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lunes, 25 de noviembre de 2013

AUTOFAGIA, Juan Cruz López


AUTOFAGIA

   A Carla también le gustaban los puzzles. Algunas veces cogía las fotos de sus amantes y las hacía trizas. Después iba a emborracharse. Cuando regresaba por la mañana se quitaba la ropa y se revolcaba sobre los trozos de las fotografías de los hombres que la habían acompañado en aquel camino hacia no sé sabía qué forma final de autoexterminio. Luego tomaba cada uno de los trozos y se lo metía en la boca, se abría otra cerveza, le masticaba el rostro al fantasma que salía en la foto y se tragaba el pedazo. Y así con todos. Era como si quisiera recomponer en su estómago otra especie nueva de hombre que, al menos, no la dejara insatisfecha; aunque al final lo único que conseguía era vomitar una papilla grisácea de ojos, cejas, bocas, pelo, ropa, de vez en cuando alguna gorra o un cinturón, y muy de tarde en tarde algún zapato viejo o una corbata negra. Sin embargo, todo fue distinto el día en que, sin darse cuenta, se tragó la foto donde una mujer de mirada huidiza le acariciaba el pelo a un joven de gesto taciturno. Esa mañana no supo reconocer a la mujer de rostro ambiguo que la miraba desde el otro lado del espejo.


JUAN CRUZ LÓPEZ, Creación Injuve. Narrativa, Instituto de la Juventud, Madrid, 2009,  p. 25.
&
Scott Lickstein

miércoles, 9 de diciembre de 2009

LUCÍA, Juan Cruz López



LUCÍA


Lucía cerró el grifo de la ducha, cogió su toalla y se secó lentamente, masajeando al mismo tiempo las partes de su cuerpo más cansadas. Frente al fuego del salón, sobre la alfombra mullida que había comprado en Tánger, escogió su mejor ropa interior. Luego eligió el vestido que le rega­ló Pablo el último verano que pasaron en el apartamen­to de la costa. Se subió las medias, también oscuras, y se puso unos zapatos negros de tacón alto.
Ya en el tocador del vestidor, extendió cuidadosa el maquillaje para tapar defectos y oscurecer un poco la piel. Utilizó sombra de ojos y rímel para sus largas pestañas. Pintó sus labios con una barra de carmín rojo, rojo in­tenso. Mojó sus dos muñecas con unas cuantas gotas de perfume caro. Luego se abrochó con elegancia un fino co­llar de plata a juego con la pulsera y los pendientes. Lucía se permitió el lujo de no secarse el pelo. Un poco de gel fijador sobre su mojada y corta cabellera rubia fue más que suficiente.
Perfecta, espléndida, vestida con sus mejores galas, Lucía permaneció unos segundos frente al teléfono, tris­te, pero inconmovible, tampoco perturbable. Al poco tiempo apartó la vista del aparato, abrió la puerta del balcón, acercó una silla y se subió en ella. Luego puso un pie en la barandilla. Justo en el momento en el que saltaba al vacío el timbre del teléfono le arrancó un ge­mido de angustia.


JUAN CRUZ LÓPEZ, 50 pasos para dar el salto..., Berenice, 2009, pp. 9-10.