Mostrando entradas con la etiqueta SIRENAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SIRENAS. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de diciembre de 2015

CAPACIDAD DE ENGAÑO, Roberto Abad

CAPACIDAD DE ENGAÑO
   Me di a la tarea de contar el número de seres marinos que tenía aquella costa. A las horas me encontré con un grupo de sirenas que cuchicheaban cerca del muelle, refugiadas en la parte de abajo. Quise acercarme, pero me tentó la idea de observarlas primero. Con la curiosidad de quien no cree en estos personajes mitológicos, registré en mi libreta su apariencia estilizada. Me observaban cada que volvía la vista. Una de ellas sonrió. Más por educación que por empatía, hice lo mismo. Las demás se rieron también, agitando la cola y las aletas, seduciendo al observador. Me apenó ser víctima de su hermosura. Conté: eran once en total. Pensé que sería interesante tenerlas en una especie de harén. Las imaginé a mi servicio en una tina gigante, removiendo el agua y la espuma con sensualidad. 
    Al volver a la libreta, se habían ido y restaba sólo una, la más alegre. Me acerqué a entrevistarla, pero me abordó: ¿qué te trae a estas aguas, guapo?, dijo enseguida, con una voz rasposa, que no encajaba con su apariencia. Entonces supe que no era una sirena, sino una imitación pesimamente lograda, que ni siquiera al género correspondía. Igual le hice una pregunta: ¿por qué engañas haciéndonos creer que eres una de ellas? Da igual, contestó, algunos prefieren a los tritones. Y se alejó saltando por las olas.
ROBERTO ABAD, Orquesta primitiva, Tierra Adentro, México D.F., 2015, 104 páginas. 
&
Evelyn Pickering De Morgan

martes, 30 de diciembre de 2014

EL HOMBRE DE LA SIRENA, Felipe Garrido


EL HOMBRE DE LA SIRENA

   —Tengo una sirena —dijo el profesor; o eso parecía por los anteojos, las plumas en el bolsillo de la camisa, todos esos libros apilados en la mesa.
   Pero nadie le hizo caso; cosas más inusuales se escuchaban en aquella cantina, abierta al malecón.
   —Su voz es más dulce que el tumbo de las olas y sus ojos tienen el brillo del relámpago y sus undosos cabellos...
   —Largos y verdes como las ondas que se adelgazan...—lo atajó un marinero ilustrado.
   —Nada de eso —musitó el profesor, y apartó de sus labios la sexta cerveza—; cortos y dorados como... o quizá cobrizos pero, en todo caso, tan cortos que dejan desnuda la hermosa columna que sostiene la cabeza y los hombros espléndidos...
   —Y, de seguro —siguió el marinero, sentándose a la mesa—, también los pechos altivos... —pero se sintió cohibido por la mirada del profesor, a quien no le hacía gracia que ciertos encantos de su sirena fueran comentados en público, y empinó el vaso de ron para dar un pretexto a su silencio.
   Por unos instantes los dos se miraron, entre trago y trago, sin saber cómo reanudar aquella conversación. Hasta que el marinero, mientras le llenaban nuevamente el vaso, decidió hacer gala de su erudición.
   —Y cantará, por cierto, su sirena.
   —No. Más bien conversamos, mi sirena y yo.
   La mirada del profesor quedó suspendida sobre el mar, que se iba poniendo violeta.
   —Es hermoso este mar —dijo el marinero, que lo sentía propio.
   —El más hermoso del mundo —asintió el profesor, sin volver Ia vista—; por allí anda ella, en algún lugar.
   —Tenga cuidado —advirtió el marinero.
   —Con gusto me perdería en sus brazos.
   —¿Los ha probado? Cuente, amigo, las caricias...
   El profesor se volvió con un aire de misterio.
   —Nada diré, porque las palabras... —y no contó más. Recogió los libros, los acomodó bajo el brazo, se puso de pie contra el atardecer y desapareció con paso distraído, sin pagar la cuenta.


FELIPE GARRIDO, Conjuros, Malpaso, Barcelona, 2014, pp. 16-17.

lunes, 23 de junio de 2014

LAS SIRENAS VISTAS POR CRISTÓBAL COLÓN, Vicente Muñoz Puelles



LAS SIRENAS VISTAS POR CRISTÓBAL COLÓN

   Pese al escepticismo de los atenienses, las sirenas de cola de pez existían y aún existen.
   El primero en verlas con vida en su medio natural y describirlas fue nada menos que Cristóbal Colón. Ocurrió en el transcurso del primer viaje, cuando ya pensaba en volver a España. Colón iba a bordo de la carabela Niña.
   Un día, al norte de La Española, estaban aprovi­sionándose de agua en un río cuando los marineros empezaron a gritar:
   —¡Sirenas! ¡Sirenas!
   Tres grandes criaturas, que habían emergido de repente junto al bote, se quedaron mirándoles con gesto de sorpresa, como si tampoco esperaran encon­trarles allí.
   —¡Llamad al almirante! ¡Decidle que son sirenas!—gritó uno.
   Poco después, Colón salió a cubierta para verlas también.
   Eran de piel gris, desnuda y sin pelo. Sus extremi­dades anteriores tenían forma de aleta, y podían usarlas como manos. La cola, larga y redondeada, acababa como una pala.
   Las sirenas se acercaron más al bote, como si fue­ran miopes, y entonces observaron que una de ellas se mantenía en posición vertical, con la cabeza y los hombros fuera del agua, mientras con una de las ex­tremidades anteriores sujetaba una cría. Las otras dos nadaban indolentemente con la cola, y usaban las aletas para darse la vuelta. Luego se sumergieron. A ratos volvían a la superficie para respirar.
   De vuelta en su camarote, Colón escribió en su diario:
   «En una ensenada de la costa de La Española vi tres sirenas, pero les faltaba mucho para ser tan be­llas como las de Horacio».
   En cambio, los marineros las encontraban hermo­sas, y lamentaron mucho dejar de verlas.
   Hoy sabemos que las sirenas de Colón no eran ta­les sirenas sino manatíes, mamíferos del orden de los sirenios, que viven en las aguas tropicales de África occidental y del Caribe, y en los estuarios de dos grandes ríos, el Orinoco y el Amazonas. Pero a los ojos de los antiguos navegantes, que a veces llevaban meses y hasta años sin tocar tierra, los manatíes te­nían rasgos casi humanos salvo por la cola, que era de sirena. Y emitían unos resoplidos que podían con­siderarse como cantos.
   De vuelta en sus hogares, todos presumían de ha­ber visto y escuchado a las sirenas. Y, con cada viaje, la leyenda se iba enriqueciendo y ampliando.
   Se contaba, por ejemplo, que a las sirenas les gus­taba sentarse en una roca, preferiblemente con sus se­mejantes, y peinar sus largos cabellos. Y también que algunos marineros se habían enamorado de ellas y las habían seguido hasta las profundidades marinas, de donde no habían vuelto.
   Hay también otro tipo de sirenas, que a veces se exhiben en museos y ferias. Son las sirenas de las is­las Fiji, que los pescadores de ese archipiélago y de otras islas del Pacífico fingen haber capturado, y cu­yos cuerpos disecados venden como recuerdo a los turistas. Si se examinan con atención, se observará que son una superchería, confeccionada cosiendo la parte anterior de un mono joven a una cola de pez, y añadiendo piezas de pasta de papel.
   Y es que, aunque las sirenas cambien de forma y su existencia misma se ponga en duda, los ecos de su leyenda permanecen.

VICENTE MUÑOZ PUELLES, Cuentos y leyendas del mar, Anaya, Madrid, 2013, pp. 51-53.
&
John William Waterhouse

sábado, 7 de junio de 2014

DEMONIOS ACUATICOS, Álvaro Cunqueiro

DEMONIOS ACUATICOS

   Como estamos en el mes de agosto, en días de vacación, yo me tomo unas horas de vagancia para contarles a ustedes de demonios acuáticos. Acaso alguno está bañándose cerca de donde yo lo hago, en aguas de la ría viguesa, en cualquiera de las largas y finas playas de su orilla izquierda. Como saben –lo han contado Patai y Graves en su libro Mitos de los hebreos, tan curioso-, los talmudistas y cabalistas sostienen que los luciferinos no pueden meterse en el agua, y por dos razones: a) porque se denunciarían a las gentes que los vieran sumergirse, ya que producirían el mismo humo y el mismo chirrido que hace, al entrar en el agua, el hierro al rojo vivo en la fragua del herrero; b) porque, entrando el demonio en el agua, provoca tempestades en las que él mismo perece. No obstante, la tradición europea –Horst con su Demonomagia al canto- cree que el demonio puede bañarse en el mar y en los ríos, y si bien, cuando viaja en barco, éste padece una mala travesía, ya tempestades, ya calmas chichas, la nave llega a su destino. Se sabe que varios demonios han utilizado la nave del Holandés Errante para trasladarse de Europa a América, o viceversa, o viajar por el Mediterráneo. En un proceso de la Inquisición, en la Lima del siglo XVII, un demonio apareció instalado cómodamente, con todos los servicios a su disposición, en el cuerpo de un comerciante, natural de Badajoz –que no todos los extremeños de Indias iban a ser conquistadores, centauros o casi dioses-. No había quien echase del cuerpo del extremeño al diablo aquél, quien dijo llamarse Tuno, y el infernal discutía con los inquisidores, los cuales le preguntaron cómo había llegado al Perú y de dónde. Dijo Tuno que en nave procedente de Sevilla, aunque él desde hacía siglos vivía en Toledo, "cabe las tinerías", y que, gracias a él, pese a las tempestades, la flota del año de su viaje había llegado sin novedad. Y para probar lo del viaje en nave Tuno dijo a los inquisidores "cuarenta y dos términos de marinería, velas y maniobras, y algunos obscenos". Se asegura que, en el XVIII, estando el que luego sería famoso violinista Paganini condenado a servir un remo en las galeras de Génova, tenía como compañero diestro de banco un demonio, al que vendió su alma por la libertad y el arte de tocar el violín. El demonio habría ido a galeras por hacerse con aquella alma sombría y misteriosa de Paganini, de la que nos cuenta Heine, que le escuchó tocar en las "Noches florentinas"... Por de pronto, pues, ya tenemos un demonio que sabía remar.
   El cardenal Hiller –hombre muy puntual en sus relatos: en Escocia vio una sirena, recogida en casa rica, domiciliada en una bañera y que sabía calcetar-, que escribió una Historia de Inglaterra, asegura que los demonios que pasaron a la Gran Bretaña fueron nada menos que setecientos setenta y siete, y lo hicieron a nado, al mismo tiempo que el Judío Errante, el cual iba de pie sobre las olas como si caminase por un prado. Esta noticia de Hiller plantea problemas: o todos los demonios saben nadar y pasaron a Gran Bretaña los que quisieron, o fueron escogidos entre los demonios setecientos setenta y siete que sabían nadar y eran capaces de hacer la travesía del Canal. Sería interesante saber el tiempo que los demonios nadadores tardaron en atravesar el Canal, y si su récord ha sido o no batido por los que en nuestros tiempos se dedican a hacer la travesía a nado. Podían haber ido en vuelo a Inglaterra, pero Hiller es formal: fueron a nado. Hay más: de esta travesía a nado les ha quedado, a los demonios que trabajan en Inglaterra, un lunar escamoso en la nalga derecha.
   Se saben todas las preocupaciones de los europeos medievales al construir un puente. Un puente, y esto lo sabían los griegos, violaba el orden natural, pues unía las dos orillas del un río, que por algo estaban separadas. El río había que cruzarlo, pues, por un vado o en barca. Los persas fueron derrotados por los atenienses en tierra y mar, en Maratón y Salamina, con la ayuda de los dioses, furiosos contra el miedo porque habían hecho un puente de barcas para que su ejército pudiese pasar el Bósforo. En otros lugares, un puente, como entre etruscos, era una cosa sagrada, y el pontifex, el hacedor de puentes, altísimo magistrado. El Papa de Roma ha heredado de la religión antigua su título de Sumo Pontífice, de máximo hacedor de puentes. En la Edad Media se sacrificaron, en algún lugar de Europa, humanos para enterrar las víctimas bajo los pilares de los puentes. Y de algunos puentes se dice todavía que fueron construidos por el demonio –a veces en una noche-. Pero también hay la versión contraria, la que hace que el demonio impida la construcción de puentes, buscando que la gente siga pasando los ríos en barca, o por pasos de piedra en un vado. El demonio hace resbalar al que cruza, lo sujeta en el agua amenazándolo con ahogarlo, y por salvarlo le pide el alma. Hay demonios especialistas, y algunos hicieron famoso en la alta Edad Media a Frankfurt, ciudad cuyo nombre significa Vado de los Francos. Y también hay demonios que no pueden pasar un río por un puente. En la Inquisición renana, se supo que un diablo no era culpable de un crimen cometido en el medio de un puente "porque es de saber común que el demonio no puede atravesar un río por un puente". En este caso, o natación o vado. Y por si el demonio en el vado acechaba al cristiano, allí estaba Cristobalón, transportista.
   En fin, hay demonios que no le tienen miedo al agua, atraviesan el canal y los ríos. Habrá muchos que aprovechan el verano para ir a las playas y a las piscinas. Los más elegantes irán a Saint-Tropez y aún habrá los que anden a escandinavas por las playas de la Costa Brava o de las Canarias. Y alguno se habrá acercado a Galicia, y nadará en la misma onda en que yo lo hago "ondas do mar de Vigo", caricias de amor en la Edad Media cuando trovaba Martín Codax, un poeta que parece que sabía nadar.

ÁLVARO CUNQUEIRO, Fábulas y leyendas de la Mar, Tusquets, Barcelona, 1988, pp. 69-71.
&

jueves, 5 de junio de 2014

BARATO DE SIRENAS, Álvaro Cunqueiro

BARATO DE SIRENAS

   Dejando a un lado griegos y romanos con sus antepasados míticos, podemos hallar en las cartas ejecutorias de la nobleza española, y de la europea en general, a extraños ascendientes, que, si hacemos caso, por ejemplo, a la Real Chancillería de Valladolid, no hay más remedio que aceptar. Familias hay que probaron venir de Pompeyo, del Rey Wamba, de un sobrino de Carlomagno o del Basileo de Constantinopla.  Yo conozco a alguien que entre sus abuelos tiene nada menos que a un emperador romano, a un rey lombardo y a un par de Francia, y por Zaragoza andaba, hace bien pocos años, nada menos que el que se decía Láscaris, emperador de Bizancio, rey legítimo de Grecia. Claro que le discutiría estos títulos el descendiente del último Paleólogo que reinó en Constantinopla, y que no se sabe cómo apareció en Cornualles, en Gran Bretaña. Steven Runciman, el gran historiador de las Cruzadas y de la caída de Constantinopla, no cree en tales Paleólogos de Cornubia —familia, por otra parte, que acabó en Barbados— , y dice que las dos patéticas águilas esculpidas el sepulcro de Teodoro el Paleólogo en la iglesia de Landulph en Cornualles, “lamentablemente están fuera de lugar”. En Francia hay un ilustre linaje que dice descender de Simón Cirineo, y otro, los Lévi-Mirepoix, emparentados con la Virgen María. Se ve que en Francia no regía el estatuto del limpieza de sangre, con lo cual no importaba tener en la propia unas gotas de la hebrea. De un duque de Leví-Mirepoix se contaba que, cuando iba a oír misa a Nôtre-Dame de París, decía:
   —¡Me voy un rato a casa de mi prima!
   Hablo de esto ahora mismo porque, en una revista belga de genealogía, un erudito en estas cuestiones estudia nada menos que diecisiete linajes de Bretaña, Dinamarca, Inglaterra e Irlanda que dicen descender de sirenas de la mar. Si el profesor Van Oesten estuviera al tanto de las genealogías gallegas, tendría que añadir alguno más, que aquí también hay descendencia de sirena: los Mariño, los Padín, los Goyanes, que creo vengan todos de la misma fábula. (Yo estoy entre éstos, por mi abuelo paterno, don Carlos Cunqueiro y Mariño de Lobeira). La cosa es que una sirena de la mar apareció preñada nada menos que de don Roldán, el amigo de Carlomagno, que tan triste muerte tuvo en Roncesvalles. Dónde se conocieron el señor de la marca de Bretaña y la sirena nadie lo dijo. Cómo fueron de solazados aquellos amores, y cómo el caballero superó las dificultades que llamaremos físicas y engendró en la niña cantora, nin se sabe. A los nueve meses, la sirena apareció en una playa gallega, creo que del mar de Arosa, y parió. Gente atraída por su canto, recogió al hijo, un hermoso mamoncete que fue bautizado Palatinus por ser su padre el paladín Roldán. Sería la sirena quien lo contaría a quienes se quedaron con el crío para criarlo, mientras la madre se volvía a las mareas. Y de Palatinus, por corrupción, vino Paadin, Padin.  Y por aquí, por Galicia, andamos unas cuantas docenas de descendientes del hijo de la sirena, y la verdad no se nos nota en nada. ¡Si hubiéramos conservado de la sirenita el enorme poder de seducción! En fin, si en la familia hay un ginecólogo, debería ponerse a estudiar cómo pudo engendrar, como pudo parir. Por la piedras de armas se ve que era una verdadera sirena, muy feliz, de pechicos levantados, y con una cola que se parece a la del salmón, el más perfecto de los peces.
   Hace varios siglos que no se ven sirenas de la mar, ni se escucha su cantar cálido y persuasivo. El padre Feijoo no creía en ellas: no las hubo nunca, decía. En cambio creía en los tritones, “aunque su voz haya sido escuchada modernamente”. En cambio en Normandía, en Ruán, se creyó tanto en ellas, que los canónigos quisieron cobrarles impuesto en los días de los cardenales de Amboise, y cuando allí fue quemada Juana, la buena lorenesa. Si un mozo aparecía muerto en la desembocadura del Sena, los canónigos acusaban a las sirenas y las multaban, y las convocaban a que viniesen a recibir el castigo junto a la Puente Matilde. Alguna debió acudir a la cita, porque los canónigos sabían que una de las señas de la sirena era el no tener ombligo.
   Ustedes dirán que andamos perdiendo el tiempo en tonterías tratando de sirenas. Quizá. Pero por lo menos más divertida, sabrosa cosa es que tratar de bioenergética y extraterrestres. Ahora mismo, lunes 5 de noviembre, a las dos y media de la tarde, he visto en la “tele” a un profesor de bioenergética y a un tipo que rastreó todas las huellas posibles de extraterrestres en el planeta nuestro. La verdad, escuchando a tales “científicos”, uno se pone colorado. En un país como España, donde tan poco aprecio se da a la ciencia verdadera y al estudio, donde la investigación científica gasta menos que una jornada de quinielas, es bien detestable echar esos retazos a la gente. Quedémonos con las sirenas.

ÁLVARO CUNQUEIRO, Fábulas y leyendas de la Mar, Tusquets, Barcelona, 1998, pp. 187-190.
&

martes, 22 de abril de 2014

LA PETENERA, Christina Pluhar

LA PETENERA

La Petenera se fue
a vivir al mar profundo,
pero anteanoche soñé
que en algún lugar del mundo
cantando la encontraré.

¡Ay! solita soledad,
soledad que yo quisiera
que usted se volviera anona
pa' que yo me la comiera,
madurita madurona
que del árbol se callera.

Quién te puso Petenera
no la supo bautizar,
le hubieran puesto siquiera
la musa de mi cantar
y en mi corazón viviera.

¡Ay! solita soledad,
soledad que yo quisiera
que se formara un columpio
¡Ay! solita ya lo ves
para que yo me meciera.
CHRISTINA PLUHAR & L'ARPEGGIATA, Los impossibles, Naïve, 2007.
&


miércoles, 19 de febrero de 2014

SIRENAS, José Cereijo


SIRENAS

Sí, claro que lo sabes:
es inútil y absurdo, es incluso inmoral,
empeñarse en seguir —¡a estas alturas!—
buscando todavía,
por debajo del tráfago del mundo,
la voz de las Sirenas.
Suprímela. ¿Qué queda?
¿Tu propia vieja sombra atada al mástil,
explorando el silencio?
(Por más sabio y más dulce que imagines su canto,
no habrá de darte más).

JOSÉ CEREIJO, Las trampas del tiempo, Hiperión, Madrid, 1996, p. 64.
&

domingo, 14 de octubre de 2012

SIETE DE SIRENAS, Alberto Chimal


SIETE DE SIRENAS

A Javier Perucho y Sergio Gaut vel Hartman

Las sirenas no existen o se extinguieron hace muchos años.
MENCIO FERDINÁNDEZ



PARASITISMO

   En los sueños, las sirenas nadan como en el agua primordial, antes del surgimiento de la vida, cuando efectivamente no había nada más que los sueños: los peces abisales no las amenazan desde abajo, las gaviotas no defecan en ellas cuando salen a la superficie, los barcos no les huyen (ni tampoco, de estar gobernados por marinos jariosos, van a su encuentro a toda máquina) y los simples delfines –que en esto son como los tiburones– no cuentan maledicencias sobre sus cabellos verdes ni sus colas brillantes.
   Esta situación, tan placentera para las sirenas, es lo que las vuelve tan difíciles de extraer de la mente del soñador que las acoge. En 2004, la psique de la ingeniera Alejandra B., de la ciudad de Morosa, resultó contener 4,703 sirenas distintas; tenían sus nidos en miedos y aspiraciones, salían a jugar en los recuerdos de la infancia y se alimentaban, voraces, de los conocimientos profesionales que la ingeniera se había metido en la cabeza, a muy alto precio, a lo largo de cinco años en el Tecnológico Integrado de su ciudad. Fue imposible persuadir a las sirenas de cambiar su dieta: la ingeniera debió dejar su empleo y buscar un trabajo no calificado (terminó ateniendo una tortería, donde se le reportó dichosa y serena por varios años). Luego las sirenas empezaron a comerse otros de sus recuerdos. Actualmente, recluida en un hospital, la pobre mujer cree ser una niña y está perpetuamente fascinada por las sirenitas, de cabellitos verdes y colitas brillantes, que ya se le aparecen incluso cuando está despierta, flotando ante sus ojos.
REALISMO

   La obra de teatro (didáctica) es Las sirenas no existen, de la maestra Pedroza; su mensaje es «hay que aceptar la realidad tal como es». Al final de la función, hartas de las pelucas y las falsas colas y los sostenes que parecen conchitas y todos los otros accesorios horribles, las actrices se desnudan. La lamia es siempre la primera en terminar, impetuosa que es; el hada, la ondina, la salamandra y la esfinge pueden tardar más o menos según su humor y sus urgencias; al final, invariablemente, siempre es la quimera quien se queda sola en el camerino, y no se lo dice a nadie pero es que desearía no salir jamás: su propia existencia es miserable, y cuando al fin sale a la calle nadie la mira «y el mundo es durísimo», dice.
DE LA MALA GENTE

   Las sirenas del Mar Jónico no eran tales, sino títeres de guante del Rey del Océano, quien hace muchos siglos usaba de teatrino (esta palabra, más bien de origen italiano, significa «teatro de marionetas») las rocas de los arrecifes de Paraxiphos. Ferdinández, quien reporta todas estas cosas en su Esplendor del Espantoso Mar, las reporta así:
   "Fascinados los marinos por la belleza ilusoria de las mujeres-pez, van con sus barcos y dan en las rocas con enorme violencia. Todos mueren ahogados o hechos pedazos. Cuando los restos van a dar, revolcados y cubiertos de algas, a las playas cercanas, el Rey se quita de las manos –que son cien– los guantes enormes de piel y pelo que manejó con tanta maña para atraer a sus víctimas. Luego se levanta del fondo marino, enorme, y desde muy lejos se puede ver cómo va surgiendo: primero salen los cien brazos, y luego su cabeza de coral y su torso lustroso y azul. Si es de día se puede ver su sonrisa ciclópea, hecha de dientes de roca verdinegra."
CIENCIA FICCIÓN

   El doctor Kreseepurson, desde luego científico loco, inventó un «Rayo Sirenizador» y quiso probarlo. Pero le fue peor que al famoso Krackelgruber y su aparato para transformar a las personas en ángeles: algo no salió bien y las ciudades se llenaron de pobres diablos con colas de pez en lugar de manos, colas de pez en lugar de ojos, colas de pez en lugar de narices, espaldas, dientes, cerebros, cabellos, órganos de la generación pero nunca en lugar de las dos piernas, de tal suerte que ninguno parecía realmente una sirena y nadie creyó que el tiempo de la razón hubiera pasado y estuviera cerca, destrucción, cataclismo, una nueva edad de mitos eternos.
   (Y tal era el objetivo último de Kreseepurson, a quien su padre había forzado a dedicarse a la ciencia en vez de a la tarjetería española, con el rencor y odio consiguientes).

CIENCIA FICCIÓN 2

   Homuncular, sicalíptica, estúpidamente, las sirenititas comenzaron a pelear dentro de la retorta: todas querían llegar al cuello del recipiente e hicieron muy feliz a su creador, el doctor Yakitito, quien no sólo vio que podría controlarlas con facilidad (el cuello estaba tapado con un corcho enorme), también advirtió que, liberadas en el agua corriente –o infiltradas en las botellas y los garrafones de agua purificada– sus criaturas llegarían a todas las casas de clase media baja en adelante y espantarían a los niños con sus palabras atroces; a las señoras con su actitud obscena; a los señores y curas con su belleza física perpetuamente inasible, y a los críticos literarios con su belleza perpetuamente inasible, no sólo física, sino artística, miniaturizada, de cosa levemente nueva y a la vez muy antigua, del todo imprevista por la mediocridad y abulia de la época.

CUENTO DE NAZISMO MÁGICO

   Torturadas, vejadas, adoctrinadas a la vez en el nacionalsocialismo y el nado sincronizado, las últimas sirenas decoraban las mejores fuentes y albercas berlinesas. Nadaban en línea rectísima, acompañadas por rudas marchas reproducidas en gramófono. El efecto era curioso, además, porque decían imitar a Esther Williams en Escuela de sirenas (Hitler y Goebbels eran fans secretos) pero vestían como Charlotte Rampling en Portero de noche.
   No eran más de diez o doce al final y se suicidaron cuando ya se acercaba el Ejército Rojo: se echaron en un tanque de agua sucia, se tomaron de las manos para hacer una florecita, una humilde y breve figura, e hicieron estallar muchas granadas de mano.
   Su esclavitud (decía la nota suicida) las había expulsado del territorio de la leyenda y amenazaba con encerrarlas en el de una mera historia, o peor, una historia morbosa, pisoteada, que se volvería materia de libros ridículos y chistes infectos.
MIGRANTES

   Tatuada en el pecho de un marinero yucateco, Fidelina -sirena de largos cabellos y pechos desnudos– fue la primera. Un día el marinero se descamisó y ella no estaba más. Pero ese mismo día empezaron a llegar los reportes: a Fidelina se unían miles más, todas sirenas, todas creadas en negro o en colores, todas escapando de la piel de alguien y del sueño de tinta. Por fin se supo que todas iban a dar al vientre enorme de un ingeniero en Mallorca, quien se descamisó ante las cámaras y mostró, a más de sus carnes temblorosas y bastas, la fiesta tremenda de las sirenas, que hablaban, bailaban, reían sin que se oyera nada, planas bajo la piel más movediza, haciéndose pequeñas para indicar que estaban lejos o empujándose para lograr close-ups sobre la piel floja que les daba cobijo. Entonces, de pronto, un día (no se sabe por qué en ese momento y no en otro), Fidelina hizo un gesto con la mano. Todas las otras voltearon a mirarla; luego miraron a quienes las miraban; luego el ingeniero pidió una explicación; luego Fidelina sacó un pincel, tan hecho de tinta como ella, que usó para dibujar una tosca puerta justo sobre el ombligo de su anfitrión, y la puerta se abrió y todos gritaron de asombro y todas pasaron por la puerta hacia no se sabe dónde mientras el mundo observaba y el ingeniero se sentía, de pronto, observado, ansiado en su fealdad, porque ya no había nada sino su panzota ante los ojos del mundo.

ALBERTO CHIMAL, Siete, Salto de Página, Madrid, 2012, pp. 145-149.

viernes, 10 de febrero de 2012

SIRENAS, Ángel González & Valeria Docampo

ÁNGEL GONZÁLEZ  VALERIA DOCAMPO, Sirenas, Veintisiete letras, Madrid, 2011.

***


SIRENAS

En un acantilado solitario,
una noche de junio,
a la difusa luz del plenilunio,
presencié un episodio extraordinario.
A mi vera,
dos sirenas de cuerpo adolescente
y larga cabellera
surgieron de las aguas de repente
y empezaron a hablar de esta manera:

—Ola, ola, ola, ola.
—¿Qué ola tienes tú?
—Tres delfines y mero.
—Vas atrasada un barbo y siete ostras.
—¿Tienes alga que hacer?
—No tengo nalga pero traigo cola.
—Podríamos acercarnos
de aquel barco velero hasta la popa
y cantar a dos voces canciones
que a las tripulaciones vuelvan locas.
—Es divertido ver a los marinos
arrojándose al agua por la borda,
pero ahora estoy citada
con un tritón barbado que me ronda.
—Entonces, nada, nada, nada.
Volveré a verte dentro de una ola.
—Si no voy,
te dejaré un mensaje en una caracola.
—¿Y qué más?
—Solo sal.
—Y tú sal sola.
—Ola, ola y adiós.
—Adiós y ola, ola, ola.
Así se despidieron, y nadando
no sé hacia qué marítimos confines,
se fueron las sirenas alejando
escoltadas por ágiles delfines.
Yo me quedé pensando:
si les hubiese dado por cantar
habría tenido que tirarme al mar.

En un acantilado solitario,
una noche de junio,
a la luz difusa del plenilunio,
presencié un episodio extraordinario.
A mi vera,
dos sirenas de cuerpo adolescente
y larga cabellera
surgieron de las aguas de repente
y empezaron a hablar de esta manera:
 

—Ola, ola, ola, ola.
—¿Qué ola tienes tú?
—Tres delfines y mero.
—Vas atrasada un barbo y siete ostras.
—¿Tienes alga que hacer?
—No tengo nalga pero traigo cola.
—Podríamos acercarnos
de aquel barco velero hasta la popa
y cantar a dos voces canciones
que a las tripulaciones vuelvan locas.
—Es divertido ver a los marinos
arrojándose al agua por la borda,
pero ahora estoy citada
con un tritón barbado que me ronda.

Así se despidieron, y nadando
no sé hacia qué marítimos confines,
se fueron las sirenas alejando
escoltadas por ágiles delfines.
Yo me quedé pensando:
si les hubiese dado por cantar
habría tenido que tirarme al mar.