Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria. Nadie te ha mentido. No han pasado por ti las largas horas del aburrimiento infantil, ni el rencor, ni la cebada de las vísperas, ni el poder. No ha habido juez, ni mujer que haya amanecido a tu lado oliendo a sueño. No has estado allí, donde creíste sufrir. Esas cosas tuyas que con tanto afán has alimentado y vestido no las reconoces ya, ni esas cosechas. No te ha requerido nadie para ser consolado ni has buscado tú a nadie ya nunca. No percibes la alegría de los cuerpos, ni su tristeza. Ni la enfermedad. Ni la carga. Ni el ansia. Ni los cráneos minúsculos de los pájaros, ni los fluidos. La cucaracha murió al borde del fregadero encogida de veneno en polvo. Murieron las hormigas y el perro. ¿Lo recuerdas? Di. ¿Lo recuerdas? Murió la tarde y la pequeña de los vecinos de una pena redonda en el estómago amarilla y risueña de sedantes, como el amanecer de un teatro, y tu hermano murió, y las manchas de la servilleta murieron y el placer de la arena caliente de la playa y las cerillas murieron también. Ya nunca has estado allí donde se echan al fuego los excrementos olorosos de las vacas, ni has acariciado más nada. Tampoco eso es cierto: ni siquiera has dudado. Aquella tarde no te sentaste en aquella puerta. Aquel sol no era verdad. Aquellos labios no eran verdad. No te has detenido a despedirte, no has buscado arbitrar el frescor del mundo en las manos de otro, no has aprendido, no has admirado, no has visto, no has danzado, no has hablado, no has alabado en ningún templo, no has reído. Recuerda. Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria.
jueves, 31 de marzo de 2011
miércoles, 30 de marzo de 2011
CUATRO HORAS AL CUBO, Isabel Mellado
CUATRO HORAS AL CUBOTodo comenzó con un estornudo. Yo por cortesía le dije Jesús, ella me respondió que no me tomara la molestia, que era atea. Nos embalamos de inmediato en un diálogo sobre religión, pasando por obispos muy fecundos, viajes a la India y muchos otros temas que podrían llenar cuatro horas de tren y varios vagones.
Esta vez decidí fingirme un profesor de filosofía y letras. Separado, bien optimista. Amante de los niños, claro. Mis padres vivirían lejos, en Tierra del Fuego al menos, y yo, aunque soñador, sería un tipo muy asertivo.
Cuatro horas de tren no son solo cuatro horas. Es una vida pequeña, cuatro horas al cubo. El marco perfecto para mostrarse encantador, recreándose una personalidad de salón y un currículum como siempre se ha querido tener, y representar el rol del rufián, el seductor, el artista o, en caso de tener mala compañía, el sordomudo de nacimiento. Aquí, con la certeza de no volver a ver a tu interlocutor, sin riesgo de un futuro común (qué falacia eso del futuro común, ¿se referirán a la muerte?), puedes rápidamente saltarte los recovecos habituales llegando al meollo y, con suerte, si hay química de vagón, alcanzar cercanías insospechadas. No hay como una buena conversación en tren. Te responden. Yo la practico dos veces por mes desde que me peleé con mi psicoanalista. Es mucho más barato y más ameno. Eso sí, tengo un precepto igual que el psicoanalista: pase lo que pase, nunca intercambiar ni pelos ni señales, o sea, nada de teléfonos ni intentar rejuntarse nunca. Sin la vertiginosidad sobre rieles, la compresión del tiempo, la libertad de ser lo que no se es y el sedante mantra: Talán chucu chu, talán chucu chu, no volvería a ser lo mismo.
La comunicación en un avión es otra historia. El tiempo pasa volando y la gente es recelosa de su espacio, egoísta, quizá porque en la inseguridad del aire se activan mecanismos de supervivencia. En cambio, en el tren se respiran mejores intenciones, ganas de conversar e incluso de estar de acuerdo. El tren te hace parecer más persona.
He sido mucho, desde astrónomo a sepulturero. Si me toca una mujer bonita, para olerla mejor me hago el ciego. De seguro soy profesor de matemáticas si suben niños. Con las ancianas acostumbro a ser un hipocondríaco y cuando estoy cansado, falto de ideas, trabajar para una ONG es una buena opción. Ya no cometo el error de representar un papel demasiado bien, una personalidad coherente despierta sospechas.
Hay veces que repito, pero le agrego un gato, algún cáncer terminal, un hermano perdedor y una ilusión o un vicio, y soy ya tan dúctil, que al cambiar de interlocutor paso en un segundo de militante vegetariano a histérico experto en tauromaquia, o de viudo reciente a casado igual de reciente, por dar algún ejemplo. Se lo debo a mi psicólogo, si soy algo y también lo contrario, nunca seré un neurótico, o algo por el estilo me dijo.
Intento no caer en tópicos y doy a mis personajes toda la libertad y todos los sentimientos que deseen tomarse, aunque me dejen seco. Luego vuelvo a casa y duermo, duermo hasta que me asimilo.
Tal vez porque teníamos las cortinas cerradas, nadie intentaba entrar a nuestro compartimento y la chavala del estornudo ateo la verdad es que llevaba horas haciendo méritos. Me había convidado de su pan con queso y me inspiraba frases bastante inteligentes, un pasado lleno de becas, amores y amigos. Ella era alegre, fresca, disparatada como un potrillo. Yo estaba de lo más conversador y hasta espontáneo se podría decir. De repente ella me plantó un beso (ahora entiendo la expresión).
El profesor de filosofía y letras que llevaba puesto se quedó dislocado, le dio julepe y salió corriendo dejándome en cueros. Nos quedamos mudos, ya sin frases de marketing. Locuaces se nos pusieron las manos y el cuerpo.
Casi me dan ganas de interrumpir la terapia, no mudar más de piel cada vez que bajo del tren. Especialmente ahora que me cubre tan felizmente los huesos. Ya no se siente de aluminio. Pero llevo tres años en esto. He sido tantos tipos regios, personalidades de fantasías y pasiones y sé que aún estoy a mitad de camino de lograrme...
Me espeluzna la sola idea de bajarme en la estación de siempre, de nuevo tan yo y sin su teléfono. Intento convencerme: mejor seguir siendo muchos tristes que uno solo contento.
DIBUJO: JUAN PABLO SUÁREZ
Etiquetas: ISABEL MELLADO, NARRATIVA
martes, 29 de marzo de 2011
EL DOMADOR DE FOCAS, Ramón Gómez de la Serna
Era un muchacho moreno de pelo muy abrillantado que sólo se dedicaba a domar sus focas, dándoles azotitos en las nalgas negras.
Había conseguido de las focas que tocasen la marimba, que fumasen en pipa, que escribiesen a máquina, que hiciesen punto de jersey, que tocasen la guitarra y hasta que cantasen flamenco.
Pero tanto esfuerzo hizo con sus focas, tanto se dedicó a ellas día y noche, que un día apareció arrastrándose por la alfombra convertido en foca.
Fueron a llamar al director del circo y a decirle que había salido una foca de más, pero que no se encontraba al domador por ninguna parte.
El domador de leones hizo de domador de focas aquella noche, y desde entonces el hombre convertido en foca fue la foca prodigio, la foca que dibujaba y que sabía matemáticas, la foca que recibía la primera corvina en el reparto de peces que se hacía entre número y número del largo trabajo.
Había conseguido de las focas que tocasen la marimba, que fumasen en pipa, que escribiesen a máquina, que hiciesen punto de jersey, que tocasen la guitarra y hasta que cantasen flamenco.
Pero tanto esfuerzo hizo con sus focas, tanto se dedicó a ellas día y noche, que un día apareció arrastrándose por la alfombra convertido en foca.
Fueron a llamar al director del circo y a decirle que había salido una foca de más, pero que no se encontraba al domador por ninguna parte.
El domador de leones hizo de domador de focas aquella noche, y desde entonces el hombre convertido en foca fue la foca prodigio, la foca que dibujaba y que sabía matemáticas, la foca que recibía la primera corvina en el reparto de peces que se hacía entre número y número del largo trabajo.
ILUSTRACIÓN: DANI CASTILLEJOS
Etiquetas: RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, RELATOS HIPERBREVES
lunes, 28 de marzo de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
LAS SÁBANAS, Max Aub
A la memoria de Jules Romains
Doña Adriana Recaséns Rubio de Santos Martínez (1823-1871) compró a don Juan Aguirre Lemus dos piezas de hilo irlandés —de la casa O'Casey— de cuarenta y dos yardas, para la dote de su hija María, que se casó con don José Ruiz Manterola, el 18 de septiembre de 1846. Salieron ocho juegos, con sus correspondientes fundas de almohadas, que fueron incrustados y bordados por la propia doña Adriana, ayudada por sus tres hijas, Paquita Monllor, su prima, contando con Josefina, su ahijada bizca, un águila con la aguja en la mano.
María Luisa Santos Recaséns de Ruiz guardó las sábanas como oro en paño y, tan pronto como nació su primogénita formó el propósito —que cumplió— de dejárselas intactas, para su futura y legítima coyunda. Efectuóse ésta el 18 de mayo de 1891. El cónyuge. Gastón Mariscal Roble, falleció majareta, tres años después dejando a Adriana rica y con dos hijos —Joaquín y Gastoncito—; el primero (1893-1937) fue fraile; el segundo casó, en 1918, con Mariquita López González. La breve vida matrimonial de la suegra de esta última, no le dio tiempo de gastar los juegos de cama de su abuela que pasaron, íntegros y amarillentos, al ajuar de la nueva pareja, que procreó a Blanca Mariscal López, nacida el 8 de julio de 1921; su padre la trajo a México en 1939, por razones políticas que no son del caso. Blanquita se desposó, en la Profesa, de la capital mexicana, el 19 de septiembre de 1943, con Rodolfo Castellanos Mendieta, coahuilense de muchos posibles. Por un azar (—Lo perdimos todo, todo, todo, en Madrid), las sábanas atravesaron el charco y descansaron en el fondo de un mundo, de los que ya no se pueden gastar, que no cupo en el clóset del piso de la calle de Lucerna —el 26— de donde salió la novia: se quedaron en Veracruz, en casa de un amigo del refugiado, muerto de un infarto, en 1961. Su hija falleció, en Saltillo, el 2 de noviembre de 1987, dejando bien establecida a su hija mayor, Guadalupe Castellanos Mariscal, en la capital mexicana, dueña y señora de unos courts, que heredó, con todas las de la ley, de Mauricio López Muñoz, sinvergüenza simpático, más aficionado a lo de fuera que a lo de casa, de lo ajeno que de lo propio, llegado a oficial mayor de la Secretaría de Fomento en el sexenio 1982-1988. El baúl había pasado a un cuarto de criados de su casa de Zapotanejo, una playa de moda, a veinte minutos de la capital. Para unas recámaras puestas a la antigüita, doña Guadalupe las buscó; no existían sino a retazos, comidas de las ratas.
La señora, gorda, importante e impotente, cargada de nietos, se indignó:
—¿Qué le puede importar a Dios que se gasten de una manera o de otra? ¿Y ahora qué?
Blasón desmoronado: las sábanas famosas, conocidas de oídas por todos.
—Lo que desgasta a las sábanas no es el dormir... ¿Y éstas?
—Murieron vírgenes —dijo Manuel, nieto de buen ver.
—Vírgenes y carcomidas.
—No son las únicas.
—Manolo... (Creyó, sin razón, en una referencia a Águeda Wertheim, una prima seca, con ganas y sin remedio.)
—No se hable más del asunto.
Era demasiado pedir: quince días después, Ruperto Morales Castro, de una rama pobre de la familia, metió el dedo gordo del pie por un agujerillo y estiró. La sábana hizo crac, desgarrándose.
—Lo hiciste adrede.
—¿Adrede?
—Adrede, a estas alturas no me vas a engañar... Por lo menos con los dedos de los pies.
Tema callado, yacente: la sábana de abajo, remendada en el centro con un cuadro grande, con sus orillotas, cicatriz del lienzo.
—¿La voy a tirar?
La economía de la cónyuge le retorcía los mondongos.
—¿No tienes otras?
—¿Y qué? Primero vamos a acabar éstas.
—¿Para qué quieres las que tienes guardadas?
—¿Cuáles? Si no fueras tan poca cosa hubieras exigido las que se quedó Lupe, sin derecho alguno...
Las sábanas de la abuela, de la bisabuela o de quien fuera. Las habían visto una vez —cuando el baúl pasó de Veracruz a Zapotanejo—, amarillas, gruesas, pesadas, rugosas, adornadas, bordadas en relieve A. R. (Ya nadie se llama Adriana, ya nadie —en la familia— se apellida Recaséns.)
—Hilo, como ya no se fabrica.
El dote inmemorial de la familia. De la tatarabuela a la bisabuela, de la bisabuela a la abuela, de la abuela a la madre —fallecida hace, quince años—, de Ruperto, el del dedo gordo del pie en el agujero rasgado.
—Si fueras hombre, no hubieras dejado que se las llevara Lupe. Te correspondían a tí, a ti. Pero tú... Y no digo para nosotros, sino para Ruperta.
La hija única (veintiúníca, decía su hermano Abel), fea y mal casada madre de seis retoños.
—No dices más que tonterías.
—No es ninguna tontería. Esas sábanas debían de ser nuestras.
—Las sábanas Recaséns acabarán en un museo...
—¡Ojalá se las comieran las ratas!
La esposa se levantó furiosa, furiosa se fue a dar un vistazo a los canarios, furiosa se vistió, furiosa salió a la calle, furiosa la atropello un camión, furiosa murió.
Fue una de las últimas referencias. Hubo otras tres, en cinco años:
—Si tuviéramos las sábanas españolas... —recordó María Teresa, una prima que administraba los courts, una espléndida mañana de mayo, en 1992.
—Menos mal que no son las sábanas de hilo irlandés —trajo a colación Carlos, en la cama matrimonial, una madrugada oscura en que Rafaela, su oíslo, soñó estar en el baño y empapó el colchón, en 1997.
—Como las sábanas de la bisabuela —dijo Adriana Martínez de López, al sacar unos calcetines carcomidos, una tarde de octubre de ese mismo año.
Luego se olvidaron del todo.
María Luisa Santos Recaséns de Ruiz guardó las sábanas como oro en paño y, tan pronto como nació su primogénita formó el propósito —que cumplió— de dejárselas intactas, para su futura y legítima coyunda. Efectuóse ésta el 18 de mayo de 1891. El cónyuge. Gastón Mariscal Roble, falleció majareta, tres años después dejando a Adriana rica y con dos hijos —Joaquín y Gastoncito—; el primero (1893-1937) fue fraile; el segundo casó, en 1918, con Mariquita López González. La breve vida matrimonial de la suegra de esta última, no le dio tiempo de gastar los juegos de cama de su abuela que pasaron, íntegros y amarillentos, al ajuar de la nueva pareja, que procreó a Blanca Mariscal López, nacida el 8 de julio de 1921; su padre la trajo a México en 1939, por razones políticas que no son del caso. Blanquita se desposó, en la Profesa, de la capital mexicana, el 19 de septiembre de 1943, con Rodolfo Castellanos Mendieta, coahuilense de muchos posibles. Por un azar (—Lo perdimos todo, todo, todo, en Madrid), las sábanas atravesaron el charco y descansaron en el fondo de un mundo, de los que ya no se pueden gastar, que no cupo en el clóset del piso de la calle de Lucerna —el 26— de donde salió la novia: se quedaron en Veracruz, en casa de un amigo del refugiado, muerto de un infarto, en 1961. Su hija falleció, en Saltillo, el 2 de noviembre de 1987, dejando bien establecida a su hija mayor, Guadalupe Castellanos Mariscal, en la capital mexicana, dueña y señora de unos courts, que heredó, con todas las de la ley, de Mauricio López Muñoz, sinvergüenza simpático, más aficionado a lo de fuera que a lo de casa, de lo ajeno que de lo propio, llegado a oficial mayor de la Secretaría de Fomento en el sexenio 1982-1988. El baúl había pasado a un cuarto de criados de su casa de Zapotanejo, una playa de moda, a veinte minutos de la capital. Para unas recámaras puestas a la antigüita, doña Guadalupe las buscó; no existían sino a retazos, comidas de las ratas.
La señora, gorda, importante e impotente, cargada de nietos, se indignó:
—¿Qué le puede importar a Dios que se gasten de una manera o de otra? ¿Y ahora qué?
Blasón desmoronado: las sábanas famosas, conocidas de oídas por todos.
—Lo que desgasta a las sábanas no es el dormir... ¿Y éstas?
—Murieron vírgenes —dijo Manuel, nieto de buen ver.
—Vírgenes y carcomidas.
—No son las únicas.
—Manolo... (Creyó, sin razón, en una referencia a Águeda Wertheim, una prima seca, con ganas y sin remedio.)
—No se hable más del asunto.
Era demasiado pedir: quince días después, Ruperto Morales Castro, de una rama pobre de la familia, metió el dedo gordo del pie por un agujerillo y estiró. La sábana hizo crac, desgarrándose.
—Lo hiciste adrede.
—¿Adrede?
—Adrede, a estas alturas no me vas a engañar... Por lo menos con los dedos de los pies.
Tema callado, yacente: la sábana de abajo, remendada en el centro con un cuadro grande, con sus orillotas, cicatriz del lienzo.
—¿La voy a tirar?
La economía de la cónyuge le retorcía los mondongos.
—¿No tienes otras?
—¿Y qué? Primero vamos a acabar éstas.
—¿Para qué quieres las que tienes guardadas?
—¿Cuáles? Si no fueras tan poca cosa hubieras exigido las que se quedó Lupe, sin derecho alguno...
Las sábanas de la abuela, de la bisabuela o de quien fuera. Las habían visto una vez —cuando el baúl pasó de Veracruz a Zapotanejo—, amarillas, gruesas, pesadas, rugosas, adornadas, bordadas en relieve A. R. (Ya nadie se llama Adriana, ya nadie —en la familia— se apellida Recaséns.)
—Hilo, como ya no se fabrica.
El dote inmemorial de la familia. De la tatarabuela a la bisabuela, de la bisabuela a la abuela, de la abuela a la madre —fallecida hace, quince años—, de Ruperto, el del dedo gordo del pie en el agujero rasgado.
—Si fueras hombre, no hubieras dejado que se las llevara Lupe. Te correspondían a tí, a ti. Pero tú... Y no digo para nosotros, sino para Ruperta.
La hija única (veintiúníca, decía su hermano Abel), fea y mal casada madre de seis retoños.
—No dices más que tonterías.
—No es ninguna tontería. Esas sábanas debían de ser nuestras.
—Las sábanas Recaséns acabarán en un museo...
—¡Ojalá se las comieran las ratas!
La esposa se levantó furiosa, furiosa se fue a dar un vistazo a los canarios, furiosa se vistió, furiosa salió a la calle, furiosa la atropello un camión, furiosa murió.
Fue una de las últimas referencias. Hubo otras tres, en cinco años:
—Si tuviéramos las sábanas españolas... —recordó María Teresa, una prima que administraba los courts, una espléndida mañana de mayo, en 1992.
—Menos mal que no son las sábanas de hilo irlandés —trajo a colación Carlos, en la cama matrimonial, una madrugada oscura en que Rafaela, su oíslo, soñó estar en el baño y empapó el colchón, en 1997.
—Como las sábanas de la bisabuela —dijo Adriana Martínez de López, al sacar unos calcetines carcomidos, una tarde de octubre de ese mismo año.
Luego se olvidaron del todo.
sábado, 26 de marzo de 2011
[RECONOCES...], Guillaume Apollinaire
GUILLAUME APOLLINAIRE, Caligramas, Cátedra, Letras Universales, Madrid, 1987.
Edición y traducción de J. Ignacio Velázquez.
Etiquetas: CALIGRAMAS, GUILLAUME APOLLINARE
viernes, 25 de marzo de 2011
SEVILLA ESTE, Pablo García Casado
Es un hombre que camina solo por el barrio. Un martes por la mañana a la hora en que los demás trabajan. Que mira su teléfono móvil comprobando que funciona correctamente, que tiene suficiente batería y cobertura. Que todavía puede controlar la situación. Es un hombre a la espera de noticias, que ha salido de casa porque necesita pensar, pensar en algo. Su mujer lo mira desde el balcón con el niño en brazos, el camisón deja entrever los pechos caídos de la maternidad. Pechos una vez de brillantina, la locura de la sala de fiestas, todos esos hombres y sólo tú, con tu cara de pájaro. Ven aquí, voy a llevarte lejos de este infierno, tengo negocios. El mismo hombre que hoy se arrodilla en el cajero automático y que suplica entre lágrimas, perdónanos, Señor, perdónanos.
PABLO GARCÍA CASADO, Dinero, DVD, Barcelona, 2007, página 46.
PABLO GARCÍA CASADO, Dinero, DVD, Barcelona, 2007, página 46.
Etiquetas: PABLO GARCÍA CASADO, POESÍA
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