miércoles, 21 de octubre de 2009
viernes, 9 de octubre de 2009
OH! / AH!, Josse Goffin
JOSSE GOFFIN, Ah!, Kalandraka, 2007.

DESVÍO POR OBRAS: http://www.jossegoffin.com/
DESVÍO POR OBRAS: http://www.kalandraka.com/blog/wp-content/uploads/2009/01/c2a1oh-c2a1ah.pdf
Etiquetas: DESVÍO POR OBRAS, LIBRO ILUSTRADO, TRAMPANTOJO
domingo, 27 de septiembre de 2009
EL MONSTRUO DE LA LAGUNA VERDE, Fernando Iwasaki
Comenzó con un grano. Me lo reventé, pero al otro día tenía tres. Como no soporto los granos me los reventé también, pero al día siguiente ya eran diez. Y así continué mi labor de autodestrucción. En una semana mi cara era una cordillera de granos, pequeñas montañas nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida erupción. Los granos de los párpados no me dejaban ver y los que tenía dentro de la nariz me dolían al respirar. Pero seguí reventándolos con minuciosa obsesión. No me di cuenta de que me habían saltado a los dedos y a las palmas de las manos hasta que sentí ese dolor penetrante en las yemas. La infección se había esparcido por todo mi cuerpo y los granos crecían como hongos por mi espalda, las ingles y mi pubis. Si cerraba los brazos se reventaban los granos de mis axilas. Un día no pude más. Me miré al espejo por última vez y dejé sobre la mesa del comedor mi carné de identidad.
Después me perdí en la laguna.
Etiquetas: FERNANDO IWASAKI, RELATOS HIPERBREVES
JAIME, Tim Burton

Etiquetas: LIBRO ILUSTRADO, POESÍA
sábado, 26 de septiembre de 2009
ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO, Albert Sánchez Piñol
¿Qué se puede tener en una milmillonésima de segundo? En una milmillonésima de segundo se puede tener un recuerdo. Se puede tener un recuerdo triste. En una milmillonésima de segundo se puede tener una revelación: mientras nada bajo las aguas del Mediterráneo, Enric Sanoi descubre que dedica su tiempo libre al submarinismo porque es un fracasado.
Es, en efecto, uno de los grandes artistas de la mediocridad humana. Cuando era un joven prometedor, Enric aspiraba a grandes hitos. Habría podido ser el inventor de la bombilla ecológica H1, que respeta las mariposas como si fueran niños. O el inventor de la bomba atómica H2, que extermina a los niños como si fueran cucarachas. Habría podido ser el asesino que se presenta en el mercado y asesina a muchas mujeres, como Landrú, y hacerse famoso antes de que le ajusticiaran. O un militar que va a la guerra y asesina a muchos hombres, como Mambrú, y hacerse famoso después de que le condecoraran.
Pero no fue así. Cuando llegó a la edad adulta, y sin que se supieran los motivos, Enric renunció a los grandes hitos. Entró en la compañía de seguros, departamento de siniestros, y dejó de ser Enric para convertirse en Sanoi. Se ha pasado ahí los últimos treinta y cinco años, tramitando el expediente de su vida. A veces se dice a sí mismo que tiene una existencia feliz: mentira; nadie ha nacido para tramitar expedientes de seguros. La oficina no es un lugar celestial, tampoco es un lugar infernal; ha vivido treinta y cinco años recluido en un lugar que no es ni bueno ni malo: sólo es gris. Y, ahora, esta milmillonésima de segundo le ha hecho ver que está vivo, pero que la suya es una existencia en suspenso, como la de los náufragos.
¿Qué es lo que no se puede tener en una milmillonésima de segundo? En una milmillonésima de segundo no se puede tener miedo. Cuando el oficinista submarinista oye aquel misterioso ruido succionador no le da tiempo ni a volver la cabeza. Su cuerpo se zarandea como si estuviera en el interior de unas cataratas. Se aturde. Pero, cuando el horror empieza a ganar terreno, se hace el silencio.
El oficinista submarinista no reacciona, Le abruma una oscuridad líquida. Quiere nadar, no puede: sus brazos topan con las paredes estomacales, cóncavas y sólidas, más duras que el acero. Escucha, y a través del traje de hombre rana, a través de la densidad del agua, le llega una especie de latido monótono y continuado, como el de un cuerpo gigante. («Dios mío», piensa Enric, «¡estoy dentro del monstruo!». Y se estremece. Pero es un estremecimiento pletórico. Enric Sanoi vive una felicidad muy parecida al éxtasis. Porque este hombre que no es nada, que no es Landrú ni es Mambrú, resulta que al menos es un hombre engullido por una ballena, hecho extraordinario. La mar es inmensa; los seres humanos, minúsculos; y él, precisamente él, el hombre más banal del mundo, ha sido tragado por una ballena.
Maquina la mente del oficinista submarinista:
«Como prueba de mi gesta cortaré las amígdalas del cetáceo, que deben de ser como jamones, y huiré por el orificio anal». ¿Quién le negará la fama en cuanto se haya liberado de aquella cárcel de carne acuática? La historia no recuerda casos parecidos; en la oficina le mirarán como a una criatura única. La gente de la calle, cuando le vea pasar, dirá: «Fíjate, es él, Enric Sanoi, el hombre que estuvo dentro de una ballena». El oficinista submarinista piensa en todas esas cosas. Sí. Lo piensa. Pero ¿y si algún malicioso pregunta qué mierda de mérito tiene que se te trague una ballena despistada, seguramente una ballena ciega? ¿Y si le preguntan cuál es la diferencia exacta entre la panza oscura de una ballena y una oscura oficina de seguros? Censura tan feroz como oportuna. Y, pese a todo, de golpe y porrazo, Enric se responde a sí mismo que no hay crítica que importe. Él ha estado en el interior de una ballena, y nadie podrá refutar una verdad de principio: que una ballena le ha devorado cuando nadaba muy cerca de la superficie, que es una experiencia insólita, y que por una vez en la vida él es el protagonista de su vida.
¿Qué nos puede pasar en una milmillonésima de segundo? Muchas cosas. En una milmillonésima de segundo podemos descubrir que nos hemos enamorado. En una milmillonésima de segundo puede concluir un eclipse que ha durado mil años, o puede empezar un diluvio que inundará el mundo. Puede ser concebido un niño, un dios, un niño dios. En una milmillonésima de segundo el oficinista submarinista Enric Sanoi, que está ahí dentro, en el vientre de la ballena, puede descubrir una verdad suprema: que para creerse un gran hombre sólo es preciso creerse un gran hombre.
Pero en aquel momento, cuando vive la plenitud de una libertad de espíritu imposible, Enric Sanoi oye unos inesperados ruidos mecánicos, más o menos como si se abriera la puerta de un garaje. Y, de pronto, sin más protocolos, su cuerpo inicia una caída libre.
¿Qué se puede tener en una milmillonésima de segundo? Se puede tener una visión: te puedes ver a ti mismo cayendo, cayendo y cayendo. Te rodea una inmensa burbuja de agua. Y debajo de ti, allá abajo, puedes ver el espantoso paisaje de un bosque en llamas, un fuego infernal al que la fuerza de la gravedad te aproxima inexorablemente. Y encima de ti, allá arriba, perdiéndose entre las nubes, puedes ver la imponente figura del hidroavión antiincendios, que se siente infinitamente ligero tras haber liberado las cincuenta toneladas de agua que le ha robado al mar.
¿Qué se puede pensar y repensar en una milmillonésima de segundo? Toda una vida, sobre todo cuando esta milmillonésima de segundo es la última de una existencia. Y mientras cae sobre un fuego forestal, ridículamente vestido de hombre rana, el oficinista submarinista concluye que la distancia entre la gloria y la vanagloria es ínfima y está hecha de humo.
ALBERT SÁNCHEZ PIÑOL, Trece tristes trances, Alfaguara, Madrid, 2009, pp. 77-80.
Etiquetas: ALBERT SÁNCHEZ PIÑOL, NARRATIVA
miércoles, 16 de septiembre de 2009
PLENILUNIO, Antonio Muñoz Molina
A imagen y semejanza
la novela moral y educativa y quizás sentimental: obras dirigidas al corazón, portadoras de todos los valores institucionalizados, que mostraban un ejemplo útil, la virtud perseguida por el vicio, la culpa y el arrepentimiento, el pecado y el castigo, en un universo novelesco cerrado e integrador. De ahí mi asombro. Y sin embargo, leer. Seguir leyendo Plenilunio para ver si al fin aparece algo. Y sí, puede que sí. Quizás ocurre por primera vez en el capítulo 12, página 141. Porque hasta entonces al lector sólo se le ha ofrecido un abanico de personajes que, si bien muy diversos entre sí y correctamente contrastados, resultan demasiado conocidos por estar muchos de ellos trazados con regla y compás, es decir, reducidos a las medidas del clisé y del tópico más común.

—entiéndase liberar en tanto que criatura novelesca, es decir, singularizar—, sobre todo porque del padre Orduña se escamotea lo que sin duda debió de haber sido su conflicto —el paso del falangismo militante en los paredones de fusilamiento al “compromiso” cristiano-comunista—, a pesar de las abundantes referencias que del pasado del personaje nos proporciona el narrador. Susana Grey es una maestra que desempeña su tarea con admirable abnegación, pero que tiene una vida personal hecha trizas, en parte debido a la traumática experiencia que su ex” —un desalmado de izquierdas, alfarero popular, por más señas, el cual, después de hacerle trasladarse a la provincia, la plantó dejándola con todo (hijo, hipoteca, letras del coche), y que incluso la había obligado a ver videos pornográficos en algunas reuniones de amigos (p. 139), pero no le había permitido casarse de blanco (p. 91)— le había infligido. Pues bien, esta Susana Grey, en tal situación, encuentra el amor de su vida en la persona de un policía maduro cuya esposa está ingresada en un sanatorio a resultas del mucho padecer que durante el anterior destino del marido en el País Vasco hubo ella de soportar. Huelga decir que en este personaje apenas se entra. Sí en el alma del policía, que empezó como confidente en la universidad durante los años de la represión franquista y que al final casi llega a mártir.
Tal es el personaje que completa la trinidad protagónica —si la medimos por la extensión narrativa que se le concede a cada uno de estos personajes— de Plenilunio, una novela en la que Antonio Muñoz Molina se aproxima a la ardiente actualidad y narra el enigma —elijo esta palabra por lo que en el libro hay de patrón de novela policíaca, de persecución y búsqueda— que se abre con el asesinato de una niña en una ciudad de provincias.
Con tan rabioso material se supone que el lector debe vibrar. Pero no. El lector acaba con una desganada sensación de déja-vu, sobre todo porque en este mundo narrativo al alcance de cualquier fortuna mental se reiteran una y otra vez los aspectos más conocidos del mismo, o se dilatan innecesariamente otros, o abundan las repeticiones innecesarias, sin cumplir una función estructural o estilística, sólo como machaconería cansina. Cuando cualquier español de hoy está familiarizado con esa materia que abunda en los telefilmes y en las crónicas de sucesos, ¿por qué volver tan minuciosamente sobre ella? ¿Quién no reconoce párrafos como éste:
“Asaltaban sin respeto a la gente con los micrófonos en la mano, montaban guardia frente al portal donde había vivido la niña, rodeaban a todas horas la puerta de la comisaría, una multitud erizada de micrófonos, de cámaras de vídeo…”, etc. (p. 43)? O el de la página 180, con Nieves Herrero galopando entre la multitud de voyeurs.
En literatura, tanta proximidad no es saludable. Arrastra demasiadas impurezas. Para que la realidad entre selectivamente en la obra, es preciso interponer un filtro que libre a ésta de las adherencias con que aquélla —lícita o ilícitamente— puede amenazarla.

Es lo que asfixia a los otros personajes de la novela: el clisé y el maniqueísmo al servicio o de un mensaje beatífico, blanco o rosa, lacrimoso, blando. Todo resulta demasiado previsible. Si los caracteres humanos son escaso interés —por el escamoteo de sus conflictos— y nos parecen trazados con plantilla, rellenadas sus vidas con un cúmulo de detalles y aconteceres que va hemos visto muchas veces en la pantalla o se nos ha contado en los periódicos, la acción o intriga tampoco nos depara mayores sorpresas. Conocedor del código que el autor ha elegido para su novela, el lector sabe que el final feliz es prescriptivo. Y así, ya desde la página 162 sabe que los terroristas atentarán contra el policía —aunque tal hecho se reserve hasta el mismísimo final—, que el chico y la chica acabarán enamorados, que el malo recibirá su merecido castigo, etc.
De la literatura esperamos una imagen de la vida, sí. Pero no sus destellos más pobres.
ILUSTRACIÓN: El Coloso, Goya
martes, 8 de septiembre de 2009
INSTANTÁNEA DEL AMOR APALABRANDO UN BAILE CON LA FELICIDAD, Manuel Villena
INSTANTÁNEA DEL AMOR APALABRANDO UN BAILE CON LA FELICIDAD
Pienso todo esto
mientras coso el ojal de este pantalón
que no debí haber comprado nunca;
pienso todo esto
mientras tú estás dormida.
¡Es ya tan tarde!
La angustia no se deja enhebrar, ¿sabes?
Quisiera tenerla en el regazo
cual animal doméstico, bobo, estupidizado,
pero es arisca e indócil, muerde
cada vez que intento acariciar su lomo de aguja
que se agazapa en el costurero.
La angustia se ríe de mí,
me reta, me pide que la persiga
hasta las solanas del desasosiego.
Esa insolente no sabe
que me basta
pensar en ti mientras tú estás dormida,
que me basta
estrecharte para entrar a hurtadillas
en cualquiera de tus sueños,
jugueteando con el dedal plateado
que acerco a tus sienes
con la intención de asustarte dulcemente
justo antes de decirte al oído que
te quiero.
No sabe
que estoy rodeado de infinitos pañuelos
en los que he bordado con sangre de mi anular
las iniciales del agradecimiento.
FOTOGRAFÍA: Man Ray
Etiquetas: MANUEL VILLENA, POESÍA





