martes, 4 de junio de 2013

LA OLLA DE ORO



LA OLLA DE ORO

   Había una vez un ricachón sumamente avaro. En su casa tenía un montón de ollas de  cobre, que nunca prestaba a nadie que las necesitara, por miedo a que se desgastaran.  Un día, fue a su casa Aku Tonpa y, después de hacerle algunos presentes, le pidió que le  prestara una olla. No le resultó fácil, mas al cabo de muchos ruegos y promesas, acompañados de palabras halagadoras, al final consiguió que le prestara una olla grande  durante dos días. Cumplido el plazo, fue el ricachón a recoger su olla y, para su gran  sorpresa, Aku Tonpa le devolvió la olla grande que le había prestado con otra pequeña  dentro. No entendiendo qué podía haber sucedido, el ricachón preguntó a Aku Tonpa:
   —¿De dónde ha salido esta ollita?
   —Vuestra olla de cobre —le respondió Aku Tonpa, muy serio— ha parido una hija, y como la olla es vuestra, su hija os pertenece.
   El ricachón se puso muy contento al oírlo y, apretando contra su pecho a la madre y a la hija, se volvió a su casa.
   Al día siguiente, Aku Tonpa fue de nuevo a casa del ricachón para pedirle una olla prestada. Esta vez, el ricachón no se hizo de rogar, y todo generosidad, se la entregó en seguida. Al cabo de unos días vino el rico por su olla y, como la vez anterior, Aku Tonpa le devolvió dos: la grande y otra pequeña. El ricachón no acababa de entender lo que estaba pasando y tornó a preguntar a Aku Tonpa:
   —Pero, ¿por qué paren las ollas que te presto?
   Aku Tonpa fingió cavilar largo rato, y al final dijo:
   —Tampoco yo acabo de entender el porqué, mas ¿sabéis lo que imagino? Que vos sois un hombre afortunado, y que también yo, aunque pobre, soy una persona afortunada, y cuando dos afortunados se encuentran, pues ocurren cosas tan extraordinarias como que las ollas tengan hijos.
   Oyendo aquellas razones, el ricachón rompió a reír, juzgando que lo que decía Aku Tonpa era algo muy puesto en razón. Luego le dijo:
   —A partir de ahora, Aku Tonpa, cuando de algo hayas menester, sólo has de pedírmelo, que estando en mi mano, no te ha de faltar.
   —De aquí a unos días —dijo Aku Tonpa— habré menester de una olla, pero esta vez más grande.
   El ricachón, muy contento, le dijo que cuando quisiera, podría ir por ella.
   De vuelta a su casa, el ricachón contó a su mujer toda la historia de las ollas y ella, como era tan astuta como avariciosa, no tardó en decir a su marido:
   —Lástima que estas ollas no sean de oro. Si tuviéramos una, se la podías prestar a Aku Tonpa no una, sino muchas veces, y así, si cada vez paría una pequeña, en poco tiempo nos podríamos hacer inmensamente ricos.
   Al cabo de unos días, cuando Aku Tonpa fue por una olla más grande, tal y como había dicho, el ricachón le prestó una olla de oro muy grande, que había mandado hacer a toda prisa.
  Aku Tonpa tomó la olla de oro y se volvió a su casa. Luego empuñó un martillo y a golpes destrozó la olla y la hizo pedacitos, que después repartió entre los pobres que no tenían dinero para comprarse una olla. Llegó el día en que Aku Tonpa debía devolver la olla, y el ricachón, ardiendo de impaciencia, fue a su casa a recogerla. Nada más entrar, halló a Aku Tonpa sentado en el suelo, con aire abatido.
—¿Dónde está mi olla? —preguntó el rico casi gritando.
   —Habéis tenido muy mala suerte —respondió Aku Tonpa, compungido, vuestra olla ha muerto, y se ha hecho pedazos; así que como ya no servía para nada, la he repartido entre los pobres.
   —¿Cómo es posible que una olla muera? —dijo el ricachón muy enojado y nada convencido.
   A lo que Aku Tonpa replicó:
   —Pero, ¿acaso no sabéis algo tan meridiano, como que todo aquello que puede parir hijos, es algo que nace y que muere? Vuestras ollas son capaces de parir, luego por fuerza algún día han de morir.
   Ahora fue el ricachón el que casi se muere del grandísimo enojo que le tomó. Mas no pudiendo ya hacer nada, hubo de volverse a su casa, triste y cabizbajo.

IÑAKI PRECIADO, El sembrador de oro y otros cuentos del Tíbet, Oberon, Madrid, 2004, pp. 139-140.



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