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jueves, 25 de octubre de 2012

[POR MÁS QUE LO PIENSO...], Antonio Martínez Sarrión



   Por más que lo pienso, no hallo mejor oficio que el de critico de haikus, puesto que tuvo un poeta «zen» japonés llamado Senroy. Evaluaba cuantos poemas se le sometían y los que juzgaba mejores se publicaban. Se calcula que hizo la crítica de dos millones y medio de piezas. También cómo no los escribio con mucho acierto. Murió en 1790, a la venerable edad de setenta y tres años. ¡Qué destino admirable! A este maestro le heredó y sustituyó en el sutil oficio su hijo mayor, y muerto éste, otro hijo. De este tercer Senroy es esta composición difícilmente mejorable por sus antecesores, hermano y padre respectivamente:

         Como gota de rocío
         sobre una hoja de loto,
         desaparezco.

ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, Escaramuzas, Alfaguara, Madrid, 2011.

domingo, 30 de septiembre de 2012

SOBRE CAMILO JOSE CELA, Antonio Martínez Sarrión

   Un curioso efecto de simetría, causado por la muerte de Cela: el 95 por ciento de lo publicado en diarios nacionales sobre el finado, como el mismo porcentaje de su obra, es pura inanidad, pura pérdida de tiempo. De la obra, lo único que de verdad me gustó fue su primera época: el Pascual Duarte y los primeros viajes; menos, La colmena; algo los carpetovinismos. San Camilo 36 no es más que la visita a una colección de burdeles madrileños, al filo de la tragedia. Cuando trató de hacer lo que él entendía por «vanguardia» se vio que resultaba forzado, ilegible, trivial en su pretenciosidad. Madera de boj, el tan anunciado texto que haría justicia a la Galicia marítima, al bravo mar de los Ártabros, no es más que una prolija colección de chistes y ocurrencias de gusto dudoso. Sobre el muerto, han estado bien Ignacio Echeverría, Haro Tecglen y sobre todo Gimferrer, meditado y justo. Lo mejor, que escuché a ráfagas, se debió a Carlos Casares: «Era un hábil imitador de Dalí para promocionarse» y lo opinado por un estudiante de doce o trece años: «Era un tipo duro, un tipo algo borde». Su hijo, que lo conocía de sobra, le afeaba su absoluta falta de piedad, como rasgo central de su persona. Anécdotas por él contadas: asustar a las pobres mujeres que volvían a sus casas cargadas con la compra; en casa de su patrona durante la guerra, limpiarse el culo con un canario, tras defecar en el teclado del piano, ¡qué hombrada! ¡Qué tipo ocurrente y original! Otro gesto nobilísimo fue ofrecerse a Franco, a su entrada en Madrid, para delatar a «rojos», ejercer como censor de libros y publicaciones, escribir por una montonera de dólares una novela venezolana, llena de indigenismos, a la mayor gloria del sanguinario dictador Perez Jimenez. Su manipulacion y prepotencia a la hora de cubrir vacantes en la Academia o de discernir el ganador del Premio Cervantes, el cual se hizo otorgar obscenamente, tras el injusto Premio Nobel, como su creciente y ya no disimulado reaccionarismo ideológico, fueron notorios. Un gacetillero de periódico a pie de capilla ardiente se quejaba o fingía quejarse del escaso, casi nulo, numero de escritores que fueron a rendirle el último homenaje. Un gesto a su favor que pocos conocen: en un almuerzo, cuando su miserable lacayo Umbral que le escupió nada más morir en un libro se desató contra Juan Benet, le dijo: «¡Cállate, Paco, que Benet fue un gran escritor!». Muere, en fin, un autor enormemente sobrevalorado en vida —Italo Calvino o Juan Marsé, grandes de verdad, así lo escribieron— y un ser humano despreciable. La historia de la literatura lo pondra, sin duda, en su lugar. (Adición en 2009: hemos sabido por la prensa que la muy cacareada y económicamente dotada Fundación Cela de Padrón está en un estado de decadencia y abandono lamentables.)

ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, Escaramuzas, Alfaguara, Madrid, 2011, pp. 52-53.