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miércoles, 3 de abril de 2019

HACERSE EL MUERTO, Andrés Neuman


   En su tercer Dodecálogo de un cuentista, Neuman apunta que «exigirle unidad [a un libro de cuentos] «sería ponerle candado al laboratorio». Es cierto que el lector puede percibir en Hacerse el muerto dos tonos bien diferenciados: el elegíaco, que atraviesa las dos primeras secciones del libro (“Hacerse el muerto” y “Una silla para alguien”) y el satírico, que empapa el resto de las narraciones. Todos los relatos, sin embargo, se enredan en un hilo común: el relato de unas vidas vacías o que han sufrido una terrible amputación: el vacío por la pérdida del padre (Estar descalzo), la madre (el excelente Madre atrás, Madre música, Una carrera y Una silla para alguien) o el ser amado (Después de Elena); también hay otros vacíos: los de niño protagonista de Una rama más alta, que bien pronto descubre que no hay mayor decepción que ver cumplido el más anhelado deseo, el adolescente protagonista de Cómo nadar con ella, que ve, también, cómo Anabel acaba metamorfoseándose en una sirena (o bien cómo se puede desleír, sí, en el agua, un producto de su imaginación), los protagonistas (¿o el protagonista?) de Juan, José), unidos por su patética orfandad, fruto de un mal generacional, siendo hijos de padres que administran una hiperprotección desprotectora; los amantes de Las cosas que no hacemos (también unidos por el envés, por el vaciado, por lo no vivido), la mirona, que vive en un infierno familiar, y sabe que en su vida nunca pasa nada (nada bueno), u otro voyeur: un escritor que examina la vida de los demás por las prendas de ropa tendida, porque «sus cuerdas no se ven».
   Todos, en fin, (como también cualquiera de nosotros), exhiben su existencia como nadadores que pueden extender los brazos para descansar en el agua, como reos ante un pelotón de fusilamiento o seres despreciables que pueden empuñar una pistola para calibrar la cantidad de cobardía atesorada, o para matar a un niño.
   Tal vez porque «vivir odiando es mucho peor que morir queriendo», no hay mayor revelación que la consciencia de nuestra mortalidad cuando nos toca recoger, de manos de una enfermera, los zapatos y las ropas de nuestro padre en una bolsa de basura. Al menos, a partir de ese momento, podremos elegir entre, como decía Oscar Wilde, intentar vivenciar todos los momentos o simplemente existir. Malamente.

frc 










jueves, 31 de enero de 2019

LOLITA: EL VATICINIO DE NABOKOV, FRC


   Hay libros que caben por entero entre sus dos tapas; allí se quedan, y de allí no salen. Hay otros que no caben entre sus tapas, que parecen desbordarlas; pasan años a nuestro lado, nos transforman, transforman nuestra conciencia. Hay, finalmente, una tercera clase de libros, aquellos que marcan la conciencia (y el modo de vida) de una generación literaria y dejan su marca en todo un siglo. Su «cuerpo» reposa sobre un estante, pero su «alma» ocupa el aire que nos rodea. A esos libros los respiramos, viven en nuestro interior.

NINA BERBEROVA, Nabokov y su Lolita, La Compañía, Buenos Aires, 2008, p. 13.


   Lolita, la novela de Nabokov, pertenece a esa clase de libros que conforman el imaginario colectivo; en palabras de Nina Berberova, «que marcan la conciencia […] en todo un siglo». El arte se sirve de la realidad, de igual modo que, en muchísimos casos, las obras de arte condicionan la realidad, determinando las conductas de personas que piensan, besan, gritan, ríen, fornican, golpean o sienten como los personajes de historias, que han visto —desde el siglo XX— en pantalla o leído (bien o mal leído); por eso emularán ser romeos, sanchos, donjuanes, quijotes, lazarillos; celestinas, julietas, o lolitas. También humberts.

   Cualquier persona mínimamente instruida sabe que cada sociedad lee el mundo (y en ese mundo un lugar determinante lo ocupa el arte) desde su mentalidad, desde sus prejuicios; por ello, tampoco nos debería sorprender que, siendo la nuestra una sociedad que tiende a la despersonalización de los sujetos, y se resiste a evitar la cosificación de las mujeres, haya lectores que puedan considerar que Lolita es una novela de amor, aceptando incluso de un mal amor. No debería sorprendernos cuando, todavía, en la contraportada de la última edición de Anagrama (Barcelona, 2018) se puede seguir leyendo que «la historia de la obsesión de Humbert Humbert, un profesor cuarentón, por la doceañera Lolita es una extraordinaria novela de amor». Siendo justos, conviene señalar que la cita sigue diciendo «en la que intervienen dos componentes explosivos: la atracción “perversa” por las nínfulas y el incesto». También siendo justos, conviene alabar la elección para la portada de la imagen de Henn Kim: la joven, que, en postura fetal, protege su cabeza de los golpes, ha sido atravesada por una manecilla —como la que daría cuerda a una muñeca—, rematada en unas punzantes tijeras. Una imagen muy alejada del icono de Sue Lyon chupando una piruleta (en algunas portadas, la metonimia convierte la piruleta en una vulva) o sosteniendo ante los labios un fálico lápiz rojo, o unos labios de niña dispuestos como una berlanguiana «sonrisa vertical».


   «Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña a quien corrompen y cuyos sentidos no ceden jamás bajo las caricias del inmundo señor Humbert…». Esto declara Nabokov a Bernard Pivot en 1975, veinte años después de la publicación de la novela; veintidós años antes de la segunda versión cinematográfica sobre Lolita, la de Adrian Lyne (1997), y trece años después del estreno de la de Stanley Kubrick (1962), la que, probablemente, globalizó mundialmente la iconografía de Lolita. En el primer fotograma, Kubrick exige que el espectador contemple una obediente mano adulta sosteniendo un pequeño pie desnudo en el que pinta, con disciplina y delectación, las uñas. Así se consagra el concepto que recoge la acepción de la RAE: Lolita, la Adolescente seductora y provocativa. Lolita, la hipersexualizada dominatrix.
   La Lolita de Nabokov es, ante todo, una novela excelente sostenida por el discurso verbal de un inteligentísimo y cultivado profesor, que se dirige a un narratario múltiple: el lector, los miembros del jurado, el periodista de sucesos o su víctima, la propia Lolita. Su historia, su versión de la historia, la ha escrito en prisión, en el plazo de 56 días; por lo tanto, conviene subrayar que esta perspectiva impone una reconstrucción de los hechos; reconstrucción que atañe también a la «agenda encuadernada en cuero negro», la por Humbert denominada «prueba número dos», cuyo hallazgo desencadenará la trágica revelación por la que Charlotte Haze abandona su casa y muere atropellada, dejando huérfana a su hija.
   Ese texto, el manuscrito encontrado del que nos habla John Ray Jr. en el falso prólogo —con el que Nabokov puede hacer creer que lo que el lector está a punto de leer es una historia real—, está escrito por un narrador en primera persona: un narrador no fidedigno. La óptica de la novela, es por tanto, subjetiva.
   Humbert Humbert elige qué decir y qué ocultar: son muy pocos los momentos en los que concede la palabra a Lolita. El lector habrá de esperar hasta la secuencia 32 (p. 172) para oír a Lolita decir:

   «—¡Puerco! — exclamó sin dejar de sonreírme dulcemente—. ¡Criatura repugnante! Yo era una niña pura como una perla, y mira lo que has hecho de mí. Debería llamar a la policía y decirle que me has violado. ¡Oh, puerco, puerco, viejo puerco!»
VLADIMIR NOBOKOV, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2018, p. 172. [trad. Francesc Roca]

   Su texto es muy pocas veces tímida confesión:
   «Porque cada noche —todas y cada una de las noches— Lolita se echaba a llorar no bien me fingía dormido».
VLADIMIR NOBOKOV, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2018, p. 217.

   Casi siempre es un alegato exculpatorio que pretende empequeñecer al voyeur, al fetichista, al secuestrador, al violador, al pederasta incestuoso, al asesino, detrás de la figura del amante puro que idolatra y venera.
   Humbert Humbert, enfermo mental confeso, admite haber pasado grandes temporadas en distintas instituciones que hoy denominaríamos psiquiátricos. También reconoce haber intentado dominar a su «monstruo» visitando prostíbulos en los que se acostaba con menores, haberse casado para librase de lo que denomina «mis degradantes y peligrosos deseos» o participar en «una expedición al Canadá ártico» para «registrar reacciones psíquicas».
   Conviene subrayar que Lolita es una novela compleja: permite al lector común transitar por su superficie, (ateniéndose principalmente a la trama de la historia), pero invita a un lector instruido a participar en la decodificación de todas las múltiples referencias intertextuales (parodias, autocitas, cultos juegos verbales…). Sirva para comprender esta estrategia, el ejemplo de Annabel Leigh, un nombre no elegido al azar, que a un lector avezado remitirá a Annabel Lee. En este último poema que escribirá Edgar Allan Poe, llora la muerte de una joven mujer hermosa a la que jura amor eterno y con la que querría fundirse en su tumba. Son muchos los estudiosos de la obra de Poe los que consideran que el referente real que motivó la escritura de esta desatada elegía, fue la precoz muerte por tuberculosis de su mujer, Virginia Eliza Clemm.
   Que Allan Poe se casara con su prima cuando ella tenía 13 años y él 27, le permite a Humbert proyectar en el lector la idea de que el origen de su pulsión erótica irrefrenable por Lolita (y ese tipo de niña que denomina nínfula), es una manifestación de puro amor romántico.
   El lector, atrapado por la empatía que destila el inteligente y sutil, pero también demagógico discurso de Humbert, se compadece de él y se conmueve al conocer lo que él presenta como el origen de su ninfulomanía: la traumática muerte (en su caso, el tifus) de su primer amor, su Annabel.
   Lo más importante de Lolita no es su historia.
   «¿Y si yo había hecho con Dolly lo mismo que Frank Lasalle, un mecánico de cincuenta años, hizo en 1948 con Sally Horner, de once?» se pregunta Humbert (p. 356), aludiendo al caso en el que Nabokov se inspiró: LaSalle raptó a Florence Sally Horner a los 11 años para convertirla en su esclava sexual durante un viaje de casi dos años por todo EE.UU.
   ¿Por qué Nabokov no se limitó a novelar esta historia truculenta? ¿Por qué no indagó en la psique de un simple taxista sátiro? ¿Por qué no eligió un narrador omnisciente como el que empleará Capote en 1959 para escribir A sangre fría, un relato de no-ficción que documenta, como podría haber hecho Nabokov con la historia de Sally Horner, el asesinato de cuatro miembros de una familia?
   Es evidente que Lolita es una novela que encierra sus claves interpretativas en la voz, la del omnipresente Humbert Humbert, capaz de bucear en la historia, en las leyes, en las prácticas sociales… para encontrar antecedentes que justifiquen su depravada conducta.
   «No soy un psicópata, un delincuente sexual que se toma indecentes libertades con un niño. […] Soy tu papaíto, Lo. Mira: este libro que tengo entre las manos es un manual científico acerca del comportamiento de las niñas. […] Cito: “La niña normal…” Normal, tenlo en cuenta. “La niña normal”, repito, “suele mostrarse ansiosamente deseosa de complacer a su progenitor».
VLADIMIR NOBOKOV, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2018, p. 183.

   «Vuelvo a citar: Entre los sicilianos, las relaciones sexuales entre padre e hija se dan por sentadas, y la niña que participa de tales relaciones no es mirada con desaprobación por la sociedad de que forma parte.” Soy un gran admirador de los sicilianos, excelentes atletas, excelentes músicos, hombres excelentes y rectos, Lo, y grandes amantes.»
VLADIMIR NOBOKOV, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2018, p. 184.

   Humbert Humbert es un esquizofrénico confeso: «el moralista que hay en mí eludía el problema ateniéndose a las nociones convencionales de lo que debe ser una niña de doce años. El psicoterapeuta infantil que hay en mí (un farsante, como lo son casi todos… pero esto no importa ahora) regurgitaba un picadillo neofreudiano y conjuraba a una Dolly soñadora y desaforada, en el periodo de “latencia” de su niñez. Por fin, el sensualista que hay en mí (un gran monstruo demente) no tenía nada que objetar a cierta depravación en su presa.»
VLADIMIR NOBOKOV, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2018, p. 153.

   Por eso uno de sus yoes puede reconocer, al final de su relato, su aberrante e indigno proceder en la violación sistemática y el secuestro: «a lo largo de nuestra singular y bestial cohabitación se había hecho cada vez más claro, para mi convencional Lolita, que aun la más miserable de las vidas familiares era preferible a aquella parodia de incesto que, en definitiva, fue lo único que pude ofrecer a la pobre huérfana.»
VLADIMIR NOBOKOV, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2018, p. 353.

   Una de las riquezas de Lolita está, pues, en la prospección psicológica del enfermo o el perverso Humbert y sus otros yoes, entre los que podríamos incluir a Clare Quilty.
   Nina Berberova escribe en Nabokov y su Lolita: «Lolita […] es también una novela sobre el doble, el doble-rival, el doble-enemigo, al que no se mata en un combate leal, ni en un duelo honesto, sino después de una escena cómica, grotesca, en un estado semiinsconceinte, casi bestial, y en presencia de otros animales igual de alelados; todo eso para librase de sí mismo, para salir del infierno, para matarse a sí mismo en el doble.»
NINA BERBEROVA, Nabokov y su Lolita, La Compañía, Buenos Aires, 2008, p. 41.

   Clare Quilty es el monstruo que aflora con el monstruo de Humbert: no es casualidad que aparezca en escena en la primera noche de su planificada violación. Humbert Humbert y Clare Quilty comparten una misma inclinación: gozar sexualmente a través de la posesión y el poder: el poder del que contempla a niñas desvalidas (o narcotizadas), trasuntos de muñecas manipulables que han de dejarse hacer. Ambos escapan del espejo, porque el espejo muestra el estrago del tiempo y revela su miedo común a envejecer. Es ese miedo al espejo, el que sitúa a Humbert frente a su vergonzante doble, Quilty, al que decide eliminar porque, tal vez carezca de arrojo para matarse a sí mismo.
   No es posible ignorar todas las polémicas que rodean a Lolita. Muy pronto el propio Nabokov pidió que se anexara a la novela Acerca de un libro llamado Lolita, el epílogo en el que defiende su obra como un artefacto verbal que opta al estatuto de obra de arte (y a buena fe que lo consigue) para despertar en el lector simplemente placer estético.
   Lolita no fomenta la cosificación de la mujer ni exalta la depravación ni elogia al loco. No es una novela misógina ni una fábrica de clonar Lolitas.
   La mejicana Ana V. Clavel demuestra en Territorio Lolita (Alfaguara, México, 2017) que Nabokov no inventa nada. Su mérito (o su fortuna) acaso sea haber puesto nombre (o haberlo actualizado: antes de Lolita, existía el nombre Josefina1) a un estereotipo, el de la enfant fatal, del que, lamentablemente, ya dan cuenta los cuentos populares de todo el planeta como, por ejemplo, principalmente en Europa, Caperucita roja.
   Clavel, en su interesante capítulo “La antigua era Victoria’s Secret” señala que el ambiente represor de la moral victoriana, junto con «un capitalismo industrial feroz que obligaba a muchas niñas y adolescentes a ejercer la prostitución» y “la creencia mágico-popular de que las vírgenes no sólo no contagiaban las enfermedades venéreas, sino que incluso las curaban», aumentó exponencialmente la prostitución infantil. Carmen o Salomé, mujeres fatales sobre las que escribieron Prosper Mérimée o Oscar Wilde, abren la puerta a Alicia.
   Ese es el ambiente en el que no extrañaba que el pintor Aubrey Beardsley adorara a las niñas, o el escritor John Ruskin rechazara a su esposa Effie Gray (de la que se había enamorado cuando ella tenía doce años y con la que se casó al cumplir esta diecinueve) la noche de bodas, «horrorizado al contemplar el vello púbico de su joven esposa». Dado que todo el mundo conoce la enfermiza obsesión del diácono anglicano Lewis Carroll, bastará recordar esta inequívoca cita del propio Nabokov:
   Yo siempre lo llamo Lewis Carroll Carroll porque él fue el primer Humbert Humbert.
   La iraní Azar Nafisi publicó en 2003 Leer Lolita en Teherán. No entiendo por qué nosotros tendríamos que dejar de leer Lolita. Es más, considero necesario que los jóvenes (tanto ellos como ellas) lean críticamente esta obra que anticipó un mundo adultescente que consagra la niñez como la edad admirable; un mundo que ha normalizado la precoz sexualización de los jóvenes y que promueve pautas de conducta, también sexuales, que degradan al otro (recuérdese que todas las sombras de Grey de la autora británica E.L James, han convertido el sadomasoquismo en una postal kitsch), un mundo en el que el turismo sexual infantil, está sufragado por inocentes ONG’s o ejércitos de intermediación. Un mundo en el que las cámaras web o las pantallas facilitan el voyerismo.
   Conviene seguir leyendo (críticamente) Lolita para permitirle a las jóvenes elegir qué tipo de mujer querrán ser y sobre todo, para prevenir a los jóvenes de que uno de los nombres del mal es doble: Humbert Humbert. 

Francisco Rodríguez Coloma 


domingo, 27 de enero de 2019

[HAY LIBROS QUE CABEN...], Nina Berberova

Hay libros que caben por entero entre sus dos tapas; allí se quedan, y de allí no salen. Hay otros que no caben entre sus tapas, que parecen desbordarlas; pasan años a nuestro lado, nos transforman, transforman nuestra conciencia. Hay, finalmente, una tercera clase de libros, aquellos que marcan la conciencia (y el modo de vida) de una generación literaria y dejan su marca en todo un siglo. Su «cuerpo» reposa sobre un estante, pero su «alma» ocupa el aire que nos rodea. A esos libros los respiramos, viven en nuestro interior. 

NINA BERBEROVA, Nabokov y su Lolita, La Compañía, Buenos Aires, 2008, p. 13.
&
Balthus 

jueves, 6 de julio de 2017

ALGUIEN BAJO LOS PARPADOS, Cristina Sánchez-Andrade

   «Viajar es una brutalidad» dejó dicho Cesare Pavese. Vivir también puede llegar a ser el peor de los sucesos. Olvido y Bruna no son, por mucho que se empeñen ciertos lectores, Thelma & Louise. Tampoco creo que baste para aproximarse con exactitud a Alguien bajo los párpados decir que es una alocada «road movie». Olvido y Bruna no viajan, comienzan una «expedición», su «expedición», al volante de un viejo Volswagen: un viaje inverso desde Santiago de Compostela hacia el nacimiento del Tambre en noviembre de 1981, cuando la octogenaria Olvido se percata de que ya ha «caminado demasiado tiempo sobre el lecho de la laguna» y exige a su criada Bruna abandonar la casa, incluso tras acabar de haber dejado a remojo las habas para el caldo. 
   Entre las muchas virtudes de Alguien bajo los párpados la crítica señala la perfecta composición de los personajes, en perpetua ebullición a lo largo de la historia. Cristina Sánchez-Andrade consiente que sus caracteres afloren con todas sus aristas, en cocción lenta, una estrategia que remite al mimo con el que Bruna guisará pobres manjares en el pazo al que ha llevado a los señores de Gondollín la Guerra Civil. También es evidente la inteligencia compositiva, que sabe alternar los dos tiempos de la historia, ese presente hipoglucémico, de gaviota y vestido de novia, que les lleva hacia el noroeste por la nacional 634 (tropezando con las más alocadas peripecias llenas de pitidos, volantazos y atropellos) y ese pasado terrible de hedores y tragedias, violaciones y niños que no han nacido muertos —pero que le estorban a la vida mísera del pobre—,  tuberculosis, perturbados, redactores del Estatuto de Autonomía, falangistas, topos y envejecidas monjas. 
   El mayor acierto de Cristina Sánchez-Andrade procede de la maestría con la que va desnudando la impostación y la mentira: ni París es Conxo, ni hay ama de cría que no haya parido antes, ni hay cuento gótico en la sala de las muñecas. Este relato carnavalesco, que zizaguea como el escarabajo que conduce Olvido, entre el esperpento y el realismo mágico, obliga al lector a fijar sus ojos ante esta epifanía sobre el fracaso, la soledad, la mala vida y la buena muerte. Olvido y Bruna no sólo han entretenido su vejez viendo Starsky y Hutch y Los ángeles de Charlie. También han visto en su televisor Arsénico por compasión, (Frank Capra, 1944), por eso el espejo desconchado del enmohecido cuarto les devuelve la imagen de las tías de Mortimer Brewster.
   Tras esos 80 años de vida tan mal vivida, tras esos 68 kilómetros en los también que ha habido tiempo para escuchar en la radio la noticia de la muerte de Don Álvaro Cunqueiro, les espera en Sobrado una sirena de «cabello suelto y ondulante»: esa feliz candela que tanto tiempo ha sido mucho más que Alguien bajo los párpados, porque como dice Gerald Brenan, hay algo aún peor al miedo a morir y es el miedo a no morirse. Claro que entre los muchos zarpazos con los que nos regala la vida, siempre existe ese lúcido desgarro que anima a algunos a perder el miedo al miedo. 

Francisco Rodríguez Coloma

domingo, 17 de julio de 2016

J. D. SALINGER, Juan Bonilla

J. D. SALINGER

   The Times Literary Supplement dijo de ella que era un incesante flujo de blasfemias y obscenidades. El crítico de la revista Punch opinaba que se trataba de un libro sensiblero, aunque se excusaba diciendo que era posible que su opinión no fuese más que la reacción de un europeo corrupto. The Spectator lo tildó de inteligente, humorístico y agudo, si bien reconocía que resultaba insuficiente en cuestiones formales y que no alcanzaba a producir la clase de efecto que, evidentemente, se proponía producir. Pero los palos más duros los proporcionaba el crítico de la revista Cat­holic World, que denunciaba el lenguaje soez y rudo de un mero aficionado, y el de la revista Commentary para quien la acidez y la fatigante repulsión de The Catcher in the Rye eran las actitudes, no de un adolescente, por muy desencantado que estuviera sino de un escritor satírico bien pagado que posee una técnica altamente desarrollada, carece de punto de vista y no dispone de otro blanco al que apuntar que no sea él mismo. Estas eran las reacciones de la prensa inglesa ante la publicación en el año 51 de la primera novela de J. D. Salinger. En los Estados Unidos el libro tuvo mejor aco­gida: Harper's la ensalzó, el Enquirer apostaba que aquella tempo­rada no depararía un libro más sabroso, la revista Time aseguraba que lo mejor de la novela era el novelista, y el New York Times de­cía que la primera novela de Salinger era de una brillantez insólita. Sólo el Herald Tribune se quejaba del lenguaje ofensivo, y el biógra­fo de Freud, Ernest Jones, escribía en The Nation que Salinger se había limitado a registrar lo que todo adolescente, desde Rousseau, ha sentido, y que por eso la novela era predecible y aburrida (como si conseguir reflejar lo que siente un adolescente de cual­quier época estuviera al alcance de cualquiera). Lo que nadie pre­vió es que aquella novela iba a convertirse en uno de los hitos fundamentales de la narrativa del siglo XX: ante esa contundente evidencia de la que disponemos hoy, el “esta es la mejor novela del año” que encabeza el ranking de elogios recibidos por The Cat­cher in the Rye es de una timidez clamorosa.
   “Son las aventuras de un muchacho que ha sido expulsado del Instituto durante unas Navidades en Nueva York”, le dijo Sa­linger al editor que le había propuesto recopilar sus narraciones en un volumen, refiriéndose a la novela que estaba escribiendo y que prefería publicar antes que los relatos. Una definición, como se ve, poco prometedora. Porque The Catcher in the Rye es de esos libros que no nos atrapan por lo que nos cuentan, que no deja de ser poca cosa, sino por la voz que se encarga de erguir la narración, por el mundo que es capaz de formular esa voz. Es posible en ese sentido que la apreciación de Ernest Jones según la cual todo lo que piensa y dice Holden Cauldfield en la novela de Salinger es lo que han pensado los adolescentes de todas las épocas no pueda ser tomado como un reparo serio sino, antes bien, como la defini­ción exacta del lugar donde radica la fuerza de la novela. El ado­lescente descarado, desencantado, que no deja de ser un personaje lleno de ternura precisamente por el mucho mundo que cree tener corrido y lo seguro de sí mismo que pretende parecer, el muchacho que habla en la novela lo deja claro desde la primera, legenda­ria frase: “Si en serio les interesa lo que les voy a contar, querrán saber antes de nada dónde nací, cómo fue todo ese rollazo de mi infancia, a qué se dedicaban mis padres antes de que yo naciera y demás tonterías tipo David Copperfield, pero no me apetece con­tar nada de eso. En primer lugar porque es una lata, y en segundo lugar porque si yo empezara a contar aquí todas esas cosas sobre su vida privada, a mis padres les iba a dar un ataque”. En cuanto a las aventuras que corre Holden, tampoco son especialmente me­morables a priori: lo echan de Pencey —pero lo habían expulsado antes de otro colegio y él se había ido de otro porque estaba lleno de hipócritas—, tiene una conversación con un profesor que quiere lo mejor para él, se monta en el tren hacia Nueva York, coincide allí con la madre de un alumno de Pencey con la que tiene una conversación, toma un taxi, va a un hotel —el Edmont— donde le dan una habitación inmunda, decide salir de juerga, al volver le proponen sexo hasta el mediodía por pocos dólares, la cosa sale bastante mal, al día siguiente se acuerda de una tal Sally y la llama y quedan para ir al cine..., y así se van encadenando los hechos que constituyen la novela, ninguno de ellos especialmente llama­tivo como se ve, si no fuera porque Holden es sólo un muchacho que enfrenta todas sus estupendas teorías y sus tajantes opiniones a la realidad poco poética de la gran ciudad. El Guardián en el cen­teno, con ser una espléndida sátira y una divertidísima narración, es uno de esos libros que consiguen que se te hiele la sonrisa, y desde luego tiene momentos de una ternura y una poesía milagro­sas, nada sensibleras ni cursi, como el encuentro entre Holden y su hermana Phoebe, uno de los capítulos más hermosos del libro.
   El adolescente de Salinger se ganó enseguida las simpatías de muchos adolescentes y jóvenes norteamericanos, si bien el libro no pasaría de ser uno de esos títulos de culto que circulan entre sectores cerrados de población, hasta que algunos años después de publicado se convierte en una especie de emblema generacional, y se alza a Holden a la categoría de símbolo, La aparente rebeldía de los años sesenta contribuyó al énfasis con que empezaría a leerse el libro de Salinger, que dejaba el cajón de las novelas documenta­les más o menos atinadas para alcanzar el rango de libro impres­cindible. Y ahí reside su valor para los adultos de hoy. Porque el libro se ha mantenido fresco en su condición de obra para adoles­centes —inaugurando un género: el de la novela para adolescentes que no necesita de dragones ni aventuras hipnagógicas para atra­par a sus lectores— y nuestro merodeo por sus páginas es similar al paseo que da un adulto en una discoteca de adolescentes: puede que el adulto se lo pase muy bien bailando bajo los focos y recor­dándose a sí mismo en su ansiosa pubertad, pero puede estar se­guro de que a su alrededor todos los muchachos y muchachas se están burlando de él. Por eso es El guardián en el centeno de Salinger una novela para adolescentes: porque sólo los adolescentes pue­den de veras sentir cómo gravita su fuerza sobre ellos, porque sólo a ellos les ocurrirá el precioso milagro de desear ser como Holden Cauldfield, escaparse, perderse en la gran ciudad, mirar a todos los solitarios pensando que él es el que está más solo de todos, y porque a los adultos que se asoman a sus páginas los golpea con una fértil y feraz melancolía.
   Por fortuna, El Guardián en el centeno no se impuso como lectura obligatoria en los institutos hasta hace muy poco, y no deja de ser paradójico que se lea bajo la vigilancia de los profesores un libro donde se pone a caldo todo método educativo. Se le hace un flaco favor así a la novela de Salinger: institucionalizándola se le roba la capacidad de desafío, se desactiva su rebeldía. Es un libro para el que el contexto en el que se lea resulta muy principal: leído en un aula para satisfacer unas preguntas de examen se apea de los tacones en los que se subía cuando era un libro que iba de ma­no adolescente a mano adolescente, como si fuera un secreto ve­dado a quienes hubieran abandonado ese país de la adolescencia. ¿Quién puede imaginarse a un profesor destripando la novela de Salinger en clase? ¿Cómo contestar a preguntas sobre ella en el papel de un examen que será valorado por lo que el sistema edu­cativo quiere que se conteste?
   ¿Qué sabemos de Holden? Pues sobre todo que es muy suyo, que no soporta el cine, que de las cosas que cuenta prefiere con mucho aquellas que le permiten desviarse de la mera narra­ción para intervenir con comentarios o anécdotas laterales, que adora Lejos de Africa de Isak Dinesen, que no soporta a los creídos, que se vuelve loco por las muchachas. Por supuesto que los inves­tigadores de Salinger han pretendido encontrar en las señas de identidad de Holden las del propio Salinger, obteniendo a veces exquisitos éxitos (eso de que a Salinger se le den bien las muchachitas menores de edad daba mucho juego, naturalmente) que sin embargo nada importan para disfrutar de esta novela: no importa demasiado la leyenda Salinger, fomentada últimamente por algu­nos libros que compiten en situarlo entre la más delirante grosería y la más peligrosa de las locuras. Es rara la pieza de entre las cien­tos que componen esa región de la literatura, que podríamos de­nominar testimonios de parientes, que alcanza a escapar de su condición inevitable de parásito y se justifique por sí misma. ¿Cuál es el encanto de ese tipo de libros en los que un hijo, una novia, un ama de llaves, un cuñado nos cuenta las vilezas de las que era capaz alguien a quien se considera un gran escritor? Pues princi­palmente sólo constatar una obviedad: que la mayoría de las grandes figuras de la literatura tenían mucho de lo que avergonzarse, como casi todos los demás mortales. Y eso es lo que, en esa clase de libros, comúnmente se les reprocha a quienes los protagonizan: que no fueran buenas personas, como si el hecho de escribir “La canción de Prufrock” obligara a su autor, T. S. Eliot, a no cometer la mezquindad de permitir que su esposa demente se pudriera en un manicomio; no porque permitirlo constituya una mezquindad, sino porque hacerlo siendo el autor de Prufrock agrava la mezquindad haciéndola rayar en el crimen. No hace falta hundirse en una bibliografía espesa de testimonios de parien­tes para cerciorarse de que la mayoría de grandes poetas y novelis­tas —si hiciésemos caso a lo que cuentan sus allegados menos discretos— era gente poco fiable. Pero ¿afecta a la emoción y la inte­ligencia que vibran en los poemas de Larkin saber que Larkin era un machista que practicaba la grosería como un pasatiempo efi­caz? ¿Nos reiremos menos con las novelas de Kingsley Amis al enterarnos de que fue capaz, en época de hambruna, de presentarse en su casa con un plátano, sentar a la familia a la mesa, pasar el plátano para que todos lo tocaran, y luego pelarlo y comérselo tranquilamente ante la perplejidad de los suyos? Evidentemente no tiene por qué, a no ser que dejemos que un exceso de sensibili­dad nos afecte a la razón. Así que no es probable que quienes firman esa clase de libros se esfuercen en redactarlos para rescatar a los lectores del espejismo que sufrirían si al leer a alguno de los damnificados llegan a la conclusión de que sólo un alma grande ha podido crear La montaña mágica o El guardián en el centeno: es más creíble que son arrastrados a la composición de sus libros por el simple afán de notoriedad que se les pone al alcance gracias a un apellido ilustre que a la vez que les permite publicar un libro les obliga a manchar el propio apellido. Pero todo ello no es más que cotilleo de altura, un género que puede convertirse en obra de arte si es Jane Austen o Marcel Proust el redactor, pero que co­múnmente no depara más que inventarios de anécdotas escabro­sas.
   La leyenda de Salinger no saldrá excesivamente perjudica­da por la reciente publicación de las memorias de su hija, como no la erosionó la publicación de las memorias de su amante. Ambas nos aseguran que Salinger no ha sido buena persona, que era un vanidoso insoportable, que le fascinaban las lolitas y que perjudicó y dañó durante su vida a unas cuantas mujeres. Y, por supuesto, las creemos, aunque no cabe otro remedio que encogerse de hom­bros o mostrarles nuestra lástima por sus traumáticas experiencias.
   Porque un gran escritor sólo es peligroso para el lector si tiene éste la mala fortuna de ser su vecino o pariente suyo y ha de tratarlo con cierta cotidianeidad, aguantar sus manías y hacer de mariachi para que no se le pudra el orgullo. Ya sé que hoy en día vende mucho la imagen del escritor como buena persona, y hay algunos que han cobrado celebridad inusitada no por lo que escriben sino porque en sus declaraciones públicas y en sus conferencias la gen­te comprueba que es una persona excepcional, simpatiquísima, solidaria y muy correcta. Y tampoco es incompatible la bondad con el genio, desde luego, pero son cosas que no afectan al resul­tado que al lector importa. Es encantador descubrir al adúltero Pedro Salinas con sus niños sentados en las rodillas, mientras él se dedica, a la vez que los atiende, a componer uno de sus contun­dentes poemas de amor. Pero los poemas de amor serían igual de contundentes si Salinas, como Rousseau, hubiera abandonado a sus hijos en sucesivos orfanatos. Así que nuestra consideración sobre libros como Nueve cuentos, Franny y Zoey, y Levantad, carpin­teros..., no van a sufrir ninguna mutación por el hecho de que se­pamos que a Salinger le gusta beber su propia orina. Los lectores de Salinger tenemos presente una frase de Holden Cauldfieid: cuando un libro le gustaba, nos decía, lo único que le apetecía al terminar de leerlo era telefonear al autor para charlar con él. Es una frase peligrosa. Bonita pero muy peligrosa. Conocer al autor del libro que nos cautivó es un método perfecto para sufrir una desilusión, y ya se sabe que el culpable de nuestras desilusiones nunca es quien nos desilusiona, sino nosotros mismos por haber­nos ilusionado. Quizá, consciente de eso y para no ser más que lo que un gran escritor debe ser para los lectores, un nombre, un fan­tasma, nadie, Salinger decidió hace tiempo no descolgar el teléfo­no, no conceder entrevistas, borrarse, sin contar con que siempre hay una hija, un amante, un vecino, con derecho a formular su experiencia para ganar algo de dinero e incrementar ese género parasitario que es la literatura de los parientes.
   The Catcher in the Rye es, esencialmente, una novela acerca de lo solos que estamos, de lo solos que están sobre todo los ado­lescentes; pero, ¿quién no sigue siendo un adolescente convencido de que la madurez es la muerte de la pureza que nos empuja a ser curiosos y a buscar? Supongo que sí, que hay mucha gente que a esta pregunta habrá contestado: Yo, desde luego. Me parece muy bien, pero si algo grande hay en la novela de Salinger es que es muy difícil no ser ese adolescente perdido en Nueva York que sin saber muy bien lo que quiere trata de desenvolverse como si se supiera su futuro de memoria, como si nada le importase porque nunca pasa nada que importa y cuando pasa ya ha perdido la im­portancia. Como los grandes poetas que consiguen en sus mejores momentos hacemos sentir que los grandes poetas somos nosotros, quienes les leemos, y que consiguen nombrar sensaciones nuestras para las que no habíamos encontrado las palabras precisas, Salin­ger consigue exactamente eso: nos convierte en muchachos perdi­dos en la selva del mundo, muchachos que al final de la experiencia sólo tienen clara una cosa: es mejor no contar nada nunca a nadie, porque en el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.

JUAN BONILLA, La plaza del mundo, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2008, 169-176.

domingo, 20 de diciembre de 2015

METAFICCIÓN, John Sutterland

METAFICCIÓN

   La metaficción es una narrativa deliberadamente consciente de ser un proceso y que, además, se recrea en ello. Conforme aumenta su corpus, la literatura se va haciendo más consciente de ella misma. Se aspira a la originalidad, pero se comprueba que cada vez es más escurridiza. En la literatura no hay demoliciones. Las cosas van aumentando inexorablemente y cada vez a mayor velocidad. En la época de Dickens se producían unas mil novelas al año. En el siglo XX, se consideraría un año pobre si no se llegasen a los 10.000 títulos, más las 10.000 nuevas recreaciones que surgen de ellos en la «sala de recreaciones» literarias.
   ¿Toda la ficción es metaficción? El término metaficción tiene un origen reciente, no más de cuatro décadas. Pero visto re­trospectivamente, se pueden detectar elementos de metaficción en las primeras obras literarias. Por ejemplo, Don Quijote es una «antinovela». El melancólico caballero, con su armadura de car­tón y su cómica interpretación de la caballería, no es más que un travieso ajuste de cuentas metanarrativo de Cervantes hacia las obras de caballería, como El canto del Mio Cid y otras muchas no­velas medievales sobre caballeros errantes.
   La parodia literaria es una forma estandarizada de metaficción (por ejemplo, Shamela, de Henry Fielding, era una versión cómica de Pamela, de Samuel Richardson). Otra clase de metaficción es el homenaje narrativo (por ejemplo, Las horas, de Michael Cunningham, es un tributo a La señora Dalloway, de Virginia Woolf). Lo mismo ocurre con la épica burlesca (por ejemplo, El rizo robado, de Alexander Pope). Otra forma de metaficción es la conocida como «variación consciente de un tema popular», como Foe, de Coetzee (en la isla de Robinson Crusoe hay otro náufrago, una mujer, una conocida del novelista Daniel Defoe). Ninguna de estas obras funcionaría sin esa otra literatura, cuya existencia recuer­dan constantemente al lector.
   La metaficción es extremadamente consciente de la otra ficción y, además, una de sus características está en esa elaborada autocon­ciencia. Se regocija en el «narcisismo», en un guiño al lector de «mira lo que estoy haciendo». La autorreferencialidad alcanza el estatus de una extensa broma en un texto pionero del canon de la gran metaficción: Tristram Shandy, de Lawrence Sterne. Ya bien avanzado el libro, presenciamos un momento cómico sublime. El narrador, Tristram, que al igual que otros escritores de biografías, ha decidido hacer una crónica de toda su «Vida y Opiniones», des­cubre que la tarea que se ha impuesto es imposible. Se acumula tanto en su vida que no le daría tiempo a escribirlo. La necesidad del narrador de hacer digresiones (describir situaciones, aconteci­mientos, circunstancias) le impide avanzar. Nunca se alcanzará a sí mismo. Es un aprendiz de brujo, sin brujo que lo rescate. La meta­ficción se entremezcla en la metanarrativa a la manera de Shandy.
   Por supuesto, los novelistas, como otros narradores (los del cine, por ejemplo, que sólo disponen de dos horas para desarrollar la obra), han desarrollado estrategias para esquivar el dilema de Tristram, sin molestar al lector con el asunto. Es una broma básica: «Mi próximo truco es imposible», como dice el mago. A continua­ción, sigue adelante y lo hace.
   Podríamos ir mucho más allá y sugerir que toda la ficción es, en cierto grado, metaficción. Cuando escribimos una novela, sabe­mos que estamos trabajando a la sombra de otras novelas. La no­vela nunca puede ser totalmente nueva. En la época moderna, el corpus de literatura se ha multiplicado sin precedentes y muchos escritores han utilizado este hecho para hacer de la imposibilidad genérica un mérito o una perspectiva de trabajo.
   Donald Barthelme (1931-1989) es uno de estos virtuosos de la metaficción. Una de sus novelas (o anti-novelas) más conocidas es Snow White (1967), una fantasía literaria sobre los dibujos de Disney, a partir del cuento alemán original, Blancanieves. La Blan­canieves de Barthelme comienza con un inventario corporal de su belleza, incluyendo comentarios sobre sus magníficas nalgas, y acaba en una conducta deshonrosa con los enanos en la ducha.
   Metaficción y originalidad La metaficción se centra en el eterno problema literario (especialmente molesto para el escritor moderno) de cómo alcanzar la originalidad dentro de la enorme e ineludible no-originalidad. Todo el espacio literario está ocupado; se han contado todas las historias. ¿Qué otra cosa puede hacer el es­critor excepto masticar el chicle que han dejado los otros escritores?
   Otra solución es recuperar las historias antiguas, pero de forma di­ferente, por medio de inflexiones y giros modernos. Masticar el viejo chicle de otra manera. En los últimos años, la revisión litera­ria ha producido una abundante cosecha de las llamadas novelas posvictorianas. Representa una de las tendencias más populares de la metaficción contemporánea y parece que aún se pueden seguir exprimiendo.
    El punto de origen es una novela de Robert Graves, El auténtico David Copperfield (1933). La novela de Gra­ves adquiere maliciosamente una nueva perspectiva, al narrar la historia de Dickens desde otro ángulo. In­troduce elementos más para «adultos» en la relación del héroe con su Agnes, en vez de los «y fueron siem­pre felices»; por ejemplo, los deseos sexuales son mu­cho más complejos que los del David de Dickens (es él, y no Steerforth, quien codicia a L’il Emily).
   Siguiendo a Graves, ha habido una enorme profusión de historias contadas desde puntos de vista alternativos: Cumbres borrascosas, desde la perspectiva de Nelly Dean, o Jane Eyre, desde la perspecti­va de Berta Mason (por ejemplo, Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys). Este género se ha impulsado muchísimo gracias a la enorme audiencia conseguida por las series de televisión sobre el periodo victoriano. La adaptación que Andrew Davies realizó de Middle­march, de George Eliot, convirtió a la novela en la número uno de las listas de best-sellers, en 1994. Trollope, Dickens y Mrs. Gaskell se han beneficiado de este éxito póstumo. Se crea una extraordina­ria reciprocidad. Si una novela se lleva a la televisión, como por ejemplo, La feria de las vanidades, o El mundo en que vivimos, de Tro­llope, después empieza a leerse de forma intensa (normalmente en grupos de lectura, un fenómeno moderno fascinante); y, por últi­mo, acaba incluyéndose entre las lecturas obligatorias de colegios y universidades. De esta manera, el autor vuelve a la vida.
   Un gran best-seller del género neo-victoriano es la serie de nove­las de «Flashman», de George MacDonald Fraser. A través de doce volúmenes, nos presenta la escandalosa carrera del villano sin ver­güenza de Tom Brown’s Schooldays (Los días escolares de Tom Brown). Un no va más de este tipo de literatura es la serie burlesca de Jasper Eforde, «Thursday Next». En uno de los libros, The Well of Lost Plots, los protagonistas de Cumbres borrascosas aparecen como demandantes ante un tribunal de jurisdicción para que se decida a quién pertenece legalmente su obra narrativa. En un pla­no más serio, encontramos novelas ganadores del premio Booker, como Posesión, de A. S. Byart, La mujer del teniente francés, de John Fowles, y Falsa identidad, de Sarah Waters, que crean narrativa victoriana un siglo después de que ese periodo haya muerto. Mien­tras crezca el corpus literario, la metaficción (novelas sobre nove­las) también crecerá. Quién sabe si algún día será la única forma posible de ficción.

JOHN SUTHERLAND, 50 cosas que hay que saber sobre literatura, Ariel, Barcelona, 2014, pp. 118-121.
&
Guy Laramée

domingo, 19 de julio de 2015

UN CHARLATÁN COMPULSIVO EN UN ENTIERRO

UN CHARLATÁN COMPULSIVO EN UN ENTIERRO

   La mayoría de las veces, un libro es un solo libro. En contadas ocasiones, un libro es el afortunado abismo al que se asoma el lector para contemplar su verdadero rostro. Simic, en El monstruo ama su laberinto, conforma un muestrario de pinzas, espéculos, agujas, jeringas y bisturís que llagan las manos ensangrentadas de los que se atreven a pasar página.
   En la sección IV del libro (que traduce el poeta -y aforista- Jordi Doce) leemos: “Cioran escribe: “Dios tiene miedo del hombre... El hombre es un monstruo, y la historia lo ha demostrado”. Esa es la clave: diseccionar la monstruosa fragilidad del hombre, eviscerar, sin piedad ni espanto, el tumor de todas sus contradicciones. Es cierto que, Simic, cirujano y paciente, obtiene de esa autoexploración especular, unas reflexiones que abren la puerta a la sátira: “Los sirvientes de los ricos y poderosos están convencidos de que nosotros les envidiamos su servidumbre”. Pero Simic no se conforma con regodearse señalando los vicios que llevaron a la podredumbre del presente. “El ojo atento empieza a oír”, escribe con áspera lucidez.
   Ese es el tono embriagador que le permite saltar del análisis de su poética a las reflexiones acerca de la naturaleza del arte o el sentido de la vida. A veces, dice (“Toda defensa de la poesía es una defensa de la locura”); otras, sentencia (“La belleza de un momento fugaz es eterna”); en muchas ocasiones, alecciona (“Todo el mundo quiere parafrasear el contenido del poema, salvo el poeta”); frecuentemente, escupe (“ Esa clase de barrio donde es muy probable que una rata tenga a un niño de mascota”).
   Cierra este libro el Epílogo de Seamus Heaney, Abreviando que es Simic, un perfecto escalpelo con el que el lector podría incidir sobre esa línea de puntos discontinua que ha ido trazando la lectura sobre su vientre. Lo abre la sección primera, un conjunto de (micro)relatos, probablemente autobiográficos con los que deslumbra al lector este visionario que explica, con la brillantez de la que carecen otros, el verdadero sentido de su oficio: “El poeta es un charlatán compulsivo en un entierro. La gente le da codazos y le ordena callar, él se disculpa, reconoce que sí, que no es el sitio adecuado, etcétera, pero es incapaz de cerrar el pico”.


CHARLES SIMIC, El monstruo ama su laberinto, Vaso Roto, Madrid, 2015. 163 páginas.

sábado, 27 de junio de 2015

SOBRE CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA, Juan Tallón

   ¿A quién no le golpea duramente García Márquez? A mí me noqueó con su texto más realista, Tal vez estaba desprevenido. Fue una tarde, en un sofá, en el pueblo, caído de bruces en el filo de la felicidad, con leve resaca. Crónica de una muerte  anunciada parecía —qué tontería voy a decir— esa clase de texto que lo tiene todo para defraudarte cuando lees el primer párrafo y se te revelan los misterios. Nada nuevo, cierto. En Romeo y Julieta, Shakespeare revela la trama en los primeros catorce versos del prólogo. Instan­tes después de que se abra el telón, la audiencia sabe que hay dos amantes destinados a enamorarse, que se matan, y después las dos familias no luchan más. Sin embargo, cada página del autor colom­biano, con sus suelos de arena movediza, te succiona más y más. Es la constatación más brutal de que la literatura, ante todo, es una cierta forma que das al mundo, un estilo de encarar su relato. Y luego su relato. Pronto descubres que te importa una higa saber que el narrador relatará el asesinato de Santiago Nasar el día que se preparaba para recibir al obispo, y que la noche anterior había participado en la fiesta de bodas de Ángela Vicario y Bayardo San Román. Te trae sin cuidado saber que en la noche de bodas el novio descubre que Ángela no es virgen y la devuelve a casa con sus pa­dres, y que allí se hallan sus hermanos, que exigen saber quién es el culpable de la deshonra, y ella responde: Santiago Nasar. Carece de relevancia tener noticias tempranas de que los hermanos preparan la venganza, cogen los cuchillos y salen en busca de Santiago para matarlo.
   «Lo que sucede —admitió en su día García Márquez— es que yo no quise que el lector empezara por el final para ver si se cometía el crimen o no, así que decidí ponerlo en la frase inicial del libro. De este modo la gente descansa de la intriga y puede dedicarse a leer con calma qué fue lo que pasó». Para ello, el autor combinó dos tipos de textos muy difíciles de combinar. Por un lado, el relato policial, que te exige esconder, y por otro el periodístico, que te demanda revelar. La dificultad es obvia, pero él consigue que el texto avance en el presente al mismo tiempo que retrocede veintisiete años atrás, al día de la matanza. García Márquez sostenía en 1981 que Crónica de una muerte anunciada era su mejor novela, «en el sentido de que es una novela en la que yo he logrado hacer exactamente lo que quería. Las novelas en el camino quieren escaparse a los escritores de las manos, los personajes toman vida propia y terminan por hacer lo que les da la gana. En ninguna había tenido yo un control absoluto como en esta. Probablemente por el tema y por la extensión. Es un tema muy riguroso, estructurado casi como una novela policiaca, y un libro muy corto. Yo creo que mi mejor novela anterior era El coronel no tiene quien le escriba, no Cien años de soledad, y esto lo he dicho muchas veces».
   La prosa efervescente avanza a veces hacia adelante, a veces hacia atrás, y te somete sucesivamente al vértigo, la violencia, la emoción, el amargor, la desolación. Hay frases que se te impregnan, igual que un olor, y ya toda la vida vas oliendo a ellas. A mí me pasa con las dos primeras y las dos últimas, «El día en que lo iban a ma­tar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un ins­tante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado por cagadas de pájaros». Estas cagadas son tremendas, sin­ceramente. Arrastras su efecto dramático durante párrafos enteros. No puedes olvidarlas. Ocurre lo mismo con las frases finales, que se te aparecen por las noches, cuando te levantas al baño. Así hasta que te ves obligado a releer la novela otra vez. «[Santiago] tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. “Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tri­pas”, me dijo mi tía Wene. Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina». Esas arenas que se te quedan pegadas a las tripas, en realidad, se adhieren también a la ropa. No trates de sacudírtelas. Vano propósito. Estarán ahí siempre, como el olor de las cagadas de pájaro.
   La muerte de Santiago Nasar se plantea no como un crimen sino como un asunto de honor. Algo que está por encima de la vida y la muerte, como en las tragedias clásicas. Es en ese escenario donde cobra sentido —y se te pega a las tripas— el pretexto que esgrimen los hermanos Vicario ante el juez para exculparse de su responsabi­lidad en el crimen, pese a su participación. Su abogado había sus­tentado la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, y los hermanos declararon en el juicio que lo hubieran vuelto a hacer mil veces por los mismos motivos. Después de acabar con la vida de Nasar, irrumpieron en la iglesia, y se confesaron al párroco. «Lo ma­tamos a conciencia —dijo Pedro Vicario—, pero somos inocentes». La muerte es aceptable, el deshonor, jamás. La muerte, de hecho, es inevitable, un presagio que se cumple, que nadie puede evitar. La fatalidad. «Nunca hubo una muerte tan anunciada», escribe el narrador. Todos los habitantes conocían las intenciones de los hermanos Vicario, pero nadie hace nada. Como si nada hubiese que hacer. Iba a ser un buen día cuando Santiago Nasar salió de casa, por la puerta que no era habitual que cruzase, y de pronto, por cierto concepto del determinismo, el caos se introdu­jo en el orden.

Crónica de una muerte anunciada
Gabriel García Márquez (1927-2014)
1ª edición: Oveja negra, 1981
Género: narrativa

JUAN TALLÓN, Libros peligrosos, Larousse, Barcelona, 2015, pp. 252-253.

viernes, 15 de mayo de 2015

SOBRE EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO, Juan Tallón


   No obstante, caer por sorpresa en El guardián entre centeno, sin haber «nadado» antes entre la prosa de Bandini, es una de las puestas de sol más hermosas que existen. Parecido a verla por primera vez, tumbado, tal vez con algo de beber entre las manos, observando las palpitaciones del tiempo. Te pasas los veintiséis capítulos haciendo gárgaras con champagne, acariciando cada giro, ironía, contradicción. La felicidad también es cuestión de unas cuantas frases que, cuando están bien dispuestas, consigues tocar con las manos, y en la caricia, una corriente eléctrica te recorre el cuerpo descubriéndote pasiones que no conocías.
   El guardián entre el centeno sintetiza un proceso de observación de la humanidad a través de un joven atrapado entre la adolescen­cia y la vida adulta, a la que repudia por falsa. Dicho así, parece un enunciado de la ley de la termodinámica, así que, por favor, denle ustedes una vuelta. Esa falsedad que Holden aborrece no evita que sea un mentiroso. El muchacho no siempre es coherente. Y en eso se parece aún mucho más a todos nosotros. «Soy el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. Es terrible. Si voy camino del quiosco para comprar una revista y alguien me pregunta adónde voy, soy capaz de decir que voy a la ópera. Es una cosa seria», con­fiesa. Estas son, precisamente, las inconsistencias de la adolescen­cia, y las que vuelven más real —casi un espejo— al personaje. La contradicción es inevitable. Todo lo que rodea al joven le produce un gran malestar. El mundo es un lugar frío y desértico, e inde­seable por ello. No puede sentirse en ningún lugar peor que en este mundo. «No hay forma —dice— de dar con un sitio tranquilo porque no existe. Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un “joder” en la pared). Bajo esa percepción, en realidad, laten las angustias de un personaje al que, en apariencia, nada le importa bastante, según cierta fe en el nihilismo. «Claro que me importa el futuro. Naturalmente que me preocupa. Pero no mucho, supongo». La muerte de su hermano Allie, al que idolatra, se halla bajo las decepciones de la edad adulta. Ese día, la noche que Allie murió, Holden perdió la inocencia. «La realidad siente un deseo absurdo de irrealidad», sostenía Musil, y el narrador tiende siempre hacia esta: para ponerse a salvo de las cosas que pasan en aquella.
   Lamentablemente para él, el mundo que repudia, y que com­bate a base de frases que funcionan a modo de artillería de defensa, es justo aquel en el que está a punto de entrar. El todavía no lo sabe. A la expulsión de la Escuela Pencey (Pensilvania), con la que en la primera página comprendemos que Holden es un joven inquieto, rebelde y casi marginal, le suceden tres días de huida por Nueva York. Acaso las vivencias del narrador en la ciudad son su último ejercicio de libertad adolescente, curiosamente a través de experien­cias adultas, antes de asumir al fin compromisos. Pese a valorar la inocencia, Holden siente fascinación por las situaciones adultas: le atraen los bares, el alcohol, la prostitución, los automóviles. Todos somos Holden.
   El mocoso que cree saberlo todo de la vida se aproxima len­tamente al hombre que no quiere ser. Afirmaba Fogwill que «la ética de una vida no es hacer o no hacer, sino decidir», y Holden se aproxima peligrosamente a ese último minuto. La visita al hogar paterno, en mitad de la noche, para ver a su hermana Phoebe, y despedirse de ella antes de huir en dirección a Colorado, marca la transición hacia el compromiso adulto. Holden le relata a su hermana pequeña cómo a veces sueña con ser «el guardián entre el centeno», el único adulto entre niños pequeños que juegan en un campo de centeno crecido, y que oculta tras él un acantilado peligroso. Todo cambia aquí, pues Phoebe, para evitar el error de que su hermano huya, en un movimiento de desesperación para no seguir creciendo y mantener vivo el recuerdo del hermano muerto, se empeña en acompañarlo. Es una locura infantil y absurda, pero sirve para situar a Holden ante la encrucijada de actuar a semejanza de un adulto, y quedarse en Nueva York con su hermana, o huir juntos, separándola de sus padres, sin un rumbo cierto. Finalmen­te, Holden realiza un acto de amor, responsable. La decisión de Holden es, en el fondo, un acto de alivio para Salinger, que como soldado superviviente de la II Guerra Mundial había vivido con el peso de los compañeros muertos. El hundimiento de la fe del escritor, amenazada por las horribles circunstancias de la contien­da, se reflejaba en la pérdida de fe de Holden tras la muerte de su hermano Allie (término, por cierto, con el que se denominaba a los soldados de las potencias Aliadas en la II Guerra Mundial). Pero la necesidad de proteger a su hermana lo rescató.
   Escribir El guardián entre el centeno fue reparador, aunque también infernal. Después de publicar en The New Yorker su rela­to «Para Esmé, con amor y sordidez», en abril de 1950, Salinger se consagró a terminar su querida novela sobre Holden Caulfield. La revista Time contaba que la había completado aislándose «en un cuchitril cerca del metro elevado de la Tercera Avenida», Allí encerrado, «pedía sándwiches y habas mientras iba sacando el libro de su interior». Aunque el proceso de escritura final incluyó otros lugares tan dispares como los despachos de The New Yorker o su retiro de Westport, en Connecticut, acompañado por su perro Benny. El material con el que se encerró era una maraña de re­stos sin ensamblar escritos, en algunos casos, desde 1941, según cuenta Kenneth Slawenski, uno de sus biógrafos. Al ritmo que aumentaba el manuscrito, variaban también las posiciones de Sa­linger, que cuando llegó la década de los cincuenta se enfrentaba al reto de poner orden y unidad en un material disparado en direcciones opuestas. En el otoño de 1950, la novela estaba acabada. Supongo que tiene que haber algo de magia en esto de escribir, aunque por otro lado, como decía Chandler, «ocurre sim­plemente, como el pelo rojizo». «Había escrito una conexión, una expiación, una oración y una iluminación, contenidas en una voz tan única que iba a alterar la cultura estadounidense», dice Slawenski. El proceso había sido un paseo errante y largo, con un tesoro a cuestas, pesado y brillante. Las primeras páginas, de hecho, las había llevado con él durante toda la guerra. «Necesita­ba llevarlas encima, para que me prestaran apoyo e inspiración», llegó a confesar, Cuando era apenas un conjunto de apuntes, El guardián entre el centeno había saltado a la playa de Normandía, había desfilado por las avenidas de París, había sido testigo de la muerte de infinidad de soldados, y había recorrido los campos de exterminio del nazismo, en unas particularísimas vacaciones. La única vez que yo llevé algo mu­cho tiempo encima fue un cro­mo de Arconada,

El guardián entre el centeno
J.D. Salinger (1919-2010)
1ª edición: Little, Brown & Co., 1951
Género: narrativa

JUAN TALLÓN, Libros peligrosos, Larousse, Barcelona, 2015, pp. 107-110.

sábado, 13 de diciembre de 2014

LAS INVIERNAS, Cristina Sánchez-Andrade

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE, Las Inviernas, Anagrama, Barcelona, 2014, 248 páginas.


   Muchas veces el lector abre la primera página de un libro con el convencimiento de que todo será felizmente previsible; por ello, leer, en esos casos, es confirmar el camino que se había elegido; el fin, la meta a la que se pretendía llegar en la agradable compañía de lo leído.
   Otras veces, leer resulta bien distinto; algo así como comprar un billete en la ventanilla de una estación en la que el tablero de las direcciones se ha desdibujado. El lector desconoce el rumbo y, relativamente desconcertado por la ondulante trayectoria que elige el chofer, se deleita contemplando los paisajes difusos que se presentan a izquierda y derecha, delante y detrás, sabiendo que girar la vista hacia un lado supone dejar escapar otros instantes.
   Esta segunda sensación me ha acompañado en toda esta travesía, subido en este ómnibus Las inviernas, conducido por Cristina Sánchez-Andrade, periodista, crítica literaria, profesora de escritura creativa, traductora de George MacDonald, Rudyard Kipling o Emily Brontë, pero, sobre todo, la narradora que se iniciaba en 1999 con Las lagartijas huelen a hierba y consolida su trayectoria con el reconocimiento obtenido en el año 2004 con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz a Ya no pisa la tierra tu rey, su tercera novela. En el año 2001 había publicado, Bueyes y rosas dormían; después vendrían Coco (RBA, 2007), y Los escarpines de Kristina de Noruega (Roca, 2010).
   En este ómnibus no podríamos ir a Southampton, pero sí a La Coruña o a Riveira, o más al este: a Bilbao o a Tossa de Mar. Sin embargo, mecidos por el traqueteo del cambio de marchas, enseguida nos sentimos transportados a ese espacio mítico que es Tierra de Chá, una aldea cartografiada como la espina de un pescado, con casas que exhalan vaharadas de olor a estiércol y mugre. Sería fácil calzar zuecos para poder transitar sus caminos enfangados, pero ahora, lejos de la Galicia de los años 50, nos sobran los remilgos para reconocer que podríamos volver a un tiempo  que creemos no haber vivido (o querríamos no haber vivido). Al fin y al cabo, tan intrusos somos como Saladina y Dolores en su vuelta a la casa familiar: ellas, huyendo de un pasado que querrían enterrar; los habitantes del pueblo, recibiendo la constatación de que, sabido es que es difícil soportar en la conciencia la infamia cometida; pero peor aún es que la supervivencia de las nietas de la víctima le recuerdan a los ejecutores su condición de verdugos. Es por eso que, en la aldea todo se transforma alrededor de ese pasado que se creía muerto y, por ello, nadie es capaz de vivir, puesto que el linchamiento de Don Reinaldo ha dejado a los habitantes de Terra de Chá en ese bucle de vidas detenidas, del que sólo saldrán cuando se cumpla la profecía de Violeta da Cuqueira y unos papelitos quemados revoloteen como diminutas mariposas grises y se posen en los árboles como imperceptibles polillas.
   Hasta ese momento, acodados en el mostrador de la taberna, escucharemos los relatos repetidos al compás de los chasquidos de la lareira, de boca de los parroquianos: Tristán, el criador de capones; Tiernoamor, el mecánico dentista que disfruta calzando zapato de tacón; Don Manuel, el cura que no quería ser cura; o Tío Rosendo, de cuyas teorías hemos sabido extraer lección: somos el envés de lo que creemos ser, salvo que sepamos capturar nuestro instante. A mí, ahora, mi instante me dice que me corresponde callar. Callar y callar. Callaremos.

FRC

jueves, 13 de noviembre de 2014

PRÓLOGO A CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA, Santiago Gamboa

PRÓLOGO



  
   Hace un par de años, en su casa de Bogotá, al frente del Parque de la 88, le pregunté a García Márquez si nunca había sentido la tentación de escribir una novela negra. «Ya la escribí -me dijo-, es Crónica de una muerte anunciada.» Afuera, sobre el césped verde, amos y perros daban el paseo del mediodía bajo un sol radiante, raro en Bogotá para el mes de febrero. «Lo que sucede es que yo no quise que el lector empezara por el final para ver si se cometía el crimen o no -continuó diciendo-, así que decidí ponerlo en la frase inicial del libro.» Era la primera vez que veía a García Márquez. Yo había aprendido a amar la literatura por haber leído, entre otras cosas, sus novelas. Estaba muy emocionado escuchándolo. «De este modo agregó- la gente descansa de la intriga y puede dedicarse a leer con calma qué fine lo que pasó. » Dicho esto enumeró una larga serie de historias de género negro en la literatura y concluyó que su preferida era Edipo Rey, de Sófocles: «Porque al final uno descubre que el detective y el asesino son la misma persona». A García Márquez le gusta hablar de literatura. Quedan pocos escritores a los que les guste hablar de literatura.
   Pero Crónica de una muerte anunciada es, sobre todo, una exacta y eficaz pieza de relojería. Los hechos que rodean la muerte de Santiago Nasar, en la madrugada siguiente al fallido matrimonio de Bayardo San Román con Ángela Vicario, van siendo reconstruidos uno a uno por el narrador, agregando cada vez, con los testimonios de los protagonistas, la información necesaria para que el muro se levante en equilibrio, la curiosidad del lector quede azuzada y se forme una ambiciosa historia coral, nutrida de múltiples voces. Las voces de todos aquellos que, años después, recuerdan, confiesan u ocultan algún detalle nuevo del crimen, algún matiz que completa la tragedia. Porque al fin y al cabo Crónica de una muerte anunciada es también una tragedia moderna. Los personajes son empujados a la acción por fuerzas que no controlan. Los hermanos Vicario, los asesinos, se ven obligados a cumplir un destino, que es el de lavar la honra de su hermana, matando a Santiago Nasar. Pero ninguno de los dos quiere hacerlo, y, como dice el narrador, «hicieron mucho más de lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo consiguieron». El coronel Aponte, el alcalde, alertado por las voces, los desarma; pero es inútil, pues es demasiado temprano y los hermanos tienen tiempo de reponer con desgano los cuchillos. Clotilde Armenta, la propietaria de la tienda donde los Vicario esperan el amanecer, llega incluso a sentir lástima por ellos y le suplica al alcalde que los detenga, «para librar a esos pobres muchachos del horrible compromiso que les ha caído encima». Algo más fuerte que la voluntad de los hombres mueve los hilos. Los vecinos de la familia Nasar, y en realidad todo el pueblo, saben que Santiago va a ser asesinado e intentan avisarle, pero ninguna de las estafetas llega a su destino. Deslizan por debajo de la puerta una nota que nadie ve. Se envían razones con pordioseros que llegan tarde, y muchos, al ver que es una muerte tan anunciada, no hacen nada simplemente porque no les parece posible que el propio Nasar o su madre no lo sepan ya y no hayan previsto algo para evitarlo. La madre del narrador es una de las que sí cree que debe hacer algo, y entonces se viste para salir a alertar a la mamá de Santiago Nasar; pero antes tiene esta extraordinaria conversación con su marido, quien le
pregunta adónde va:

   —A prevenir a mi comadre Plácida —contestó ella—. No es justo que todo el mundo sepa que le van a matar el hijo, y que ella sea la única que no lo sabe.
   —Tenemos tantos vínculos con ella como con los Vicario —dijo mi padre.
   —Hay que estar siempre del lado del muerto —dijo ella.

   Pero cuando sale a la calle le dicen que ya lo mataron. Y así, todos los que quieren prevenir la muerte son cuidadosamente apartados: sus mensajes no llegan. En realidad, el único en todo el pueblo que no sabe del crimen es la propia víctima, perdido entre otras cosas por el cambio en los hábitos diarios que supone, muy de mañana, la visita de un obispo que ni siquiera puso el pie en el puerto y que los bendijo desde el barco, alejándose entre resoplidos de vapor. Si en esas lejanías del Trópico se castigara como delito la «no asistencia a persona en peligro», habría que meter a la cárcel a todo el pueblo, incluidos el cura y el alcalde. Crónica de una muerte anunciada es, por lo demás, una joya rara en la obra de García Márquez, pues es él mismo quien relata la historia en primera persona. El «yo» inquietante que desde el principio reconstruye los hechos se va reconociendo en el autor hasta descubrirse del todo, pues dice: «Muchos sabían que en la inconsciencia de la parranda le propuse a Mercedes Barcha que se casara conmigo, cuando apenas había terminado la escuela primaria, tal como ella misma me lo recordó cuando nos casamos catorce años después». Mercedes Barcha es la «Gaba», así le dicen sus más íntimos amigos. De este modo el título del libro se acaba de llenar de sentido: no sólo es una muerte anunciada, sino que además se trata de una crónica, en el mejor estilo periodístico. García Márquez, el cronista, cita las fuentes de cada información precisando el origen, sin que nada quede al azar de la imaginación. Y es aquí en donde el libro adquiere su máxima precisión de relojería suiza. Las fronteras de la crónica periodística y de la literatura se disuelven y ningún dato queda suelto, nada de lo narrado aparece sin una previa justificación. La costa atlántica colombiana, por los años en que se publicó esta novela, era aún vista desde la capital del país como algo remoto, y en esa mirada había ínfulas de superioridad y de arrogancia justificadas sólo por el hecho de que en Bogotá estaban los edificios grecorromanos del Capitolio y el Palacio Presidencial. Esa costa, y lo costeño -llamado despectivamente «corroncho» por los del interior-, con su mezcla de tradiciones caribes, hispanas, negras y árabes, era acusada de ser la madre de todos los vicios, la república de la pereza, de la corrupción, del nepotismo, del machismo y del trago, de la irresponsabilidad, en fin, de todo lo negativo, mientras que Bogotá, con su rancia aristocracia, se consideraba a sí misma la Atenas de América, la cuna de la cultura y la elegancia, el Londres de los Andes. Pero hoy al cabo de dos décadas, la cultura de esa proscrita costa atlántica, en la que se inscribe este libro y casi toda la obra de García Márquez, es una de las pocas cosas que a los colombianos nos permite paliar las vergüenzas que ocasionan, en la acartonada capital, esos dos presuntuosos edificios grecorromanos. No recuerdo cuándo leí por primera vez esta Crónica de una muerte anunciada, pero sé que fue en Bogotá, hace ya más de quince años, recuerdo, eso sí, el extraño y sobrecogedor efecto que me llevó a desear, en cada página, que alguien detuviera a los hermanos Vicario, que se evitara esa muerte absurda que los condenaba a todos. Pero la muerte ya estaba anunciada; y aún hoy, al releerlo, vuelvo a sentir que es posible, en medio de la tragedia, que los cuchillos no alcancen a Santiago, que alguno de los mensajeros llegue a tiempo y él escape, que la puerta de su casa se abra. Y no sucede. Santiago Nasar vuelve a morir. Me pregunto si los lectores de este libro, dentro de doscientos o trescientos años, desearán lo mismo al leer sus páginas. Quizás sí. Lo que es seguro es que Santiago Nasar y su muerte anunciada serán en ese entonces una de las pocas cosas de nuestra época que aún estarán vivas.


Santiago Gamboa


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Crónica de una muerte anunciada, Bibliotex, Madrid, 2001.

martes, 7 de octubre de 2014

SOBRE JORGE LUIS BORGES, René Magritte & Luis Buñuel

 

   Ayer tarde y hoy leí algunas páginas de Borges. Mi primera impresión no ha cambiado:
es un tipo de ingenio que no me gusta. Compruebo que «manipula» muchas ideas pero no retengo ninguna. («Manipula» como esos charlatanes fáciles e indiferentes; no del todo indiferentes pues un pesado aburrimiento resulta de todo ello). Concedo que crea ilusión, que engaña con falsas razones y que simula hablar como una «persona honrada», pero a pesar del falso brillo de sus discursos tengo a Borges por un gilipollas instruido...

René Magritte, 1957


   Entre todos los ciegos del mundo, hay uno que me gusta poco, Jorge Luis Borges. Es evidente que es un buen escritor pero el mundo está lleno de buenos escritores. Además, yo no respeto a nadie porque sea un buen escritor. Se precisan otras cualidades Y Jorge Luis Borges, con quien me encontré dos o tres veces hace sesenta años, me parece bastante presuntuoso y adorador de sí mismo. Encuentro algo doctorales y exhibicionistas todas sus declaraciones (sienta cátedra, se dice en español). No me gusta el tono reaccionario de algunas de sus ideas, ni su desprecio a España. Buen conversador, como muchos ciegos, el premio Nobel retorna como una obsesión en sus respuestas a los periodistas. Está claro que sueña con él.

Luis Buñuel, 1982


ÁNGEL PARIENTE, Repertorio de ideas del Surrealismo (1919-1970), Pepitas de Calabaza, Logroño, 2014, p. 43.
&
Isabel Reitemeyer

domingo, 28 de septiembre de 2014

SOBRE PLENILUNIO, Andrés Soria Olmedo

We shall not cease from exploration
And the end of all our exploring
Will be to arrive where we started
And knew the place for the first time.

(T. S.  ELIOT)

   En el mismo artículo de 1990 donde se reflexionaba sobre la «pintura de la verdad» (Las apariencias) se preludia la poética sobre la que se monta Plenilunio (Madrid, Alfaguara, 1997); en ella se reafirma la imagen del viajero curioso, impelido a descifrar las correspondencias entre la apariencia y la verdad, a indagar en el mundo inmediato:
   «La ciudad, el mundo, la casa donde vivimos, es una galería de miradas, igual que esas estancias por donde caminamos mirando las figuras de Velázquez, un bosque de infatigables apariencias y símbolos, y es una vocación solitaria de conocimiento y viaje lo que lo impulsa a uno a mirar sin descanso ya vivir atrapado en las miradas de otros, a inventar al que mira sabiendo con desasosiego que tal vez, al mismo tiempo, está siendo inventado por él.»
   Líneas más abajo confiesa:
  «Miro para saber, pero las apariencias engañan, tal vez con más eficacia que la imaginación y el recuerdo.» (pág. 27)
   Como delata la cita semiescondida de Baudelaire («L’homme y passe á travers des fôrets de symboles»), Muñoz Molina regresa —si es que la ha abandonado alguna vez— a la figura del flâneur que estructuraba El Robinson urbano. Esa figura ha surcado Beatus Ille [1], pero ahora se instala en el centro de la fabulación.
   Igual que en lo relativo a la poética de los nombres, importa poner de manifiesto la seguridad y coherencia con que Antonio Muñoz se inserta en esa genealogía. El flâneur (el caminante por la ciudad sin rumbo fijo) actualiza la figura del curioso, con la que se relaciona el nacimiento de la novela moderna (en el momento, ejemplar en la prosa de Galileo, en que la curiositas deja de identificarse con la cupiditas diabólica, condenada por la tradición agustiniana [2] y se asocia con Baudelaire y su renuncia a la comprensión romántica de la naturaleza (el flâneur no es el Wanderer campestre que todavía representa un Machado: «Yo voy soñando caminos / de la tarde»), lo cual desemboca en París, esto es, en la metrópoli y en la modernidad (la tarea heroica del artista moderno es enfrentarse con la paradójica «memoria del presente»).
   Al flâneur, afirma Walter Benjamin, «la ciudad le sale al encuentro en sus polos dialécticos. Se le abre como paisaje, lo rodea como una habitación».[3] En otro lugar se detiene Benjamin en la literatura que surge de este encuentro del escritor y la ciudad: primero las «fisiologías» del costumbrismo romántico y más adelante, con un futuro más prometedor, «la literatura que se atiene a los lados inquietantes y amenazadores de la vida urbana»: la literatura detectivesca, que conserva como rasgo definitorio lo que denomina «la mirada fisionómica».
   Dado que a juicio de Simmel, a quien cita, «es característico de la sociología de la gran ciudad la preponderancia expresa de la actividad de los ojos sobre la del oído», el flâneur, paseante ocioso, puede desdoblarse en vigilante y sospechoso, en perseguidor y perseguido. Sobre esa base se escribieron libros como Les Mystères de Paris, de Sue y Mohicans de Paris, de Dumas, ya menos ingenuos que las «fisiologías», así como El misterio de Marie Rogêt de Poe (traducido por Baudelaire), uno de los relatos fundacionales de la literatura policial moderna, a propósito del cual concluye Benjamin: «El contenido social originario de las historias detectivescas es la difuminación de las huellas de cada uno en la multitud de la gran ciudad» [4].
   Es hora ya de abrir Plenilunio:
   «De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada. Vivía nada más que para esa tarea, aunque intentara hacer otras cosas o fingiera que las hacía, sólo miraba, espiaba los ojos de la gente, las caras de los desconocidos, de los camareros de los bares y los dependientes de las tiendas, las caras y las miradas de los detenidos en las fichas. El inspector buscaba la mirada de alguien que había visto algo demasiado monstruoso para ser suavizado o desdibujado por el olvido, unos ojos en los que tenía que perdurar algún rasgo o alguna consecuencia del crimen, unas pupilas en las que pudiera descubrirse la culpa sin vacilación, tan sólo escrutándolas, igual que reconocen los médicos los signos de una enfermedad acercándoles una linterna diminuta. Se lo había dicho el padre Orduña, “busca sus ojos”, y lo había mirado tan fijo que el inspector se estremeció ligeramente, casi como mucho tiempo atrás, aquellos ojos pequeños, miopes, fatigados, adivinadores, que lo reconocieron en cuanto él apareció en la Residencia, tan instantáneamente como él mismo, el inspector, debería reconocer al individuo a quien buscaba, o como el padre Orduña había reconocido en él hacía muchos años el desamparo, el rencor, la vergüenza y el hambre, incluso el odio, su odio constante y secreto al internado y a todo lo que había en él, y también al mundo exterior.» (pág. 10)
   Tras esta larga cita es hora, también, de atar cabos. Esa ciudad atravesada por la mirada fisonómica de un inspector y un sacerdote, por el reconocimiento y el desconocimiento, no es París, ni el Londres del alucinado De Quincey: es Mágina. En relación con las otras novelas, ésta se puede situar idealmente como tercer batiente de una trilogía, tras Beatus Ille y El jinete polaco. Es una Mágina del presente, de parques desafectos (los «jardines devastados» de la Cava ya eran contemplados por Manuel en El jinete polaco), habitados por la basura —«cascos rotos de litronas, cartones de vino malo y de zumo de piña» (pág. 19)—, una ciudad de interiores desvencijados —un colegio donde «todo estaba gastado y maltratado, reciente y ya decrépito» (pág. 56), una casa de pobres donde «el mango del abridor de la cerveza tenía forma de concha de peregrino y servía a la vez de cenicero: Recuerdo de Compostela (pág. 157)»—. Una Mágina donde La Isla de Cuba de Beatus Ille ha terminado por convertirse en un hotel («Mire la ciudad, cómo se ve desde aquí. Ella sí que parece una isla... Vio la colina oscura, la línea de la muralla, las luces remotas de los miradores, y le pareció por un instante que estaba viendo una ciudad a la que no había ido nunca, o a la que nunca había llegado a regresar», pág. 194).
   En efecto, el inspector que protagoniza el libro regresa a Mágina, como Minaya. Por otro lado, esta novela comparte con Beltenebros la estructura detectivesca, las duplicaciones y el tema de la opacidad de la mirada. Sin embargo, ahora el que persigue es un inspector de policía sin nombre y el perseguido, también sin nombre, el asesino y violador de una niña que acaba por volver al lugar del crimen. La penetración y la opacidad de las miradas ya no aparece envuelta en oscuridad escenográfica, sino a la luz del día, en la vida corriente.
  En efecto, la novedad principal consiste en la reducción y la proximidad de los materiales. El núcleo argumental está basado en un hecho real y documentado con informaciones judiciales y policiales [6]. Los personajes, además del inspector y el asesino son un sacerdote viejo, un forense, una maestra, dos niñas; todo cercano, cotidiano, inmediato.
  Y sin embargo, en cierto sentido esta novela tiene una especial complejidad e intensidad. Ortega decía que las buenas novelas obligan al lector a «apueblarse» en la «provincia» imaginaria que le presenta, haciendo de él, según glosa un maestro de ahora, «un sonámbulo muy lúcido entre la generosa plenitud de los detalles cotidianos, ante esa síntesis de nimiedades que es siempre nuestra vida», si es que el novelista ha sido capaz de construirle «un recinto hermético» que impida la añoranza de la realidad exterior porque constituye una perspectiva, un punto de vista irreductible a una imagen ubicua y absoluta y por eso mismo capaz de dar cuenta de una «fenomenología de lo múltiple», de una idea de lo real que se integra con lo posible «y da lugar a un contexto abierto de cosas y fenómenos, a un mundo que se hace espacio y atmósfera, situación emotiva, con la inquietud de una mímesis reflexiva y problemática precisamente por ser exacta».
   Un modo eficaz de calibrar este efecto de intensidad lograda con los materiales más inmediatos es fijarse en cómo se configura aquí la écfrasis de lo visual, que atraviesa toda la obra del autor, como hemos visto. En ese sentido, la línea de continuidad se establece con El jinete polaco, puesto que el arte visual que aquí se representa es sobre todo la fotografía, junto con la televisión y el vídeo. Como corresponde a la narración de un suceso del presente, la televisión invade la escena del crimen, la casa de la víctima, la intimidad de sus padres, en un rápido asedio tan súbito como el olvido que sobreviene una vez que se han consumido las imágenes (incluidas las fotos de la niña asesinada y el inspector). Además de esta presencia, más previsible y sociológica, el humilde vídeo doméstico de la primera comunión de la niña añade una dolorosa persistencia a «las imágenes malas, en colores vulgares, la cámara oscilante y los gritos y el ruido de platos y de música, la fila de niños y niñas acercándose a recibir la comunión, y ella de repente, destacándose ahora, como elegida por la desgracia, con su vestido blanco y su diadema, su cara morena y risueña, las manos juntas bajo la barbilla, los ojos que el inspector no asociaba ahora con los que había visto en el terraplén, igual que no parecía que la cara fuese la misma» (pág. 37).
   Pero ante todo es la propia fotografía la que figura en la texto: las fotografías caseras y las atroces fotografías forenses, las fotos de los delincuentes y las fotos de los terroristas, las fotos infantiles de los expedientes escolares, entre ellas la del inspector:
   «En casa de Fátima había visto docenas de fotos de la niña muerta, tomadas casi desde el mismo momento en que nació, una cara roja, el pelo tieso y aplastado, los ojos cerrados, una mueca de llanto en la boca. En la penumbra agobiante del piso donde ahora el televisor permanecía funerariamente apagado el padre y la madre de Fátima le mostraron como un copioso tesoro los vídeos y las fotos en color de la niña, fotos de cumpleaños, de bailes de disfraces, de fiestas de fin de curso, de comunión, grandes fotos enmarcadas en el salón, colgadas en la pared o dispuestas en las estanterías, sobre el televisor, como en una capilla, un catálogo inagotable que no restituía la presencia ni aliviaba el dolor, que lo poblaba todo de fantasmas patéticos y sucesivos, ahora alineados en dirección al final, episodios necesarios hacia el cumplimiento del destino: hacia las últimas fotos en blanco y negro, las que tomó Ferreras y no había visto nadie más que ellos dos.
»Pero la cara de su foto infantil no le pareció del todo la de alguien dotado de una exacta identidad. No veía la cara de un niño con nombre y apellidos, con rasgos distintos a los de cualquier otro, sino una efigie más bien abstracta, como la de una moneda, una cara de época, de un cierto tiempo y de una condición social, el pelo cortado al cero, la expresión asustada, las orejas grandes, la camisa sin cuello, con los bordes gastados, abrochada hasta el último botón. Ni siquiera en el miedo que agrandaba los ojos había nada personal: era el miedo infantil a los procedimientos y a la autoridad de los extraños, el susto y la sorpresa del flash.» (pág. 123)
   A diferencia de las fotos de Ramiro Retratista, que en cierto modo pertenecen a la estirpe de los primeros fotógrafos (la técnica de don Hugo Zenner procedía casi de Nadar) en cuya obra, dispuesta para durar —con la escenografía del estudio, palmeras y columnas, con el expediente añejo del retrato oval— aún veía Walter Benjamin la presencia del aura, un médium que confería «plenitud y seguridad» a la mirada que las atraviesa, en las fotos de Plenilunio, desde los colores chillones del kitsch [8] hasta el crudo naturalismo técnico del blanco y negro judicial y los rostros repetidos en las fotos antropométricas, se esconde en cambio la «tristeza sin riberas» que Benjamin veía surgir de los ojos de una foto de Kafka niño, como signo inaugural de la fotografía posterior (de Atget a los surrealistas) caracterizada por desprender el objeto de su aura. Comentando una colección de rostros de August Sander que en su opinión podía compararse «con la poderosa galería fisonómica que han abierto un Eisenstein o un Pudovkin», hace notar que, teniendo en cuenta las recientes mutaciones del poder (escribe en 1931) no hay más remedio que acostumbrarse a ser mirado a la cara, para saber de dónde venimos, y a mirar a los otros a la cara, con el mismo fin. En los términos de Barthes, no cabe tanto captar la magia de la realidad pasada, como ocurría en El jinete polaco, cuanto aceptar la violencia de una imagen que rellena la visión a la fuerza, y el sentimiento de luto derivado de la evidencia de lo que estaba allí, en el lugar de la foto.
   La fotografía, en consecuencia, enlaza directamente con el triple motivo de la mirada, la búsqueda y el secreto. De ahí que la representación verbal de lo visual o la reflexión sobre las imágenes se integre en la andadura narrativa sin remansarla en islores descriptivos o poemas en prosa.
   Eso ocurre porque el procedimiento para conseguir este intenso efecto de cercanía y verdad es también nuevo en el taller del novelista. Por primera vez escribe en tercera persona, sin recurrir a un narrador interpuesto (Inés en Beatus, El invierno en Lisboa, el mancebo de botica en Los misterios) y sin emplear los privilegios del narrador omnisciente, «onettiano» si se quiere, de novelas anteriores. Si hacemos caso a la recomendación de Elvira Lindo, encontraremos que una vez más el Muñoz Molina lector nos ha ofrecido la pista literaria que le ha servido de estímulo. En una alegre bienvenida a la nueva traducción reciente de Simenon comenta su empleo de la tercera persona, que sitúa las acciones y pensamientos de Maigret «en un espacio intermedio, siguiendo siempre al comisario pero sin acceder del todo a sus pensamientos, acentuando la distancia o la proximidad y compartiendo menos sus certezas que sus perplejidades». [10]
   La puesta en práctica de este procedimiento, el más clásico, alcanza en Plenilunio una brillante amplitud y variedad de registros, que se hacen patentes en el diáfano encadenamiento —muy lejos de la mera superposición— de los treinta y tres capítulos de este extenso volumen, lo cual permite el avance de varias líneas narrativas simultáneas, cada una de las cuales se entrevera con las demás sin perder su consistencia propia, en torno al eje brutal del asesinato y violación de la niña Fátima y el intento de asesinato de otra, en tres meses escandidos por la luna que trastorna al asesino y sirve para atraparlo: la trama del criminal y el detective, tan previsible como inexorable; el drama de soledad y miedo del inspector, policía de la Brigada Social durante el franquismo, casado con una enferma mental y trasladado a Mágina tras ser amenazado en Bilbao; el reconocimiento de sus orígenes (es hijo de un republicano) guiado por el padre Orduña, que ha sido sucesivamente alférez provisional, jesuíta y cura rojo; su redención posible por el amor de la maestra Susana Grey, separada de un progre y madre de un adolescente, su persecución —convertido en víctima—por los terroristas.
   Internamente, la novela puede subdividirse en tres núcleos: 1-12, presentación de los personajes, 13-23, andanzas del asesino e historia de amor, 24-33, peripecia de la segunda niña y de la historia de amor y final.
   A su vez, cada capítulo suele estar focalizado en un personaje, y formar una serie que se entrelaza con otra focalizada en otro: así el inspector domina en los capítulos 1, 3, 7, 9, 11, 19, 26, 31, el padre Orduña en el 2, 6, 10, 26, el asesino en el 12, 15, 17, 20, 22, en contrapunto con el progreso de la historia amorosa (1.3, 16, 18, 21, 23). Incluso en el interior de algún capítulo (2, 8, 21) se observa una estructura circular (presente, retrospección, presente).
   En el primer núcleo es donde se presenta el motivo central de la búsqueda, a través de la mirada fisonómica que ya se ha comentado, dispuesta como una dialéctica en espiral: el inspector intenta leer en la mirada del asesino, en el secreto de la vida de la gente («Quién camina de noche o de día por la ciudad sin esconder un secreto», pág. 32), pero es transparente a los ojos del viejo sacerdote que conoce su origen y a su vez, pero en sentido inverso, ha sido traidor al suyo propio; interrogador por oficio, acaba confesándose; perseguidor, termina acechado y alcanzado por los terroristas. (Como Minaya y como don Mercurio aparece en Mágina huyendo de algo [11], como Darman es perseguido por quienes creen poseer la verdad cuando ya duda de ella.)
   Pero esta fábula se desprende de la narración pormenorizada de la violación y la muerte de la niña Fátima, reconstruyendo su breve vida corriente de niña aplicada y responsable, conociendo a su familia, a su madre y a su maestra, Susana Grey, un personaje que para los lectores de Muñoz Molina tiene cierto aire familiar: recuerda a Inés, a Minaya, a Manuel, por su deseo de huir de Mágina y del fantasma de un ex marido «iluminado y ambicioso», por su deseo de instruirse, de leer, de alimentarse de música (tiene unos gustos muy determinados: Serrat, Ella Fitzgerald, Paul Simon, Samuel Barber); por su deseo de ser otra, o de llegar a ser quien es, un deseo que contagiará al inspector.
   También Ferreras, el médico forense de «cazadora, botas y casco» y lector de Albert Camus, está en línea con los otros médicos de Muñoz Molina, Medina, don Mercurio, simpáticos, algo escépticos, apegados a los hechos. En cierto modo, se complementa con el padre Orduña («busca sus ojos»), pues se encarga de interrogar el atroz espejo de los cuerpos, los terribles indicios materiales, pelos, uñas, semen, colillas, sangre, de construir el retrato robot del asesino, los miembros dispersos previos a su presencia en la novela.
   En efecto, la novedad más sobresaliente de la parte central del libro la constituye la presencia oral del asesino. Sin impostar la voz autorial ni quedarse en la descripción externa del comportamiento, un poco como en los monólogos del retrasado Benjy en El sonido y la furia, de Faulkner, el narrador se ha ido aproximando hasta confundir su voz con la del personaje e inventar la confusa conciencia soez de un pescadero lumpen y masturbardor, rencoroso contra sus padres, contra el mundo, un criminal y un cínico infeliz cuyos motivos para violar y asesinar quedan incognoscibles:
   «Hay que joderse: un chiquillo. Miran a un tío que ha hecho la mili voluntario en Regulares, capaz de trabajar más horas que un reloj y de tirarse a una tía y de beberse tres copas de anís seco sin que le fallen luego las fuerzas ni le tiemble la mano, y lo que ven es un chiquillo, todos ellos, madres y vecinas, tías, abuelas, parroquianas.» (pág. 207)
   Algunas de esas páginas pasarán de inmediato a la antología de la mejor prosa en español de este siglo, como el fragmento sobre las manos del asesino, que son las manos de un pescadero y las manos de Macbeth:
   «Las manos limpias, las manos blandas de tanta humedad, las manos rojas del trabajo y del frío, las manos con dedos grandes, con uñas cuarteadas, de filos ásperos y córneos, las uñas siempre con un borde negro, a pesar del jabón y del agua caliente, de los chorros de agua hirviente o helada bajo las cuales se ahuecan y frotan las manos tan rojas, con una humedad de carne cruda, con una palidez de manos enfermas que no se corresponden con su tamaño ni con la fuerza de acero de sus dedos, acostumbrados a apretar, a arrancar cosas, a clavarse como garfios en los escamosos vientres abiertos para extraer en un solo movimiento rápido las vísceras: manos rápidas, expertas, eficaces y crueles [...], son manos más fuertes que las de cualquiera de esos afeminados que tienen sueldos fijos y no madrugan y pueden permitirse el lujo de ponerse malos o de ir a la huelga, entre el pulgar y el índice puede aplastar sin la menor dificultad la chapa de un refresco o partir la cáscara de una nuez... » (pág. 261)
   Con todo, esos capítulos son sólo los más conspicuos de un conjunto: otras veces se alterna el plano informe escrito en que los etarras enuncian los movimientos y costumbres del inspector con el «monólogo citado» de Ferreras, cargado de perplejidad y de evidencias (capítulo 14), o se destina un capítulo a registrar, en presente y con ritmo frenético las sensaciones de la niña Paula mientras recobra la conciencia tras ser atacada (capítulo 24), o la lengua hablada de una confesión (capítulo 26). El resultado final de este despliegue de registros y ritmos, que hará las delicias de los narratólogos, es que la novela vuelve a presentarnos el reino de las voces, en un sentido diferente al de El jinete polaco.
   En cuanto a la historia de amor, Plenilunio comparte con El jinete polaco y con Beatus Ille el logro de la plenitud. En la primera el amor aparecía en sus comienzos, era una promesa y un regalo del Demiurgo Jacinto Solana a dos jóvenes; en la segunda era el centro, la culminación, el fin y el principio de la narración; ahora los amantes, de mediana edad, se aferran a su amor como posibilidad, más costosa, más limitada, pero también más verosímil en sus circunstancias. De ahí la emoción del erotismo contenido, la trabazón de su posibilidad de éxito con el aprendizaje y la reeducación moral del inspector (que corre a cargo de las mujeres, la niña muerta Fátima, la niña superviviente Paula, la maestra Susana Grey), y la gratitud del lector al concedérsele, en las últimas líneas, que el inspector no haya muerto.
   Sólo la lectura íntegra permite apreciar la intensidad de esta interrogación apasionada sobre el secreto de las vidas humanas, un secreto que las miradas, omnipresentes en el libro, no aciertan a desentrañar por completo. Las otras vidas terminan por ser impenetrables. El joven de provincias, que ya no es joven, sólo conserva la voluntad descarnada de indagar, aunque sea para constatar la capacidad de engaño y ocultación de todos y hacerse sensible a la crueldad y la indefensión. Plenilunio es una novela sobre los límites y una novela de los límites. De ahí el desacierto de considerar el libro como producto de un «blando maniqueísmo» o de un designio «moralizador». Si hay una moraleja, la enuncia el padre Orduña en la parte final: [12]
   «En qué laberintos se extraviaban los sentimientos de los hombres y de las mujeres, en virtud de qué ley se convertían alternativamente en ángeles y ejecutores, en verdugos y víctimas los unos de los otros, monótonamente, sin aprendizaje ni descanso, sin que les sirviera de nada la experiencia del dolor ni los desalentara nunca por completo la repetición del fracaso.» (pág. 452)
   Ciertos viajeros del siglo XVIII llamaban «cristales de Lorena», en homenaje al paisajista Claude Lorrain, a unos anteojos cuadrados y tintados de rosa que les servían para mirar la naturaleza con los ojos del arte. Con Justo Navarro puede decirse: «Creo que Muñoz Molina es ya más que un escritor: es una manera de mirar, una manera de escribir» [13].

ANDRÉS SORIA OLMEDO, Una indagación incesante: la obra de Anonio Muñoz Molina, Alfagura, Madrid, 1998, pp. 115-134. 

***
[1]. «Desde que llegó a Mágina, la conciencia de Minaya ha ido adelgazándose hasta quedar resumida en una mirada que averigua y desea, como un espía en un país extranjero que hubiese olvidado su identidad verdadera y lejana para no ser más que una pupila y una secreta cámara fotográfica.» (pág. 93)
[2]. Ezio Raimondi, «La experiencia, un “curioso” y la novela», en La dissimulazione romanzesca, Antropologia manzoniana, Bolonia, Ii Mulino, 1990, págs. 17-30. (Próxima publicación en El museo del discreto, traducción de M. Garrido Palazón y A.S.O, Madrid, 1999.)
[3]. «Ibm tritt dic Stadt in ibre dialektischen Pole auseinander. Sic eröffnet sich ibm als Landschaft, sic umschliesst ihn als Stube» («Die Wiederkehr des Flaneurs»), Angelus Novus, Ausgewählte Schriften 2, Frankfurt, Suhrkamp, 1988, pág. 417. Ver también Hans Robert Jauss, Las transformaciones de lo moderno. Estudios sobre las etapas de la modernidad estética, Madrid, Visor, 1995.
[4]. Todas las citas, de «El París del Segundo Imperio en Baudelaire», Iluminaciones / 2, trad. de Jesús Aguirre, Madrid, Taurus, 1972.
[5]. «Tal vez esto tenga su origen en una época de mi vida en Londres. Sea como fuere, ahora el rostro humano empezó a aparecer sobre las aguas agitadas del océano: el mar estaba pavimentado de rostros innumerables vueltos hacia el cielo: rostros implorantes, coléricos, desesperados, que surgían por millares, por miríadas, por generaciones, por siglos —mi agitación era infinita—, mi alma se hundía y se alzaba con el océano» (Confesiones de un inglés comedor de opio, Madrid, Alianza, 1984, pág. 96.)
[6]. En este punto, un punto de referencia y de diferencia puede situarse en A sangre fría, de Truman Capote, aunque también (por manifestación de AMM, que me la regaló) en una novela estupenda y reciente (1994) como Felicia’s Journey del irlandés William Trevor.
[7]. La última cita es de Ezio Raimondi, «Ortega, la novela, Manzoni», Revista de Occidente, n°168, Mayo de 1995 pág. 97, y glosa a J. Ortega y Gasset, «Ideas sobre la novela» en Ideas sobre el teatro y la novela, Madrid, Revista de Occidente, 1982, págs. 44-45.
[8]. «La foto de la comunión de Fátima estaba colgada encima del sofá, más llamativa por el ampuloso marco dorado y por los colores crudos sobre el papel que imitaba la trama y las irregularidades de un lienzo pintado al óleo. El vestido blanco de la niña, con sus encajes y gasas nupciales, la cara infantil con los ojos risueños y los dientes separados, vuelta a medias sobre un fondo que viraba del negro al azul eléctrico.» (pág. 157)
[9]. W. Benjamin, ~Angelus Novus
, cit., págs. 229-247. Roland Barthes, La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía [1980], Barcelona, Paidós, 1997. Y a lo registrado en la nota 60, añádase W.J.T. Mitchell, Iconology. Image, Text, Ideology, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 1986, págs. 168-172, y Martin Jay, Downcast Eyes. The Denigration of Vision in Twentierh Century French Thought, Berkeley / Los Angeles / Londres, University of CaliforniaPress, 1993. [10]. «Presencia de Maigret» El País, 19 de febrero de 1994.
[11]. Aunque Minaya bien pudo huir de él.
[12]. No es gratuito que se trate de un sacerdote. En los antecedentes de la «mirada fisonómica» de que habla Benjamin se encuentra la ética barroca del acecho y el secreto. El discreto, para Gracián (jesuita, como lo fue el padre Orduña), «Distingue luego entre realidades o apariencias, que la buena capacidad se ha de señorear de los objectos, no los objectos della, así en el conocer como en el querer. Hay zahoríes de entendimiento que miran por dentro las cosas, no paran en la superficie vulgar, no se satisfacen de la exterioridad, ni se pagan de todo aquello que reluce. Sírveles su inteligente critiquez de contraste para distinguir lo falso de lo verdadero» (El Discreto, ed. Aurora Egido, Madrid, Alianza, 1997, pág. 310).
[13]. «Ciudadano Ulises», Babelia (suplemento literario de El País, 19-XII-1995.