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viernes, 4 de septiembre de 2015
DOS SEPULTUREROS, Lydia Davis
DOS SEPULTUREROS
Un empleado de funeraria, llevando un cuerpo hacia el norte por la autopista, en Francia, se detiene en un restaurante al costado de la ruta para almorzar algo. Allí se encuentra con otro empleado de funeraria, un colega conocido, que también paró para almorzar algo y está llevando un cuerpo hacia el sur. Deciden sentarse a la misma mesa y comer juntos.
Roland Barthes es testigo de este encuentro entre dos profesionales. Es el cuerpo de su propia madre el que llevan al sur. Los observa desde una mesa separada, donde se sienta con su hermana. Su madre, por supuesto, está acostada afuera, en el coche fúnebre.
LYDIA DAVIS, No puedo ni quiero, Eterna cadencia, Buenos Aires,2014, p. 53.
&
Dalibor Davidovic
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miércoles, 25 de marzo de 2015
COMENTARIO DOMÉSTICO, Lydia Davis
COMENTARIO DOMÉSTICO
Debajo de toda esta suciedad
el piso está realmente muy limpio.
LYDIA DAVIS, No puedo ni quiero, Eterna cadencia, Buenos Aires,p. 106.
&
Gervasio Sánchez
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domingo, 4 de enero de 2015
LA CAMINATA DE ÖDON VON HORVÁTH, Lydia Davis
LA CAMINATA DE ÖDON VON HORVÁTH
Ödön von Horváth caminaba cierto día por los Alpes bávaros cuando descubrió, a cierta distancia del camino, el esqueleto de un hombre. El hombre había sido, evidentemente, un alpinista, puesto que llevaba una mochila. Von Horváth abrió la mochila, que estaba casi como nueva. Dentro encontró un suéter y otra ropa; una pequeña bolsa con lo que había sido comida alguna vez; un diario; y una postal de los Alpes bávaros, lista para ser enviada, que decía: “La estoy pasando maravillosamente”.
LYDIA DAVIS, No puedo ni quiero, Eterna cadencia, Buenos Aires, 2014.
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miércoles, 1 de enero de 2014
PROPÓSITOS PARA EL AÑO NUEVO, Lydia Davis
PROPÓSITOS PARA EL AÑO NUEVO
Le pregunto a mi amigo Bob cuáles son sus propósitos para el año nuevo y, encogiéndose de hombros (como queriendo decir que son los típicos o que no son nada del otro mundo), me responde que beber menos, perder unos kilitos... Luego me pregunta lo mismo a mí, pero aún no estoy preparada para responderle. Durante las vacaciones he vuelto a estudiar zen, por pura desesperación, aunque tampoco era una desesperación muy intensa. Da lo mismo una medalla que un tomate pocho, dice el libro que he estado leyendo. Tras pasar unos cuantos días dándole vueltas, creo que la respuesta más sincera a la pregunta de mi amigo Bob sería: Mi propósito para el año nuevo es aprender a verme a mí misma como si no fuera nada. ¿Estaré siendo competitiva? Bob queriendo perder unos kilos y yo queriendo aprender a verme como si no fuera nada... Ni que decir tiene que ser competitivo está fuera de lugar en cualquier filosofía budista. Una nada auténtica no es competitiva. Pero cuando lo digo no siento que esté siendo competitiva. En esos momentos me siento muy humilde, O por lo menos me parece estar siéndolo, aunque ¿puede alguien ser verdaderamente humilde desde el momento en que dice querer aprender a ser "nada"? Pero hay otro problema del cual llevo semanas queriéndole hablar a Bob: llega un momento, en la mitad de la vida, en que por fin eres lo bastante inteligente para darte cuenta de que todo es insignificante, de que ni siquiera el éxito significa nada. Sin embargo, para empezar, ¿cómo aprende una persona a verse a sí misma como si no fuera nada después de todo lo que le ha costado aprender a verse como si fuera algo? Vaya lío. Te pasas la primera mitad de la vida aprendiendo que, después de todo, eres algo, y ahora tienes que pasarte la segunda mitad aprendiendo a verte como si no fueras nada. Has sido una nada negativa y ahora lo que tienes que ser es una nada positiva. Ya me he puesto con ello, en estos primeros días del nuevo año, pero por ahora me resulta bastante difícil. Por las mañanas me acerco bastante a la nada, pero hacia el final de la tarde, esa parte de mí que es algo empieza a manifestarse. Esto sucede muchos días. Por las noches ya estoy rebosante de algo, un algo que suele ser desagradable y avasallador. Así que, llegado este punto, lo que pienso es que estoy siendo demasiado ambiciosa, y que tal vez «nada» sea mucho para empezar. Quizá de momento sólo debería tratar de ser cada día un poquito menos de lo que normalmente soy.
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miércoles, 13 de febrero de 2013
EGOÍSTA. Lydia Davis
EGOÍSTA
Lo bueno que tiene ser egoísta es que cuando tus hijos se hacen daño tampoco te importa mucho porque a ti personalmente no te ha pasado nada. Pero si sólo eres un poco egoísta no sirve. Tienes que ser muy egoísta. La cosa funciona así: si sólo eres un poco egoísta, te preocupas un poco por ellos, les prestas un poco de atención, los llevas casi siempre bien vestidos, les cortas el pelo con relativa frecuencia, aunque no les compras todo lo que necesitan para el colegio, o por lo menos no cuando lo necesitan; te lo pasas bien con ellos, te ríes con sus chistes, aunque cuando se portan mal tienes poca paciencia con ellos, porque te molestan cuando tienes cosas que hacer, y cuando se portan muy mal te enfadas mucho; tienes una idea aproximada de cuáles son sus necesidades, sabes más o menos lo que hacen con sus amigos, les haces preguntas, aunque tampoco muchas, y siempre hasta cierto punto, porque no tienes tiempo; entonces surgen los problemas, pero tú ni te enteras porque estás muy ocupada: les da por robar, y te preguntas cómo habrá venido eso a parar a casa; te enseñan lo que roban y cuando les preguntas te mienten; cuando te mienten siempre los crees, porque parecen muy sinceros y porque además tardarías mucho en averiguar la verdad. En fin, que esto es lo que suele ocurrir si has sido egoísta; y si no has sido lo bastante egoísta, luego, cuando estén metidos en líos, sufrirás, aunque mientras sufras seguirás, por pura costumbre, siendo egoísta y dirás: Estoy destrozada. Mi vida ya no tiene sentido. ¿Cómo voy a seguir adelante? De manera que, puestos a ser egoístas, más te vale ser más egoísta que eso, tan egoísta que por mucho que lamentes que se hayan metido en líos, por mucho que lo lamentes sincera y profundamente, tal y como les dirás a tus amigos y conocidos y al resto de la familia, en tu fuero interno te sentirás aliviada, feliz, encantada incluso, de que no te esté pasando a ti.
LYDIA DAVIS, Cuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2011, página 119.
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sábado, 22 de septiembre de 2012
ESTO SE ACABA: HABITACIONES SEPARADAS, Lydia Davis
ESTO SE ACABA: HABITACIONES SEPARADAS
Ahora duermen en habitaciones separadas.
Esta noche, ella sueña que lo está abrazando. Él sueña que está cenando con Ben Johnson.
LYDIA DAVIS, Cuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2011.
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jueves, 17 de noviembre de 2011
JOVEN Y POBRE, Lydia Davis
JOVEN Y POBRE
Me gusta trabajar cerca del bebé, aquí en mi escritorio, a la luz del flexo, mientras el bebé duerme.
Como si volviera a ser joven y pobre, iba a decir.
Pero es que lo sigo siendo.
Como si volviera a ser joven y pobre, iba a decir.
Pero es que lo sigo siendo.
LYDIA DAVIS, Cuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2011, página 228.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
FINANZAS, Lydia Davis
FINANZAS
Si se ponen a sumar y restar para ver si su relación es equitativa, la cosa no funciona. Él, por su parte, aporta 50.000 dólares, dice ella. No, 70.000, dice él. Qué más da, dice ella. A mi si que me da, dice el. Lo que ella aporta es un niño medio criado. ¿Eso se considera un activo o un pasivo? ¿Se supone que tiene que estarle agradecida? Puede estarle agradecida, pero no sentirse en deuda, como si le debiera algo. Tiene que haber una sensación de igualdad. Me encanta estar contigo, dice ella, y a ti te encanta estar conmigo. Te estoy agradecida por mantenernos y ya sé que mi hijo a veces te resulta un incordio, aunque digas que es buen chico. Pero no sé cómo calcularlo. Si yo aporto todo lo que tengo y tú aportas todo lo que tienes, ¿no es eso una forma de igualdad? No,dice él.
LYDIA DAVIS, Cuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2011, página 178.
viernes, 16 de septiembre de 2011
EL CALCETÍN, Lydia Davis
EL CALCETÍN
Mi marido está casado ahora con otra mujer, más baja que yo, poco más de metro cincuenta, reciamente constituida, y por supuesto él parece más alto que antes, y más delgado, y su cabeza parece también más pequeña. Al lado de su mujer yo me siento escuálida y torpe, y es demasiado baja para que la pueda mirar a los ojos, a pesar de que, cuando está conmigo, trato de situarme, de pie o sentada, en el ángulo adecuado para ello. Yo creí tener una idea clara de la clase de mujer que mi marido elegiría si se volvía a casar, pero ninguna de sus amigas era justo lo que yo pensaba, y ésta menos que las otras.
Vinieron aquí el verano pasado y estuvieron unas semanas viendo a mi hijo, que es mío y de él. Hubo momentos de tensión, pero también nos lo pasamos bien, aunque, como es natural, incluso los buenos momentos fueron un poco violentos. Ellos dos parecían esperar que yo tuviera mucho espacio en casa, porque ella estaba enferma, tenía dolores y se mostraba retraída y hosca, con los ojos algo hinchados. Utilizaron el teléfono y otras cosas de mi casa. Solían llegar paseando despacio desde la playa, se duchaban en mi casa y luego, sin más, se iban de paseo al atardecer con mi hijo de la mano entre los dos. Di una fiesta, y vinieron y bailaron juntos, impresionaron a mis amigos y se estuvieron hasta el final. Yo hice cuanto pude por ellos, más que nada por nuestro hijo. Yo pensaba, por su bien, que debíamos estar en buenas relaciones. Al final de su visita yo estaba agotada.
La noche antes de irse habíamos pensado salir a cenar a un restaurante vietnamita con su madre. Su madre llegaría en avión de otra ciudad, y luego se irían los tres juntos al día siguiente al mediooeste. Los padres de su mujer iban a organizarles una gran fiesta de bodas, para que todos los que la habían conocido de pequeña y crecido con ella, los fornidos granjeros y sus familias, le conocieran también a él.
Cuando llegué a la ciudad aquella noche, y fui a donde ellos estaban alojados, les llevé todo cuanto pude encontrar que se habían dejado en mi casa: un libro junto a la puerta del armario empotrado, y en algún otro sitio un calcetín de él. Iba a dejar el coche frente a la puerta del edificio, cuando vi a mi marido que había salido a la acera y me estaba haciendo señas de que parase. Quería hablar conmigo antes de que yo entrase en la casa. Me dijo que su madre no se encontraba bien y no podía quedarse con ellos, y me preguntó si podría llevármela yo luego a mi casa. Sin pensarlo siquiera le dije que sí. No se me ocurrió que su madre iba a ponerse a curiosear en mi casa y que yo tendría que limpiar lo más sucio con ella mirándome.
En el vestíbulo estaban sentadas las dos, una enfrente de la otra, en sendas butacas; dos mujeres pequeñas, y las dos bellas, cada una a su manera. Las dos con lápiz de labios, y las dos, pensé luego, frágiles, también cada una a su manera. La razón de que estuvieran allí sentadas era que la madre de él tenía miedo de subir las escaleras. No le importaba volar en avión, pero no podía subir más de un piso en una casa de apartamentos. Y ahora estaba peor que antes. En otros tiempos era capaz de subir hasta el octavo si no tenía otro remedio, siempre que las ventanas estuvieran herméticamente cerradas.
Antes de salir a cenar, mi marido subió el libro al apartamento, pero el calcetín se lo había metido en el bolsillo de atrás sin pensar al dárselo yo en la calle, y allí se le quedó durante la comida, en el restaurante, donde su madre, que iba vestida de negro, se sentó al extremo de la mesa, enfrente de una silla vacía, jugando a veces con mi hijo, con sus cochecitos de juguete, preguntando otras a mi marido y a mí sobre la pimienta y otras especias que pudiera haber en lo que estaba comiendo. Después de salir del restaurante, cuando estábamos todos en el aparcamiento, mi marido sacó el calcetín del bolsillo y se lo quedó mirando, preguntándose cómo podría haberse metido allí.
No tuvo importancia la cosa, pero yo no conseguí olvidar aquel calcetín desparejado que salió del bolsillo de atrás, y en un barrio extraño, lejos, en la parte este de la ciudad, en pleno barrio vietnamita, entre los burdeles disfrazados de salones de masaje, y ninguno de nosotros conocía de verdad la ciudad, pero estábamos allí todos juntos, y yo me sentía rara, poque me daba la impresión de que él y yo éramos consortes, que habíamos sido consortes durante mucho tiempo, y no podía menos de pensar en todos los otros calcetines suyos que tuve que haber recogido por todas partes, tiesos por el sudor, gastados, casi transparentes en la suela, durante todos los años que vivimos juntos, y luego me ponía a pensar en sus pies, metidos en aquellos calcetines, en la piel que se traslucía en el talón y en la parte delantera, donde el tejido estaba más gastado; y le veía echado de espaldas en la cama, leyendo, con los pies cruzados a la altura de los tobillos, de modo que sus dedos apuntaban a distintos rincones de la habitación; y luego se volvía a un lado, con los pies juntos como dos mitades de un mismo fruto, y finalmente, sin dejar de leer, alargaba la mano y tiraba de los calcetines, y los dejaba caer al suelo, convertidos en pequeñas pelotas, y después volvía a alargar la mano, pero esta vez era para rascarse los dedos de los pies mientras leía; a veces compartía conmigo su lectura y sus pensamientos, pero en otras ocasiones no parecía darse cuenta de que yo estaba en la misma habitación, o en cualquier otro sitio.
Seguí sin poderlo olvidar, a pesar de que, después de marcharse, encontré otras cosas que se habían dejado olvidadas, o, mejor dicho, fue su mujer quien se las dejó en el bolsillo de una chaqueta mía: un peine rojo, un lápiz de labios rojo, un frasquito de píldoras. Durante algún tiempo dejé estas tres cosas juntas, primero en un lugar de la cocina, luego en otro, y me decía que tenía que mandárselas a ella, porque a lo mejor las píldoras eran importantes, pero siempre se me olvidaba llamarla y preguntárselo, y acabé arrumbándolas en un cajón, ya se las daría cuando volvieran otra vez, porque eso sería bastante pronto, y sólo de pensarlo me sentía cansada otra vez.
Vinieron aquí el verano pasado y estuvieron unas semanas viendo a mi hijo, que es mío y de él. Hubo momentos de tensión, pero también nos lo pasamos bien, aunque, como es natural, incluso los buenos momentos fueron un poco violentos. Ellos dos parecían esperar que yo tuviera mucho espacio en casa, porque ella estaba enferma, tenía dolores y se mostraba retraída y hosca, con los ojos algo hinchados. Utilizaron el teléfono y otras cosas de mi casa. Solían llegar paseando despacio desde la playa, se duchaban en mi casa y luego, sin más, se iban de paseo al atardecer con mi hijo de la mano entre los dos. Di una fiesta, y vinieron y bailaron juntos, impresionaron a mis amigos y se estuvieron hasta el final. Yo hice cuanto pude por ellos, más que nada por nuestro hijo. Yo pensaba, por su bien, que debíamos estar en buenas relaciones. Al final de su visita yo estaba agotada.
La noche antes de irse habíamos pensado salir a cenar a un restaurante vietnamita con su madre. Su madre llegaría en avión de otra ciudad, y luego se irían los tres juntos al día siguiente al mediooeste. Los padres de su mujer iban a organizarles una gran fiesta de bodas, para que todos los que la habían conocido de pequeña y crecido con ella, los fornidos granjeros y sus familias, le conocieran también a él.
Cuando llegué a la ciudad aquella noche, y fui a donde ellos estaban alojados, les llevé todo cuanto pude encontrar que se habían dejado en mi casa: un libro junto a la puerta del armario empotrado, y en algún otro sitio un calcetín de él. Iba a dejar el coche frente a la puerta del edificio, cuando vi a mi marido que había salido a la acera y me estaba haciendo señas de que parase. Quería hablar conmigo antes de que yo entrase en la casa. Me dijo que su madre no se encontraba bien y no podía quedarse con ellos, y me preguntó si podría llevármela yo luego a mi casa. Sin pensarlo siquiera le dije que sí. No se me ocurrió que su madre iba a ponerse a curiosear en mi casa y que yo tendría que limpiar lo más sucio con ella mirándome.
En el vestíbulo estaban sentadas las dos, una enfrente de la otra, en sendas butacas; dos mujeres pequeñas, y las dos bellas, cada una a su manera. Las dos con lápiz de labios, y las dos, pensé luego, frágiles, también cada una a su manera. La razón de que estuvieran allí sentadas era que la madre de él tenía miedo de subir las escaleras. No le importaba volar en avión, pero no podía subir más de un piso en una casa de apartamentos. Y ahora estaba peor que antes. En otros tiempos era capaz de subir hasta el octavo si no tenía otro remedio, siempre que las ventanas estuvieran herméticamente cerradas.
Antes de salir a cenar, mi marido subió el libro al apartamento, pero el calcetín se lo había metido en el bolsillo de atrás sin pensar al dárselo yo en la calle, y allí se le quedó durante la comida, en el restaurante, donde su madre, que iba vestida de negro, se sentó al extremo de la mesa, enfrente de una silla vacía, jugando a veces con mi hijo, con sus cochecitos de juguete, preguntando otras a mi marido y a mí sobre la pimienta y otras especias que pudiera haber en lo que estaba comiendo. Después de salir del restaurante, cuando estábamos todos en el aparcamiento, mi marido sacó el calcetín del bolsillo y se lo quedó mirando, preguntándose cómo podría haberse metido allí.
No tuvo importancia la cosa, pero yo no conseguí olvidar aquel calcetín desparejado que salió del bolsillo de atrás, y en un barrio extraño, lejos, en la parte este de la ciudad, en pleno barrio vietnamita, entre los burdeles disfrazados de salones de masaje, y ninguno de nosotros conocía de verdad la ciudad, pero estábamos allí todos juntos, y yo me sentía rara, poque me daba la impresión de que él y yo éramos consortes, que habíamos sido consortes durante mucho tiempo, y no podía menos de pensar en todos los otros calcetines suyos que tuve que haber recogido por todas partes, tiesos por el sudor, gastados, casi transparentes en la suela, durante todos los años que vivimos juntos, y luego me ponía a pensar en sus pies, metidos en aquellos calcetines, en la piel que se traslucía en el talón y en la parte delantera, donde el tejido estaba más gastado; y le veía echado de espaldas en la cama, leyendo, con los pies cruzados a la altura de los tobillos, de modo que sus dedos apuntaban a distintos rincones de la habitación; y luego se volvía a un lado, con los pies juntos como dos mitades de un mismo fruto, y finalmente, sin dejar de leer, alargaba la mano y tiraba de los calcetines, y los dejaba caer al suelo, convertidos en pequeñas pelotas, y después volvía a alargar la mano, pero esta vez era para rascarse los dedos de los pies mientras leía; a veces compartía conmigo su lectura y sus pensamientos, pero en otras ocasiones no parecía darse cuenta de que yo estaba en la misma habitación, o en cualquier otro sitio.
Seguí sin poderlo olvidar, a pesar de que, después de marcharse, encontré otras cosas que se habían dejado olvidadas, o, mejor dicho, fue su mujer quien se las dejó en el bolsillo de una chaqueta mía: un peine rojo, un lápiz de labios rojo, un frasquito de píldoras. Durante algún tiempo dejé estas tres cosas juntas, primero en un lugar de la cocina, luego en otro, y me decía que tenía que mandárselas a ella, porque a lo mejor las píldoras eran importantes, pero siempre se me olvidaba llamarla y preguntárselo, y acabé arrumbándolas en un cajón, ya se las daría cuando volvieran otra vez, porque eso sería bastante pronto, y sólo de pensarlo me sentía cansada otra vez.
ROBERT SHAPARD & JAMES THOMAS, Ficción súbita, Anagrama, Barcelona, 1989 (1986), pp. 191-193.
Labels: LYDIA DAVIS, NARRATIVA
sábado, 13 de agosto de 2011
ESPLÍN DE PRIMAVERA, Lydia Davis
ESPLÍN DE PRIMAVERA
Estoy contenta de que las hojas crezcan tan de prisa.
Pronto taparán a la vecina y al gritón de su hijo.
LYDIA DAVIS, Samuel Johnson está indignado, Emecé, Barcelona, 2004, página 151.
Labels: LYDIA DAVIS, RELATOS HIPERBREVES
miércoles, 10 de agosto de 2011
EJEMPLOS DE "RECORDAR", Lydia Davis
EJEMPLOS DE "RECORDAR"
Recordad que no sois más que polvo.
Trataré de tenerlo en cuenta.
LYDIA DAVIS, Samuel Johnson está indignado, Emecé, Barcelona, 2004, página 41.
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