martes, 12 de diciembre de 2017

CHOMOLANGMA, Raquel Vázquez

 RAQUEL VÁZQUEZ, Chomolangma, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, 216 páginas.


   El pasado año 2016 Raquel Vázquez publicó El hilo del invierno (Hiperión, Madrid), su sexto libro de poemas, pero también La ocarina el tiempo (Trifolium, Oleiros), su primera entrega narrativa: un libro que contenía trece relatos de ficción realista.
   Este 2017 Manuel Neila la incluía en Bajo el signo de Atenea (Renacimiento, Sevilla), un libro en el que es seleccionada como una de las diez mujeres aforistas más relevantes del panorama actual. También en este octubre de este año La Isla de Siltolá publica Chomolangma, su primera novela.
   La acción que se relata en Chomolangma sucede a finales del siglo XXI. Es una ficción distópica que ocurre en un mundo que a un lector mínimamente optimista, tristemente, no le costará suponer. En el cielo, la contaminación atmosférica mantiene una lluvia perpetua insalubre; en la tierra, los terremotos constantes son la respuesta del planeta a la terrible herida del fracking. En las ciudades, el aleteo sintético de los drones priva de intimidad a aquellos que se resisten a regalarla a los servidores de aplicaciones para tablets que monitorizan el movimiento de todos los individuos. En este mundo líquido, una pudiente masa acrítica se afana en consumir experiencias virtuales con sus gafas de realidad aumentada frente a una pantalla en 4D. Las drogas sintéticas circulan gratuitamente anestesiando a las clases bajas. Ningún alimento orgánico: todos los ha producido la industria química. Los medios de información han sido sustituidos por meros expendedores de consignas prefabricadas, que reiteran la excelencia del estado de las cosas.
   Decía Oscar Wilde de sus contemporáneos: «La mayoría de la gente existe». También en nuestro presente, tan parecido al futuro que imagina Raquel, «lo menos frecuente en este mundo es vivir».
   A un lector común, la peripecia, la historia, le podrá parecer nimia o deshilachada: varios compañeros de redacción cuestionan el papel que le otorgan unos desdibujados dirigentes al periodismo: se resisten a maquillar la realidad, a renunciar al espíritu crítico; no se conforman con presentar como un regalo la renuncia al yo en un mundo en el que las jaulas van en busca de su pájaro a pesar de que en la ciudad, cubierta de lluvia ácida, sólo vuelan aerocoches y artefactos mecánicos. Este atrevimiento los expulsa de un narcótico sistema que premia al que vende su identidad.
   Es evidente que la pretensión de Raquel no es entretener (por ello se decanta por alternar secuencias líricas y ensayísticas y consiente que sus personajes se expresen mediante aforismos, a veces altisonantes que subrayan la tesis), ni enredar al lector en una intriga política, ni en una persecución policial ni siquiera en una tibia y torpe pasión amorosa. Estos pormenores de la historia parecen obedecer a un empeño mayor: el de reflexionar acerca de un mundo que ya ha germinado entre nosotros y en el que muy pocos o casi nadie se reconoce como agnóstico ni no practicante de esa religión, el capitalismo, que rige los destinos de la humanidad desde hace ya seis siglos. Nosotros, los consumidores de comienzos de este siglo, fagocitaremos muy pronto el planeta, para ser también muy pronto consumidos. Ese es el pronóstico que les espera a los lectores de Chomolangma.
   La vida, por la tanto, aparece dibujada como un ascenso imposible, pero, sobre todo, siguiendo al maestro Huidobro, como una caída fatal, inevitable. Sólo los conscientes podrán intentar elegir orientar el descenso: ni las gafas de realidad aumentada, ni las drogas sintéticas, ni las experiencias virtuales evitarán el impacto, porque no bastará pulsar los comandos adecudos para resetear: ni la peor de las existencias ni la más gratificante de las vidas será nunca (tampoco ahora)  un simulacro.

Francisco Rodríguez Coloma


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