sería para los nacionalsocialistas coser y cantar. ¿Que cómo lo iban a hacer? Muy sencillo: con la ametralladora. Ahora bien, es público y notorio que los americanos tienen también ametralladoras. Y no sólo eso. Poseen asimismo la resolución necesaria para servirse de ellas llegado el caso.
   Tiene que haber, por tanto, alguna pega para que no se pongan a disparar contra los gángsters sin más remilgos, hasta matarlos a todos. A lo mejor a esos chicos no les gusta ponerse así, sin más ni más, de blanco para que los puedan achicharrar cómodamente, o tal vez se disfrazan de honrados ciudadanos, astutamente mezclados con el público, de manera que ni siquiera un artista de la ametralladora podría distinguirlos. Pero todo eso son pamplinas que no deberían apenas hacer vacilar la fe en la ametralladora como remedio universal. Para una ametralladora, nada es imposible. Todos lo saben y ésa es la última palabra en política. No sólo es capaz de crear tranquilidad y orden, sino también convicción, entusiasmo, satisfacción y amor a los líderes. Es eficaz contra el hambre, el frío, la crítica y el derrotismo. Resuelve con rapidez insuperable cualquier problema intelectual, científico o artístico, y también los sentimentales o de conciencia. ¿Y no será capaz de acabar con un par de gángsters?
   La nueva religión, la auténtica religión, es ésa: la fe en la ametralladora como símbolo de la deidad suprema, de la violencia.
   Los males del mundo, tanto si el mundo lo quiere como si no, los ha de curar la ametralladora.

ALFRED POLGAR, La vida en minúscula, Acantilado, Barcelona, 2005, pp.137-138.

lunes, 3 de diciembre de 2012

ROSTROS, Yasunari Kawabata & Kumi Yamashita


ROSTROS

   Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible.
   No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tantos en la platea como lo lograba esa pequeña actriz.
   A los dieciséis, dio a luz a una niña.
   —No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella —dijo el padre de la criatura.
   —Tampoco se parece a mí —dijo la joven—. Pero es mi hija.
   Ese rostro fue el primero al que no pudo comprender. Y sabrán que su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija. Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde lloraba y desde donde hacía llorar a la audiencia, y el mundo real. Cuando se asomó a ese foso, vio que era negro como la noche. Incontables rostros incomprensibles, como el de su propia hija, emergían de la oscuridad.
   En algún lugar del camino se separó del padre de su niña.
   Y con el paso de los años, empezó a creer que el rostro de la niña se parecía al del padre.
   Con el tiempo, las actuaciones de su hija hicieron llorar al público, tal como lo hacía ella de joven.
   Se separó también de su hija, en algún lugar del camino.
   Más tarde, empezó a pensar que el rostro de su hija se parecía al suyo.
   Unos diez años más tarde, la mujer finalmente se encontró con su propio padre, un actor ambulante, en un teatro de pueblo. Y allí se enteró del paradero de su madre.
   Fue hacia ella. Apenas la vio, se puso a llorar. Sollozando se aferró a ella. Al hallar a su madre, por primera vez en la vida lloraba de verdad.
   El rostro de la hija que había abandonado por el camino era una réplica exacta del de su propia madre. Pero ella no se parecía a su madre, así como ella y su hija no se asemejaban en nada. Pero la abuela y la nieta eran como dos gotas de agua.
   Mientras lloraba sobre el pecho de su madre, supo qué era realmente llorar, eso que hacía cuando era una niña actriz.
   Ahora, con corazón de peregrino en tierra sagrada, la mujer se volvió a reunir con su compañía, con la esperanza de reencontrarse en algún lugar con su hija y el padre de su hija, y contarles lo que había aprendido sobre los rostros.

YASUNARI KAWABATA, Historias en la palma de la mano, Emecé, Buenos Aires, 2005.

Ilustración: Kumi Yamashita

domingo, 2 de diciembre de 2012

PISCIFACTORÍA, Juan Salmerón


PISCIFACTORÍA


   A esta hora somos los de siempre en la playa: las parejas que sueltan a los perros, los jubilados que no se conforman con mojar los pies, varios surfistas tempraneros, yo misma. A pesar de que sobra arenal para ni siquiera vernos, hay carriles trazados por huellas que no borra la marea, que nos llevan a entrechocarnos. Poco sé de los surfistas, aunque al padre que siempre acompaña a uno de los más chicos tuve que arrearle unos cuantos coscorrones, tiempo ha, en la escuela; de la rubia del bóxer, puedo decir que se mostró amable, un día, al preguntar el porqué de mi muleta; de los viejos bañistas, me bastaría contemplar el reportaje anual que emiten sobre sus valentías en televisión, pero, aunque escueza, he de reconocer que, de Gerardo y Toño, querría saber bastante menos.
   A los nuevos, la primera vez los vi en lontananza: dos calvos cogidos por la cintura, salpicando de besos en la boca cada uno de sus pasos. En ese primer momento pensé, con repugnancia, en todos los extravíos que traía al pueblo el demonio de la piscifactoría. Luego, cuando los raíles nos situaron en andenes paralelos, el asco se transformó en sorpresa, la sorpresa en vergüenza. Ninguno de los dos tenía pelo: ni él, ni ella. Unos pendientes de perla, la blusa entallada, las uñas de los pies y los labios pintados, restauraban una feminidad que le había hurtado la quimioterapia.
   A partir de esa mañana, observarlos se convirtió en un entretenimiento para soportar el hastío de mis paseos cojos. El devenir de los días me permitió examinar la delicadeza con la que él la iba alojando en sus brazos, el mimo con el que se apresuraba a levantarla de la arena cuando se cansaban de estar sentados. No me contenté con sentir envidia y desviar la mirada. Fui inventando una biografía para cada uno de ellos: novios ya en la facultad (él estudiaba farmacia, ella lo esperaba a las puertas de Magisterio), los vi aturdidos y felices en su pronto matrimonio, dichosos en el nacimiento de la hija que ahora los telefoneaba, diariamente, para preguntar por ese otro salitre que corroe las entrañas.
  Desaparecieron del arenal cuando las nubes se encapotaron para anunciar la primera tormenta de verano. No me conformó la obviedad: decirme que nada se puede hacer en un pueblo como éste con los pies mojados. Imaginé un agravamiento, un regreso precipitado al hospital, una evolución clínica tripulada por la metástasis. Por eso, ahora cierro los ojos, entro en la habitación sin llamar y ocupo su cama. Elijo su piel: es mejor la vida aquí, tomada de la mano del hombre que siempre te quiso, de la hija a la que has parido, que no allí, en la orilla, arrastrando estas piernas que a ningún lado me llevan, sola, desamparada, asustada como el alevín de rodaballo que, ante el ruido de mis pasos, huye de la libertad en busca del abrigo de su jaula.
JUAN SALMERÓN

sábado, 1 de diciembre de 2012

LA MUERTE DE MARÍA ANTONIETA, Miguel Sawa




LA MUERTE DE MARÍA ANTONIETA
        
   Ríase usted de todos esos idealistas que creen posible la igualdad, la fraternidad humana! Mientras el mundo exista, existirá la ley de castas y la diferencia de clases. El poder real es el poder real, la aristocracia es la aristocracia, y el pueblo es el pueblo. ¡Si lo sabré yo, que soy el hombre más grande que ha producido la Revolución francesa!
   Voy a contarle a usted lo que me ha ocurrido en esta mi segunda aparición en la vida.
   Hay en Madrid, en la llamada calle de Tudescos, una casa triste, lóbrega, sin sol y sin aire, que amenaza venirse abajo, rendida por la pesadumbre de los años. Pues bien, en esa casa ha vivido, hasta hace poco, la propia María Antonieta, reina un tiempo de Francia.
   Yo la vi una tarde asomada al balcón, y quedé deslumbrado ante su belleza soberana. Luego, pensé: «¡Pero si yo conozco a esa mujer!» Y seguí reflexionando: «¡Vaya si la conozco!» Pero no acertaba a adivinar quién era. Hasta que mi cerebro se iluminó de pronto con la luz de una idea: «¡Pues si es la Austriaca
   Sí, aquella mujer era la propia imagen, el propio retrato de la pobre reina guillotinada. Como ella tenía la frente alta y serena, los ojos azules, los cabellos rubios —de un rubio pálido, color de oro viejo—, la boca altiva, la nariz aguileña.
   La ilusión era completa. Estaba en presencia de María Antonieta rediviva. Y tuve tentaciones de saludarla con una reverencia de minué.
   Usted dirá: «¿Pero cómo podía ser aquella mujer, María Antonieta?» La verdad, no sé que responderle. La vida está llena de estos hechos inexplicables.
   Sin embargo, ¿por qué no creer que hay seres extraordinarios a quienes Dios concede el privilegio de gozar de dos o más existencias? Yo soy uno de esos seres extraordinarios. Fíjese usted en mí. ¿No me reconoce usted? Esta fealdad grandiosa de mi rostro debe ser para usted una revelación. Dios sólo ha hecho un hombre semejante a mí —dijera mejor un monstruo—: Mirabeau. Y al no ser yo Mirabeau, claro es que tengo que ser por fuerza Danton.
   Sí, sépalo usted; yo soy el famoso convencional del 89, el compañero de Marat y Robespierre, el hombre de las matanzas de septiembre; yo soy aquel que dijo al verdugo al pie de la guillotina: «Enseñarás mi cabeza al pueblo, ¡que bien vale la pena de que la vea!» Yo soy Danton redivivo. ¿Y querrá usted creerlo? Así como yo me doy cuenta de mi existencia, así como yo sé quién soy, María Antonieta, en cambio, ha olvidado por completo su historia, su pasado, ignora quién es, y no hay modo de convencerla de que ha nacido en Viena y que es hija de María Teresa y viuda de Luis XVI.
   Yo le hice el amor con fines puramente altruistas; yo intentaba, al casarme con ella, realizar la unión entre la monarquía y el pueblo. Y María Antonieta me ha rechazado, se ha burlado de mí. ¡Si no hay modo de hacer compatible lo que es fatalmente incompatible!
   Yo me dirigí a ella con el siguiente discurso:
   —Señora: Vengo a proponeros la alianza del poder real con la revolución. El siglo XX no es el siglo XVIII. Ya no hay clases ni privilegios. Su igual humana es un hecho y María Antonieta bien puede ser la esposa de Danton.
   Ella se echó a reír.
   —¡Pero está usted loco!
   Yo continué imperturbable:
   —¡Qué felicidad haberla encontrado a usted en esta triste casa de la calle de Tudescos! ¿Pero por qué ha abandonado usted su palacio de las Tullerías? ¿Viene usted acaso de Versalles o de Marly? ¿Dónde está su corte amable de adoradores? ¿Y el conde de Artois? ¿Y el de Provenza? ¿Y los caballeros Coigny, Tersen, Vaudreil, Lauzan y tantos otros? ¿Dónde sus damas? ¿Y la princesa de Lamballe? ¿Y el buen rey? Permítame usted, señora, que la salude con una reverencia de minué. Permítame usted que bese con toda cortesía su manita real.
   No, no se asuste usted, no me mire usted con esos ojos de espanto. Yo ya no soy el Danton de aquellos tiempos terribles. Yo soy ya otro hombre distinto. Si quiere usted, estoy dispuesto a gritar «¡viva la Monarquía!», a condición de que usted grite: «¡viva la República!» Hagamos un pacto: unamos a la vieja Tiranía con el pueblo emancipado. ¡María Antonieta casada con Danton! ¿Y por qué no? Ya le he dicho a usted que estos son otros tiempos. Además, el odio de la Revolución nos ha igualado. ¡Piense usted que nuestras cabezas han podido besarse en la trágica cesta del verdugo Sansón! Yo abjuro, señora, en honor de usted, de todos mis ideales políticos. Danton se declara cortesano de María Antonieta. ¿Cómo no ser vasallo de tal reina? Imagínese usted por un momento que soy el conde de Artois o el de Provenza, que soy uno de tantos caballeros de su corte de amor. Permítame usted que me arrodille a sus pies, como cumple a un buen cortesano. ¡Oh, reina y señora, yo la adoro con toda mi alma!
   Ella me miraba asustada, sin saber qué responderme.
   —¡Me da usted miedo! ¡Yo no soy María Antonieta!
   —¡Ah!, ¿te obstinas en negar? ¡Tú eres María Antonieta! ¡Tú eres la Austriaca!
   Y la cogí furioso por un brazo. ¡Danton estaba con la calentura!
   —¡Suélteme usted!
   —¡Declara que eres la Austriaca!
   —¡Perdón! ¡Soy inocente!
   —¡No!
   —¡Socorro! ¡Socorro!
   Le eche las manos ai cuello.
   —¡Muere, pues, ya que no quieres ser mía!

   Por eso le decía a usted que no es posible la alianza entre el poder real y el pueblo.
        

        
     MIGUEL SAWA, Historias de locos, Domenech, Barcelona, 1910,  pp. 136-145.