martes, 28 de enero de 2014

EL FEO, Eduardo Berti

 

EL FEO


   Me presenté a un Concurso de Fealdad para perder y demostrarle a una muchacha que por entonces amaba que era más bello de lo que ella pensaba; pero gané y allí empezó el verdadero calvario: todas las mujeres me cubrieron con un manto de piedad o de burla. Si hasta el concurso yo no había sido ni bello ni feo, la victoria ahora estampaba un título en mi rostro, igual que un sello o un cartel de advertencia. «Chau, feo», me gritaban por la calle. El apodo pasó a reservárseme porque no había, ni debía de haber, hombre más feo en nuestro pueblo.
   Un amigo, viéndome sufrir, intentó consolarme: el concurso fue una trampa, me decía; muchos galanes se habían presentado para divertirse pero él sabía de por lo menos treinta tipos que no se habían inscripto y que eran mucho —muchísimo— más horribles que yo.
    Para acabar con la desgracia, visto que iban a tratarme de «feo» por el resto de mis días, resolví que debía enamorar a una mujer hermosa que todos desearan. No comprendía por entonces que para cualquier mujer algo coqueta es una especie de deshonra que la vean en compañía del hombre menos agraciado. Y, como es lógico, ante cada nuevo rechazo se afeaba un poco más mi pobre aspecto.
   Por fin mi amigo tuvo una idea fabulosa para que yo dejara de sufrir así. Consistía en llamar a un nuevo concurso en el que compitieran —esta vez sí— los verdaderos feos. «Nadie se va a presentar», sostenía yo. Cuán equivocado estaba. No había transcurrido una semana que se habían anotado ya seis postulantes, algunos incluso de otras regiones, todos decididos a batirme, noticia que me puso jubiloso al menos por un puñado de horas.
   Aquella fue una jornada de fiesta. Los trece concursantes desfilamos en la plaza, bajo el sol del mediodía, en torno a las ciegas estatuas. Los espectadores nos decían de todo, y mientras se acercaba el veredicto mis nervios aumentaban tanto como si quisiera vencer. Mi amigo había reclutado por suerte unos feos que eran feísimos. En sus manos perdí el título, de manera aplastante, pero todos quienes ocuparon los primeros puestos provenían de otras ciudades y la gente rechazaba la decisión del jurado. No necesitamos feos de otros lugares, exclamaban, tenemos a los mejores. Las mujeres que me habían despreciado vitoreaban muy sonrientes mi apellido. Los maridos de las mujeres más bellas hacían fuerza para que yo no perdiera mi corona y me volviese un adversario. Nadie parecía admitir la existencia de hombres todavía más feos, y el tesón con que la multitud pedía que me conservasen campeón era digno de un primer premio en un Concurso de Crueldad.

EDUARDO BERTI, La vida imposible, Emecé, Buenos Aires, 2002, pp. 61-62.
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Henri Matisse

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