martes, 14 de mayo de 2013

FAMILIA MUY HONRADA, Xuan Bello


FAMILIA MUY HONRADA


   Somos una familia de lo más honrada. Esto fue lo que le dije al juez, y lo que apuntó solemnemente el taquígrafo y lo que produjo, no sé por qué, una risita muy queda, casi ahogada, por parte del único ciudadano que había en la sala y que había entrado, lo más seguro, simplemente a refugiarse del agua. Lo repetí y el juez, rnayestáticamente, cerró los ojos como dándole vueltas a algún asunto de la entraña humana.
   Éramos una familia peculiar, pero de lo más honrada. A unos les da por el fútbol y otros pasan la vida sin cruzar palabra; a otros les da por las tierras y llegan a controlar imperios inmobiliarios; hay otros que
tienen pasiones poco comunes, solo unas cuantas, y la nuestra era de esas: a nosotros, lo que más nos gustaba era entrar en las casas ajenas y arramblar con lo que encontráramos.
   Dirá usted que eso es robar y que la honestidad está reñida con esa práctica. Déjeme, amablemente, que se lo desmienta: uno puede ser honrado en cualquier profesión, sin ir más lejos siendo presidente del Gobierno, y la notoria escasez de honestidad en este mundo nada tiene que ver con lo que se hace sino con cómo se hace. Nosotros, desde tiempos inmemoriales, nos dedicamos en nuestra familia a chorizar honradamente. El botín que obteníamos lo repartíamos equitativamente según códigos pactados y nunca se oyó, a la hora del reparto, una palabra más alta que otra. Tampoco éramos muy dados a la violencia, costumbre que tachábamos de bárbara siempre que no fuera necesaria, y no moviéndonos de esa norma, hasta que nos movimos, podía decir con la cabeza bien alta que éramos una familia honrada.
   La noche que nos llevó a toda la familia ante el juez mi santa madre puso, de cena, hígado encebollado. Es un manjar con el que me relamo y quizá por eso, hasta que consumí cuatro platos, no me di cuenta de la ausencia de mi padre. Aquella tarde habíamos entrado en un piso de Pumarín y vi cómo se metía,en el bolsillo, separándolo a escondidas del botin común, un reloj de oro. También lo había visto mi madre, aunque los dos callamos. Pregunté por él y mamá señaló la fuente en donde nadaban unos trocitos de hígado.
   —¿No te gustó? ¡Sesenta años bebiendo coñac! —dijo, y sacó del bolsillo del delantal el reloj de oro.


XUAN BELLO, La nieve y otros complementos circunstanciales, Xordica, Zaragoza, 2012, pp.59-60.

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