domingo, 1 de enero de 2012

EL INQUILINO PREGUNTA, Jorge Reichmann


EL INQUILINO PREGUNTA

En la casa donde vivo los restaurantes modernos
ofrecen aguas minerales de diez países diferentes
y vinos ecológicos, y en las tiendas new age
los ventiladores giran con suma lentitud
y puede fotocopiarse en papel reciclado.
Todas las ventanas dan al mismo horror.

Pero de dónde entonces
esa insensata aspiración inextinguible, necia,
de salvarnos, salvarnos.


JORGE REICHMANN, Futuralgia. (Poesía reunida 1979-2000), Calambur, Madrid, 2011, p. 513.

sábado, 31 de diciembre de 2011

RESISTENCIA DE MATERIALES, Rafael Courtoisie


RESISTENCIA DE MATERIALES
        
   La derrota es una piedra, en cuyo centro está la posibilidad de vencer. En la dureza de la derrota hay lascas, trozos microscópicos del mineral de la victoria.
        
RAFAEL COURTOISIE, Estado sólido, Visor, Madrid, 1996, p.28.

viernes, 30 de diciembre de 2011

DESECHABLE, José Emilio Pacheco & Bernard Pras



DESECHABLE

"Nuestro mundo se ha vuelto desechable",
dijo con amargura.
"Así, lo más notable,
en el planeta entero
es que los hacedores de basura
somos pasto sin fin del basurero".

JOSÉ EMILIO PACHECO, El silencio de la luna, Pre-Textos, Valencia, 2003. p. 95.

Ilustración: BERNARD PRAS

jueves, 29 de diciembre de 2011

SYROS, Tomas Tranströmer


SYROS
        
EN el puerto de Syros había barcos de carga abandonados, esperando.
Proa junto a proa junto a proa. Amarrados desde hace años.
CAPERION, Monrovia.
KRITOS, Andros.
SCOTIA, Panamá.
        
Cuadros oscuros en el agua, alguien los descolgó.
        
Como juguetes de nuestra infancia que se han hecho gigantes
y nos acusan
por lo que nunca fuimos.
        
XELATROS, Pireus.
CASSIOPEJA, Monrovia.
El mar ha terminado de leerlos.
        
Pero la vez primera que vinimos a Syros era de noche
vimos proa junto a proa a la luz de la luna y pensamos:
¡Qué flota poderosa, magníficos transportes!
        
 
TOMAS TRANSTRÖMER, El cielo a medio hacer, Nórdica, Madrid, 2010, página 63.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

CUENTO DE NAVIDAD, José María Merino


CUENTO DE NAVIDAD

   En el cielo del amanecer brillaba con fuerza aquel insólito lucero que la gente común contemplaba con asombro, pero el capitán sabía que era uno de los satélites de comunicaciones que permitirían a su ejército mantener la supremacía en aquella guerra interminable.
   —Mi capitán —transmitió el cabo—. Aquí sólo hay varios civiles refugiaos, unos pastores que han perdido el rebaño por el impacto de un obús y una mujer a punto de dar a luz.
   El capitán, desde la torreta del carro, observaba el establo con los prismáticos.
   —Registradlo todo con cuidado.
   —Mi capitán —transmitió otra vez el cabo—, también hay un perturbado, vestido con una túnica blanca, que dice que va a nacer un salvador y otras cosas raras.
   —A ese me lo traéis bien sujeto.
   —Mi capitán —añadió el cabo, con la voz alterada—, la mujer se ha puesto de parto.
   —Bienvenido al infierno –murmuró el capitán, con lástima.
   A la luz del alba, aparecieron en la loma cercana las figuras de tres camellos cargados de bultos y el capitán los observaba acercarse, indeciso.
   —Abrid fuego —ordenó al fin—. No quiero sorpresas.


JUAN PEDRO APARICIO, LUIS MATEO DÍEZ & JOSÉ MARÍA MERINO, Palabras en la nieve [Un filandón], Rey Lear, Madrid, 2007, páginas 121-122.

martes, 27 de diciembre de 2011

REFORMAS, Juan José MIllás


REFORMAS
        
   En la oficina, mientras masticaba con pereza el bocadillo de media mañana, escuché unos crujidos procedentes del interior de la cabeza, como si una parte de mi calavera se estuviera astillando. Levanté los ojos del dibujo que formaban las migas de pan sobre la mesa y observé a mis compañeros, pero no advertí en ellos ningún signo de extrañeza. Permanecí atento y noté crecer un alboroto de tabiques caídos y muebles arrastrados en el interior del cráneo. Al rato, estaba haciendo unas anotaciones en el libro mayor cuando me empezó a salir de las narices un polvo fino, como de cemento. Pensé que quizá estaban ya desescombrando, porque también de los oídos caían virutas y desperdicios sólidos que se depositaban con suavidad sobre los hombros, produciendo un efecto como de caspa. Me fui a llorar al servicio, y       comprobé que en el agua de las lágrimas navegaban limaduras y despojos de ideas fijas u obsesiones que envolví con cuidado en un trozo de papel higiénico.
   Regresé al despacho disimulando mi turbación, y mientras saltaba del haber al debe con la punta del lápiz, imitando el picoteo nervioso de un pájaro, comprobé que el estrépito anterior había dado paso a un golpeteo rítmico: deduje que habían empezado a alicatar o a colgar cuadros.
   Hacia el mediodía cesaron los ruidos y me marché a casa alegando un malestar indefinido. Me encerré en el dormitorio y saqué del armario una caja de zapatos donde conservo el recordatorio de la primera comunión, una partida de nacimiento caducada, dos dientes de leche y cosas así. Desenvolví los restos que había guardado en el papel higiénico y les hice un hueco entre todos aquellos escombros de mi existencia. Luego me metí en la cama y llamé al médico, que dijo que terna gripe.

JUAN JOSÉ MILLÁS, Algo que te concierne, El País Aguilar, Madrid, 1995.

lunes, 26 de diciembre de 2011

CÁSCARAS, Rafael Courtoisie


CÁSCARAS

   Las cáscaras. Una cáscara, todas las cáscaras. La cobertura del gusano de seda; el capullo capilar de piel oleosa que envuelve el único par de alas, las alas evidentes, nunca vistas, del dromedario.
   La corteza humana de la naranja, con su gruñido de poros macilentos; la cáscara que hace del caracol una fruta de lentitud perfecta; la cáscara de la ira, rojiza y creciente, delicada piel de bulbo al estallar bajo la luna rara.
   Desollar, pelar, quitar una capa de cebolla, desvestirse.
   Todas las cosas del mundo son frutas que requieren perpetuarse, desarrollar sus jugos fisicos, su perla o pulpa cartesiana.
   Entre lo duradero y lo efímero se dispone una cáscara cuyos atributos son los de la frontera y el límite. Perforar una cáscara o hablar a gritos, hacerse a un lado o desvestir un durazno, desollarlo en vida para, cuando se pudra, saciar la nada pudorosa con sus partes.
   El sexo verde, abierto de un higo, la costumbre o glotonería que devora las cosas sin pensarlas, los moluscos bivalvos que abriendo y entregando el ánima desprecian la dureza que los sostenía, son extremos vivos de la cáscara, ejemplos maximales de su recia posibilidad y de su falta.
   Todas las cosas del mundo son frutas que requieren exactitud para no rodar y despellejarse. Pues hay un árbol central en quien las piensa, sostiene y acaricia. Pero al dormir o enloquecer, el árbol se perfuma de otro mundo. Cuando desnuda, la pulpa de un objeto malogra o dulcifica.
   Leve bozo de pubis o durazno. Uva bruñida.
        
   La cáscara preserva, finalmente, del delirio. Así el cráneo.

RAFAEL COURTOISIE, Estado sólido, Visor, Madrid, 1996, pp. 9-10.