lunes, 28 de febrero de 2011

LA FUERZA DEL DESTINO, Julia Otxoa

LA FUERZA DEL DESTINO

El perro riñe al gato, el gato al ratón, el ratón a la musaraña, la musaraña a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la hormiga, la hormiga a la pulga, pero la pulga, como es tan pequeña, no tiene nadie más pequeño a quien reñir, así que, indignada, prepara la revolución para derrocar al perro.


JULIA OTXOA, Variaciones sobre un cuadro de Paul Klee, Hiru, Hondarribia, 2002, p. 50.

domingo, 27 de febrero de 2011

[SI ME RESCATAS DEL FRÍO...], Ana Vega

Si me rescatas
del frío,
prometo abandonar
el invierno
para siempre...



FOTOGRAFÍA: Luis Arroyomolinos

sábado, 26 de febrero de 2011

ADÁN Y EVA, Samuel Butler

ADÁN Y EVA


Un niño y una niña estaban mirando un cuadro en el que aparecían Adán y Eva.
—¿Cuál es Adán y cuál es Eva?— preguntó uno de ellos.
— No lo sé— repuso el otro-, pero te lo podría decir si tuvieran la ropa puesta.

Samuel Butler

viernes, 25 de febrero de 2011

ROEDORES, Julia Otxoa


ROEDORES

El lanzador de cuchillos sentía roer en su interior a la rata de ojos amarillos. Miró a la mujer rubia del bañador azul, con la espalda plegada al tablero verde, con la que formaba pareja desde hacía más de veinte años. Pensó de pronto con espanto, que aquella mujer era demasiado confiada.
¿Acaso no conocía ella la leyenda del gran roedor de ojos amarillos? Se preguntaba el lanzador, empapada en sudor la mano que sostenía el puñal.


JULIA OTXOA, Kískili-Káskala, Vosa, Madrid, 1994, página 26.

jueves, 24 de febrero de 2011

AFORISMOS, Rafael Argullol

ASESINO: El hombre más solo del mundo tras el acto más solitario.

ENVIDIA: Acepto encantado mi sufrimiento con tal de que tú tengas el tuyo.

GUERRA: La cuota de sangre que el hombre se paga con implacable regularidad.

MAL: El espectador absoluto que jamás bajará a la arena de la vida.

MALDAD: La maledicencia.

ODIO: La energía invencible que merecería una mejor causa.

RESENTIMIENTO: La puñalada que te clavas para herir a otro.

TIRANÍA: La imagen de la humanidad reducida a una inmensa ficha policial.

TORTURA: El pillaje de la dignidad que lleva consigo el botín del horror.

TOTALITARISMO: El bosque nos oculta el árbol.

TRAICIÓN: La repentina destrucción del mundo por un solo gesto o por una única palabra.

VERGÜENZA: Derecho de la pasión que prescribe con el tiempo.

VIOLENCIA: La vida desgarrándose por el temor de vivir.




RAFAEL ARGULLOL, Breviario de la aurora, Acantilado, Barcelona, 2006.

miércoles, 23 de febrero de 2011

LOS VECINOS DEL PRINCIPAL DERECHA, Enrique Jardiel Poncela

LOS VECINOS DEL PRINCIPAL DERECHA

Al llegar a mi patria, de regreso de la Argentina, hice lo que suele hacer todo el que se encuentra en mi caso: me instalé en un hotel y me dediqué a buscar un piso desalquilado.
Para un hombre con dinero, encontrar un piso desalquilado es cosa fácil. Yo traía mucho dinero de América y encontré rápida­mente lo que necesitaba.
América había sido pródiga para mí. Es cierto que durante doce años trabajé furiosamente. Pero también es cierto que al cabo de los doce años de trabajo incesante, me hallé sin colocación y sin dinero ¿Cómo volver a mi patria fracasado? Una tarde paseaba por Palermo pensando esta triste cosa cuando tropecé con una gruesa cartera de cuero negro. La abrí; la cartera contenía una bolsita con diamantes y $ 150.000 en billetes. También contenía unas tarjetas y una cédula de identidad con el nombre y las señas de su dueño, pero como desde el primer momento había decidido quedarme la cartera, rompí las tarjetas y la cédula y procuré olvi­dar el nombre de aquel caballero, lo que logré enseguida, porque yo tengo una memoria fatal.
De este modo me hice rico en América. Y es que en América todo el que trabaja mucho acaba, por hacer fortuna.
El cuarto que alquilé al llegar a mi patria era precioso. Lo deco­ré todo a mi gusto y comencé a vivir una vida sin preocupaciones, llena de molicie y de refinamiento. De vez en cuando invitaba a cualquier muchacha sin compromiso a pasar unos días en mi com­pañía, y cuando me sentía harto de su modo de reír o de su gesto al ponerse el pyjama la sustituía por otra. Este procedimiento de gustar el amor, como si fuese un piano de manubrio, es una de las bases en que durante años se ha sustentado la tranquilidad de los hombres solteros.
Pero una tarde, en esa hora romántica y húmeda del crepúsculo, estaba solo en casa, porque me hallaba en un momento de transi­ción entre el piano pasado y el piano futuro.
Alguien hizo sonar el timbre y, como una tromba, se me metió en casa una dama estrepitosamente perfumada con “gardenias pú­tridas”, de Lelong.
La dama atravesó el living-room, irrumpió en mi despacho y se dejó caer en uno de los sillones con la vista fija en el suelo, las cejas fruncidas y mordiéndose ligeramente el labio inferior.
La contemplé. Traía la cabeza destocada y se envolvía en un deshabillé de charmeuse y terciopelo. Llevaba unos pendientes de ópalo y unas chinelas amaranto con los tacones rojos, iguales a los de los cortesanos de Luis XV. Era rubia; de un rubio frenético.
No quise romper el silencio porque, precisamente, al sentarse en el sillón, el deshabillé se había arrugado y dejaba al descubierto las dos piernas de la dama en una extensión suficiente para privar del habla a un orador famoso; cuanto más a mí, que hablo poquí­simo. Detalle interesante: las medias que envolvían aquellas piernas prodigiosas eran de gasa, color “risa de sordo”.
Pero semejante situación no podía prolongarse. La dama alzó de pronto su cabeza y me dijo:
—Caballero: perdone usted esta intromisión. Soy la vecina del principal derecha. He tenido un feroz disgusto con mi marido y, llevada de la ira, me he ido de casa. Cuando he querido reaccionar estaba en la escalera. ¿Adónde ir así? Y se me ocurrió llamar en su piso. Si a usted le parece, charlaremos un rato, hasta que yo me tranquilice.
—Y es posible que usted consiga tranquilizarse, señora. Quien no podrá tranquilizarse seré yo mientras usted se obstine en mostrar enteramente la región de sus ligas.
La dama rectificó los pliegues de su deshabillé y me hizo de pronto esta pregunta insólita:
—¿Qué opina usted del amor?
—Creo —repuse para ayudarla en su propósito de quitarle tirantez a nuestra entrevista— que el amor es una especie de ascensor hidráulico; se le puede exigir que funcione bien durante cinco años; durante diez; durante quince; pero llega un momento en que se estropea y se niega a funcionar.
—¿Y entonces?
—Entonces, señora, hay que cambiar de ascensor o subir a pie; es inevitable.
La dama sonrió con esa sonrisa luminosa exclusiva de las personas inteligentes.
Luego se inclinó hacia mí, rodeó mi cuello con sus brazos y murmuró esta sola palabra:
—¡Ay!
Cuando una mujer suspira mientras rodea con sus brazos el cuello de un hombre, debe uno darse por enterado de que la dama tiene ganas de suspirar.
—Es usted capaz de enloquecer a cualquier mujer, amigo mío; sin embargo, nuestro amor es imposible. Yo lo sospecho: ¡impo­sible, sí!
Y se retorció un dedo, luego, dos; después, tres; y, al final, todos los dedos de la mano.
Entonces llamaron a la puerta.
—¡Mi marido!
—¿Usted cree?
Fui a abrir y, en efecto, entró el marido. Tenía un aire triste.
—Caballero —me dijo—. No me explique usted nada. Usted no tiene la culpa. ¡Ella ha sido la que ha venido aquí!… ¡Dios mío, qué vergüenza!
Rompió a llorar, me rogó un vaso de agua, y por tres veces le llevé coñac, tila y azahar.
Al volver yo al despacho me encontraba siempre al marido paseándose excitado, increpando a su mujer, y ésta tumbada en su silla, mirando la calle con gesto displicente.
Por fin, a las ocho de la noche, después de que efectué, trayendo agua, una agotadora labor de camello del desierto, deci­dieron volverse a su casa.
Ya en la puerta, el marido me estrechó enérgicamente las ma­nos mientras me decía:
—Gracias, gracias… Nunca olvidaré esto; nunca lo olvidaré.
Y se fueron.
Media hora después yo subía rápidamente la escalera y llamaba en el principal derecha. Nadie contestó a mis timbrazos. Entonces el portero, asomándose al hueco del ascensor, me advirtió que en el principal derecha no vivía nadie, pues el cuarto estaba desalqui­lado desde hacía seis semanas.
Esta noticia me produjo una gran contrariedad. Porque necesitaba hablar de nuevo con los vecinos del principal derecha para preguntarles si ellos habían visto por casualidad, una bolsita con brillantes que yo guardaba en el bargueño de mi despacho y que ha­bía echado de menos al rato de marcharse de mi casa el matrimonio.

ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Ventanilla de cuentos corrientes, Rey Lear, Madrid, 2009, páginas 31-36.

martes, 22 de febrero de 2011

EL CHAT, Manuel Espada

EL CHAT

―¿Ya te lo has quitado todo? ―le preguntó a aquella extraña a través del chat.
―Sólo me quedan las medias ―tecleó ella, excitada.
―¡Quítatelas, rápido! ―le ordenó, subrayando su exigencia con un golpe en la mesa, como si fuera el signo exclamativo al final de una frase.
―Lo siento, he oído algo, debe ser la puerta de su despacho, adiós.
―No me dejes a medias ―suplicó él.
La mujer abandonó el chat rápidamente. El hombre cerró su ordenador y salió enfurecido, aunque entró en el dormitorio de puntillas para no despertar a su mujer. Bajo las sábanas, la luz tenue de un monitor iluminaba el gotelé de las paredes.

MANUEL ESPADA