domingo, 25 de mayo de 2008

PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ, Julio Cortázar

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te re­galan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan sola­mente el reloj, que los cumplas muy felices y es­peramos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan sola­mente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te rega­lan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mis­mo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las jo­yerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te rega­lan la tendencia a comparar tu reloj con los de­más relojes. No te regalan un reloj, tú eres el re­galado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


JULIO CORTÁZAR

miércoles, 21 de mayo de 2008

BIKINI VERDE, Roger Wolfe


BIKINI VERDE


La conocí en la recién inaugurada playa de Poniente de Gijón. Era morena y tenía una de esas melenas que te ponen las rodillas flojas: largos cabellos negros y ensortijados que le des­cendían en generosa cascada hasta el trasero.
Llevaba un escueto bikini de color verde, cuya parte infe­rior era menos que un tanga; más bien una especie de breve hoja de parra sujeta por un cordel que desaparecía entre sus glúteos por detrás, dejándole las mejillas de la retaguardia al aire.
En vanguardia, una ofrenda frutal que a duras penas le ca­bía en el sujetador del bikini. Y dos ojazos negros que debe­rían llevar un aviso sobre los efectos potencialmente devastadores de la radiación.
Cuando ves a una chica así tragas saliva para intentar aho­gar las mariposas que empiezan a revolotearte por la boca del estómago y luego miras a otra parte y sigues como puedas con tus asuntos. El maromo no suele andar lejos. El maromo suele ser algún guaperas de pelo engominado con pinta de haberse caído en un barril de bronceador.
Pero no había maromo a la vista.
Y no sé en qué consistió el inevitable intercambio inicial; cuando quise darme cuenta estábamos en el chiringuito de la Bodeguita del Medio, enfrente de la playa, sorbiendo mojitos de ron.
Unos cuantos rones y varios meses de abstinencia carnal pueden hacer cosas raras con la cabeza y el alcantarillado in­terno de un hombre, sobre todo si los dioses le ponen seme­jante hembra delante, y yo no me había terminado de creer lo que estaba ocurriendo.
El alcohol me entraba por un lado y se evaporaba sin dejar rastro por algún otro.
A mi afrodita debían de hacerle bastante gracia las chorradas que le estaba contando, porque se reía sin parar, dejando al descubierto dos hileras de perfectos dientes blancos alineados en una suculenta boca que mi mente se empeñaba en imaginar enfrascada en las prácticas más inconfesables.
Muy pronto me vi obligado a cubrirme el regazo con la toalla y los pantalones enrollados para disimular mi vergonzante astado.
Empezaba a resultar evidente que uno de nosotros iba a te­ner que tomar medidas al respecto, y supuse que tendría que dar yo quien iniciara el abordaje. Las mujeres suelen exigir igual­dad de condiciones en todo menos en lo que se refiere a dar el primer paso en estos casos.
Sin embargo, fue ella la que se adelantó.
—¿Por qué no cogemos un taxi y nos vamos a mi casa? No hay nadie y seguro que allí estamos un poco más tranquilos.
—¿Dónde vives?
—Por ahí por la Providencia.
Qué demonios le iba a decir. Me abotoné la camisa, me metí el bulto de la ropa debajo del brazo y salimos para allá.
Su casa resultó ser un chalé. Estaba en un alto, junto a la carretera de la Providencia, y desde allí arriba se divisaba todo Gijón. A lo lejos, alrededor del Molinón, se distinguían las car­pas blancas de la Semana Negra. Ecos de verbena subían flo­tando en el aire caliente hasta la casa.
—¿Has estado este año por allí?—me preguntó de pronto, saliendo a la terraza con dos copas y señalando con una de ellas al vacío.
—¿Dónde? ¿En la Semana Negra? Pues no. ¿Y tú?
—Me deprimen un poco las verbenas, ¿sabes? Ya desde pe­queña.
—¿Y si tú y yo nos montáramos la nuestra aquí?
—Mmm—dijo, tras relamer el borde de su vaso con la len­gua—. Eso sí que ya me suena mejor...
Entramos dentro.
En el dormitorio se sentó en la cama delante de mí, me en­lazó por la cintura y me bajó el bañador.
—Me parece que esto—me dijo, ayudándome a desen­ganchármelo de los pies—no te va a hacer falta de momento.
Y lo lanzó por la ventana abierta al jardín.
Nos metimos rápidamente en faena. Pero justo cuando em­pezaba lo mejor oímos el motor de un coche afuera, seguido de un ruido de neumáticos sobre gravilla y un chirrido de frenos.
—¡Dios! ¡Deprisa, tienes que largarte de aquí! ¡Ése es Elías!
—¿Elías?
—¡Mi novio! ¡Como nos pille aquí verás!
Agarré las sandalias, los pantalones y la camisa y salí co­rriendo en pelota picada al jardín. No tuve tiempo de poner­me a buscar el bañador. Crucé dando botes entre palmeras y geranios y llegué a la tapia del chalé. Me asomé por los huecos de la celosía que la coronaba y vi a un tipo, sin duda el tal Elías, inclinado con medio cuerpo dentro de un coche, reco­giendo algo del asiento de atrás.
Ahora o nunca, me dije, y salté la pared sin pensármelo dos veces. Caí de pie al otro lado, en un montón de arena moteada de excrementos de perro, y empecé a enfundarme los pantalo­nes. En ese momento Elías se incorporó y se dio la vuelta para entrar en la casa.
Aquello era una bestia. Una pirámide de carne humana puesta del revés. El sol trazaba visos siniestros en su cráneo rapado al cero y los cristales de sus gafas negras.
Tragué saliva por segunda vez aquella tarde.
—Calor, ¿eh? Je je. ¿No sabrás si se va por aquí a la playa nudista, verdad? Me parece que me he perdido.
Elías se llevó la mano al cogote y me miró un momento.
—Pueeees...
—No te preocupes, anda, que ya la encuentro yo.
Lo dejé allí rascándose la chola y me alejé dando brincos por el camino antes de que pudiera reaccionar.
Al llegar a la carretera me puse las sandalias y la camisa y consideré la posibilidad de volver a dedo a Gijón. Luego se me ocurrió que el desvío a Peñarrubia no podía estar tan lejos, y que un chapuzón en la playa nudista quizá me vendría bien para acabar de recuperarme del susto.
Lo peor que me podía pasar era que tuviera que quitarme de encima a algún viejo verde de los que solían pulular con prismáticos por allí. Pero en cualquier caso no iba a necesitar el bañador.

ROGER WOLFE, El arte en la era del consumo, Sial/ Contrapunto, Madrid, 2001, pp. 71-74.

martes, 20 de mayo de 2008

[LA AMBULANCIA. 15 de abril de 1994], Isla Correyero

LA AMBULANCIA. 15 de abril de 1994


Me han elegido para entrar en la muerte de una niña.

La ambulancia transcurre por la carretera con su
memoria de meteorito. De Madrid a Gerona nos ga-
nará la noche.

Yo controlo los brazos de la enferma desnuda y reviso
el pliegue cabalístico y frágil de su garganta afónica.

El suero cae buscando la vena azul de su radiografía.

Brilla el oxígeno sobre mis guantes blancos y dibuja
inscripciones en mi nariz poética.

El misterioso conductor nos mira desde el poniente
imán de su espejo difuso.
Los coches que cruzamos van vivos de miradas pode-
rosas.
Se agradece la marcha vigilante que, de pronto, so-
bre el cristal central,
la nieve nos choca como un sueño.

Yo comienzo a temblar porque mi enferma me ha
hecho una caricia sobrehumana.
Sus ojos de dolor de cuatro años están terriblemente
abiertos y distintos.

Tengo su mano agonizante y fría sobre mi muslo ten-
so y absoluto.

Me pide a su mamá, su voz de agua: agua, agua.

Dieta absoluta son ya las lejanas órdenes del médico.

Agua y amor me pide la que muere.

De una bolsa de suero glucosado le doy a la privada
criatura un sorbo,
un sorbo lento.
Traga,
traga,
mi amor,
mi amor,
mientras me acuesto a su lado
besándonos, me muere.

La ambulancia prosigue su camino hacia un lugar que
no existe en el mundo.

La madre esperará cien noches, aterrada,
en la terraza.


ISLA CORREYERO, Diario de una enfermera, Fenice poesía, Huerga & Fierro Editores, Madrid, 1996.

[Noche del 10 al 11 de octubre de 1993], Isla Correyero

Noche del 10 al 11 de octubre de 1993


Dos guardias de seguridad hacen su ronda minucio-
sa por los pasillos blancos de la clínica.

Van pasando de un control a otro,
de una enfermera a otra,
experimentando unos instantes de poder y de
heroísmo.

Su sueldo no incluye la pasión
por el contacto plateado con los moribundos.
Sus uniformes nunca estarán manchados.

Van pasando de una niebla a otra,
Cerrando las farmacias,
oliendo la noche y los alientos,
cazadores de carne,
antinaturales inquilinos de este espacio fantasma.

Ellos aún no conocen la descarnada figura de la muerte
cuando viene de espaldas, dura,
por el pasillo.

Caerán cierto día en la cama de alguna habitación,
transformado el uniforme en pañal de celulosa
y moverán las varillas de la cama pidiendo
sangre y agua,
su viejo revólver del pasado,
el poder y el vigor
que esta noche detentan.



ISLA CORREYERO, Diario de una enfermera, Fenice poesía, Huerga & Fierro Editores, Madrid, 1996.

domingo, 18 de mayo de 2008

DESPECHO, Andrés Neuman


DESPECHO

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.

martes, 13 de mayo de 2008

LA SOLEDAD DE LAS VOCALES, José Mª Pérez Álvarez

[…] a media noche entró en el bar el marroquí que pasa a diario con su cargamento de linternas alfombras relojes de imitación (relojes bastardos de mil marcas girard perregaux tis­ot paul versan cartier sandoz omega potens mont-blanc, detesto los relojes, los relojes de pared de cari­llón de arena de sol de pulsera de agua de leontina los de los ayuntamientos y campanarios analógicos y di­gitales los despertadores, sus marcas suenan en mis oídos como los mil nombres de satán, tagheuer beau­me and mercier zenith festina movado seiko casio lo­tus valentín ramos longines viceroy breil citizen rolex vacheron swatch patek raymond weil: quizá esos relo­jes falsos midan el tiempo de otra forma, acaso las per­sonas que lleven en sus muñecas relojes auténticos y caros —armani rolex cartier— vivan más que quienes emplean relojes de imitación comprados a incansables marroquíes, a lo mejor los que no usamos reloj estamos muertos, como las personas descalzas, una persona descalza es una persona muerta, una persona sin reloj es una persona sin futuro, ni pasado, ni presente, una persona sin tiempo) pulseras camisas y perfumes de marcas falsificadas saluda —laila tiaba— y deja la mer­cancía encima del frigorífico de los helados como los restos de un sueño, como las miserias que el mar de­vuelve a la playa tras el naufragio, habló de tánger, de una mujer, de un cementerio, za’oga—dijo—--y ann la­zinak —dijo——y yo pensaba en otra mujer mientras be­bía y escuchaba al escritor



JOSÉ MARÍA PÉREZ ÁLVAREZ, La soledad de las vocales, Bruguera, Barcelona, 2008, pp. 18-19.

lunes, 12 de mayo de 2008

DESVIVIR EL PASADO, Manuel Villena


DESVIVIR EL PASADO

   Cuando era niño, el día de Reyes premiaron en la Parroquia a los que mejor se dejaban catequetizar. No me resultó difícil ganar la oportunidad de elegir un juguete: un carromato de pioneros del Oeste. 
   En cuanto lo tuve en la mano supe que yo deseaba el rifle que acababa de señalar, con alivio, el chiquillo que me sucedía en la fila de niños obedientes. Durante el resto de mi infancia me maldije. 
   Todavía ahora, al oír el rezo de un Padrenuestro, escucho las imaginarias detonaciones de aquella escopeta con una bala de corcho, estruendos que, algunas veces, llevan a lamentar lo que pudo haber sido, descuidando lo que está a punto de suceder.

 
Ilustración: Davide Cali y Serge Bloch, El hilo de la vida, Ediciones B, Barcelona, 2006.