miércoles, 9 de febrero de 2011

CELEBRACIÓN EN FAMILIA, David Roas

CELEBRACIÓN EN FAMILIA

Para Carlota, por sus sueños


La fiesta estaba saliendo tan bien que no sabía cómo decirles que no me iba a suicidar. La felicidad se podía leer en los ojos de todos mis familiares, aun cuando eran conscientes de que ese día yo debía morir. Incluso había venido el primo Braulio, como perdonándome lo mal que se lo hice pasar cuando éramos niños. Fotografías, regalos (no para mí, claro, hubiera sido estúpido), abrazos, botellas de champán abriéndose sin cesar. No recuerdo un momento semejante junto a mi familia. Ni siquiera en Navidad. Lamentaba defraudarlos, pero aquel ambiente tan relajado, ver a todos juntos pasándolo bien, me hizo cambiar de idea.
Al principio lo había tenido claro. Todavía resuenan en mis oídos las palabras del médico: enfermedad incurable, tres meses de vida, dolores insoportables... El suicidio me evitaría la angustia de la cuenta atrás y el sufrimiento físico. Mi familia lo entendió perfectamente. La idea de la fiesta fue de mi padre. Mi madre se encargó de preparar todos los detalles de mi entierro (El ataúd es precioso, hija mía, me dijo feliz).
No pude esperar a que acabara la fiesta para decírselo. No me parecía justo. Y como había supuesto, todos se enfadaron. Más aún, empezaron a insultarme (Siempre has sido una malcriada... Nunca acabas nada de lo que dio el primo Braulio, en cuyos ojos me pareció adivinar un leve destello de venganza.
Mamá tenía razón: el ataúd es precioso. Y muy cómodo.


DAVID ROAS, Distorsiones, Páginas de Espuma, Madrid, 2010, pp.155-156.

CUADRO: Eleazar

martes, 8 de febrero de 2011

LA MAR SE YESA, Hipólito G. Navarro

LA MAR SE YESA

Se levanta el telón.
Sobre el pelo, abundantes cenizas de los cuatro incendios más cercanos; en la pupila, reclamos de tiendas todo a un euro, arena, destartalados vehículos a reventar de sandías...
Chaparrones de engorros de verano, estorbosos de verdad, se le ocurren a Eugenio apenas comenzar sus vacaciones, un instante después de haber dicho adiós de forma apresurada a los colegas de la oficina. Sin embargo, de entre todos los engorros imaginables uno destaca sobremanera en la cabeza de Eugenio, tanto que acaba por convertirse en toda una premonición. La llamada de Elena cuatro horas antes de que en efecto dieran comienzo las vacaciones le hace pensar en un engorro verdaderamente original.
Elena ha sido escueta: hazme el favor de salir un poco antes, Eugenio; estamos en urgencias del hospital universitario, aparca por detrás. Nada grave no obstante. La rabia es que ha sido bien tonta la caída del muchacho en el último tramo de escaleras, cuando cargaba con demasiadas bolsas y maletas.
Eugenio llega justo a tiempo. El traumatólogo de zona, tras consultar las radiografías encargadas al efecto, y sin mirar al paciente, sonríe a la enfermera, a todas luces su compinche. A ver, señorita, que dicto el veredicto, que lanzo el diagnóstico, el semanagnóstico, el mesagnóstico en realidad: lo que ustedes en el fondo estaban sospechando: su hijo tiene la muñeca rota, debe llevar férula hasta el codo sujeta en cabestrillo durante al menos un mes.
Juega pues el muchacho en la playa sin acercarse siquiera al rompeolas, protegida la depresión bajo sombrilla. Sin edad para leer a los clásicos, rascacielos, enteras urbanizaciones de arena va teniendo tiempo de construir. Elena y Eugenio ayudan con el trasiego de cubos de agua. Etcétera.
Pero lo que se dice el engorro no llega hasta el día que hace veintisiete, a cuatro de quitar el mapa de firmas y dibujos, cuando el chico ya no aguanta más. Nadar así, con ese lastre, produce un escoramiento lateral de mil demonios; hasta las medusas se sorprenden de esa técnica recién inaugurada. Las algas enredadas en lo que fue escayola impiden contemplar el deterioro, pero pueden Eugenio y Elena asegurar, este antepenúltimo día de descanso, que su muchacho ha dejado en el agua la parte gorda, estructural, de la férula; lo que sujeta ahora al brazo y a la muñeca que resulta de su lógica prolongación es una malla deshilachada, un envoltorio inútil de porquería, un gigantesco engorro de verano.
En justa compensación les viene entonces raudo casi sin pensar, el título de la película.


HIPÓLITO G. NAVARRO, Los últimos percances, Seix Barral, Barcelona, 2005, pp. 389-390.

domingo, 6 de febrero de 2011

AL SOL, Luciano G. Egido

AL SOL

Le soleil rayonnait sur cette pourriture
comme afin de la cuire à point.
Charles Baudelaire

En medio de la deflagración universal que asolaba al mundo, sólo Cipriano "Candiles" sonreía. Estaba recostado suavemente sobre un lecho de hojarasca en medio del campo, con el homenaje incierto de una amapola a la altura del ombligo desnudo. Su sonrisa pacífica resultaba ofensiva, rodeada de tanta desolación, tanta tragedia y un calor tan intenso. ¿Qué estaría soñando tan beatíficamente, con los ojos cerrados y el gesto de un arrobamiento incontrolado? ¿Qué músicas celestiales acompañarían su reposo? Su inmovilidad y su enajenación eran tan absolutas que no parecía darse de cuenta de que las hormigas se le paseaban por las manos generosamente abiertas. En la posición que estaba, cara el cielo, no se le podía ver el agujero negro que tenía en la nuca y que había atraído la atención succionadora de las moscas. Era la sofocante tarde del día 18 de julio de 1936.


LUCIANO G. EGIDO, Cuentos del lejano oeste, Tusquets, Barcelona, 2003, p. 73.

sábado, 5 de febrero de 2011

LIBRO DE LAS PREGUNTAS, Pablo Neruda

XXIX


Qué distancia en metros redondos
hay entre el sol y las naranjas?

Quién despierta al sol cuando duerme
sobre su cama abrasadora?

Canta la tierra como un grillo
entre la música celeste?

Verdad que es ancha la tristeza,
delgada la melancolía?


PABLO NERUDA & ISIDRO FERRER, Libro de las preguntas, Media Vaca, Valencia, 2006.

ILUSTRACIONES: Isidro Ferrer

viernes, 4 de febrero de 2011

DESNUDO, Luciano G. Egido

DESNUDO

Lo más profundo del ser humano es la piel.
Paul Valéry


Le dije: "Desnúdate". Y ella me dijo: ""¿Tan pronto?". Y yo le dije: "Entiéndeme; lo que quiero decirte es que me hables de ti". Y ella me dijo: "Entonces, será mejor que me desnude".


LUCIANO G. EGIDO, Cuentos del lejano oeste, Tusquets, Barcelona, 2003, p. 37.


FOTOGRAFÍA: MAN RAY

miércoles, 2 de febrero de 2011

REBAJAS, José María Merino

REBAJAS


Lleva muchos años trabajando en esos grandes almacenes, y ha ascendido ya a la jefatura de una sección.
Las fechas previas a las vacaciones son para todos los empleados un tiempo agobiante, acaso el más duro del año, pues les obliga a un esfuerzo mayor de lo habitual frente a los innumerables compradores. Las ventas ordinarias rematan con las ventas de rebajas, tras una jornada agotadora en que debe cambiarse el orden de los artículos, y sus precios.
Él vive los días de rebajas con una intuición de pesadilla ante esa aglomeración de gente a la que mueve un afán que parece angustioso, significativo acaso de una búsqueda que va mucho más allá del precio favorable o de la ganga.
Tal sensación de mal sueño surgió en él muchos años antes, pero hace solamente dos que se hizo más intensa, con la aparición de la Vieja Pálida, una anciana flaca, vestida con una gabardina pasada de moda, las manos en los bolsillos, el rostro lleno de arrugas, desvaído y cremoso el color de sus iris, una pañoleta oscura cubriendo sus cabellos. Era inevitable verla deambular con su andar lento entre los ansiosos clientes, ajena al bullicio, como si hubiese entrado allí por casualidad.
El segundo año, el primer día de rebajas, cuando volvió a aparecer la Vieja Pálida, él la recordó claramente, y su impresión de estar soñando se hizo más aguda ante el aspecto fantasmal de la anciana, que de nuevo recorría los pasillos con lentitud, entre el ajetreo y el nerviosismo de los buscadores de chollos, sin alterar su gesto severo ni su ademán hierático.
En aquella ocasión ya no pudo olvidarla, y la figura de la Vieja Pálida se convirtió en una referencia de las rebajas, una aparición que ponía una nota lúgubre en el entusiasmo consumista.
Esta vez, tras abrirse las puertas de los almacenes, ha penetrado la tromba agitada de la muchedumbre, y la Vieja Pálida está de nuevo ahí, vestida con su gabardina arcaica, las manos ocultas en los bolsillos y los ojillos adolecidos de una blancura triste.
Pero esta vez él se decide, venciendo su resistencia, y se acerca a la anciana. «¿Está usted buscando alguna cosa?», pregunta, y la anciana, con voz exhausta y chirriante, que parece provenir del lugar donde el tiempo no existe, responde: «Te estoy buscando a ti.»


JOSÉ MARÍA MERINO, Días imaginarios, Seix barral, Barcelona, 2002, pp, 33-34.

martes, 1 de febrero de 2011

TODO LO QUE SE LLEVÓ EL DIABLO, Javier Pérez Andújar

De este sorprendente y ambicioso libro misceláneo que reconstruye el tapiz histórico de Las Misiones Pedagógicas durante la Segunda República, incluyo un hilo menor, aunque sobradamente brillante:

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Velasco Flaínez estiró las piernas cuanto pudo, se tendió hacia atrás y clavando las palmas de las manos en la tierra se puso a explicar su cuento.
Hace mucho tiempo, en un bosque muy lejano, vivía un hombre que se había casado de segundas con una mujer muy mala. Este hombre tenía dos hijos de su otra mujer. El niño se llamaba Periquito y la niña, Mariquita. Un día que aquel hombre salió a trabajar al bosque, Periquito se quedó jugando en la era. Cuando se cansó de jugar, volvió a su casa y le dijo a su madrastra: Madre, tengo sueño. Acuéstate en la artesa, le mandó ella. Y cuando Periquito dormía metido en la artesa, su madrastra le echó una olla de agua hirviendo. ¡Madre, que me quemo!, gritaba Periquito, y la madrastra le contestaba: Calla, hijo, que son los rayitos del sol. Y poco a poco, la madrastra fue llenando la artesa de agua hirviendo hasta que Periquito se murió. Entonces la madrastra troceó al niño y puso los trozos en un guisado. Cuando acabó, la madrastra llamó a Mariquita para que viniera, porque tenía que llevarle la merienda a su padre, que estaba trabajando en el bosque. Cogió una olla y la llenó con el guisado, y se la dio a la niña. A mitad de camino, Mariquita destapo la olla y vio que asomaban los dedos de su hermano, y la niña se puso a llorar. Pero en ese momento se le apareció un hada, que le preguntó: Mariquita, ¿por qué lloras? Y ella le contesto: Porque ha matado mi madre a mi Periquito. Entonces el hada le dijo: Pon sus huesos debajo de la cantarera, y verás como resucita. Y ya contenta, la niña le llevó la comida al padre, y se quedó a su lado. El padre empezó a comer, y conforme se dio cuenta, le dijo: Mariquita ¿por qué coges los huesos? Y ella le respondió: ¡Son para el perrito! A la que terminó el padre de comer, Mariquita se volvió a su casa, y puso la olla con los huesos debajo de la cantarera tal como le había dicho el hada. Se hizo de noche, y volvió el padre del bosque. Se pusieron todos a cenar, pero el niño no aparecía. ¿Dónde está Periquito?, preguntó su padre. Está en la era jugando, dijo la madrastra. Y siguieron comiendo. En medio de la cena, se apareció Periquito cargado de dulces, caramelos y regalos. Entonces la madre le dijo: Periquito, dame. Y él le contestó: No, que me mataste. Y el padre le dijo: Periquito, dame. Y él le contestó: No, que me comiste. Y su hermana le dijo: Periquito, dame. Y él le contestó: ¡Tómalos todos, que me recogiste! Y cuando mi abuelo terminaba de contarlo, siempre acababa diciendo: Y yo, que estuve pa aquí y pa allá, no pillé na.
Acabó el motorista de anotar este relato pataleando de alegría, y empezó a hablar a grandes voces.
Pero, ¡sabes lo que me has contado, muchacho! ¡Es una maravilla! ¡Un tesoro! ¿Te haces cargo de lo que hay en ese cuento? Y ya no me refiero a la cabaña, al bosque, ni siquiera al motivo de los huesos delatores. Te voy a contar una historia que aparece recogida en un libro medieval de viajes de un caballero llamado Juan de Mandeville, que anduvo por Turquía, Armenia, Persia y llegó hasta la India. Resulta que en ese libro habla de una isla donde los hijos se comían a los padres y los padres a los hijos. Y la mujer al marido, y viceversa. Cuando alguien de la familia se ponía muy enfermo, acudían al hechicero, y éste consultaba al ídolo. Si el ídolo vaticinaba que el enfermo iba a morir, los familiares con la ayuda del hechicero le ponían al yaciente un paño en la boca, y le cortaban el halito, y de este modo le mataban. Luego deshacían su cuerpo en pedazos e invitaban a todos los familiares y amigos a comer un guiso con los trozos. La comida se celebraba en un ritual con música de flautas. Una vez se habían comido al muerto, recogían sus huesos y los enterraban dando una gran fiesta con todo tipo de agasajos. Pues ese mismo ritual del libro es el que aparece en el cuento de tu abuelo. Los cuentos nos hablan de cosas antiguas y escondidas. En ellos han quedado grabados nuestros ritos más antiguos. Hay hasta vestigios de rituales antropofágicos. ¡Qué maravilla!
Pero al acabar de dar esta explicación, tanto el motorista como el muchacho habían perdido el hambre, así que recogieron el pan y las sardinas.


JAVIER PÉREZ ANDÚJAR, Todo lo que se llevó el diablo, Tusquets, Barcelona, 2010, páginas 120-122.