lunes, 3 de marzo de 2014

SOBRE EL SEÑOR DE LAS MOSCAS DE WILLIAM GOLDING, Tomás Salvador


PRESENTACIÓN Y RITO

LA NOTICIA Y EL ECO

   Cuando el día 3 de octubre, el equipo de académicos suecos que otorgan anualmente el Premio Nobel de Literatura, con el cual se abre tradicionalmente el resto de los galardones —que se conceden en días posteriores—, decidieron que el británico William Golding era el más indicado para llevarse la fama y los casi treinta millones de pesetas, los teletipos y computadoras de todo el mundo comenzaron a dar/recibir información urgente. ¿Quién era/es William Gerald Golding? ¿Cuál era su obra más representativa?
   Famoso no era; desconocido, tampoco. Golding era un escritor inglés, ampliamente traducido y autor de un libro cuyo título y temática eran más relevantes que él, fenómeno que a veces se da y que constituye un curioso canibalismo literario donde la víctima es el autor. El libro —hay otros, pero éste es «su libro» —era El señor de las moscas. Ya hablaremos del libro; sigamos con la noticia y el eco.
   Al encontrar la noticia frente al desayuno, literatos, críticos, el aficionado a la literatura, todos, se preguntaron: «¿Quién es este señor?» Algunos escritores no ocultaron su ignorancia: «No hemos leído nada suyo.» «Es otro milagrito anual de los académicos suecos que quieren ir contra corriente.» «Seguro, uno de la minoría exquisita.» Han pasado unos días cuando escribo este rito de la presentación, copiando el propio estilo de Golding, y ya se han ido clarificando las cosas. Las aguas vuelven a su cauce y las librerías agotan sus existencias. Van apareciendo semblanzas y artículos sobre William Golding, unos tocando de oído, otros de puro oficio, pese a lo cual se va abriendo paso la idea de que Golding no es inferior a Moravia, Ende, Borges, Sillitoe, Graham Greene, Doris Lessing o Iris Murdoch, cuyos nombres suelen sonar cada año.
   También los que decían: «Claro, le tocaba a Inglaterra...», van teniendo razón, aunque no por simple cuestión geográfica. Ciertamente, desde 1953, en que le fue con cedido a Winston S. Churchill, el Nobel de literatura no visitaba Inglaterra, siempre que contemos a Patrick White como australiano. Treinta años son muchos años y realmente la situación era injusta. Ciertamente, la Inglaterra que había criado a los Kipling, Yeats, G. B. Shaw, Galsworthy, T. S. Elliot, Russell y el mismo Churchill, —¡siete Nobel en cuarenta y cinco años!— se había metido en un pantano y llevaba treinta años sin salir de él. Hablemos de ello, breve, pero con pasión.
EL NOVELISTA Y SU CIRCUNSTANCIA

   Como sucedió en la mayoría de las naciones europeas, Inglaterra cayó en una profunda crisis de imaginación y expresión después de la Segunda Guerra Mundial. Sucede que muchas cosas se rompen, otras quedan anticuadas y algunas obsoletas. ¿Podía volver en serio el neo-romanticismo de Evelyn Waugh? ¿Acaso los dramas sociales de Dickens? ¿La prosa imperial de Kipling? Surgió, sí, la generación de los «angry young men», de la cual sólo queda Sillitoe y un vago remedo de la novela behaviorista, que pronto degeneró en realismo descarnado.
   Finalmente, por los años cincuenta, combinando los elementos realistas con una fantasía mágica de claras raíces ancestrales, van saliendo algunos nombres que realizan una novela diferente. Tolkien y El señor de los anillos, Burguess y La naranja mecánica, Lowry y Bajo el volcán, Golding y El señor de las moscas. Cualquiera de los cuatro podía haberse alzado con el Nobel. Lo alcanzó Golding porque su obra era más clara, más racional. Golding recogía la herencia de De Foe, copiada por muchos, imitada por infinitos, pero el se sujetaba a la verdad.
   William Gerald Golding, nacido en 1911, encontró una forma de escribir lúcida y al parecer inhumana, cruel. Su más famosa novela, El señor de las moscas, aparece en 1954. Tiene éxito, pero no demasiado. Se va extendiendo lentamente. La primera edición en lengua castellana se publica en 1962, en una colección dedicada a la literatura de fantasía-científica, la Spectrum, de ediciones Minotauro, en la República Argentina. Tarda casi diez años en reeditarse y en seguida (1972) se imprime en España, a cura de Alianza Editorial, en una edición que se vende discretamente y tarda cinco años en agotarse. Y es desde ahí cuando empieza el despegue y va conociendo una edición por año.
   Lo antedicho no lo escribimos de puro relleno, sino porque queremos significar la forma lenta en que un libro se ha ido consagrando, olvidado por los críticos e impuesto por los lectores. A los treinta años, El señor de las moscas consigue el Nobel para su autor, aunque el resto de la obra del escritor haya ayudado al evento. Conviene meditar sobre ello, ahora, en tiempos en que el «best-seller» se fabrica casi artificialmente, por unos editores que desean beneficios rápidos y no mantener almacenes llenos de futuro. Nadie obligó a Golding a fabricar un «mejor vendido», pero lo va a ser veinte años después, como lo serán sus libros posteriores, casi todos ellos en su linea de fantasía-realismo, como, Los herederos, o relevo del hombre de Neandertbal por el Cro-Magnon; Caída libre (Free Fall, 1959), o el mito eterno de Lucifer; La torre (The spire, 1964), medieval, o el milagro de una catedral; La pirámide (1967 ); la trilogía de narraciones El dios Scorpion, donde va variando su estilo; La visible oscuridad (1979), escalofriante y bella historia de un niño víctima de la guerra, y finalmente Ritos de paso (1980), o un viaje a Australia. Pero, con todo, ninguno tan simple y bello como El señor de las moscas.

LA OBRA Y SU CONTORNO

   El señor de las moscas, dije antes, tarda en imponerse y es ignorado por la crítica. La clave está, posiblemente, en la colección en que se editó primeramente, dedicada a la fantasía-científica, junto a nombres como Ray Bradbury, Arthur C. Clarke, Clifford D. Simak, Ursula Le Guin, Lovecraft, Theodore Sturgeon, Italo Calvino y John Wyndham, entre, otros. Es una literatura nueva en cierto modo —aunque con ilustres predecesores cual Vélez de Guevara y su Diablo Cojuelo, Cyrano de Bergerac, Julio Verne, Jonathan Swift, Hugo, Wells, Maurois, Sinclair Lewis, Aldous Huxley, Edgar Allan Poe y, ¿por qué no?, el mismo Cervantes y su loco de la Mancha. Esto no es ninguna tontería.
   Porque confundiendo el trigo con la avena, algunos creen que la literatura de fantasía-científica consiste únicamente en guerras galácticas, monstruos de otros mundos, rayos de la muerte y héroes del Espacio. Esto es una parte, pero no la más importante. La fantaciencia es mucho más; es el estudio sociológico de una Tierra superpoblada, o ¿es que creen ustedes que viviremos como ahora al llegar a los diez mil millones?; es la problemática de esa mitad del cerebro que todavía no usamos y que contiene entre otros poderes la telepatía, la telequinesis, la precognición y la teleportación; es la ucronía de la vuelta a un pasado o la añoranza del Humanismo perdido ante los avances de la técnica. Si conocen ustedes El hombre demolido, de Bester; Farenheit 451, de Bradbury; Los mitos de Cthulhu, de Lovecraft; Cántico a San Leibowitz, de Miller, comprenderán lo que digo y o que le dijo Hamlet a su amigo Horacio: «Hay más cosas en los cielos y la Tierra de las que puede soñar tu fantasía.»
   He necesitado este exordio para llegar a Golding. Y no porque Golding escriba como los citados. Fue publicado en una colección del género, pero no con toda propiedad. Golding escribió una novela de fantasía, pero sin ciencia, a no ser la puramente humana. Cuando Golding ideó y escribió El señor de las moscas, tuvo un antecedente muy claro: Robinson Crusoe, de Daniel de Foe, y un ejemplo del que pretendió burlarse: La isla de coral, de Ballantyne, que hizo furor en Inglaterra a base de unos niños en plan de «robinsones buenos». La idea central de Robinson Crusoe ha tenido multitud de imitadores, todos ellos ganados por la magnífica idea de un hombre abandonado a sí mismo y haciendo prevalecer la capacidad humana. Igual que Tarzán de los monos abrió la veda del «buen salvaje», el Robinson inició la moda de la auto-adulación, la de hacernos creer que en condiciones similares nosotros haríamos lo mismo. Porque las islas con tesoros, los robinsones, los salvajes buenos, son una adulación a nuestro subconsciente. Pero la verdad es muy diferente. La verdad es que un naufragio es una catástrofe; la verdad es el avión perdido en los Andes y el canibalismo que permitió subsistir a los más capaces.
   Cuando la cosa llegó al colmo, con la citada Isla de coral, Golding hizo lo que Cervantes con los libros de Caballería, otra de las grandes mentiras de la literatura universal. Destruye la ilusión con una fantasía absolutamente real. ¿Es que alguien en sus cabales puede creer que unos niños pueden subsistir en un ambiente adverso? Al final de El señor de las moscas hay unos párrafos crudamente definitorios. El oficial del crucero inglés que encuentra a los supervivientes, se extraña que unos niños ingleses no hayan sabido comportarse mejor... «como en la Isla de Coral».
   Y pienso que esto nos lleva al intimismo del propio libro.


LA OBRA Y SU DINTORNO

   La anécdota de El señor de las moscas es breve y su argumento cabe en una docena de líneas. Un avión, con niños que son evacuados de la guerra —posiblemente de Singapur o Malaca—, sufre una avería y cae en una isla desierta. El aparato traza una amplia línea de destrucción en la arboleda —llamada «la cicatriz» — y va perdiendo piezas. Al final, quedan quince o veinte supervivientes. Todos niños; el mayor de trece años y la mayoría de seis o siete. Aquí empieza ya el juego de los símbolos sobre una fantasía descarnada, cruel a fuerza de ser realista. Ralph, de trece años, noblote, quizá buen boy-scout, representa el sentido común, la democracia; Piggy, el gordito con gafas, el intelectual, que por padecer asma y ser timorato es despreciado; Jack, solista de un coro que se salva casi íntegro, es el cazador, el violento, el fascista en la mitología de la época. Tenemos también a Simon, el muchachito callado, que tiene miedo pero es curioso y busca la verdad; los hermanos gemelos Samyeric, que representan la inconsciencia de las masas y finalmente los pequeñines. Y hay, finalmente, un símbolo mayor: la caracola. blanca, que sirve de cuerno de llamada y da el derecho a hablar al que la tiene en sus manos. Ralph, elegido jefe, con la caracola como símbolo, trata de hacer lo que un inglés de buena raza. Lo primero, encender fuego, porque es consciente de que sólo ~pueden ser rescatados si el humo alerta a barcos o aviones. Luego, trata de ordenar la pequeña tropa para misiones de supervivencia: Jack y sus cantores serán los cazadores; el resto, construirá refugios y recolectará frutos. Reglamenta basta las letrinas. Sí, como en La isla de coral.
   Pero la verdad es otra: los cuidadores del fuego se cansan, o se duermen y lo dejan apagar, o cometen imprudencias que arruinan ~media isla. Los que construyen refugios fracasan y se les caen. Son niños y sólo piensan en jugar, bañarse, en discutir sin hacer nada apreciable. El único que prospera es Jack, que consigue matar algunos animales y al que la violencia y la sangre ciegan. Jack se emancipa del cuerpo orgánico que Ralph representa y forma república aparte; pero como necesita las gafas de Piggy para el fuego, se apodera de ellas y termina matando al chiquillo. Para colmo, una llamada bestia aparecida en la montaña donde se mantiene el fuego, les aterroriza. No es más que un paracaidista, muerto, que allí cae, sujeto a su arnés, que se hincha y deshincha según el viento.
   Así, pues, los buenos robinsones, los salvajes pequeñitos, degeneran rápidamente; unas pocas semanas y la aparente democracia ha perecido; Ralph, abandonado por todos, es un fugitivo. Los duros, los cazadores de Jack, que se inventan un rito de sangre y fuego, lo buscan para matarlo. Casi lo consiguen, cuando el fuego de otra imprudencia atrae al crucero inglés y al oficial asombrado, que ve a unos niños ingleses, pintarrajeados como salvajes, y el único que no lo está, Ralph, llora por su fracaso.
   El tema, el desarrollo, ha sido tachado de cruel, de inhumano. No lo, veo así. Leí El señor de las moscas hace veinte años; lo he releído después varias veces y hodierno por última vez para preparar este rito de la presentación. Golding no es cruel, ni inhumano. Es lógico y lo es dentro de un lenguaje que nunca , se aparta de las posibilidades infantiles. Golding destruye el mito de Robinson y no hace ningún misterio de su empeño, pues para más saña pone a los chiquillos de su novela los mismos nombres que Balantyne puso a los suyos de La isla de coral. Los niños, con Ralph a la cabeza, quieren imitar a los mayores; pero tienen demasiada imaginación para ello. La imaginación lleva al miedo, a la inconsciencia. El ligero barniz de su educación salta por los aires. Únicamente les queda el clima benigno de la isla, los frutos de la naturaleza para resistir, para mantenerse.
   Y la gran incongruencia, el apartarse de la naturaleza, el querer imitar las reglas sociales, fracasa. Que el hombre es un animal depredador, muy cerca de la selva donde vivía hace millares de años, lo han gritado hasta la saciedad muchos pensadores; y que es muy fina la línea que separa la civilización del salvajismo, otra verdad evidente. Lo que ya no es tan previsible es que unos niños degeneren tan rápidamente hacia el salvajismo primigenio. ¿ Cómo es posible? ¿Es que la isla tenía algún factor inexplicable que les inclinaba a ello? Aquí podría hablar de ese extraño Señor de las moscas que titula y tutela al libro, pero que en realidad es sólo una ligera insinuación. El señor de las moscas es, sencillamente, una estaca de madera donde Jack el cazador ensarta la cabeza de un cerdo. Y allí queda, como un símbolo de muerte, cubierta de moscas, pululando en torno suyo. Son apenas unas líneas, pero es suficiente. El señor de las moscas habla a Simón, el niño tímido, imaginativo, que busca 1a verdad: «Soy parte de ti. Soy la razón por la cual nadie puede irse y las cosas son como son.» Más adelante, al aterrado Simón, que busca la verdad, el Señor de las moscas le vuelve a decir: «Estás yendo demasiado lejos, mi pobre niño extraviado. Vete, no te necesitamos. Vamos a divertirnos en esta isla...» En suma, El señor de las moscas es la locura, el único elemento propiamente humano, grotesco, creado como una diversión, como un tributo.

LA OBRA Y SU SIMBOLISMO

   La escueta cita anterior, que es la única libertad que el autor se permite en la amplia trayectoria de un realismo casi alucinante, enmarca el título, aunque, a mi juicio, no lo justifica. Es una parábola tan inquietante como innecesaria. Hay quien pretende ver en ella el pecado original, que en rigor escolástico va unido, para los adultos, a la desobediencia, a la sexualidad subsiguiente a la tentación. Pero para unos niños, esto hubiera sido demasiado esotérico. El pecado original en un niño no obedece nunca a una tentación externa; ninguna serpiente puede alterar la conciencia de un niño por que, para empezar, una serpiente le produce horror. El pecado original de un niño es demasiado íntimo y es el miedo a desobedecer a su mayor, padre, maestro o camarada. Simón tiene miedo porque, desobedeciendo a Ralph, ha trepado a la montaña y descubierto que la bestia es un hombre muerto atado a un paracaídas. El señor de las moscas le quiere prohibir que diga la verdad. El señor de las moscas quiere que los niños sigan reinando en la isla, con sus fantasías, sus crueldades innatas, sus terrores, sus inconsciencias. El gobierno de los niños no tiene lógica, pero sí fantasía. Si un niño retrocede en su camino vital, vuelve a la puericia, al útero, a la Naturaleza simple. Y la isla sin nombre, madrepórica, aburrida de siglos, tiene en los niños un juguete vivo, moldeable y maleable.
   Se ha hablado también de un instinto criminal, latente en los estratos básicos del ser humano, sofocado por los elementos culturales que se van sobreponiendo, a veces contradiciéndose los unos a los otros. ¿No predican la paz los adultos, y luego preparan para la guerra a los llamados soldados? ¿No dan medallas a los que matan a muchos enemigos? Vuelvo a decir que es llevar las cosas demasiado lejos por lo que a unos niños respecta. Sigo creyendo que Golding pretendió acabar con la literatura blandengue de los robinsones hacendosos y demostrar que la realidades otra. Y los niños eran el vehículo ideal para transportar su idea. En los niños, la lógica es algo incipiente, que todavía no ha sustituido a las brumas de la imaginación pura. Un niño todavía no distingue entre el juego y el deber, y su jefe natural debe ser fuerte para imponerse. El niño puede hacer un esfuerzo para comprender, pero no lo mantiene mucho tiempo. Ralph es el único que piensa como adulto, pero le faltan palabras para expresarse. Aferrado a su caracola, defiende una fórmula social vagamente entrevista. Como él mismo dice: «Después de todo, no somos salvajes. Somos ingleses y los ingleses son los mejores en todas las cosas. Así que debemos hacer lo mejor.»
   Entendiendo así las cosas, ¿es arriesgado suponer que El señor de las moscas es una simple fábula de los valores contrapuestos del Bien y el Mal? El Bien y el Mal no existen entre los que no tienen conciencia de ello. El Bien es al individuo lo que la moral al grupo. Éticamente, en una tribu de caníbales, el malvado es quien no come carne humana. La violencia, un factor externo que puede contener a veces las dos alternativas del bien y el mal, es algo que los niños comprenden muy bien. La violencia es la fuerza. La fuerza no necesita justificarse. La fuerza, simplemente, se impone, como impone Jack Merrimew la suya. Pero eso no es exactamente una regresión a la barbarie. El drama de los niños abandonados a sus fuerzas, aunque yo diría mejor a su imaginación, es que quieren divertirse y ser malo es más divertido que ser bueno.
   Fábula, Parábola, fantasía o ciencia-ficción aparte, El señor de las moscas es un excelente, excelentísimo libro, que invita a las lecturas repetidas. Se ha hablado mucho del estilo del autor. Golding escribe sin salirse un punto del mundo, la inteligencia y la comprensión infantil. Para ello, se repite, da rodeos, titubea como el infante que no está seguro. Sumamente objetivo, no califica. Diríase que ha sido testigo y escribe dentro de una mente de niño. Está cerca, pero también lejos. Esto lleva a una aparente crueldad. La narración es dura, sin duda. Por evidente contrasentido, es lectura para adultos. Dudo que un niño aguante su lectura, entre otras razones porque no admitiría esta degradación de la infancia, que en realidad verdadera ~y perdónese la redundancia— es un ascenso a la categoría superior. Si fracasan es porque intentan ser mayores, imitar a sus mayores. Fracasa pues, el mundo de los adultos en la educación anterior, incluyendo sus literaturas burguesas y bien intencionadas Golding, que debe tener un cerebro lógico y frío, aunque con una amplia capa de piedad humana, lleva su fábula a los límites máximos. Y si esto es así, nadie tiene la culpa, pero al menos libros como El señor de las moscas sirven para destruir no pocas ñoñeces, muchas literaturas de salón y no pocos convencionalismos.
   Uno comprende que después de leer y asimilar lo que Golding escribe, algunas cosas no volverán a ser como antes. Si a esto llamamos crueldad, porque duele, puede ser cierto. Pero es la verdad, o parte de la verdad. Una de las viejas máximas de Horacio decía: «Nadie se baña dos veces en el mismo río.» Indicaba con ello que aunque las márgenes sean las mismas, las aguas son diferentes a cada instante. De la misma forma, Golding parece decir: «Nadie lee dos veces el mismo libro.» Nadie es dos veces la misma. persona en épocas diferentes. Y mucho menos en situaciones límite. Golding, en su alegoría, intenta demostrarlo. Las normas impuestas ceden ante la ley natural. La humanidad camina hacia adelante en atisbos geniales, pero también regresa periódicamente a la violencia y la oscuridad antigua. El germen del mal ofrece la curiosa antinomia de que el bien tiene que ser más fuerte para vencerlo. La inteligencia, sin fuerza, es debilidad; la fuerza sin inteligencia, una regresión. Y todo esto, que implicaría un largo ensayo de filósofo, lo explica Golding en una fábula, donde destruye el mito de La isla de coral, donde todo el mundo es bueno, donde todo sale bien porque son ingleses los personajes. La isla de coral es una mentira. Nunca una isla es dos veces la. misma, ni los mismos niños, ni el mismo rito. Robinson ha muerto, ¡viva Robinson!
   Si después de estas explicaciones hemos destruido la creencia de que Lord of the flies (que en inglés es más mayestático) es un libro de fantasía porque hace unos años lo incluyeron en una colección de tal temática, lo sentiríamos. A mí, personalmente, me encanta alinearle al lado de los grandes libros que se evaden de lo cotidiano. Pero, en el fondo, es indiferente que lo califiquemos en esta o esotra modalidad literaria. El señor de las moscas, es una novela magnífica, un relato prodigiosamente sencillo, un drama humano con música de fantasía. Escrito con una lucidez implacable, su lectura resulta inolvidable. Usted, dentro de un tiempo, volverá a leer este libro. Yeso es mucho más de lo que se puede decir de tantos «best-sellers». Cierto es que se lee para distraerse, pero si un libro consigue hacerle meditar, ir más allá de lo que se dice o insinúa, ése es un buen libro. El señor de las moscas lo es.
   Y ahora que ya sabe tanto como yo sobre Golding y su obra, comience a leer...



TOMÁS SALVADOR, Presentación y rito, en WILLIAM GOLDING, El señor de las moscas, Círculo de Lectores, Barcelona, 1983, pp. 9-20.  

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