martes, 29 de abril de 2014

[SOBRE LA SINESTESIA], Juan Bonilla



   Se me ocurrió abrir la botella de vino, es decir, se me ocurrió desembotellar el sol de Andalucía, y aplicar la nariz a su boca: ahí estaba, recién llegado del inalcanzable pasado, el aroma de las calles de Jerez. Nunca me ha gustado el vino fino, me sienta mal, no le encuentro la alegría, me pega duro en las sienes cuando sorbo la segunda copa, me sube a la memoria la agónica sensación de la primera borrachera y las ganas de que alguien me cortara la cabeza para acabar de una vez con las ganas de morirme que me invadieron entre las risas de amigos más avezados en el consumo del caldo. Pero su aroma sí me gusta, su aroma es sinestésico, es decir, está cargado con la información biográfica suficiente como para que ya no sea un mero perfume agradable, sino un lugar poblado de voces que puedo oír, de imágenes que puedo ver, de objetos que puedo tocar. La sinestesia, que es una figura que aparece no sólo en los tratados literarios sino también en los prospectos de los medicamentos —una de mis lectu­ras favoritas— cuando no es un mal prescrito por un doctor que teme que te hayas vuelto loco y aparece cargada de bio­grafia, es una bendición que agranda el mundo, o nuestra manera de estar en el mundo, amplía el espacio que ocupas, lanza un garfio hacia el pasado, que lo arrastra limpio hasta el presente, dota a las cosas que la producen de una condi­ción milagrosa, como si hubieran tenido oculto un secreto que has conseguido desvelar. Así, un melocotón, de repente, no sólo te sabe a melocotón, sino que a través de su sabor consigues oír la voz de un abuelo muerto. El tacto de una piel te hace de inmediato oler un perfume del pasado que no sabías que llevabas descargado en la memoria. Cuántas veces, en el metro, en el tranvía, paseando por la calle, una vaharada de perfume de una desconocida me ha golpeado repentinamente hasta hacerme recobrar el sabor de una boca antigua. Ah, qué ganas de volver a la Alameda Vieja para ver el crepúsculo sobre la cúpula que Eiffel diseñó para González Byass, tener quince años, estar a punto de recibir el primer beso...

JUAN BONILLA, Una manada de ñus, Pre-Textos, Valencia, 2013, pp. 128-129.

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