jueves, 19 de septiembre de 2013

LA SOLICITUD, Slawomir Mrozek


LA SOLICITUD

   Respetuosamente ruego que me sea entregado el dominio del mundo. Fundo mi solicitud en el hecho de que soy el mejor, el más inteligente y el más original de todos los hombres.
   Hago saber también que mi distrito es uno de los más pobres. Arenales, nada más. Y los mercados anuales fueron suprimidos porque dicen que se hará la industrialización. En casa tampoco reina la abundancia, ya que mi yerno, además de tenerme que mantener a mí, tiene que mantener a otras ocho personas, entre las cuales hay dos que pertenecen a la intelectualidad. No dispongo de dinero ni de ningún ejército para apoyar mi demanda. Por eso pongo también la condición de que no se me obligue a tener bombas atómicas. En caso necesario, puedo presentar el correspondiente certificado de la parroquia.
   Ya comprendo que, vistas las circunstancias, no será fácil poner en mis manos el poder. Sin embargo, acaricio la esperanza de que tanto la voluntad entusiasta de los pueblos como la marcha de la historia vendrán en apoyo de mi solicitud. Por otra parte, confío en la providencia divina.
   Sobre todo, como ya he dicho antes, soy mejor que todos los demás hombres. Tal vez haya algunos que no estén de acuerdo y pretendan que son ellos los mejores. Pero tales afirmaciones no tienen ningún peso; porque ellos no son yo y, por lo tanto, ¿cómo van a saber lo bueno que soy?
   Yo creo que todos saldrían ganando con que yo gobernara el mundo. Como estoy dispuesto al sacrificio, puedo asumir esa grave obligación. Mientras fui joven, hice más de una locura, pero, ahora he encontrado el camino y podría guiar a los demás.
   No tenemos ni un solo tanque. Incluso el colador está roto y por eso, la pobre de mi hija las pasa negras para hacer los fideos. Pero ¿que importancia tiene eso? En realidad, uno gobierna el mundo porque es el mejor y no porque tenga un ejército. A nadie le gustaría gobernar porque tiene un ejército, sino únicamente porque es el mejor. Tengo, pues, igualdad de oportunidades o incluso más, porque no tengo ningún ejército y soy realmente el mejor. ¿Para qué necesito un buque de guerra? Estas cosas sólo cuestan dinero y, por otra parte, un buque, en casa, sólo nos estorbaría, sobre todo ahora que mi hija vuelve a estar en estado de buena esperanza.
   No se trata de mí, sino sólo de la humanidad. Cuando a veces me escondo en el huerto que hay detrás de casa (el huerto, gracias a Dios, todavía es nuestro) y como las moras a puñados, hay algo que parece tocarme con el dedo. ¡Aquí estás tú tan tranquilo comiendo moras y allí está las humanidad! Y me entran deseos de abandonarlo todo para a ocupar el poder.
   Ayer, mi yerno me encerró porque dijo que como demasiado. Dispongo pues de un poco de tiempo y escribo lo que ya hace mucho que quería escribir. Pero siempre había tantas moscas ahogadas en el tintero que resultaba desagradable mojar la pluma en él. Hasta ahora, en otoño, la cosa no ha mejorado un poco.
   Tengo suerte de ser yo y no otro el que está dentro de mí. Es terrible la idea de que otro pudiera ser yo y entonces me mirara y no supiera como soy.
   Ha llegado mi yerno. Ya comprendo que todo está muy caro, pero ¿es indispensable que todo se arregle en seguida a palos?
   En espera de una respuesta afirmativa a mi solicitud, le saluda atentamente...


SLAWOMIR MROZEK, El elefante, Seix Barral, Barcelona, 1963, pp. 169-171.
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Fernand Léger

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