miércoles, 3 de abril de 2019
HACERSE EL MUERTO, Andrés Neuman
Etiquetas: ANDRÉS NEUMAN, CRÍTICA LITERARIA, FRC
domingo, 31 de marzo de 2019
[EL DOLOR GRATUITO..., Andrés Neuman
Etiquetas: AFORISMOS ENCONTRADOS, ANDRÉS NEUMAN
[LA CULPA ES INCAPAZ...], Andrés Neuman
Ryan Gander
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sábado, 23 de marzo de 2019
ESTAR DESCALZO, Andrés Neuman
Etiquetas: ANDRÉS NEUMAN, MICRORRELATO
viernes, 10 de junio de 2016
VALS, Andrés Neuman
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viernes, 8 de enero de 2016
[LABERINTO...], Andrés Neuman
Laberinto. Camino más corto para extraviarse.
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martes, 1 de enero de 2013
[...LOS NIÑOS TONTOS...], Andrés Neuman
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miércoles, 26 de diciembre de 2012
[...ME ACUERDO...], Andrés Neuman
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domingo, 6 de mayo de 2012
LAS COSAS QUE NO HACEMOS, Andrés Neuman
LAS COSAS QUE NO HACEMOS
Etiquetas: ANDRÉS NEUMAN, MICRORRELATO
martes, 1 de mayo de 2012
MADRE ATRÁS, Andrés Neuman
MADRE ATRÁS
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viernes, 4 de noviembre de 2011
UNA CARRERA, Andrés Neuman
UNA CARRERA
sábado, 19 de febrero de 2011
[EL ODIO...], Andrés Neuman
El odio es vírico. La envidia, crónica.
***
A veces nuestro enemigo interior es lo mejor de nosotros mismos.
***
El odio puede ser la semilla, pero difícilmente el fruto.
***
La maldad no se elige: la llevamos dentro. Por eso oponerse a ella constituye un refinado acto de libertad.
ANDRÉS NEUMAN, El equilibrista (Aforismos y microensayos), Acantilado, Barcelona, 2005.
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domingo, 26 de diciembre de 2010
DIAMANTE NEGRO, Andrés Neuman
DIAMANTE NEGRO
El odio es un diamante color negro.
Lo aprieto y atraviesa la piel blanda.
Este diamante vale
tanto como la sangre que se lleva,
tanto como mi mano que se hiere.
La luz, la maravilla, la riqueza
tienen el mismo origen
que la materia innoble o el metal más impuro.
Alguien grita y no entiendo (¡abre la mano!)
alguien grita y aún no me amanece.
Traigo a casa la deuda de este odio,
un tesoro podrido con mi nombre.
ANDRÉS NEUMAN, Década (Poesía 1997-2007), Acantilado, Barcelona, 2008, p. 155.
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viernes, 17 de diciembre de 2010
MADRE ATRÁS, Andrés Neuman
Entré en el hospital sin pensar nada. O procurando pensar en no pensar. Sabía que el presente de mi madre, mi futuro, se jugaba en un lanzamiento de moneda. Y que esa moneda no estaba en mis manos y quizá tampoco en las de nadie, ni siquiera en las del médico. Siempre he pensado que la ausencia de Dios era una suerte que nos liberaba de un peso inconcebible y numerosas pleitesías. Pero, más de una vez, he echado en falta a Dios al entrar o salir de un hospital. Los hospitales multitudinarios, llenos de escalafones, pasillos, maquinarias y ceremonias de espera, son lo más parecido a una catedral que podemos pisar los descreídos.
Entré intentando no pensar porque temía que, si empezaba a acabaría rezando como un cínico. Le di un brazo a mi madre que tantas veces me había ofrecido el suyo cuando el mundo era enorme y mis piernas cortas, le di un brazo y sentí el temblor del suyo. ¿Es posible encogerse de la noche a la mañana?, ¿puede el alma de alguien comportarse como una esponja que, demasiado impregnada de temores, adquiere densidad y pierde volumen? Mi madre parecía mucho más baja, demasiado delgada y sin embargo más grávida que antes, más propensa al suelo. Su mano porosa se cerró sobre la mía: imaginé de pronto a un niño parecido a mí en una bañera, desnudo, expectante, apretando una esponja. Y quise decirle algo a mi madre, y no supe hablar.
La sencilla posibilidad de la muerte nos exprime de tal forma que seríamos capaces de perder cualquiera de nuestros principios. ¿Es eso necesariamente una debilidad? Quizá sea la última, remota fortaleza de la que disponemos: llegar adonde nunca sospechamos que llegaríamos. La cercanía de la muerte nos vuelve atentos, afines al mundo. Entonces despertamos y caemos en la cuenta de que todos militamos en el mismo precario bando. La primera noche que pasé con mi madre después de que la internaran, o después de que ella se internase en no sé qué zona de sí misma, noté que en la habitación reinaba una igualdad instintiva que jamás había visto fuera del hospital. Los familiares de los enfermos colaborábamos entre nosotros sin discutir, nos repartíamos las tareas, alternábamos las vigilias, nos prestábamos los abrigos, compartíamos el agua como un don trabajoso. ¿Era eso necesariamente un espejismo? ¿O se trataba de lo opuesto, de la máxima dosis de verdad que necesitan nuestras venas, nuestros ojos, nuestras manos para dar lo que pueden, para hacer lo que saben?
La noche en que ingresaron a mi madre confirmé una sospecha: que ciertos amores no pueden devolverse. Que por mucho que un hijo recompense a sus padres, si es que los recompensa, siempre habrá una deuda ahí, temblando de frío. Muchas veces he oído decir, yo mismo lo he dicho alguna vez, que nadie pide nacer. Esta seca obviedad suele esgrimirse para excusarnos de alguna responsabilidad que, llegados al mundo, nos correspondería. ¿Cómo somos tan cortos de coraje? Nacer por voluntad ajena nos compromete todavía más: alguien nos ha hecho un regalo. Un regalo que, como casi todos, no habíamos pedido. La única manera congruente de rechazar semejante dádiva sería suicidarse en el acto, sin emitir queja alguna. Pero nadie que acompañe a su madre renqueante, a su madre encogida a un hospital, pensará seriamente en quitarse la vida. Que es justo lo que ella me había regalado.
¿Qué mal tenía mi madre exactamente? No importa. Eso es lo de menos. Queda fuera de foco. Era un mal que la hacía caminar como una niña, aproximarse paso a paso a la criatura torpe y trastabillante que había sido al principio del tiempo. Confundía el den de sus dedos como en un juego indescifrable. Mezclaba palabras. No podía avanzar recto. Se doblaba como un árbol que duda de sus ramas.
Entramos en el hospital, no terminábamos de entrar nunca, aquel umbral era un país, una frontera dentro de una frontera, y entrábamos en el hospital, y alguien lanzó una moneda y la moneda cayó. Eso fue. Es tan elemental que la razón se extravía analizándolo. Un mal puede tener sus fases, sus antecedentes, sus causas. La caída de una moneda, en cambio, no tiene historia ni matices. Es un acontecimiento que se agota en sí mismo, que se resuelve solo. Por supuesto la memoria puede suspender la moneda, dilatar su ascenso, recrear sus diminutas vacilaciones durante la parábola. Pero esos ardides sólo serán posibles después de que haya caído. El movimiento original, el vuelo de la moneda, es un presente absoluto. Y nadie, esto ahora lo sé, nadie es capaz de especular mientras mira una moneda.
La esponja, dijo, pásame la esponja un poco más arriba, me dijo mi madre, sentada en la bañera de su habitación. Arriba, ahí, la esponja, me pidió, y me impresionó el esfuerzo que había tenido que hacer para pronunciar una frase en apariencia tan sencilla. Y yo le pasé la esponja por la espalda, hice círculos en los hombros, recorrí omoplatos, descendí por la columna, y antes de terminar escribí en su piel mojada la frase que no había sabido decirle antes, cuando cruzamos juntos la frontera.
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sábado, 17 de julio de 2010
SEXO PLATÓNICO, Andrés Neuman
Sexo platónico
Así es la cosa. A mi mujer le hablan de Platón y se pone aristotélica. No sé cómo, no sé por qué. En cuanto escucha una palabra sobre la reminiscencia, el mundo inteligible o la teoría de las formas, ella se ruboriza, se le nublan los ojos, deja escapar un gemido, y se pone a imaginar espaldas anchas y nalgas musculosas. Yo intento, como es lógico, detenerla. Pero es inútil. Una furia empirista la posee por completo, y lo único que le interesa es el paso de la potencia al acto.
Pensar nunca es indecente, me consuelo. Aunque admito que me desconcierta tanto empeño en la física, cuando lo que verdaderamente importa es la metafísica. Cada noche es lo mismo. En serio. Nunca falla. Yo digo por ejemplo: "Caverna". O "sol". O "riendas". Y ella, enseguida, loca. Desparramada en la cama. Quitándose la ropa. Gritando sin decoro: "¡Bésame, Platón!".
Yo, a mi edad, soy poco impresionable. Cosas peores he visto. Además, no lo niego, el comportamiento de mi mujer tiene sus ventajas. Digamos que antes, y perdonen el juego de palabras, nos costaba acostarnos. Desde que descubrí lo de Platón, mano de santo. Lo que pasa es que el deseo, el caballo de su deseo, se le desboca a todas horas, en todas partes, tenga uno ganas o no. Sospecho que mi mujer confunde el apetito con el banquete. En fin. Mis amigos se ríen, celebran nuestro problema, incluso nos felicitan. Yo, qué quieren que les diga, dudo. En el fondo estas perversiones me turban. Siempre he sido un poco kantiano, y pienso que hay cosas que no deberían hacerse.
Andrés Neuman, Sexo platónico, El País 16 de julio de 2010.
FUENTE: El País.
ILUSTRACIÓN: LAURA PÉREZ
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viernes, 26 de junio de 2009
LA POESÍA ES INEVITABLE, Andrés Newman
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martes, 27 de enero de 2009
NOVELA DE TERROR, Andrés Neuman
Me desperté recién afeitado.
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lunes, 5 de enero de 2009
LA BELLEZA, Andrés Neuman
Gentil suplicio, este. No veo dónde está la bendición. Hable o calle, estoy perdida. Si digo cualquier cosa, soy escuchada con una impertinente suspicacia a la que no consigo acostumbrarme. Cuando no abro la boca, todos me miran como pensando: sí, pero será tonta. Si algún hombre me habla, lo hace con intereses no precisamente dialécticos. Si me habla una mujer, lo hace para neutralizarme como competidora ofreciéndome su amistad. Cuando ellos no me dirigen la palabra, en su silencio tiembla el reproche de no amarlos. Cuando ellas callan, noto cómo me espían y corren a retocarse el maquillaje. Socorro. Nadie elige su cuerpo ni su nombre. La armonía se ha vengado de mí. También lo bello es cruel, también lo bello.
¿Cuánto mérito mío hay en esta piel de pétalo? ¿Cuánto de recompensa al trabajo bien hecho hay en mis formas de copa de cristal? A veces he pensado en terminar con todo y arrojarme un líquido abrasivo a la cara. Si no lo hago no es por coquetería, sino por miedo al dolor y sobre todo por orgullo. He vivido en el bosque. He huido al extranjero. He pasado unos años en la montaña. Pero siempre, en todas partes, hubo alguien que se enamoró de mí y me odió por ello. Conozco de memoria la manera: primero es un deslumbramiento exagerado, estelar; después una benevolencia boba, como si yo mereciera más de lo que merezco; más tarde esa impaciencia a la que tanto le temo; enseguida una escena de despecho, un ataque de ira y finalmente el daño para ambos.
Por las noches sueño con mundos feos, con escenas de asco, con figuras nauseabundas. Veo amantes de piel sucia y lenguas negras, bestias ansiosas que me abrazan sin juicios y me incluyen en su hedor. Entonces, fugazmente, soy feliz. Atravieso desiertos de arena impura. Nado despreocupada en un río de barro. Pero tarde o temprano un aliento de sol me acaricia la mejilla, y me pongo a parpadear, y mi cuerpo se estira lentamente, y la belleza regresa al dormitorio. Lo primero que hago al levantarme de la cama es mirar, incrédula, mi desnudo en el espejo. A mi lado nunca despierta nadie.
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miércoles, 3 de septiembre de 2008
[En cable a tierra...], Andrés Neuman
Etiquetas: ANDRÉS NEUMAN, DESVÍO POR OBRAS, HAIKU, RENÉ MAGRITTE
domingo, 18 de mayo de 2008
DESPECHO, Andrés Neuman
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