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viernes, 30 de diciembre de 2016

[UNA NOCHE CRISTALINA...], José Jiménez Lozano

   Día 30 de diciembre.
   
   Una noche cristalina, pura. «No hay una paz comparable a la quietud de las primeras noches frías del año», dice el narrador de La balada del café triste, de Carson McCullers, que he hojeado un rato. Es cierto. Shakespeare ya se dio cuenta, y lo dice en Hamlet. Los que vengan detrás de nosotros también se apercibirán de ello. Esa luna alta y melancólica seguirá acompañándolos.
  ¡Es tan corto el tiempo que tenemos para saciar nuestros ojos, siquiera con este silencioso esplendor de la noche! La vida es «sólo un cuarto de hora», decía Teresa de Ávila. Sólo un cuarto de hora: ¡un tiempo tan breve!



JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Segundo abecedario, Anthropos, Barcelona, 1992, p. 207.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

FIN DE AÑO, José Jiménez Lozano



FIN DE AÑO

Lluvia obstinada,
pájaros mojados, silenciosos,
lejanas campanadas en la noche,
calendario sin hojas.
¿Duda si continuar el mundo?

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Advenimientos, Pre-Textos, Valencia, 2006, página 99.
&
Isao Tomoda

miércoles, 9 de abril de 2014

[MARGARITA BUÑUEL CONTÓ A MAX AUB...], José Jiménez Lozano

 
  Margarita Buñuel contó a Max Aub que su hermano Luis —el director de cine— no quería entrar en la alcoba a ver a su madre enferma: «la ve a través de un espejo, reflejada».
   Es un detalle estremecedor: técnica de cine en la vida real, los reyes, reflejándose en el espejo, al entrar en la habitación donde Velázquez pinta. Sí, pero ¡en qué circunstancias!
   ¿Es por esto por lo que nunca me ha convencido Buñuel: porque muestra un mundo mediado por espejos, y no sólo los juegos de sorpresa surrealistas?

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Segundo abecedario, Anthropos, Barcelona, 1992, pp. 91-92.
&

René Magritte

viernes, 28 de marzo de 2014

LUNA, José Jiménez Lozano



LUNA

No sé de qué, pero anoche
la luna, cuando iba alta,
parecía asombrada.

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Advenimientos, Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 162.
&

Laurent Laveder

viernes, 6 de diciembre de 2013

[LOS JAPONESES SON LOS JAPONESES...], José Jiménez Lozano



   Los japoneses son los japoneses, y, cuando topamos con su mundo, nos maravilla tanto su extremado refinamiento artístico y su impresionante sencillez y amor a la belleza, como nos desconcierta su supersenequismo ante el dolor y la muerte. Y la historia que, entre muchísimas otras, cuenta Maurice Pinguet, en su excitante libro sobre La mort volontaire au Japon, acerca del sepukku del almirante Onissi después de la derrota del Japón en la Segunda Guerra Mundial y la declaración del emperador renunciando a su divinidad, me ha hecho soñar.
   Apenas el emperador leyó tal declaración, fueron muchos los que vinieron hasta Palacio, se inclinaron ceremoniosamente, se arrodillaron sobre la arena de la gran explanada, y lloraron. Y una treintena se suicidaron allí mismo. Esa misma tarde, el almirante Onissi invitó a los oficiales de su Estado Mayor para decirles adiós, y hacia las tres de la mañana, ya en su intimidad, tomó un sable, y se abrió el vientre con dos incisiones en forma de cruz, esto es, de izquierda a derecha y luego de arriba abajo, que por lo visto es un modo ritual que se llama júmonji, y es una variedad del sepukku, que de ordinario es una incisión profunda en el vientre, en sentido horizontal. Se le encontró al amanecer todavía con vida en medio de un charco de sangre, y algunos amigos acudieron a verle, y él les pidió que ahorraran sus vidas para servir al país. Y fue entonces cuando se encontró su poema de adiós:

En el cielo limpio, sin nubes, luce ahora la luna.
La tempestad ha terminado.

   Maurice Pinguet comenta que Onissi, —el promotor del Tifón de los dioses, consagraba su último pensamiento a la serenidad— Y esto se dice o se escribe pronto, pero tal belleza y serenidad de un poema, momentos antes de que uno vaya a sacrificarse tan dolorosamente además, nos deja muy pensativos y perplejos.


JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Los cuadernos de letra pequeña, Pre-Textos, Valencia, 2003, pp. 43-44.

domingo, 27 de octubre de 2013

[S., QUE ES GUARDA FORESTAL...], José Jiménez Lozano




   S., que es guarda forestal, me dice que hace menos de un mes se encontró al pie de una encina un libro que una urraca estaba arrastrando a alguna parte, porque ya se sabe que estas aves son irremediablemente cleptómanas, y las mujeres que se ponían a coser a la solana sabían que, si se descuidaban un poco, una urraca se las llevaba por delante un carrete, o las tijeras mismas. ¡Quién sabe! A lo mejor tienen un museo de antropología cultural de los humanos, porque ¿para qué puede querer una urraca un carrete de hilo, unas tijeras o en este caso un libro?
   El guarda forestal me lleva a su casilla de guardia y me muestra el libro, una pequeña edición de kiosko de la magnífica Luz de agosto de Faulkner, con las hojas alabeadas por la humedad: pero no me extraña que las urracas se lo quisieran llevar, la verdad.



JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Advenimientos, Pre-Textos, Valencia, 2006, pp. 36-37.

miércoles, 1 de mayo de 2013

[LOS CHICOS DE INSTITUTO...], José Jiménez Lozano




   Los chicos de instituto que me escuchaban han quedado bastante desconcertados, cuando les he mostrado lo que significa esa especie de refrán «una mente sana en un cuerpo sano», que estaba escrita en un cartel puesto en una pared de la clase, y acerca de lo cual se me ocurrió comentar que, por lo que veía, en aquella casa todavía quedaban rastros latinos, aunque ya no se estudiara latín.
   Les leí entonces simplemente el pasaje de Juvenal al que la frase pertenece y que está al final de la Sátira X, y es bien hermoso: «Hay que rogar por una mente sana en un cuerpo sano. Pide un ánimo vigoroso que no se espante ante la muerte, y que tenga el último tramo de la vida como un regalo de la naturaleza, que sepa soy portar cualquier trabajo, que sepa no enfurecerse, que no desee nada, y que crea preferibles los duros trabajos de Hércules, al amor, a los festines y a las plumas de Sardanápalos».
   Les resulta increíble que la frasecita no tenga nada que ver con el deporte, que es en torno al cual la ven en ese cartel y la han oído miles de veces; y trato de explicarles que cosas así suceden a diario, y de la necesidad por lo tanto de conocer para que no se nos dé gato por liebre. Y, al final, me hacen repetir la lectura, porque les ha parecido algo hermosísimo. Naturalmente.

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Advenimientos, Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 147.