viernes, 14 de enero de 2011

[PARA LA MAYORÍA DE LA GENTE...], Andrés Barba


«Para la mayoría de la gente —continuó Manuel, alentado—, el amor no se da, sino que se exige. Todo el mundo se siente digno de amor, pero nadie sabe por qué, les han hecho creer que de verdad se lo merecen, que les es debido el amor; cuando les llega no lo toman como un regalo, como sobreabundancia, sino como algo que reciben en justicia. Por eso muchos de aquellos que dicen querer en realidad siguen ciegos, y en vez de tratar de comprender se limitan a desear que las personas a las que quieren se conviertan en aquello que necesitan. El mismo querer del que tan orgullosos y tan dignos se sienten es algo que nace pervertido, sin alegría, y que muere por necedad. —Manuel calló un instante y, como desmintiéndose, añadió—: A pesar de todo existe el amor.»

ANDRÉS BARBA, Versiones de Teresa, Anagrama, 2006, página 135.

jueves, 13 de enero de 2011

MI MAMÁ ME MIMA, Hipólito G. Navarro

MI MAMÁ ME MIMA



Contempla ensimismado cada tarde a su hija mientras ella aprende a escribir. Los deberes de Virginia, considera, son un regalo que no tiene precio: le devuelven aquella portentosa experiencia del aprendizaje a la que su recuerdo solo no podría asistir, de tan lejana.
Si al principio le sorprendía la capacidad de Virginia para equivocarse y romper continuamente la mina del lápiz, hasta llegarle incluso a exasperar tanta torpeza, ahora comprende que no busca ella otra cosa en realidad que una buena excusa para emplearse a fondo en las primarias tecnologías de los sacapuntas y las gomas, una ocupación mucho más placentera que copiar las ñoñas redacciones que le mandan los maestros. Además, le deben de fastidiar sobremanera las cosas que terminan por decir esas frases que construye con infinita paciencia y un trabajo agotador, o así le cabe a veces suponer a su padre, cuando lee con mal disimulada admiración tan irónicos y notables resultados.
Quizá por eso entienda él como su mayor obligación volver a la carga una y otra vez al menos mientras duren las planillas de estos días, y repetir las explicaciones muy masticadas ya de este matiz: no se trata ahora de atender al argumento, mi amor (como a un adulto le habla; sigue distraídamente con el dedo un dibujo en la escayola), sino de poner todos los sentidos en pintar las frases, hilvanando con sumo cuidado una letra tras otra, a ser posible sin que rebasen los palotes los anchos y los altos que las líneas azules te señalan con descaro. La cuadrícula, por si no lo sabes, hija, viene impresa justamente con esa intención: la de constreñir en lo que pueda tu más salvaje y virginal caligrafía.
Virginia mira a su padre y sonríe, como si algo en efecto comprendiera.
Tiene ahora Virginia que hacer todo su trabajo en casa, desde que se rompió, jugando en el recreo, unos cuantos ligamentos. Veintiún días inmovilizada escribiendo sus planillas bajo la atenta vigilancia de su padre. ¿Cuántos días han transcurrido ya?, ¿seis tan sólo? Parecen más.
Así que los dos reciben a menudo y cada vez con más ganas la visita de los abuelos. Vienen muy poco las amigas del colegio.
Con los abuelos es más fácil. Ella puede escribir entonces sin tanta cariñosa vigilancia, mientras ellos, los mayores, charlan y recharlan en voz baja.
Pero como las últimas planillas, a su manera también ellos son aburridos, pues hablan todo el rato de lo mismo, repitiéndose cada día más. Quizá por eso pierda Virginia hoy su concentración y se deje ver llorar. Ha sido cuando más enfrascados estaban ellos en la conversación. Un descuido lamentable.
Los abuelos intervienen de inmediato y al unísono, qué tiene mi cielo, queriendo suponer que Virginia echa de menos a sus amigas, los juegos, el intercambio frenético de cromos. Su padre se aventura por otros pensamientos: quizá eche también de menos a su madre sin fronteras sabe Dios dónde y con que alternativos médicos ahora. ¿O ligeros cambios atmosféricos que podrían influir en el daño tal vez?
Pero no, no es nada de eso. Virginia se explica entre hipidos. Llora porque ellos, los mayores, han dejado por imposible el informe del traumatólogo que acompaña a las radiografías de su pie, porque nadie, ni los tíos siquiera, logró finalmente entender las letras borrachas del especialista. Llora porque le da una pena tremenda descubrir que pasados unos años pudiera olvidársele todo esto que ahora tanto le cuesta y escribir finalmente como si nunca hubiese sabido hacer la o con un canuto, como si nunca hubiese conseguido domesticar su más salvaje y virginal caligrafía. Es buen argumento, le parece, para suavizar.
La abuela será quien la anime al final: no te preocupes, mi vida; hay que ser muy estúpida para que se olvide una de escribir, eso sólo le ocurre a los médicos.
Tan poca sorna se transparenta en el tono de voz de la abuela que incluso termina Virginia luego una hojilla, sin olvidar en ningún renglón el acento de mamá. Pero la verdad sea dicha: hay en la casa, y se nota, unas ganas bárbaras de que terminen ya, de una vez por todas, las muy dolorosas y sarcásticas planillas de la eme.

HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, pp. 340-342.

lunes, 10 de enero de 2011

AGOSTO, OCTUBRE / LAS MANOS PEQUEÑAS / VERSIONES DE TERESA, Andrés Barba

Sigo la recomendación de una buena lectora amiga y atravieso la desasosegante historia de Tomás, un adolescente que cometerá un terrible error del que un espíritu sensible no puede salir sin la más lacerante expiación. Agosto, octubre (Anagrama, 2010) es la última novela de Andrés Barba (Madrid, 1975), un joven narrador al que la revista Granta incluye entre los que considera mejores narradores jóvenes en español.


Busco otras novelas suyas y salto al 2008: Las manos pequeñas.
Es innegable el talento de este autor para diseccionar el mal. Sus historias terribles se proponen como indagaciones sobre la bestia (Lord of the flies) que a cada uno de nosotros toca doblegar. Magnífico el arranque con el que el narrador anuncia la orfandad de Marina, la chiquilla que sufrirá de sus nuevas compañeras el ostracismo, luego la más terrible ejecución. Otra muñeca despedazada en el juego cruel: la vida.
Dos pasitos hacia atrás: 2006. Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester). De nuevo, la historia (la historia de un trastorno en el que se percibe un eco de Bernhard) y el retrato de unos personajes a los que cuesta considerar humanos, y, a la vez, encierran una notable sensibilidad almohadillada entre sus monstruosas excrecencias.
Otra vez el mal (la perversión, las bajezas, la envidia, la desesperación, los celos...) empuja al asesinato.

sábado, 8 de enero de 2011

BLANCA NAVIDAD, David Roas

BLANCA NAVIDAD

Carlitos Jinglebells adoraba la Navidad de una forma compulsiva. El resto del año, aquellos 351 largos días de abstinencia navideña, suponía para él un periodo de angustia casi insoportable, que trataba de paliar con todos los métodos posibles: escuchaba villancicos a todas horas, saludaba con un sempiterno «Feliz Navidad» a todo aquel con el que se cruzaba (los vecinos habían aprendido poco a poco a ignorarle), su casa era un museo del adorno navideño... En los momentos de máxima desesperación, llegaba incluso a esnifar virutas de corcho porque, según él, le recordaban el olor de los belenes. Pero conforme pasaron los años su estado fue empeorando. Cada vez le era más difícil encontrar el bálsamo adecuado para su ansiedad prenavideña. De tanto repetirlos, los villancicos se le habían vuelto insoportables; las guirnaldas aparecían ante sus ojos como objetos ridículos; pensar en el turrón le daba arcadas... Cuando descubrió que el anuncio de la llegada de la Navidad al Corte Inglés ya no le provocaba emoción alguna, supo que debía acabar con su vida. Para ello, escogió la madrugada del 25 de diciembre. Lo señalado de la fecha serviría, además, para amargar las fiestas a sus familiares y vecinos. Así, subió a lo alto del viaducto y se arrojó al vacío. Carlitos no contaba con que caería sobre el trineo de Papá Noël, que justo en ese instante pasaba bajo su trayectoria. Ninguno de los dos sobrevivió al tremendo impacto. Ni la propia Navidad, que se extinguió con el último aliento de Papá Noel. Lástima que Carlitos no fuera consciente de tan tremenda hazaña.

DAVID ROAS, Horrores cotidianos, Menoscuarto, Palencia, 2007.

martes, 4 de enero de 2011

NUEVAS DIVINANZAS, José Mateos


Nuevas divinanzas


*****
El miedo a equivocarme es siempre mi primera equivocación.

*****
Leer bien consiste en no olvidar que debajo de cada frase, de cada palabra, hay una promesa.

*****
Las palabras son una máscara muy pegada a la piel de la realidad, por eso pueden revelar tanto.

*****
Entre los escombros de unas pocas palabras está la caja negra donde quedó registrado el motivo de nuestra caída.

*****
La pregunta: «¿y qué?», le cuelga del culo a todos los malos poemas.

*****
Lo intraducible es siempre la manera que cada idioma tiene de pensarse a sí mismo cuando piensa en otra cosa.

*****
El tiempo nos roba y nos asesina; y después, se perdona a cada instante.

*****
Uno es libre para escoger entre Dios y el Diablo. Lo único que no nos está permitido es no escoger.

*****
La respuesta de la muerte no es el silencio, sino la densidad de ese silencio.

*****
Escribo para tener que hablar menos y cada vez me hacen hablar más.

*****
Deseamos algo para escapar de lo mismo y, cuando lo poseemos, se convierte en una prolongación de lo mismo.

*****
Todo lo que llego a poseer vive dentro de una profundidad que no se deja poseer.

*****
De alguna forma que existan los demás cuestiona que yo posea completamente algo.

*****
No busques la fuente escondida ni el tesoro interior. Dentro de ti, todo está fuera.

*****
Mi cuerpo y el dolor de mi cuerpo se ríen a carcajadas de mi libertad.

*****
El paraíso existe. Cada vez que nos alegramos entramos en él.

*****
Aquello grande que me falta lo percibo en la acumulación de todo lo que me sobra.

*****
DOSTOIEVSKIANA.-El crimen es siempre impotencia de poder; y sin embargo, rápidamente otorga a quien lo comete toda la ebriedad del poder.

*****
Cuando una doctrina sobre el otro mundo se pone a gobernar en este mundo, atenta contra uno y otro mundo.

*****
Si no existiera el hombre, ¿Dios de qué sería Dios?

*****
Hay algo inmortal que canta dentro de mí y solo la absoluta sumisión puede matarlo.

*****
Mi mejor idea fue la idea de la muerte que muchas veces me salvó de la tentación de lo superfluo.


*****
METAMORFOSIS.- Una extrema noción de lo que es la virtud lo convirtió en una piedra.

*****
Del poder solo se disfruta en el abuso.

*****
Para ser yo necesito al otro, pero sobre todo necesito que el otro sea siempre otro.

*****
Porque no se perdonaba nada, podía perdonarlo todo.

*****
He visto cuidar y velar al que no podía y no he visto nada más hermoso.

*****
Cuando menos tuve, más me alegró lo que tuve.

*****
Para encontrarte a ti mismo, búscate en otro.

*****
Vencer consiste, sobre todo, en borrar cualquier rastro de responsabilidad. Por eso, no siempre vencen solo los que vencen.

*****
Entré en la alcoba de la muerte y me la llevé conmigo a la vida. Desde entonces, lo compartimos todo.

*****
Uno puede estar por encima de los muchos. Pero por lo que engendra, no por quien lo engendró.

*****
Cada uno se adhiere al color de sus mentiras.

*****
Entre las desilusiones he perdido mi yo; y él me busca a veces entre las ilusiones.

*****
Hoy no necesito nada: soto que me dejen solo con mi necesidad.

*****
Lo excelente se hace siempre entre muchos. Y todo lo demás, lo hace uno solo y es siempre igual e intercambiable.

*****
Vivimos y caminamos entre la niebla; y si la disipamos, nos disipamos con ella.



JOSÉ MARTOS, Nuevas divinanzas, Clarín, Oviedo, Noviembre-diciembre 2010, pp. 31-33,

lunes, 3 de enero de 2011

EL DESENLACE, Sergi Pàmies


EL DESENLACE


1

Mi madre siempre dormía con la ventana abierta. Quizá por eso la muerte se la llevó mientras dormía. Aquella noche oí un ruido que sonaba como un presagio y me levanté. Cuando abrí la puerta de su habitación, me sorprendió la cama deshecha y vacía. La cortina, aspirada por la corriente de aire, me absorbió la mirada hasta un paisaje iluminado por una luna llena, a punto de reventar. Enseguida las vi. Mi madre detrás, siguiendo a duras penas los enérgicos pasos de una muerte convencional: con guadaña afilada y capa negra. Me calcé las botas, cogí la escopeta, la cargue y, en pijama, salí a buscarlas. «¡Alto!», grité desde el porche mientras procuraba contener el frío y el miedo. Se dieron la vuelta. Mi madre ponía cara de resignación, una expresión que no cuadraba en absoluto con su carácter, habitualmente optimista. «¡Suéltala o disparo!», amenace. La muerte sonrío (lo recuerdo porque me sorprendió que tuviera dientes). Mi madre, en cambio, no reaccionó como yo esperaba. Se llevó un dedo a los labios para pedirme que callara y, en un tono autoritario, me ordenó: «Vuelve a casa, que cogerás frío.» Bajé el cañón de la escopeta y las vi alejarse cada vez más. Los primeros metros, a mi madre le costaba un poco seguirle el paso. Al cabo de un rato, sin embargo, las dos corrían, casi bailaban, como dos niñas ajenas a los peligros del bosque. Un bosque en el que, todavía hoy, a menudo veo sombras, escucho voces de pesadilla, presencias que no puedo llamar fantasmas porque mi madre me enseñó a no creer en fantasmas. Aunque, a veces, sobre todo cuando bebo demasiado, no solo los veo sino que los persigo, los insulto y les disparo para que se marchen.

2

La enfermera que cuida a mi padre me llama por teléfono para decirme que debería acudir enseguida. «Es urgente», añade. Veinte minutos mas tarde estoy junto a mi padre. Le cojo la mano. Me impresionan la frialdad de sus dedos y la textura de su piel, puro papel de lija. Respira agitadamente y tiene una mirada de espanto enmarcada por unas ojeras de vampiro y unas cejas despeinadas. La enfermera recomienda avisar a una ambulancia. Por la manera como él me aprieta la mano, deduzco que prefiere que no lo haga. Le pregunto si le duele algo y responde con un movimiento de cabeza de negación rotunda, como si, por ahora, el dolor fuera lo que menos le preocupara. Hace tiempo que el médico nos dice que el desenlace puede producirse en cualquier momento y que ingresarlo de manera preventiva podría empeorar la situación en lugar de mejorarla. «Desenlace» es el eufemismo que utilizamos para referirnos a la muerte y, como llevamos tanto tiempo hablando así, ya no me resulta tan ridículo como al principio. Con las pocas fuerzas que le quedan, mi padre me tira hacia él y, al oído —y con una voz que parece salirle del fondo de los pulmones—, me susurra que tiene que decirme algo importante y que, por favor, cierre la puerta. Le pido a la enfermera que nos deje solos. Mi padre se incorpora un poco y me pide agua. Me doy cuenta de que tiene unos pelos enormes en las fosas nasales y en las orejas, y el pijama manchado, probablemente de sopa.
—¿Qué se ha dicho siempre de los icebergs? —me pregunta.
Suspiro. Creía que quería hablarme de la muerte, o darme un ultimo consejo, o confesarme algún secreto relacionado con mi madre, algún hijo ilegítimo o el testamento. No esperaba una nueva elucubraci6n sobre la materia, el espacio o cualquiera de las obsesiones que, desde que dejó el trabajo, le han mantenido ocupado. Le miro con compasión, sonrío, pero él sigue alterado y espera, impaciente, mi respuesta:
—¿Que los icebergs sólo muestran una parte de lo que son? —le digo con un tono de alumno aplicado.
—Exacto —responde.
—Que esconden nueve décimas partes de su volumen —continúo.
—Eso mismo —dice.
Ignoro adónde quiere ir a parar.
—¿Y? —le pregunto.
Es una pregunta retórica, una referencia de complicidad, un homenaje a la manera como, desde siempre, me ha enseñado a pensar. Durante años, cuando le contaba cualquier cosa —de niño, con entusiasmo o inquietud; de adolescente, con pesadumbre o prudencia; de adulto, con indignación o arrogancia—, él solía mirarme fijamente a los ojos y preguntarme:
—¿Y?
En función de la circunstancia, aquel «¿Y?» rebozado de autoridad pedagógica resolvía casi todas las dudas. Si la pregunta era temerosa, relativizaba los peligros y me indicaba que debía perseverar y no amedrentarme ante los obstáculos. Si la pregunta era presuntuosa, me hacía volver a la realidad y darme cuenta de que sólo había descubierto una ínfima parte de una respuesta global que requería mucho tiempo, esfuerzo y reflexión. El «¿Y?», pues, era una clave privada y, ahora, pronunciada por mí en esta habitación que huele a cerrado, suena como una impertinencia. Mi padre no capta la referencia a nuestro pasado y eso me preocupa. La dificultad para respirar y la angustia que transmite su mirada me obligan a tomarme seriamente el diálogo que él intenta llevar a cabo hacia un objetivo que desconozco.
—Creo que muchos icebergs no esconden nueve décimas partes y que ésta es una premisa falsa, que hemos dado por buena por pereza, porque nunca nos hemos tomado la molestia de comprobar si, efectivamente, todos los icebergs siempre esconden nueve décimas partes de su materia —dice finalmente.
Sonrío. Por un lado para intentar tranquilizarlo; por otro, para tranquilizarme yo. No sé qué decirle. Gano tiempo cogiéndole la mano mientras busco palabras que, estoy seguro, no estarán a la altura de su inquietud. Cuando empiezo a encontrarlas, siento que se crispa, que la respiración se apaga y que, de repente, toda la fuerza que procuraba acumular desemboca en una larga inspiración. No aviso a la enfermera. Sé que está muerto, aunque actúo como si todavía fuera un enfermo. Sigo acariciándole la mano y puedo sentir cómo sus dedos, que ya estaban fríos, se enfrían aún más. Lo peino un poco. El dolor que siento no tiene nada que ver con ningún dolor anterior. No me puedo mover. Me gustaría avisar a la enfermera pero me temo que, si abro la boca, vomitaré. Me da la impresión de que le debo a mi padre una reacción tan serena como la que tuvo él cuando murió mi madre. Espanto los recuerdos de aquel momento porque sospecho que no seré capaz de resistirlos y que, aquí y ahora, me conviene acumular fuerzas y no debilitarme. Cuando intento moverlas, las piernas no me responden. A pesar de todo, me incorporo un poco y, con la ayuda del respaldo de la silla, consigo ponerme en pie. El dolor continúa, pero, por ahora, no se manifiesta exteriormente. Miro a mi padre. Los músculos faciales parecen haberse liberado de la tensión que los corroía cuando he llegado. Coincidiendo con el primer sollozo —una exhalación de tristeza que me explota en la boca por sorpresa—, empiezo a pensar que he llegado a tiempo, y este pensamiento inicia una larga caravana de razonamientos que intentan aplacar la parte más dura del duelo. Mientras lloro —ahora sin control ni contención, con una intensidad que me hace sentir una vergüenza infinita—, pienso que soy un iceberg a la deriva y que ojala tuviera nueve décimas partes de materia debajo de mí.


SERGI PÀMIES, Si te comes un limón sin hacer muecas, Anagrama, Barcelona, 2007, pp. 119- 124.

sábado, 1 de enero de 2011

BUENOS PROPÓSITOS, Pilar Galán


Buenos propósitos

En todo caso, si después de haber sido uno te conviertes en otro, ya siempre seréis dos.
Juan José Millás

El lunes dejó de fumar. El martes empezó el régimen. No tuvo mucho problema para apuntarse al gimnasio el jueves, después de haber ido a trabajar andando el miércoles. Empezó a sentir las agujetas el viernes por la tarde, mientras hacía cola para ver si su nombre aparecía en las listas de la escuela de idiomas. El sábado lo pasó en casa, malhumorado y roto, agotado después de la limpieza general que incluyó baños y trastero. A las once de la noche del domingo, mucho después del partido, con el enésimo cubata de Dyc cola en la mano y el cigarro en la boca, apurando la segunda ración de orejas con tomate, comentó a sus amigos, desde el desgarro y la sinceridad más profundos, hay que ver, cago en la hostia, qué largas se me han hecho estas dos semanas.

Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos, Cuadernos del Vigía, Granada, 2010, p. 257.