domingo, 31 de marzo de 2013

[MÍRAME...], Tomas Traströmer & Antonio Sánchez Serrano


Mírame, estoy
como un lanchón en tierra.
Aquí soy feliz.



TOMAS TRANSTRÖMER, El cielo a medio hacer, Nórdica, Madrid, 2010.

sábado, 30 de marzo de 2013

[CUANDO PIENSO EN MIS VIDAS POSIBLES...], Carlos Marzal


   Cuando pienso en mis vidas posibles, siento nostalgia de la verdadera.


CARLOS MARZAL, La arquitectura del aire, Tusquets, Barcelona, 2013, p. 158.

viernes, 29 de marzo de 2013

JESUCRISTO, Ivan Turguénev

JESUCRISTO
   Me vi adolescente, casi un niño, en una pequeña iglesia rural. Las candelas alumbraban con su llama trémula y rojiza los antiguos iconos.
  Un diminuto halo irisado coronaba cada llama. En el interior reinaba una oscura penumbra... La iglesia estaba abarrotada.
   Las cabezas trigueñas de los campesinos se agolpaban ante mí. De vez en cuando se inclinaban y se alzaban todas a] tiempo, como espigas maduras de la mies mecidas por la suave brisa de verano.
   Un hombre se acercó por detrás y se colocó a mi lado.
   No me volví a mirarlo, pero al instante me di cuenta de que ese hombre era Jesucristo.
  Un sentimiento de piedad, mezclado con la curiosidad y el miedo, se apoderó al momento de mí. Hice un esfuerzo.., y miré a mi vecino.
  Su rostro era común, semejante a todos los rostros humanos. Sus ojos, ligeramente alzados, tenían una mirada atenta y serena. Los labios cenados, aunque no apretados, el superior reposando suavemente sobre el inferior, y una pequeña barba, partida en dos. Las manos juntas, quietas. Y una vestimenta común, como la de todos.
   «¿Qué clase de Jesucristo es éste? —pensé. —Un hombre tan corriente, tan sumamente sencillo. ¡No puede ser!»
   Y le volví la espalda. Pero apenas hube apartado la mirada de aquel hombre común, sentí de nuevo la impresión de que era precisamente Jesucristo quien estaba a mi lado.
   De nuevo hice un esfuerzo para mirarlo.., y volví a ver el mismo semblante, semejante a cualquier rostro humano, de rasgos comunes, aunque desconocidos.
   De pronto sentí espanto... y volví en mí. Sólo entonces comprendí que precisamente un semblante como aquel, semejante a cualquier rostro humano, es la verdadera faz de Cristo.


IVAN TURGUÉNEV, Poemas en prosa, Rubiños, Madrid, 1982, p. 101.

jueves, 28 de marzo de 2013

EL INQUILINO, Lola Sanabria


EL INQUILINO

   El abuelo vivía en un pueblecito de Santander. Cuando se vino a vivir con nosotros, se trajo su caracola. Decía que así podría escuchar el mar. A mi hijo pequeño le entusiasmó la idea. Estaban todo el día pasándose la caracola de oreja a oreja. Los dos aseguraban que eran capaces de distinguir una ola gigante del rizo de espuma entrando en la playa.
   Yo estaba muy contenta por lo bien que se llevaban. Un día, el abuelo comenzó a quejarse de que no podía dormir por el ruido que hacía al masticar el inquilino del armario. Le aseguré que allí no vivía nadie, pero mi hijo le dio la razón y dijo que él también lo había oído. Le conté a mi marido lo que ocurría y él intentó convencerlo de que se trataba de una pesadilla, pero el abuelo siguió quejándose.
   Abrí el armario unas cuantas veces para que se convenciera de su error. Él continuó con sus quejas. Una mañana, desesperada, volví a abrir el armario y moví la ropa para que viera el fondo pues se empeñó en que se ocultaba allí. Una nube de polillas abandonó el traje de Comunión de la niña. Lo saqué para comprobar, desolada, que los encajes y las cintas de princesa se habían convertido en unos pingajos llenos de agujeros.

miércoles, 27 de marzo de 2013

DE LOS ECOS, Clara Janés



DE LOS ECOS

Y de pronto, gotas de lluvia. Y en cada gota un secreto oculto en la transparencia, contra la que nada puede el bastón de las tormentas. Se suemen o dividan, su onda corpórea se despliega mansa y expectante y arrastra los ojos al linde de la pura resonancia.

CLARA JANÉS, Los números oscuros, Siruela, Madrid, 2006 p. 31.

Fotografía: Gonzalo Montero

martes, 26 de marzo de 2013

POST MORTEM, Pedro Pujante & Rodin


POST MORTEM

   Nada más morir subió al cielo. iCon lo mal que me he portado con todo el mundo en mi mísera vida!
   "No, no, me lo merezco", razonó con falso arrepentimiento. Un señor barbudo que vestía de blanco, un ángel seguramente, le dio la bienvenida.
   —Pase, es por aquella puerta negra.
   "Debe de ser un error, seguro", pensó.
   "No, no lo es, siga hasta la puerta", le leyó la mente el otro. Y dichoso y confundido dio unos pasos y se encaminó en pos del paraíso. En el entusiasmo que le embargaba no advirtió el espejismo ni el olor tenue a azufre quemado.


63 claves para escribir buenos microrrelatos (Antología del I Certamen Internacional MundoPalabras de Microrrelatos), El desván de la memoria, Madrid, 2012, p. 44.

lunes, 25 de marzo de 2013

domingo, 24 de marzo de 2013

SOLO, Rafael Pérez Estrada




SOLO

  Estoy desnudo y me entrego a mí mismo. Soy barco de papel, Marco Polo, Salgari, Sandocán, Luigi Motta, conquistador de mí y me sobran espejos.
   El sol arriba me revienta la espalda, el torso se me duele, se me hace retrato y en la imaginación, anidando pinzones, me pongo en los museos.
   Afloro un yo en mi pecho unido al otro yo del vello que me nace.
   Los ojos entornados, la piedra pulida por las aguas, transparentes en los dedos y una gota resbala haciendo soledad lograda conmigo mismo.
   Me rebullo, dejo frente a las otras huellas, la huella de mi cuerpo, al dos le faltan cinco, seis, otros números. No quiero la manzana y el aire huele a brea.
   Las golondrinas ladran, los peces moribundos apartados del copo, me reflejan mil veces y siento un gran vacío. No me basto a mí mismo.
   Eva.
   En el telón de fondo, blandiendo espumaderas, las niñas pescan ranas. La hiel se me estremece, grito, ahuyento este dolor, dejo atrás a Narciso y me pierdo en lo lejos.


RAFAEL PÉREZ ESTRADA, Valle de los Galanes / Obeliscos, Huerga y Fierro, Madrid, 2006, pp. 48-50.

sábado, 23 de marzo de 2013

EL HOTEL, Karmelo C. Iribarren & Cristina Müller


EL HOTEL

El hotel
reflejado
en el río,

los peces
cruzando
por los pasillos.

KARMELO C. IRIBARREN, Versos que el viento arrastra, El jinete azul, Madrid, 2010, pp. 62-63.


viernes, 22 de marzo de 2013

LA MUJER ESQUELETO, Tim Bowley


LA MUJER ESQUELETO


   Ya nadie recordaba qué era, pero ella había hecho algo en contra de la voluntad de su padre, y él la había agarrado y arrojado por el acantilado, y ella había caído y caído hasta hundirse en el océano.
   Su cuerpo se sumergió cada vez más hondo, bailando su lenta danza de la muerte, hasta quedar reposando sobre el lecho marino. Con el paso del tiempo los peces y otras criaturas se comieron toda su carne mientras las conchas y los cangrejos se alojaban en sus huesos, y durante muchos años yació allí, mecida por las corrientes como un alga, la Mujer Esqueleto.
   Creyendo que la bahía estaba hechizada, la gente dejó de pescar allí. Un día, sin embargo, un forastero vino a pescar en su kayac, ignorante de las tristes leyendas que pesaban sobre esa extensión de agua. Lanzó el sedal por la borda de su barco y el anzuelo se hundió y se hundió hasta el fondo del océano, donde se enganchó en las costillas de la Mujer Esqueleto. Notando algo en el extremo de su sedal, el hombre gritó: “¡Oh-ho, ha picado un pez gordo!”, y empezó a izar su captura. La Mujer Esqueleto sintió que algo tiraba de ella y se retorció tratando de librarse, pero cuanto más se debatía más se enredaba.
   El hombre tiró del sedal hasta que al fin la Mujer Esqueleto fue levantada del fondo del océano donde tanto tiempo había yacido y subió y subió, atravesando las aguas, hacia la luz.
   Cuando el hombre sitió que la presa estaba cerca de la superficie se volvió para cogerla red pero, al girarse, dio un grito. Porque allí, en la popa del barco, con los dientes clavados en la madera, el agua goteando de su cabellera de algas, los cangrejos correteando por las cuencas de sus ojos, las lapas destellando sobre sus huesos, estaba la Mujer Esqueleto. El hombre, aterrorizado, cogió su remo, golpeó a la espantosa aparición para arrojarla del barco y empezó a remar desesperadamente hacia la costa, haciendo avanzar la embarcación con todas sus fuerzas. En su pánico, no se dio cuenta de que la Mujer Esqueleto seguía enganchada en el anzuelo y, cuando miró hacia atrás, allí estaba ella surcando las olas tras él!
   El hombre siguió remando hasta llegar por fin a la orilla. Saltó de su kayac, agarró el sedal y empezó a correr por el hielo. Pero cuando miró tras él vio venir, saltando y botando por el hielo, a la Mujer Esqueleto y, por mucho que corriera, cada vez que miraba tras de sí, allí estaba ella. El hombre siguió corriendo y corriendo, con el corazón palpitando, agitando las piernas, los ojos desorbitados de terror. Corrió entre las pilas de pescado seco y, mientras se deslizaba entre ellas, la Mujer Esqueleto extendió una mano huesuda, cogió un pescado y se lo comió.
   El hombre siguió corriendo hasta que al fin, exhausto, temblando, aterrorizado, llegó a su iglú. Se arrojó por la puerta a la oscuridad del interior y durante largo tiempo quedó allí jadeando, libre al fin del horror de la Mujer Esqueleto. Finalmente, el hombre se recuperó un poco y encendió el fuego; pero entonces chilló, porque allí, en el iglú con él, estaba la Mujer Esqueleto. Sus huesos estaban todos enredados del viaje, tenía una pierna dentro de la caja torácica y la otra detrás de la cabeza; todavía goteaba agua de su pelo de algas, y los percebes de sus dientes sonrientes destellaban a la luz del fuego.
   Al mirarla, el hombre se dio cuenta de que no podía escapar de ella. Y, tal vez porque era un hombre solitario, al aceptar su destino, algo se conmovió en su interior y sintió compasión por ella. Se arrastró hasta la mujer musitando palabras tranquilizadoras y le colocó suavemente los huesos hasta que cada uno estuvo en su lugar. Luego, cogió una túnica de piel de foca y se la puso sobre los hombros, y después, agotado por las aventuras del día, se metió en la cama y se durmió.
   La Mujer Esqueleto se quedó sentada inmóvil, alerta, observando al hombre dormido, sin atreverse a hacer un solo ruido por temor a enfurecerle y que él también la agarrara y la arrojara fuera, como había hecho su padre tanto tiempo atrás.
   Mientras el hombre dormía, tuvo un sueño y ese sueño hizo brotar una lágrima que se deslizó por su mejilla. Viendo la lágrima, la Mujer Esqueleto sintió en ella la sed de los siglos y se arrastró hasta el hombre dormido, le acercó la boca huesuda al rostro y empezó a beberse la lágrima. A medida que bebía, esa lágrima se convirtió en un río y ella bebió y bebió, hasta que al fin su sed quedó aplacada.
   Luego, la Mujer Esqueleto empezó a cantar una canción, una canción tan antigua como los cristales de hielo que la rodeaban y, mientras cantaba, deslizó una mano huesuda bajo las sábanas, la metió en el pecho del hombre dormido y sacó su corazón palpitante. Y cantando con voz cada vez más fuerte, acarició sus huesos con el corazón del hombre.
   Se acarició la cara; cantó pidiendo carne; cantó pidiendo ojos, nariz, labios; cantó pidiendo orejas; cantó pidiendo pelo; cantó pidiendo brazos; cantó pidiendo manos; cantó pidiendo pechos, cantó pidiendo corazón; cantó pidiendo estómago y órganos internos; cantó pidiendo piernas y pies veloces; cantó pidiendo una hendidura entre las piernas y todas las cosas que una mujer necesita.
   Cuando estuvo completa, la Mujer Esqueleto cantó para desnudar al hombre dormido y se metió en la cama junto a él. Después hundió la mano en su propio pecho, se sacó el corazón y lo puso con cuidado dentro del pecho del hombre dormido, y el corazón de él lo metió en el suyo. Por la mañana, al despertar, estaban los dos entrelazados en un abrazo de amor eterno.
   Y desde aquel día vivieron juntos. Cada vez que salían de pesca, las criaturas del océano se entregaban libremente a la Mujer Esqueleto, que había vivido entre ellas tanto tiempo. Y el hombre y la Mujer Esqueleto vivieron felices muchos años.

TIM BOWLEY, Semillas al viento, Editorial Raíces, Madrid, 2001, pp. 94-95.

jueves, 21 de marzo de 2013

[LA ETERNIDAD ES...], René Char



   La eternidad es apenas más larga que la vida.


RENÉ CHAR, Las hojas de Hipnos, Visor, Madrid, 1973.

miércoles, 20 de marzo de 2013

POR COMPLACER AL AMANTE, MADRE MATA A SU HIJITA, Francisco Ayala


POR COMPLACER AL AMANTE, MADRE MATA A SU HIJITA


   La populosa y no bien afamaba barriada de El Serón fue escenario ayer de un crimen monstruoso que no sin razón ha llenado de horror al vecindario, pues pocas veces habrá podido mostrarse tan al desnudo la ferocidad de la condición humana como en este caso, cuyas circunstancias por lo demás aún no han sido completamente esclarecidas.
   Víctima del horroroso suceso fue una criatura de pocos meses, la niñita Inés Martín, a quien su propia madre, Luisa Martin, hundió el cráneo a martillazos, instigada al parecer por su amante, Luis Antón, alias El Perinola, sin profesión conocida, el cual, según ella declaró en la comisaría, le había exigido ese sacrificio como prueba de amor.
   El propio Perinola fue quien, con increible desfachatez, puso el hecho en conocimiento de la policía, aterrorizado —dijo— por la conducta de su amiga. Pero más probablemente movido del temor a las consecuencias que su participación en el espantoso infanticidio debía acarrearle.
   De las versiones, no en todo concordes, ofrecidas por la siniestra pareja se desprende que la infeliz Inesita constituía, con sus llantos nocturnos , una perturbación para el descanso y las sucias expansiones de los amantes, y que ya antes más de una vez el Perinola, irritado, hubo de abandonar el lecho y la casa para acogerse bajo el techo de otra vecina a la que también solía otorgar sus favores, amenazando con no volver a pisar el suelo de Luisa Martín mientras ésta no enseñara buenas maneras a su hijita. Varias vecinos han confirmado que en ocasiones tales la desnaturalizada madre maltrataba a la criaturita brutalmente, con el previsible resulltado de aumentar el escándalo, obligándolos a intervenir y agotando la poca paciencia del barbián.
   Insiste Luisa —mujer todavía joven, pero estragada por la mala vida— en que sólo ante el ultimátum del Perinola, que la puso a elegir entre él y la pobre mocosa, se resolvió a acometer la atrocidad final. En este punto, las declaraciones de uno y otro discrepan: mientras el hombree sostiene que jamás sugirió semejante alternativa, explicando prolija¬mente sus peleas con la querindonga y su deseo de romper relaciones tan molestas, ella insiste en afirmar que, no sólo le exigió el Perinola que se deshiciera de la nena (en prueba de su amor a él), sino que hasta llegó a ponerle en la mano el martillo con que debía machacarle la cabeza, como en efecto lo hizo en un momento de obcecación del que en seguida se arrepentiría. Sin embargo, es lo cierto que ni la mirada seca de sus ojos, ni lo indiferente de su actitud, dan testimonio de semejante arrepentimiento.

FRANCISCO AYALA, El jardín de las decilcias, Seix Barral, Barcelona, 1971, pp. 23-24.

martes, 19 de marzo de 2013

[DEJAR ABIERTOS...], Peter Handke



   Dejar abiertos los espacios vacíos: ésa sería la más elevada de las artes


PETER HANDKE, Fantasías de la repetición, Las Tres Sorores, Zaragoza, 2000, p. 42.


lunes, 18 de marzo de 2013

LOS PIES EN EL CIELO, Rafael Argullol



   No podían aceptar a aquel hombre que todo lo hacía al revés. Caminaba sobre sus brazos con el mismo descaro con el que ignoraba las leyes que desde tiempos inmemoriales suponían el derecho común. Les dolía que aquel acróbata loco nunca tuviera los pies en la tierra. Pero esto no era suficiente para explicar el odio que había despertado. Lo verdaderamente insoportable era la sospecha de que, en realidad, tuviera los pies en el cielo. 
(Los pies en el cielo)


domingo, 17 de marzo de 2013

[CUANDO FLORECE LA LAVANDA...], Andrés Trapiello


   Cuando florece la lavanda o alhucema el azul del cielo se queda en la palma de la mano, mientras allí muelen los dedos tan elocuente espiga y sabemos que otra primavera nos ha sido concedida.

ANDRÉS TRAPIELLO, El arca de las palabras, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2006, 351 páginas.

sábado, 16 de marzo de 2013

EL JUEGO MÁS ANTIGUO, Alberto Chimal


EL JUEGO MÁS ANTIGUO

   Y pasó que en la tierra de Mundarna, en un cruce de caminos, una tarde de invierno, se encontraron dos brujas. Una se llamaba Antazil, la otra Bondur. Eran expertas en sus artes y sobre todo en el de la transformación, que permite a sus adeptos mudar de apariencia y de naturaleza. Venían de lugares lejanos, igualmente distantes, y se odiaban.
   La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez.
   Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron, y no dijeron nada.
   Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla. Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz...
   Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico...
   Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla, no exagero, pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo.
   Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga.
   Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.
   Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo.
   Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil.
   Y entonces se vieron.
   Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.

ALBERTO CHIMAL, Siete, Salto de Página, Madrid, 2012, pp. 141-143.

viernes, 15 de marzo de 2013

[POR LA BOCA DE LA RANA...], Jules Renard


   Por la boca de la rana podemos colar una moneda hasta la hucha de su vientre.


JULES RENARD, Historias naturales, Analecta Malacitana, Málaga, 1998.



jueves, 14 de marzo de 2013

[YO LLAMO...], José Ángel Valente

   Yo llamo a mi interlocutor tú. Él me dice tú cuando a mí se dirige. Nos llamamos igual. ¿Seríamos el mismo?


JOSÉ ÁNGEL VALENTE, Notas de un simulador, Ediciones La Palma, Madrid, 1997.

miércoles, 13 de marzo de 2013

[PALABRA, TORMENTA, HIELO...], René Char



    Palabra, tormenta, hielo y sangre acabarán por formar una escarcha común.




RENÉ CHAR, Las hojas de Hipnos, Visor, Madrid, 1973.

martes, 12 de marzo de 2013

lunes, 11 de marzo de 2013

LOS METEORÓLOGOS EN EL ASCENSOR, Fernando León de Aranoa




LOS METEORÓLOGOS EN EL ASCENSOR

    ¿De qué habla el hombre del tiempo cuando no sabe de qué hablar?
 

FERNANDO LEÓN DE ARANOA, Aquí yacen dragones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 123.

domingo, 10 de marzo de 2013

CUENTO INFANTIL, Juan Gracia Armendáriz & Adolfo Serra


CUENTO INFANTIL
        
   Saciado, se incorporó. La noche había sido propicia, todo había sido más sencillo de lo que supuso. Una luz blanca iluminaba el bosque. Aún sentía el gusto salado y ferruginoso a ambos lados de la lengua. Le asustó verse reflejado en las aterradas pupilas pero luego le agradó su piel tan blanca, la ternura de las nalgas, la delicada exquisitez de su pequeño cuerpo, tan frágil. Vio la maleta colegial abierta entre la maleza junto a un libro deshojado en el breve forcejeo. La niña había leído Caperucita Roja.
   Entonces el licántropo sonrió.

JUAN GRACIA ARMENDÁRIZ, Noticias de la frontera, Libertarias, Madrid, 1994, p. 56.

Ilustración: Adolfo Serra

sábado, 9 de marzo de 2013

LOS RUMORES, Rafael Argullol


   Si en lugar de la historia de los hechos pudiéramos confeccionar una historia de los rumores obtendríamos una idea más aproximada de lo que es la condición humana.
(Los rumores)



viernes, 8 de marzo de 2013

HOMBRE CON LA CABEZA SOBRE LA MESA, Franz Kafka

HOMBRE CON LA CABEZA SOBRE LA MESA

   Ayer, antes de dormirme, vi la imagen dibujada de un grupo de personas aislado en el aire a la manera de una montaña, que se me figuró completamente nueva en su técnica gráfi­ca y, una vez ideada, de fácil ejecución. Había una reunión en torno a una mesa, el suelo se extendía hasta un poco más allá del círculo formado por las personas, pero de toda aquella gente yo sólo conseguía ver fugazmente, esforzan­do mucho la vista, a un joven vestido a la antigua. Tenía el brazo izquierdo apoyado en la mesa, la mano colgaba floja sobre su cara, que, juguetona, se alzaba dirigiendo una mirada hacia alguien que se inclinaba sobre él con gesto preocupado o inquisitivo. Su cuerpo, en especial la pierna derecha, estaba extendido con negligencia juvenil, más que sentado estaba acostado. Los dos nítidos pares de líneas que delimitaban las piernas se cruzaban y unían ligeramente con las líneas que delimitaban el cuerpo. Las ropas, de colores pálidos, se abombaban con débil corpo­reidad entre esas líneas. Asombrado por aquel hermoso di­bujo, que producía en mi mente una tensión que, de eso estaba convencido, era la misma y, por cierto, constante tensión que podría guiar cuando yo quisiera el lápiz que tenía en la mano, me sustraje a aquel estado crepuscular para poder repensar mejor el dibujo. En eso, no tardé en darme cuenta de que no había imaginado otra cosa que un pequeño grupo de porcelana de color blanco grisáceo.

[Diarios, 1 7 de diciembre de 1916]

FRANZ KAFKA, Dibujos, Sexto Piso, Madrid, 2011.

jueves, 7 de marzo de 2013

EL NORTE Y EL SUR, Antonio Serrrano Cueto & Erna Ehlert


EL NORTE Y EL SUR

   Su amor está dividido por las vías muertas de una vieja estación. El vive en la parte sur, en un barrio de obreros agostados y mujeres sin adolescencia; ella en uno de los bulevares del norte, en una casa con un pequeño jardín donde su madre llora sobre tiestos de rosales y begonias. Cada noche él sale de su casa, atraviesa el campo de chabolas y espera al borde de las vías a que ella encienda el fanal que ilumina su sendero en el bosque de hierros. Aunque hace años que pasó el último tren y ahora en ese amplio espacio se arraciman inertes los vagones, cada noche cruza sintiendo que algo sagrado acecha en las formas nocturnas, algo inviolable que respira en el silencio aparente de la conjunción de los metales. Después de hacer el amor y desgranar promesas inverosímiles, él regresa feliz sobre un rumor creciente de olas.
   La noche es voluble y en esta ocasión se ha levantado procelosa, envuelta en vientos y estrépitos temibles. Incluso para él, tan acostumbrado a penetrar en negras espesuras. En mitad de la travesía, acaso por un golpe de viento, pierde la luz amada y el norte. Confia en su sentido de la orientación, con la audacia que le confiere haber hecho el mismo camino cientos de veces, peto zozobra en un mar chirriante que despierta de su letargo. De repente otro foco, aureolado y estruendoso, le sale al paso separando para siempre el Norte y el Sur.

ANTONIO SERRANO CUETO, Fuera pijamas, DeBarris, Moncada, 2010, página 92.

Fotografía: Erna Ehlert

miércoles, 6 de marzo de 2013

[EL AJEDREZ Y LA MUERTE...], Xuan Bello




   El ajedrez y la muerte: sigo con Borges y sus magias a través de estos Cuentos breves y extraordinarios. En el volumen, una antología que había confeccionado en la década de los 50 mano a mano con Adolfo Bioy Ca­sares, se recogen mil maravillas. Esta, «La sombra de las jugadas», atribuida a Edwin Morgan, me deja una inex­plicable melancolía: «En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez mientras que en un valle cercano sus ejércitos luchan destrozándose. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen escucharlos y reflexivos sobre el tablero de plata mueven las piezas de oro. Gra­dualmente se va aclarando que las vicisitudes del combate son las mismas que las del juego. Al anochecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate, y poco después un jinete ensangrentado le anuncia:
   —Tus hombres huyen. Has perdido el reino».
   Leo esta fábula y se me ocurre una pequeña varia­ción. Sobre la mesa del Campa imagino que la simetría que se establece entre la partida de ajedrez y la de la batalla tiene que ser especular; quiero decir que solo refleja la aparente simetría de los espejos; la izquierda se ve a la derecha, la palabra adán se refleja como nada. Calculo, especulo, que todo esto tiene que tener un co­rrelato en el azar, un correlato incluso moral. Mientras se va aclarando que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego, mientras en la mente del rey se prefigura la última jugada que lo ha de llevar a la victoria, y el otro derriba airado el tablero, un jinete ensangrentado anuncia al vencedor:
   —Tus hombres huyen. Has perdido tu reino.
   Estoy seguro de que a Jorge Luis Borges y a Adolfo Bioy Casares ya se les debió ocurrir una variación tan evi­dente. Imagino a Bioy, socarrón, diciéndole a Borges:
   —Pero che, esa es la moral del criado que aún cree en la existencia de cierta justicia poética. ¿No dicen que quien es afortunado en amores es desafortunado en el juego? Pues eso, che, no tiene nada que ver con reyes venerables y sombras célticas.


XUAN BELLO, La nieve y otros complementos circunstanciales, Xordica, Zaragoza, 2012, pp. 54-55.








martes, 5 de marzo de 2013

VIRGINIDAD, Antonio Báez & Eikoh Hosoe



VIRGINIDAD

   La primera vez que me propuse perder la virginidad fue en verano y recuerdo que leía a Yukio Mishima. Por supuesto no lo conseguí. Veamos alguna versión de los hechos. En la terraza de los apartamentos en los que trabajaba en Fuengirola me propuse asaltar a una de las camareras de piso de un modo inesperado. Me hubiese podido pegar con una de las botellas de cerveza que estaba recogiendo, pero le bastó con mirarme en el momento en el que me dirigía hacia ella. Me daba vergüenza pensar que sería de los pocos chavales dedicados aquel verano a la hostelería que nunca se habían acostado con una mujer. Por las tardes desde la terraza, en la que se había frustrado mi fantasía amatoria, divisaba melancólico un horizonte surcado de hidropedales con mujeres que se entregaban en su duermevela a las caricias de Febo Apolo. Luego remataba mis faenas y regresaba en tren a casa, leyendo. Aprendí mucho ese verano y el siguiente. En realidad las picardías y los trucos de los hosteleros más bribones de la Costa del Sol. Lo que más les importaba era sacar tajada. Para mí aquel era un trabajo con el que costearme el curso. Tenía mucho tiempo para leer porque por una serie de circunstancias de índole picaresca acabé sentado tras un mostrador que funcionaba como conserjería. En uno de los cuentos de mi primer libro, plagado de erratas, hice que esa camarera con la que no perdí la virginidad me sedujera en la terraza del último piso, a pleno sol del mediodía. Me resulta imposible, eso sí, recordar su nombre, pero he retenido en la mente con todo detalle su rostro no demasiado agraciado y picado con marcas y hoyitos de la viruela. En mi segundo libro de cuentos, que es prácticamente un plagio del primero y que no consiguió librarse de las erratas, sólo tuve que jugar con la introducción de algunos adverbios para contar lo contrario: que ante la propuesta explícita de la camarera para convertirme en un hombre experimentado, yo metí la cabeza en el libro de un escritor japonés que se atravesó las tripas ritualmente.


lunes, 4 de marzo de 2013

MATERIA ORGÁNICA, Antonio Serrano Cueto


MATERIA ORGÁNICA

   En la espesura de su patio florido, Juana empezó a morirse regando los geranios, había medio muerto cuando el chorrito de agua se le caía tembloroso sobre las hortensias y completó el trance de morirse al trastabillar cerca de las droseras, que la atraparon en el mucílago viscoso de sus hojas. La digestión duró hasta que terminó el partido de fútbol.

ANTONIO SERRANO CUETO, Fuera pijamas, DeBarris, Moncada, 2010, página 93.

domingo, 3 de marzo de 2013

AGUSTÍN, Adriano González León



AGUSTÍN

A Manuel Matute

   Después de la película, en el cine pobre, venía la tristeza. Una enorme tristeza. Y uno no sabía por qué. Al terminar la última despedida en la esquina, al quedar solos, estaba entonces la calle larga, sin nadie, con un cierto polvo nocturno y un gato apenas relampagueando en el alero. Poca luz. O debe ser que se sentía medio ciega, enneblinada, cubierta también por la tristeza. Atrás había quedado la sala a oscuras, con su olor mezclado por el moho, las ceras de chicles, los papeles de chocolate y la humedad. Una última claridad se había sumido en la pantalla donde antes estaban un velero y unos pescadores con redes extrañas. Era la playa de Acapulco para que las marías bonitas y las marías del alma no lo olvidaran nunca.

ADRIANO GONZÁLEZ LEÓN, Todos los cuentos más uno, Alfaguara, 1998, Madrid, p. 209.


sábado, 2 de marzo de 2013

AIRE Y CARBÓN, Ana María Shua



AIRE Y CARBÓN
  
   El abuelo Salo tiene buenos motivos para recordar la llegada de la orquesta de Leopoldo Stokovski a la Argentina.
   —Fue hacia el año cuarenta —dice—. Stokovski era famoso sobre todo por ser el director de la Orquesta Filarmónica de Filadelfia, pero vino a la Argentina con una orquesta juvenil. En Buenos Aires igual fue todo un acontecimiento. Y para mi familia, fue más especial todavía. Porque uno de los violinistas de Stokovski era un pariente lejano de mi mamá, un polaco del mismo pueblo, que había emigrado a Estados Unidos, tal como mi mamá emigró a la Argentina. Bueno, este hombre quiso conocer a su familia argentina. Imagínate la emoción cuando llamó a casa ¡el primer violinista de Stokovski!
    —¿Y fue nomás de visita?
   —¡Por supuesto! Viajaba con su mujer, que también era violinista, de modo que la trajo. Invitamos a mi tía, la hermana de mi mamá. Fue una cena memorable. Lo más increíble de todo no fue que nos invitaran al Colón a escuchar la orquesta de Stokovski, ni las costumbres extrañas que traía esta pareja, sobre todo la mujer, nacida en Estados Unidos, la otra América, la de verdad. Todo nos llamaba la atención. La forma en que cambiaba de mano el tenedor después de cortar la carne, porque los yanquis manejan el tenedor con la mano derecha. La ropa, el peinado... Pero lo que nos dejó boquiabiertos fueron las medias que traía puestas la mujer del violinista. ¡Medias de nailon! Jamás se había visto semejante cosa en la Argentina.
    —¿Y qué usaban las señoras elegantes?
   —Aquí se usaban todavía medias de seda, que eran carísimas y se rompían y se corrían de nada. Era un tema fundamental para las mujeres de la época, sobre todo para las que no tenían mucho dinero. Claro, también existían las medias largas de algodón, generalmente de color carne, pero eran muy feas. Las chicas muy jóvenes, a veces, se dibujaban una costura sobre la piel, con carbonilla, desde el muslo hasta el talón, para dar la impresión de que tenían puesta una media. Salir sin medias era impensable, una locura; una mujer decente en sus cabales no hacía una cosa así. Era tan loco como que un hombre saliera a la calle sin sombrero: "en cabeza", se decía, y era casi como salir descalzo. Pensá que Roberto Arlt murió tratando de inventar unas medias engomadas de larga duración. Las medias de seda corridas, igual que pasó después con las de nailon, se llevaban a arreglar, con una maquinita zurcidora se levantaban los puntos. Pero no quedaban perfectas, el arreglo se notaba. ¡Ah, esas pobres medias de seda llenas de cicatrices de batalla!
     —Así que nunca habían visto medias como ésas...
   —Nunca. Las medias de nailon que tenía puestas la mujer del violinista eran más fuertes y también más transparentes. La señora hizo un par de demostraciones que nos dejaron con la boca abierta. Todos hubiéramos querido tocar ese material incomprensible. Yo era chico y estaba tan asombrado como los demás. ¿Qué era esa fibra extraña que no salía de ninguna planta, que no tejía ninguna oruga? Mi mamá y mi tía miraban las medias con tanta admiración, ilusión y deseo que la mujer del violinista decidió regalarles un par a cada una. Antes de irse de la Argentina pasó por casa y nos dejó dos paquetitos con el extraño tesoro. Entonces sí pudimos tocarlas, estirarlas, mirarlas al trasluz, con infinito cuidado. "Pero, ¿de qué están hechas?" le pregunté a mi papá. Él me miró muy serio y me dijo: "Están hechas de aire y carbón".
   Y desde entonces cada vez que se encuentra con algo nuevo, un adelanto tecnológico, una situación que no comprende, un misterio de la naturaleza, en lugar de decir como todos los argentinos "Cosa'e mandinga", el abuelo Salo dice así: "¡Aire y carbón!" 

ANA MARÍA SHUA, Historias verdaderas, Sudamericana, Buenos Aires, 2004.

PENA TIRANA, Isla Correyero


PENA TIRANA


Señor
cómo voy a ser buena si recibo de Ti
de él
por Ti que lo creaste
este trato animal sin coherencia
sin reposo ni alivio en el exceso
de este dolor constante humanamente
insufrible soportado por esta
que te habla violenta moderada azuzada
por los miles de espinas
que él me clava inmóvil gris
con todo el cuerpo azul de golpes y lesiones
sal y sangre en el pómulo
helada por el frío de la circulación huida
no puedo así impedir que un exaltado
río de amargas lágrimas constantes
me inunden dentro el pecho la casa
la oficina el suelo del servicio

si es verdad que Tú existes o existimos nosotros
si todo esto es real y no otra dimensión
de la locura dime habla muéstrate
entre los vivos da ese paso elegante
de amor y de respeto que me debes y debes
a todos los que aquí vivimos trabajamos.

Ten compasión y vuelve los ojos a este pómulo
y Tú que eres amor o eso dijiste
pon en mi corazón una gota una gota
tan solo de amor y de descanso
y que el dios de los perros y el dios
de las cavernas me lleven a tu lado
sin hacer ningún ruido ni luz
irradiación.


ISLA CORREYERO, Amor tirano, DVD, Barcelona, 2003, pp. 70-71.