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domingo, 24 de junio de 2012

LACONISMO, Manuel Moyano


LACONISMO

   Mi vida puede resumirse en dos frases. Ya he gastado ambas.


MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 103.

lunes, 23 de abril de 2012

DESPROPORCIÓN, Manuel Moyano


DESPROPORCIÓN

   Vació el bidón de arsénico en la planta potabilizadora que abastecía a toda la ciudad. Sabía que su mujer siempre bebía agua del grifo.



MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 26.

sábado, 3 de marzo de 2012

LADRONES DE ARTE, Manuel Moyano




LADRONES DE ARTE
a Miguel Ángel Hernández-Navarro

   Robaron todos los lienzos del Museo de Arte Conceptual y dejaron tan solo los marcos, pero, hasta pasados unos días, nadie se dio cuenta.


MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 71.

jueves, 8 de diciembre de 2011

BOUTIQUE, Manuel Moyano

BOUTIQUE

   Cada vez que alguien se detiene junto al escaparate, los maniquíes ponen la mirada en blanco y contienen la respiración.

MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 48.

lunes, 5 de diciembre de 2011

ANCIANO, Manuel Moyano


ANCIANO
 
   Cuando empezaste a deletrear las primeras líneas creías que iba a ser una gran novela, pero ahora que ya te queda poco para concluir, has caído en la cuenta de que apenas estabas leyendo un microrrelato.

MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 110.

jueves, 27 de octubre de 2011

ACCIDENTE, Manuel Moyano


ACCIDENTE

   La mano cercenada que descansa sobre el asfalto lleva puesta la pulsera de la fortuna.


MANUEL MOYANO, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 44.

jueves, 13 de octubre de 2011

10 DE SEPTIEMBRE DE 1898, Manuel Moyano


10 DE SEPTIEMBRE DE 1898

   La dama de larga cabellera, vestida de luto riguroso, que se había registrado en el hotel Beau Rivage de Ginebra bajo el nombre de condesa de Hohenembs, era en realidad, Elisabeth de Wittelsbach, esposa de Francisco José de Habsburgo y a la sazón emperatriz de Austria. Conocida por sus excentricidades, le asqueaba el protocolo de la corte vienesa y pasaba largas horas caminando por el campo, para desesperación de su séquito. En un viaje en barco a Corfú, se había hecho amarrar al mástil en mitad de una tormenta con intención de imitar a Ulises, al héroe homérico. No menos singular era su dieta alimenticia, que alternaba ingestiones espasmódicas de dulces —su preferido era el helado do violetas— con prolongados ayunos en que sólo bebía leche y sangre de buey. Se sabe que escribió poesía y que no sintió gran amor por sus hijos; tampoco, probablemente, por ella misma. El 10 de septiembre da 1898, bajo el falso nombre de condesa de Hohenembs, se disponía a tomar un vapor en el embarcadero del lago cuando un anarquista italiano le apartó la sombrilla que llevaba y le hundió un estilete en el corazón. En declaraciones posteriores, Luigi Lucheni afirmaría que creyó haber matado “a una persona que vivía en una felicidad insolente". Sissi no murió en el acto, sin embargo. De hecho, no imaginó haber sufrido un percance tan grave y siguió caminando apoyada en su dama de honor, la condesa de Sztáray, quien nos ha relatado sus últimos momentos. Sissi le preguntó: “¿Qué quería ese hombre tan horrible?”, y luego añadió: “A lo mejor intentaba robarme el reloj”. Nada más subir a cubierta, se desplomó.

MANUEL MOYANO, La memoria de la especie, Xórdica, Zaragoza, 2005, pp. 37-38.

miércoles, 5 de octubre de 2011

LOS HÉROES, Manuel Moyano


 LOS HÉROES
       
    El gusto por lo trágico es uno de los hábitos de nuestra especie. No recordamos de la Historia sino aquellos pasajes que mayor desasosiego nos producen; indagamos los diarios matutinos en busca de escuetas noticias cuya brutalidad pueda turbarnos. Nos seduce la imagen de Borges, un profeta del escepticismo abocado a la soledad, la ceguera y la desdicha; nos cautiva la figura pavorosa de Hitler, que acaso proclamó un imperio para olvidarse de que era mortal, como ios árboles y como los pájaros; nos atrae Van Gogh, que pudo ser, y fue, uno de los hombres más desdichados que han caminado sobre el orbe; nos fascina la muerte ritual de Mishima, que se abrió las entrañas con una daga; nos atrae la imagen de un Hemingway otoñal y enloquecido en su granja de Ketchum, volándose la tapa de los sesos de un disparo.
   No pasan a la Historia los hombres tocados por la dicha. En cada profeta, en cada caudillo, en cada artista ha habido un hombre torturado. El ser dichoso nunca buscará salir del anonimato, no sentirá la necesidad de tejer imperios, de inaugurar cultos, de crear obras duraderas.
   El ser dichoso admirará a grandes hombres que, en su interior, lo habrán secretamente envidiado.
   Lo trágico perdura en la memoria de la especie; la felicidad, que por definición es efímera, está condenada de antemano a no dejar huella.

MANUEL MOYANO, La memoria de la especie, Xórdica, Zaragoza, 2005, 136 páginas.

domingo, 2 de octubre de 2011

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS, Manuel Moyano


 LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS
  
   La historia refiere que Ibn Said al-Magribi, nacido en Alcalá la Real en 1208, concluyó al Libro de la esfera de la literatura ciento quince años después de que uno de sus mayores diera inicio a la primera página. La elaboración de la obra —una antología literaria de la España islámica— se extendió a lo largo de varias generaciones y ocupó a seis autores sucesivos de una misma familia.
   En sus Cuadernos de La Romana, Gonzalo Torrente Ballester nos recuerda el caso de los antiguos ceramistas chinos, quienes dejaban la arcilla preparada para que sus sucesores, a los que no verían nunca, la utilizaran un siglo o dos después.
   Pero no es preciso recurrir a ejemplos tan extremos para defender la certeza de que toda obra humana es necesariamente colectiva; detrás de cada línea que escribimos, por desdeñable que sea, se encuentra el pasado entero de los hombres: el descubrimiento del hierro; Egipto; los idiomas que mudan y se ramifican en el tiempo; las obras de Aristóteles, de Erasmo, de Freud; los versos pronunciados por un chamán anónimo junto al fuego; los mismos temores; idénticas esperanzas.

MANUEL MOYANO, La memoria de la especie, Xórdica, Zaragoza, 2005, pp. 101-102.