sábado, 5 de septiembre de 2009

TERREMOTO, Víctor Abreu


Después del terremoto he cargado la sensación de que algo dejó de arroparme. No hablo en sentido estricto o literal, aunque bien estos significados pudieran dar luces sobre el origen de esa sensación omnipresente y confusa que desde entonces me ha acompañado. En efecto, cuando empecé a correr por dentro del terremoto me llevé conmigo la cobija como si se tratara de un “cocoliso”, aquel atuendo infantil que no da mucha posibilidad a las extremidades. Al rato la cobija se desprendió de mí y la dejé olvidada en el trayecto, al igual que no reparé en ella cuando comencé la carrera. Al día siguiente, desdeñando todas las implicaciones importantes que deberían considerarse cuando se ha vivido un terremoto, el centro de mis preocupaciones era la pérdida de mi cobija. Me inquietaba mucho que, antes que mi padre fuera a buscarme a La Colonia para rescatarme del terremoto que ya había sido, no la recuperara a tiempo. Por una parte, me parecía un desplante inmerecido con aquel centro que tan afablemente me había cobijado comenzando apenas mis vacaciones escolares. Por la otra, me avergonzaba mucho que se fuese a descubrir que, días antes, con dicha cobija me había sonado la nariz y que con mis mocos había tatuado un borde de su superficie. Hice un rápido sondeo entre mis compañeros para ver si sus frazadas habían corrido la misma suerte que la mía. Si se encontraban varias sin usuario especificado, quedaría la duda de quién era la que tenía mocos. Tras mi expedita indagación, constaté que ninguno de ellos había perdido su cobija durante el sismo. Nada, me dije, cuando me haya ido de La Colonia, y comprueben que en mi armario falta la cobija, la cobija que encuentren tirada por ahí, bordada de mocos, sería la que yo había usado. Si la encontraba antes, quizá pudiera lavar rápidamente en el baño la zona comprometedora. Con cuanto empleado me tropecé, le pregunté si no había visto una cobija perdida en las inmediaciones del edificio, por supuesto sin hacerlos partícipes de las intimidades de mis razones. Al notar mi inquisitiva expectación todos se burlaron de mí y no me ayudaron. Pasado el mediodía mi padre llegó y yo dejé aquellas secreciones en La Colonia, y me fui con mi vergüenza.

Víctor Abreu

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