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martes, 15 de octubre de 2019

LECTURA, Felipe Benítez Reyes

LECTURA

   El encuentro de un lector cualquiera con un libro cualquiera resulta imprevisible: lo mismo le aburre que le cambia la vida. Entre un extremo y otro, caben todos los matices posibles, claro está: la indiferencia, la incomprensión, la repugnancia incluso, el disentimiento, el acuerdo o el espanto. En esa conjugación, el lector aporta la historia de su vida: sus ilusiones morales, sus dudas, sus temores, las reverberaciones insospechadas de su conciencia; el libro, por su parte, actúa como reactivo de todo eso, y el resultado del experimento quién lo sabe, ¿verdad? De ahí que el argentino Ricardo Piglia haya podido suponer que la lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos.
   Abre uno una novela y empiezan a ocurrir cosas: un muchacho amanece transformado en insecto, pongamos por caso, y ya es mala suerte, nos decimos, y sufrimos con él la fantasía de su metamorfosis; o un hombre memorioso e hipocondríaco muerde una magdalena y nota en el paladar toda la esencia del tiempo perdido, la niebla itinerante del pasado, y nos cuenta todo eso a lo largo de miles de páginas repletas de duquesas y de digresiones; o bien alguien se enrola como ballenero y acaba enfrentándose a un monstruo blanco. Abre uno una novela, en fin, y ya está dentro de la barraca de las grandes figuraciones. Y acecha el miedo allí, y el asombro, y las grandes epopeyas, y las pequeñas cosas, y está uno en otro sitio, deambulando por quién sabe dónde, hablando con desconocidos, y padece lo que ellos padecen, y goza lo que ellos gozan, y se desazona con las volutas de la intriga, y oye incluso el mar a través de las páginas que hablan del mar, y todo el ruido del mundo en la descripción de un mercado.
   Abres un libro y estás en el libro. Alguien te habla del alma inmortal para que cuides de ella y alguien procura hacerte reír para aligerarte el peso de las sombras del alma, sea inmortal o no, que eso viene a ser lo de menos mientras anda uno por aquí. Alguien te transporta a un castillo transilvano para mostrarte al vampiro Drácula, sediento de vida y sangre, y alguien te transporta al castillo de If para mostrarte al más triste de los cautivos. Alguien, con una voz que viene desde muy lejos, te narra las tribulaciones de los argonautas y alguien, con una voz de hoy, te cuenta una historia de hoy, y ambas voces te resultan nuevas, porque el tiempo de la ficción es una especie de milagro estático: lo que se contó una vez no deja jamás de suceder.
   Cuando entramos en una gran biblioteca, nos sobrecoge esa inmensidad de papel que soporta una inmensidad de conceptos, esa inmensidad de conceptos soportada por inmensidades de palabras, esas inmensidades de palabras que están hechas de combinaciones casi infinitas de letras, que por sí solas son nada. Y nos decimos: «Un mundo inabarcable», y es cierto, y sentimos la desazón propia del codicioso, pues quisiéramos acceder a la totalidad del secreto. Pero enseguida esa condición de mundo inabarcable se nos revela no sólo como ineludible, sino también como fascinadora: la literatura está obligada a imitar fragmentariamente la inmensidad del mundo para simular el reflejo total del mundo. Y ya todo se explica. (O casi).

FELIPE BENÍTEZ REYES, El intruso honoríficoFundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019, pp. 162-164.
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Ekaterina Panikanova

lunes, 17 de abril de 2017

CUCHILLO DE LICHTENBERG, Eduardo Berti

CUCHILLO DE LICHTENBERG

   Filósofo alemán (valga la redundancia), maestro de lo minúsculo, creador de aforismos geniales («Ya no se queman brujas, pero siempre es posible quemar una carta que dice alguna verdad incómoda»), Georg Christoph Lichtenberg fue además un inventor ocasional que soñó con un «balneario de aire» y un «cadalso con pararrayos». A la postre, sin embargo, no supo inventar nada mejor que un objeto genial y minúsculo como sus aforismos. Tan minúsculo que, paradójicamente invisible, lo describió como «un cuchillo sin filo al que le falta el mango».

EDUARDO BERTI & MONOBLOQUE, Breve catálogo de invenciones imaginarias, Impedimenta, Madrid, 2017, p. 142.
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Gernot Schwarz

viernes, 30 de diciembre de 2016

[UNA NOCHE CRISTALINA...], José Jiménez Lozano

   Día 30 de diciembre.
   
   Una noche cristalina, pura. «No hay una paz comparable a la quietud de las primeras noches frías del año», dice el narrador de La balada del café triste, de Carson McCullers, que he hojeado un rato. Es cierto. Shakespeare ya se dio cuenta, y lo dice en Hamlet. Los que vengan detrás de nosotros también se apercibirán de ello. Esa luna alta y melancólica seguirá acompañándolos.
  ¡Es tan corto el tiempo que tenemos para saciar nuestros ojos, siquiera con este silencioso esplendor de la noche! La vida es «sólo un cuarto de hora», decía Teresa de Ávila. Sólo un cuarto de hora: ¡un tiempo tan breve!



JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Segundo abecedario, Anthropos, Barcelona, 1992, p. 207.

lunes, 5 de diciembre de 2016

[LA AMISTAD...], Pascal Quinard

   La amistad –más o menos como el odio– es una imantación irresistible que atrae hacia lo que se ignora. Por ella, se tiene la impresión de que uno va a ser introducido en un mundo que escapa a este que pateamos. Este mundo nos llena más de excitación que de miedo. Estos sentimientos, al prolongarse, llenan de pasión todo cuanto vivimos. Es por ello que puede decirse: existe la orientación en el mundo sublunar. En los tiempos de Pierre Nicole se decía: es el Monomotapa. Existen pedazos de hierro que agrupan y amontonan a su alrededor las limaduras que se esparcen en su proximidad. Este hombre era uno de esos pedazos de hierro. Copos de cobre caían de su mano alrededor de la plancha y atraían la luz a medida que se desplegaban o se enrollaban sobre sí mismos. El grabado era esta limalla blanca que se volvía tan oscura y tan desordenada sobre la página.
   El amor, la amistad, las obras que se componen: de pronto, un fragmento de acero imanta mil fragmentos de todo lo que nos rodea y que está disperso. Es el ajuste extraño del coito, es la cristalización de los cristales, o de los peces que se mineralizan, el cielo, el tiempo: todo se polariza y forma relato de repente. La pasión no es más que una inmensa novela cuchicheada entre dos, de una exclusividad feroz, de la que está prohibida cualquier tirada y en la cual todos los recuerdos y todos los acontecimientos del día y del pasado confluyen. Me gustan los choques de las olas de la tempestad que regresan de modo infatigable sobre las rocas negras que las desgarran. Es una oscuridad que brilla.

PASCAL QUINARD, Pequeños tratados, Sexto Piso, Madrid, 2016, pp. 26-27.
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Herbert List 

martes, 19 de julio de 2016

SOBRE FALTAR A CLASE, Miguel D'ors

   Desde hace algunos, años vengo coleccionando las expresio­nes que en los distintos idiomas designan la acción de dejar de asistir voluntariamente a la escuela o el colegio: en español común de España a eso le llamamos hacer novillos o fumarse la clase. Hay además, algunas formas regionales: en Castilla, hacer pellas; en Navarra, hacer calva, hacer borota y también hacer pella; en Granada, hacer rabona; en Lucena, y no sé si en algún otro punto de la provincia de Córdoba, hacer falla; en Aragón, hacer pirola o —especialmente en Huesca— picarse la clase. En gallego, con asombrosa concisión, se usa un verbo específico: latar; en catalán, se usa tanto la expresión fer rodó, es decir, ‘hacer redondo’, como fer campana; y los vascos dicen piper egin, que significa ‘hacer pimientos’. Los argentinos, no contentos con hacerse la rabona, hablan tam­bién de hacerse la rata, los colombianos y peruanos de volar­se de clase, y Alfonso Reyes, a quien también le interesó este tema, nos hizo saber en La experiencia literaria que los mejicanos del distrito federal llaman a eso irse de pinta o pintar venado ("deliciosa expresión que hace pensar en los dibujos rupestres", agrega el maestro), mientras que los de Monterrey dicen cuajarla o irse de cuaja.
   En Francia y en el Canadá francófono, la expresión habi­tual es faire l’école buissonière, literalmente ‘hacer la escuela matorralosa’, aunque en los últimos tiempos parece que en Francia se prefiere secher le cours, ‘secar la clase’. En el Norte de Italia, andare in marina, irse a la marina’, o biggiare, y en otras zonas de Italia, marinare la scuola, y también fare vela, ‘hacer vela’, o fare sega, ‘hacer sierra’. Se nota que los italianos son gente festiva y de aire libre. En Alemania, bien blau machen (‘hacer azul’), bien schwänzen o bummeln, que signi­fica ‘colear’, aunque en el Sur de Alemania se dice también stemmen. En Inglaterra, esa misma acción se indica con to play truand. En danés, pjakke. En ruso, progulivat, que viene a ser ‘pasar’; en croata, smuginuti sa casova, pobeci sa casova —ambos modismos significan ‘escaparse de las clases’— o bri­sari sa casova ‘borrarse de las clases’. En rumano, a chiuli. Los checos dicen chodit za skolu, esto es ‘ir detrás de la escuela’, los eslovacos chodit po za skolu, que viene a ser lo mismo, y los polacos wagarowac o isc na wagary. En los Estados Unidos eso es to play hooky (‘jugar ganchudo’). En japonés se dice sa-bo-ru.
   Al parecer, todos los niños de todos los lugares del mundo se escapan de sus clases alguna vez, y no sólo esto, sino que han acuñado, para referirse a ese acto, expresiones que tienen en común su admirable sentido poético. El hecho de que indi­viduos muy alejados y desconocidos entre sí, y, además, espe­cialmente inocentes o primitivos, actúen del mismo modo en circunstancias semejantes prueba que esa entidad misteriosa llamada naturaleza humana, a pesar de todo, existe.

MIGUEL D'ORS, Virutas de taller, Los papeles del Sitio, Sevilla, 2008, 67-69.
&
André Kertész

miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA POESÍA Y LA PROSA, Michel Tournier

LA POESÍA Y LA PROSA

   Podemos imaginar dos tiendas contiguas, una de anticuario y otra de quincallero. La vitrina del quin­callero expone baterías de cacerolas de brillante aluminio con mangos de baquelita negra. Por muy deslumbrante que resulte esa vajilla, está claro que toda su vocación es la de servir. Su razón de ser es la cocina, con sus rudezas, el fuego, las salsas, las agre­siones del fregado. Son objetos de uso que sólo va­len por su utilidad, y que se gastan y luego se tiran a la basura y se sustituyen.
   El anticuario también expone cacerolas. Pero de cobre macizo, con la superficie finamente gravada por la mano de un artesano del siglo XVII. No pue­den ir al fuego. No sirven para nada. Son más ideas de cacerola que auténticas cacerolas.
   Lo mismo ocurre con las palabras, según las en­contremos en un texto en prosa o en poema.
   La razón de ser de la prosa es su eficacia. Dice Jean-Paul Sartre: «La prosa es utilitaria por esencia; yo definiría al prosista como un hombre que utiliza las pa­labras. Monsieur Jourdain hacía prosa para pedir sus pantuflas, y Hitler para declarar la guerra a Polonia.» Añadamos que ni uno ni otro dudaban de la eficacia de sus palabras. Monsieur Jourdain sabía muy bien que, después de que hubiera hablado, le traerían sus pantu­flas, y Hitler que sus divisiones invadirían efectiva­mente Polonia. En cuanto el efecto estaba conseguido, estas órdenes se volvían caducas y desaparecían ante su propia eficacia. Como las cacerolas del quincallero, la prosa se precipita hacia su propia destrucción.
   Muy distintas son las palabras de la poesía, que siempre aspiran a la eternidad. La métrica y la rima se justifican por sus virtudes mnemotécnicas. Pues la vocación del verso es la de ser aprendido de memoria y recitado en todo momento, eternamente.
   Paul Valéry reprodujo este diálogo entre el dibu­jante Degas y el poeta Mallarmé. «Tengo un montón de ideas en la cabeza—decía Degas—, yo también po­dría escribir poesía.» Y Mallarmé respondió: «Pero querido amigo, la poesía se hace con palabras, no con ideas.» Pues es la prosa la que parte de una idea. Monsieur Jourdain tiene primero la idea de ponerse las pantuflas, y Hitler de invadir Polonia. Después hablan de acuerdo con sus ideas.
   En poesía, la palabra viene primero. El poema es un encadenamiento de palabras según su sonoridad y según ciertos ritmos. Las ideas que vehiculan son se­cundarias. Siguen como pueden. «Comprender» la prosa es captar las ideas que la dirigen. «Compren­der» un poema es dejarse invadir por la inspiración que de él emana. La limpidez y la precisión, que son los valores de la prosa, en poesía ceden el paso a la emoción y a la fuerza evocadora. De ello se despren­de también que en la prosa siempre se pueden cam­biar las palabras—y especialmente traducir el texto a otra lengua—, con la condición de respetar la idea, mientras que un poema es siempre solidario de las palabras que lo componen, y no puede pasar de una lengua a otra. Un poema y su pretendida traducción a otra lengua son dos poemas con el mismo tema.
   Se puede expresar la misma idea utilizando los conceptos de fondo y forma. Diremos que en la prosa el fondo y la forma son fácilmente disociables, pues el mismo contenido puede traducirse de maneras distin­tas, mientras que en la poesía no puede distinguirse en­tre forma y fondo, pues la forma sirve también de fon­do y el fondo se confunde con una forma determinada.


Cita:

Cabría asombrarse de que los pensamientos profun­dos se encuentren en los escritos de los poetas más que en los de los filósofos. La razón de ello es que los poetas escriben con los medios del entusiasmo y la fuerza de la imaginación: hay en nosotros semillas de ciencia, como en el sílex, que los filósofos extraen con los medios de la razón, mientras que los poetas, con los medios de la ima­ginación, los hacen surgir y brillar más.


RENÉ DESCARTES, Cogitationes privatae

MICHEL TOURNIER, El espejo de las ideas, Acantilado, Barcelona, 2001, pp. 165-167.
&
Edgar Degas

martes, 20 de octubre de 2015

APOLO Y DIONISO, Michel Tournier

APOLO Y DIONISO

   Apolo, en la mitología griega, es el dios de la poe­sía, la medicina, la arquitectura y, sobre todo, del día yel sol.
   Dioniso—que corresponde al Baco latino—te­nía como símbolo el vino y presidía unas fiestas cam­pestres bastante tumultuosas, las bacanales.
   Tendremos que esperar hasta Nietzsche y su en­sayo El nacimiento de la tragedia (1871) para que estas figuras tutelares se conviertan en los polos de dos tipos de caracteres humanos y de inspiraciones artísticas opuestas.
   Según Nietzsche, Apolo es, desde luego, el dios de la poesía, pero se trata de las epopeyas de Home­ro, unos poemas poblados de dioses y héroes. Tam­bién es el patrón de la estatuaria, pero su triunfo es la arquitectura, el arte del equilibrio y la simetría. Su luz cae verticalmente desde el mismísimo sol. Es el dios del zenit eterno e inmóvil.
   Pero contra Apolo se desliza la sombra de una duda. ¿Es realmente segura su existencia? ¿No se trata más bien de un sueño, ciertamente admirable, pero irreal? Es fácil encontrar la ilustración históri­ca de ese equívoco en el caso de algunos soberanos, sobre todo aquellos que llevan el epíteto de «gran­de»: de Alejandro III de Macedonia a Federico II de Prusia. Luis XIV de Francia pretendía ser el Rey Sol, y nadie reivindicó con mayor brillantez su pa­rentesco con Apolo. Pero la política cotidiana está ahí, con sus vicisitudes y compromisos. Apolo rei­na. Pero también hay que gobernar, y no se puede gobernar con serenidad ni con inocencia.
   Ahí es donde entra en escena Dioniso. Es furio­so, conoce la existencia y la abraza sin reservas, in­cluso en sus aspectos más turbios. Encarna la fe­cundidad y nada se crea sin embriaguez, sin noche, sin mácula. Como profesa el culto a la vida, también asume plenamente la violencia, la enfermedad y la muerte, que le son inseparables. Su filosofía es un alegre pesimismo. Su símbolo es el vino y, más pre­cisamente, el vino tinto.
   El arte dionisíaco por excelencia es la música, porque es duración, movimiento y alteración. Y tam­bién porque puede fundir a las multitudes en una sola alma, gracias al entusiasmo.
   Por el contrario, el héroe apolíneo se enorgulle­ce de su soledad y autonomía.
   Friedrich Nietzsche dedicó El nacimiento de la tragedia a Richard Wagner. Después del paraíso sublime, pero frío e irreal, del clasicismo, el roman­ticismo le parecía un regreso a Dioniso. Según Nietzs­che, el genio de Wagner consistió en unir la cons­trucción apolínea y el pesimismo dinámico de Dioniso.
   Más tarde se distanció de Wagner, cuando detectó la inspiración cristiana que anima Parsifal. A partir de entonces, el compositor de Nietzsche se llamaría Georges Bizet.


Cita:
Hay que tener un caos en sí mismo para dar a luz una estrella danzante.

FRIEDRICH NIETZSCHE

MICHEL TOURNIER, El espejo de las ideas, Acantilado, Barcelona, 2001, pp. 117-119.
&
Francesco Hayez

jueves, 5 de marzo de 2015

ESCALERAS, George Perec

ESCALERAS

   No pensamos demasiado en las escaleras.
   Lo más bonito de las casas antiguas eran las escaleras.
   Y son lo más feo, lo más frío, lo más hostil, lo más mezquino de los edificios de hoy en día.
   Deberíamos aprender a vivir mucho más en las escaleras. Pero ¿cómo?


GEORGE PEREC, Especies de espacios, Montesinos, Barcelona, 1999, p. 67.
&
Gernot Schwarz

viernes, 13 de febrero de 2015

CHÉJOV, 1889, Paco Aristi

CHÉJOV, 1889


   El escritor ruso Antón Pávlovich Chéjov nació en 1860, pero a la edad de veintinueve años, es decir, en 1889, supo que padecía tisis y, en consecuencia, que su vida sería corta. Era médico, y conocía hasta dónde podía llegar y hasta dónde no la medicina de su época. No se equivocó: murió quince años después. Propongo entender su obra literaria en torno a la luz de ese dato. Durante ese periodo escribió cerca de cuatro mil cartas; en el corto plazo de dos años, de 1889 a 1891, publicó quinientos ochenta y ocho relatos; escribió obras dramáticas, hizo una gira por Europa. emprendió un largo y penoso viaje por su cuenta y riesgo a la remota isla de Sajalin, la antigua colonia penitenciaria más grande de Rusia, para posteriormente escribir un estremecedor relato de su visita...
   Mi pregunta es: ¿no haría todo lo que hizo porque sabía que le quedaba muy poco tiempo? Por ejemplo, Máximo Gorki, con quien mantuvo una intensa relación epistolar, vivió sesenta y ocho años, pero sin saber cuánto tiempo viviría. Y eso es lo que me preocupa: ¿cómo repercute en el ser humano saber más o menos el plazo que se le ha otorgado de vida en este mundo? ¿Le ayuda a entender mejor su época o, por el contrario, le provoca una especie de urgencia obsesiva que le impide afianzar sus raíces sobre la existencia y empatizar con los problemas de sus contemporáneos?
   La depuración estilística de Chéjov es puro fruto de su talento; pero ¿el enfoque directo y sin adornos de su lenguaje no será consecuencia de que se sabía con poco tiempo? Los sufíes dicen: «Vive frente al hombre como si tuvieras toda la vida por delante, y frente a dios como si fuera tu último minuto», pero creo que quien se sabe en las vísperas de su muerte vive contrariamente a la opinión sufí: entregará frente al hombre lo que una vida entera puede dar, porque luego ya habrá tiempo —una eternidad— para estar con dios.
   El escritor alemán Hermann Hesse vivió ochenta y cinco años. Escribió una cantidad innumerable de cartas, y nos dejó este mandato: «Quien vive de lleno el tiempo que le ha tocado, difícilmente alcanza a entenderlo». Porque, quizá, sólo cuando ya ha pasado se puede hacer un resumen certero; pero entonces puede que sea tarde, y para que así no suceda, la única opción que nos queda es vivir como si ya nos hubiéramos ido. Esto, sin embargo, anula parte de la noción del tiempo: si hay que esperar al último día para entender el sentido de la vida, restar ese proceso de espera despierta un sentido nuevo, que nada tiene que ver con el paso lógico del tiempo. Quizá por eso siguen vivos, cien años después, los cuentos de Chéjov: porque entendió que la vida es sólo el soplo de un futuro desganado en el presente.


PAKO ARISTI, Tres cuadernos y un destino, Bassari, Vitoria, 2007, pp. 130-131.

sábado, 7 de junio de 2014

DEMONIOS ACUATICOS, Álvaro Cunqueiro

DEMONIOS ACUATICOS

   Como estamos en el mes de agosto, en días de vacación, yo me tomo unas horas de vagancia para contarles a ustedes de demonios acuáticos. Acaso alguno está bañándose cerca de donde yo lo hago, en aguas de la ría viguesa, en cualquiera de las largas y finas playas de su orilla izquierda. Como saben –lo han contado Patai y Graves en su libro Mitos de los hebreos, tan curioso-, los talmudistas y cabalistas sostienen que los luciferinos no pueden meterse en el agua, y por dos razones: a) porque se denunciarían a las gentes que los vieran sumergirse, ya que producirían el mismo humo y el mismo chirrido que hace, al entrar en el agua, el hierro al rojo vivo en la fragua del herrero; b) porque, entrando el demonio en el agua, provoca tempestades en las que él mismo perece. No obstante, la tradición europea –Horst con su Demonomagia al canto- cree que el demonio puede bañarse en el mar y en los ríos, y si bien, cuando viaja en barco, éste padece una mala travesía, ya tempestades, ya calmas chichas, la nave llega a su destino. Se sabe que varios demonios han utilizado la nave del Holandés Errante para trasladarse de Europa a América, o viceversa, o viajar por el Mediterráneo. En un proceso de la Inquisición, en la Lima del siglo XVII, un demonio apareció instalado cómodamente, con todos los servicios a su disposición, en el cuerpo de un comerciante, natural de Badajoz –que no todos los extremeños de Indias iban a ser conquistadores, centauros o casi dioses-. No había quien echase del cuerpo del extremeño al diablo aquél, quien dijo llamarse Tuno, y el infernal discutía con los inquisidores, los cuales le preguntaron cómo había llegado al Perú y de dónde. Dijo Tuno que en nave procedente de Sevilla, aunque él desde hacía siglos vivía en Toledo, "cabe las tinerías", y que, gracias a él, pese a las tempestades, la flota del año de su viaje había llegado sin novedad. Y para probar lo del viaje en nave Tuno dijo a los inquisidores "cuarenta y dos términos de marinería, velas y maniobras, y algunos obscenos". Se asegura que, en el XVIII, estando el que luego sería famoso violinista Paganini condenado a servir un remo en las galeras de Génova, tenía como compañero diestro de banco un demonio, al que vendió su alma por la libertad y el arte de tocar el violín. El demonio habría ido a galeras por hacerse con aquella alma sombría y misteriosa de Paganini, de la que nos cuenta Heine, que le escuchó tocar en las "Noches florentinas"... Por de pronto, pues, ya tenemos un demonio que sabía remar.
   El cardenal Hiller –hombre muy puntual en sus relatos: en Escocia vio una sirena, recogida en casa rica, domiciliada en una bañera y que sabía calcetar-, que escribió una Historia de Inglaterra, asegura que los demonios que pasaron a la Gran Bretaña fueron nada menos que setecientos setenta y siete, y lo hicieron a nado, al mismo tiempo que el Judío Errante, el cual iba de pie sobre las olas como si caminase por un prado. Esta noticia de Hiller plantea problemas: o todos los demonios saben nadar y pasaron a Gran Bretaña los que quisieron, o fueron escogidos entre los demonios setecientos setenta y siete que sabían nadar y eran capaces de hacer la travesía del Canal. Sería interesante saber el tiempo que los demonios nadadores tardaron en atravesar el Canal, y si su récord ha sido o no batido por los que en nuestros tiempos se dedican a hacer la travesía a nado. Podían haber ido en vuelo a Inglaterra, pero Hiller es formal: fueron a nado. Hay más: de esta travesía a nado les ha quedado, a los demonios que trabajan en Inglaterra, un lunar escamoso en la nalga derecha.
   Se saben todas las preocupaciones de los europeos medievales al construir un puente. Un puente, y esto lo sabían los griegos, violaba el orden natural, pues unía las dos orillas del un río, que por algo estaban separadas. El río había que cruzarlo, pues, por un vado o en barca. Los persas fueron derrotados por los atenienses en tierra y mar, en Maratón y Salamina, con la ayuda de los dioses, furiosos contra el miedo porque habían hecho un puente de barcas para que su ejército pudiese pasar el Bósforo. En otros lugares, un puente, como entre etruscos, era una cosa sagrada, y el pontifex, el hacedor de puentes, altísimo magistrado. El Papa de Roma ha heredado de la religión antigua su título de Sumo Pontífice, de máximo hacedor de puentes. En la Edad Media se sacrificaron, en algún lugar de Europa, humanos para enterrar las víctimas bajo los pilares de los puentes. Y de algunos puentes se dice todavía que fueron construidos por el demonio –a veces en una noche-. Pero también hay la versión contraria, la que hace que el demonio impida la construcción de puentes, buscando que la gente siga pasando los ríos en barca, o por pasos de piedra en un vado. El demonio hace resbalar al que cruza, lo sujeta en el agua amenazándolo con ahogarlo, y por salvarlo le pide el alma. Hay demonios especialistas, y algunos hicieron famoso en la alta Edad Media a Frankfurt, ciudad cuyo nombre significa Vado de los Francos. Y también hay demonios que no pueden pasar un río por un puente. En la Inquisición renana, se supo que un diablo no era culpable de un crimen cometido en el medio de un puente "porque es de saber común que el demonio no puede atravesar un río por un puente". En este caso, o natación o vado. Y por si el demonio en el vado acechaba al cristiano, allí estaba Cristobalón, transportista.
   En fin, hay demonios que no le tienen miedo al agua, atraviesan el canal y los ríos. Habrá muchos que aprovechan el verano para ir a las playas y a las piscinas. Los más elegantes irán a Saint-Tropez y aún habrá los que anden a escandinavas por las playas de la Costa Brava o de las Canarias. Y alguno se habrá acercado a Galicia, y nadará en la misma onda en que yo lo hago "ondas do mar de Vigo", caricias de amor en la Edad Media cuando trovaba Martín Codax, un poeta que parece que sabía nadar.

ÁLVARO CUNQUEIRO, Fábulas y leyendas de la Mar, Tusquets, Barcelona, 1988, pp. 69-71.
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jueves, 5 de junio de 2014

BARATO DE SIRENAS, Álvaro Cunqueiro

BARATO DE SIRENAS

   Dejando a un lado griegos y romanos con sus antepasados míticos, podemos hallar en las cartas ejecutorias de la nobleza española, y de la europea en general, a extraños ascendientes, que, si hacemos caso, por ejemplo, a la Real Chancillería de Valladolid, no hay más remedio que aceptar. Familias hay que probaron venir de Pompeyo, del Rey Wamba, de un sobrino de Carlomagno o del Basileo de Constantinopla.  Yo conozco a alguien que entre sus abuelos tiene nada menos que a un emperador romano, a un rey lombardo y a un par de Francia, y por Zaragoza andaba, hace bien pocos años, nada menos que el que se decía Láscaris, emperador de Bizancio, rey legítimo de Grecia. Claro que le discutiría estos títulos el descendiente del último Paleólogo que reinó en Constantinopla, y que no se sabe cómo apareció en Cornualles, en Gran Bretaña. Steven Runciman, el gran historiador de las Cruzadas y de la caída de Constantinopla, no cree en tales Paleólogos de Cornubia —familia, por otra parte, que acabó en Barbados— , y dice que las dos patéticas águilas esculpidas el sepulcro de Teodoro el Paleólogo en la iglesia de Landulph en Cornualles, “lamentablemente están fuera de lugar”. En Francia hay un ilustre linaje que dice descender de Simón Cirineo, y otro, los Lévi-Mirepoix, emparentados con la Virgen María. Se ve que en Francia no regía el estatuto del limpieza de sangre, con lo cual no importaba tener en la propia unas gotas de la hebrea. De un duque de Leví-Mirepoix se contaba que, cuando iba a oír misa a Nôtre-Dame de París, decía:
   —¡Me voy un rato a casa de mi prima!
   Hablo de esto ahora mismo porque, en una revista belga de genealogía, un erudito en estas cuestiones estudia nada menos que diecisiete linajes de Bretaña, Dinamarca, Inglaterra e Irlanda que dicen descender de sirenas de la mar. Si el profesor Van Oesten estuviera al tanto de las genealogías gallegas, tendría que añadir alguno más, que aquí también hay descendencia de sirena: los Mariño, los Padín, los Goyanes, que creo vengan todos de la misma fábula. (Yo estoy entre éstos, por mi abuelo paterno, don Carlos Cunqueiro y Mariño de Lobeira). La cosa es que una sirena de la mar apareció preñada nada menos que de don Roldán, el amigo de Carlomagno, que tan triste muerte tuvo en Roncesvalles. Dónde se conocieron el señor de la marca de Bretaña y la sirena nadie lo dijo. Cómo fueron de solazados aquellos amores, y cómo el caballero superó las dificultades que llamaremos físicas y engendró en la niña cantora, nin se sabe. A los nueve meses, la sirena apareció en una playa gallega, creo que del mar de Arosa, y parió. Gente atraída por su canto, recogió al hijo, un hermoso mamoncete que fue bautizado Palatinus por ser su padre el paladín Roldán. Sería la sirena quien lo contaría a quienes se quedaron con el crío para criarlo, mientras la madre se volvía a las mareas. Y de Palatinus, por corrupción, vino Paadin, Padin.  Y por aquí, por Galicia, andamos unas cuantas docenas de descendientes del hijo de la sirena, y la verdad no se nos nota en nada. ¡Si hubiéramos conservado de la sirenita el enorme poder de seducción! En fin, si en la familia hay un ginecólogo, debería ponerse a estudiar cómo pudo engendrar, como pudo parir. Por la piedras de armas se ve que era una verdadera sirena, muy feliz, de pechicos levantados, y con una cola que se parece a la del salmón, el más perfecto de los peces.
   Hace varios siglos que no se ven sirenas de la mar, ni se escucha su cantar cálido y persuasivo. El padre Feijoo no creía en ellas: no las hubo nunca, decía. En cambio creía en los tritones, “aunque su voz haya sido escuchada modernamente”. En cambio en Normandía, en Ruán, se creyó tanto en ellas, que los canónigos quisieron cobrarles impuesto en los días de los cardenales de Amboise, y cuando allí fue quemada Juana, la buena lorenesa. Si un mozo aparecía muerto en la desembocadura del Sena, los canónigos acusaban a las sirenas y las multaban, y las convocaban a que viniesen a recibir el castigo junto a la Puente Matilde. Alguna debió acudir a la cita, porque los canónigos sabían que una de las señas de la sirena era el no tener ombligo.
   Ustedes dirán que andamos perdiendo el tiempo en tonterías tratando de sirenas. Quizá. Pero por lo menos más divertida, sabrosa cosa es que tratar de bioenergética y extraterrestres. Ahora mismo, lunes 5 de noviembre, a las dos y media de la tarde, he visto en la “tele” a un profesor de bioenergética y a un tipo que rastreó todas las huellas posibles de extraterrestres en el planeta nuestro. La verdad, escuchando a tales “científicos”, uno se pone colorado. En un país como España, donde tan poco aprecio se da a la ciencia verdadera y al estudio, donde la investigación científica gasta menos que una jornada de quinielas, es bien detestable echar esos retazos a la gente. Quedémonos con las sirenas.

ÁLVARO CUNQUEIRO, Fábulas y leyendas de la Mar, Tusquets, Barcelona, 1998, pp. 187-190.
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jueves, 16 de enero de 2014

[EL ARTE ES LA RAZÓN DE SER...], Nélida Piñón


   El arte es razón de ser. En su nombre, abjuro, peco, practico crímenes y perjurios. Absuelvo mis errores y ali­vio el corazón de la vergüenza que siento de no saber amar en la justa medida.
   Este arte, incómodo y libertario, me ayuda a aceptar mi condición humana y los efectos del mundo en la creación. Para recoger así en el baúl de mi casa la perdi­ción y el secreto, y hacer, al mismo tiempo, la apología de lo banal, de la metamorfosis de la carne, del día a día pro­veniente del drama griego.
   El arte no se inclina ante el peso de los conflictos. Al contrario, me libra de un juicio de valor intolerante, mien­tras me enseña a crear desoyendo la aprobación ajena. Me educo así para usar a mi gusto toda materia que ensanche el sentido de la vida. E indiferente a las exigencias estéticas. abuso de la metáfora escondida en las entrelíneas de la his­toria. Están a mi servicio y brillan en mi casa.
Los designios del arte, no obstante, son impositivos. desconfían de las concesiones hechas los domingos, antes del almuerzo, a cambio de la gloria efímera. Y todo para ba­ñarnos en la franja de luz que atraviesa la ventana. Sin em­bargo, el arte resiste. Entona loas a mis restos mortales.

NÉLIDA PIÑÓN, Libro de las horas, Alfaguara, Madrid, 2013, pp. 161-162.
&
Francis Picabia

viernes, 6 de diciembre de 2013

[LOS JAPONESES SON LOS JAPONESES...], José Jiménez Lozano



   Los japoneses son los japoneses, y, cuando topamos con su mundo, nos maravilla tanto su extremado refinamiento artístico y su impresionante sencillez y amor a la belleza, como nos desconcierta su supersenequismo ante el dolor y la muerte. Y la historia que, entre muchísimas otras, cuenta Maurice Pinguet, en su excitante libro sobre La mort volontaire au Japon, acerca del sepukku del almirante Onissi después de la derrota del Japón en la Segunda Guerra Mundial y la declaración del emperador renunciando a su divinidad, me ha hecho soñar.
   Apenas el emperador leyó tal declaración, fueron muchos los que vinieron hasta Palacio, se inclinaron ceremoniosamente, se arrodillaron sobre la arena de la gran explanada, y lloraron. Y una treintena se suicidaron allí mismo. Esa misma tarde, el almirante Onissi invitó a los oficiales de su Estado Mayor para decirles adiós, y hacia las tres de la mañana, ya en su intimidad, tomó un sable, y se abrió el vientre con dos incisiones en forma de cruz, esto es, de izquierda a derecha y luego de arriba abajo, que por lo visto es un modo ritual que se llama júmonji, y es una variedad del sepukku, que de ordinario es una incisión profunda en el vientre, en sentido horizontal. Se le encontró al amanecer todavía con vida en medio de un charco de sangre, y algunos amigos acudieron a verle, y él les pidió que ahorraran sus vidas para servir al país. Y fue entonces cuando se encontró su poema de adiós:

En el cielo limpio, sin nubes, luce ahora la luna.
La tempestad ha terminado.

   Maurice Pinguet comenta que Onissi, —el promotor del Tifón de los dioses, consagraba su último pensamiento a la serenidad— Y esto se dice o se escribe pronto, pero tal belleza y serenidad de un poema, momentos antes de que uno vaya a sacrificarse tan dolorosamente además, nos deja muy pensativos y perplejos.


JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Los cuadernos de letra pequeña, Pre-Textos, Valencia, 2003, pp. 43-44.

sábado, 7 de septiembre de 2013

[¿QUÉ SON LOS NOMBRES EN REALIDAD?...], Cees Nooteboom


   ¿Qué son los nombres en realidad? Un nombre designa un objeto o una persona, sin que la persona «sea» su nombre. Poseemos nombres, pero no somos lo que estos designan. Abandonamos nuestros cuerpos y los nombres no nos acompañan. Estos se quedan atrás como vainas vacías o epitafios. O a la inversa, el cuerpo muere y todo cuanto creíamos que éramos deja de existir sin el cuerpo y se desvanece en esa misma ausencia que precede a nuestro nacimiento.

CEES NOOTEBOOM, Cartas a Poseidón, Siruela, Madrid, 2013, p. 54.
&
Fernando Barata

miércoles, 1 de mayo de 2013

[LOS CHICOS DE INSTITUTO...], José Jiménez Lozano




   Los chicos de instituto que me escuchaban han quedado bastante desconcertados, cuando les he mostrado lo que significa esa especie de refrán «una mente sana en un cuerpo sano», que estaba escrita en un cartel puesto en una pared de la clase, y acerca de lo cual se me ocurrió comentar que, por lo que veía, en aquella casa todavía quedaban rastros latinos, aunque ya no se estudiara latín.
   Les leí entonces simplemente el pasaje de Juvenal al que la frase pertenece y que está al final de la Sátira X, y es bien hermoso: «Hay que rogar por una mente sana en un cuerpo sano. Pide un ánimo vigoroso que no se espante ante la muerte, y que tenga el último tramo de la vida como un regalo de la naturaleza, que sepa soy portar cualquier trabajo, que sepa no enfurecerse, que no desee nada, y que crea preferibles los duros trabajos de Hércules, al amor, a los festines y a las plumas de Sardanápalos».
   Les resulta increíble que la frasecita no tenga nada que ver con el deporte, que es en torno al cual la ven en ese cartel y la han oído miles de veces; y trato de explicarles que cosas así suceden a diario, y de la necesidad por lo tanto de conocer para que no se nos dé gato por liebre. Y, al final, me hacen repetir la lectura, porque les ha parecido algo hermosísimo. Naturalmente.

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Advenimientos, Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 147.