martes, 16 de abril de 2019

[QUIEN NO SABE LO QUE QUIERE...], Miguel Ángel Arcas

Quien no sabe lo que quiere, quiere más.

Miguel Ángel Arcas
&
Erwin Blumenfeld

miércoles, 3 de abril de 2019

HACERSE EL MUERTO, Andrés Neuman


   En su tercer Dodecálogo de un cuentista, Neuman apunta que «exigirle unidad [a un libro de cuentos] «sería ponerle candado al laboratorio». Es cierto que el lector puede percibir en Hacerse el muerto dos tonos bien diferenciados: el elegíaco, que atraviesa las dos primeras secciones del libro (“Hacerse el muerto” y “Una silla para alguien”) y el satírico, que empapa el resto de las narraciones. Todos los relatos, sin embargo, se enredan en un hilo común: el relato de unas vidas vacías o que han sufrido una terrible amputación: el vacío por la pérdida del padre (Estar descalzo), la madre (el excelente Madre atrás, Madre música, Una carrera y Una silla para alguien) o el ser amado (Después de Elena); también hay otros vacíos: los de niño protagonista de Una rama más alta, que bien pronto descubre que no hay mayor decepción que ver cumplido el más anhelado deseo, el adolescente protagonista de Cómo nadar con ella, que ve, también, cómo Anabel acaba metamorfoseándose en una sirena (o bien cómo se puede desleír, sí, en el agua, un producto de su imaginación), los protagonistas (¿o el protagonista?) de Juan, José), unidos por su patética orfandad, fruto de un mal generacional, siendo hijos de padres que administran una hiperprotección desprotectora; los amantes de Las cosas que no hacemos (también unidos por el envés, por el vaciado, por lo no vivido), la mirona, que vive en un infierno familiar, y sabe que en su vida nunca pasa nada (nada bueno), u otro voyeur: un escritor que examina la vida de los demás por las prendas de ropa tendida, porque «sus cuerdas no se ven».
   Todos, en fin, (como también cualquiera de nosotros), exhiben su existencia como nadadores que pueden extender los brazos para descansar en el agua, como reos ante un pelotón de fusilamiento o seres despreciables que pueden empuñar una pistola para calibrar la cantidad de cobardía atesorada, o para matar a un niño.
   Tal vez porque «vivir odiando es mucho peor que morir queriendo», no hay mayor revelación que la consciencia de nuestra mortalidad cuando nos toca recoger, de manos de una enfermera, los zapatos y las ropas de nuestro padre en una bolsa de basura. Al menos, a partir de ese momento, podremos elegir entre, como decía Oscar Wilde, intentar vivenciar todos los momentos o simplemente existir. Malamente.

frc 










domingo, 31 de marzo de 2019

[EL DOLOR GRATUITO..., Andrés Neuman

El dolor gratuito de los demás nunca nos ofenderá tanto como su felicidad bien ganada.


ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, p. 24.
&
Chema Madoz

[LA CULPA ES INCAPAZ...], Andrés Neuman

La culpa es incapaz de compadecer: el culpable solo busca su propio alivio al atender al otro.



ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, p. 24.
&
Ryan Gander

sábado, 23 de marzo de 2019

ESTAR DESCALZO, Andrés Neuman


ESTAR DESCALZO


   Cuando supe que sería mortal como mi padre, como aquellos zapatos negros en una bolsa de plástico, como el balde con agua donde entraba y salía la fregona que restregaba el pasillo del hospital, yo tenía veinte años. Era joven, viejísimo. Por primera vez supe, mientras las estelas de claridad iban borrándose del suelo, que la salud es una película muy fina, un hilo que se evapora con el pasar de los pasos. Ninguno de esos pasos era de mi padre.
   Mi padre siempre había caminado de manera extraña. Veloz y al mismo tiempo torpe. Cuando iniciaba sus caminatas, uno nunca sabía si iba a tropezarse o echar a correr. A mí me gustaban esos andares. Sus pies planos y duros se parecían al suelo que pisaba, al suelo del que huía.
   Los pies planos de mi padre ya eran cuatro, se habían repartido en dos lugares distintos: en la camilla (unidos por los talones, ligeramente abiertos, evocando una irónica V de victoria) y dentro de aquella bolsa de plástico (a modo de recuerdo en los zapatos, imponiendo su molde al cuero). La enfermera me la entregó como se entregan unos desperdicios. Yo miré las baldosas, su tablero cambiante.
   Me quedé sentado ahí, frente a las puertas del quirófano, esperando noticias o temiendo las noticias, hasta que saqué los zapatos de mi padre. Me levanté y los puse en el centro del pasillo, como un obstáculo o una frontera o un accidente geográfico. Los posé cuidadosamente, procurando no alterar sus bultos originales, la protuberancia de los huesos, su forma ausente. Al rato la enfermera apareció a lo lejos. Atravesó el pasillo, eludió los zapatos y siguió de largo. El suelo resplandecía. De pronto la limpieza me dio miedo. Me pareció una enfermedad, una impecable bacteria. Me agaché y avancé a gatas, sintiendo el roce, el daño en las rodillas. Volví a guardar los zapatos en la bolsa. Apreté el nudo lo más fuerte que pude.
   De vez en cuando, en casa, me pruebo esos zapatos. Cada vez me quedan mejor.

ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2011.
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Myeongbeom Kim

sábado, 16 de marzo de 2019

[LA BELLEZA TIENE...], Christian Bobin


La belleza tiene el poder de resucitar. Basta con ver y oír. Si en la vida no entramos en el paraíso, es por distracción, unicamente por distracción.


CHRISTIAN BOBIN, El hombre alegría, La Cama Sol, Madrid, 2018, p. 86.
&
Monika K. Adler

domingo, 10 de marzo de 2019

[AVANZAMOS POR LA VIDA...], Christian Bobin

Avanzamos por la vida con manos enrojecidas de criminal. El diluvio de nuestra muerte las blanqueará.

CHRISTIAN BOBIN, El hombre alegría, La Cama Sol, Madrid, 2018, p. 79.
&
Louis Stettner