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sábado, 10 de junio de 2017

[ME ACUERDO...], Patricia Esteban Erlés

Me acuerdo de la primera vez que pedí un bitter solo porque me encantaba que tuviera un sabor tan rojo.
Me acuerdo del vestido de fresas azules de mi vecina. La hubiera matado para quitárselo y solo tenía diez años.
Me acuerdo de que enfrente de casa había una fábrica de lápidas y dos hermosos setters que tomaban el sol en la entrada, como dos leones de ciudad.
Me acuerdo de que siempre pensé que la hermana Mercedes era un hombre. Lo sigo pensando.
Me acuerdo de que jugaba a tener un caballo imaginario que venía a buscarme al colegio y me esperaba en el patio. No recuerdo cuándo dejó de hacerlo.
Me acuerdo de que pensaba que era mentira que el tiempo pasaba.
Me acuerdo de que un autobús atropelló a una niña que vivía en nuestra calle. La muerte la convirtió en una pequeña celebridad local.
Me acuerdo de cuántas cosas podías comprar con diez duros los sábados por la tarde.
Me acuerdo de la matrícula 59360 y de Linda, de Miguel Bosé.
Me acuerdo de que lloraba cuando me mandaban a la cama porque iba a empezar Mis terrores favoritos.
Me acuerdo de todos los libros peligrosos que leí sin que nadie se diera cuenta.

Patricia Esteban Erlés
&
Marangolo

jueves, 24 de enero de 2013

INTIMIDAD CON EL MUÑECO, Patricia Esteban Erlés




INTIMIDAD CON EL MUÑECO
  
   Jugamos. Yo le arranco sus ojos azules y los coloco en la palma de mi mano, como si fueran canicas. Él me cuenta que ve.


Ilustración: Fernando Millán

 

jueves, 15 de noviembre de 2012

HIPOTERMIA, Patricia Esteban Erlés & Antonio López


HIPOTERMIA
        
   Después de pasar toda la tarde follando en la habitación del hotel habéis permanecido dentro de una bañera gigante que olía horriblemente a rosas hasta que se os han arrugado las yemas de todos los dedos. Luego habéis decidido ir a cenar a aquel restaurante tan coqueto del puerto donde él te besó por primera vez, cuando aún no sabíais muy bien qué iba a pasar en unas horas con todo lo demás, con los otros. Los otros éramos tan solo una nube negra de pasado, tu marido y su mujer, dos perros de humo a los que esa misma noche, después de las ostras y un par de botellas de vino blanco, prohibisteis cruzar la puerta de la misma habitación del mismo hotel (Sois tan cursis) donde os habéis hospedado hoy. Sonríes. Eres feliz y el mantel de cuadros rojos y blancos te parece tan bonito que no te queda más remedio que acariciarlo con la yema de los dedos. Pero de pronto sientes frío en los hombros, un frío atroz y buscas instintivamente la rebeca que al llegar colocaste en el respaldo de la silla. Al otro lado de la mesa, él pone ojos de guarro y te dice que va a pedir centollo y el mismo vino blanco de entonces, te pregunta si le ayudarás con las ostras, pero aunque te parece buena idea y quieres decirle que sí y volver a sonreír, un punto lúbrica, te castañetean los dientes. Él te mira, qué pálida te has puesto, mientras tú sientes por dentro el soplo de un viento helado cristalizando tu torrente sanguíneo. No lo sabías, pero ahora intuyes con horror que el frío puede dejarte ciega, que quema los huesos y agujerea los pulmones, verdad, no sabías que en el caso improbable de que sigas viviendo un médico compasivo deberá ir talando pequeños trozos de ti, los más frágiles e inocentes, fragmentos dulces como los lóbulos de tus orejas, tus dedos meñiques, esos pezones de niña que tanto le gustan, para intentar salvar la venus mutilada en que yo, hoy, si quisiera, podría convertirte. Tu marido se quedó calvo del disgusto, nunca superó el vacío que dejaste en el juego de maletas al llevarte la samsonite roja mediana. Yo, en cambio, después de que él viniera a por sus cosas y me enseñara una foto tuya entre las sábanas para que no quedara ninguna duda, decidí aprender vudú. Y mira, resulta que me divierte tanto meter y sacar del congelador la muñequita de trapo a la que le puse melena de fregona y le pinté tus mismitos ojos de vaca asturiana, que por hoy te salvas. Dejaré que él, algo confuso, te lleve de vuelta a la cama y te arrope con la única manta que encontrará en el altillo del armario. Pero de follar, ni hablamos, querida, ahora tú eres una gélida figura de hielo, la madre de todos los gintonics, una estalactita, y él, un friolero, un hipocondrias que teme acatarrarse a la mínima, no va a tocarte ni loco. Buenas noches y felices sueños. Mañana, si te parece, probamos con el horno.


PATRICIA ESTEBAN ERLÉS, Casa de muñecas, Páginas de Espuma, Madrid, 2012, páginas 109-110.

sábado, 3 de noviembre de 2012

SOPA, Patricia Esteban Erlés & Sara Morante

SOPA
        
   La feliz mamá sentó a la hijita que aún olía a nuevo sobre sus rodillas, durante la cena familiar de Nochebuena. Fue una desgracia terrible que la niña se inclinara tanto sobre el plato humeante de sopa, fascinada por los dedos de humo que la saludaban desde allí adentro, y que se hundiera en el interior del estanque de porcelana heredado de la abuela, sin que su madre pudiera evitarlo. Hubo un revuelo de burbujas, un minúsculo aleteo de brazos. Algunas gotas amarillas y un fideo rozaron el rostro materno. Ella miró a ambos lados, horrorizada. Todos comían, o no, daban un sorbo a la copa. Callaban con los demás. La madre se secó la mejlla con la servilleta, aguardando un tiempo prudencial y, cuando por fin se hizo el silencio en el fondo, pidió a una de las doncellas que le cambiara el plato.


sábado, 27 de octubre de 2012

EL COLUMPIO, Patricia Esteban Erlés


EL COLUMPIO

   Me acuerdo de cuando confundimos la muerte con un columpio.

PATRICIA ESTEBAN ERLÉS, Casa de muñecas, Páginas de Espuma, Madrid, 2012, páginas 166-167.

jueves, 18 de octubre de 2012

PRIMER PLATO, Patricia Esteban Erlés & Chema Madoz

PRIMER PLATO

   Poco después llegó la muerte. Todos la vimos trepar por tu pelo, pero bajamos los ojos y seguimos comiendo. Rezando en voz baja para que se conformara contigo.



lunes, 15 de octubre de 2012

FANTASMA (HOMENAJE A J.J. ARREOLA), Patricia Esteban Erlés



FANTASMA (HOMENAJE A J.J. ARREOLA)

   El hombre que amé se ha convertido en fantasma. Me gusta ponerle mucho suavizante, plancharlo al vapor y usarlo como sábana bajera las noches que tengo una cita prometedora.


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La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

JUAN JOSÉ ARREOLA