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viernes, 17 de mayo de 2013

MIS ÁRBOLES, Iván Turguénev





MIS ÁRBOLES

   Recibí casta de un antiguo compañero de universidad, un aristócrata, un acaudalado terrateniente. Me invitaba a su finca.
   Yo sabía que el hombre estaba muy enfermo, ciego y medio impedido, que apenas podía andar... Y fui a verlo.
   Me lo encontré en una avenida de su enorme parque. Arrebujado en una pelliza, aunque estábamos en pleno verano, enclenque y corcovado, con unas lentes verdes protegiéndole los ojos, era llevado en una silla de ruedas por dos lacayos enfundados en ricas libreas...
   —Le doy la bienvenida, —profirió con voz sepulcral—, a mi heredad, aquí, a la sombra de mis árboles centenarios.
   Sobre su cabeza extendía su inmensa copa un poderoso roble milenario.
   Y pensé: «¿Oyes eso, gigante milenario? Ese gusano mediomuerto, que se arrastra a tus pies, ¡te llama «mi árbol»!
   En ese instante corrió una ligera brisa, haciendo susurrar el tupido follaje del gigante... Y me pareció que el viejo roble dejó escapar un risa queda y bondadosa, respondiendo tanto a mi pensamiento, como a la presunción del enfermo.

IVAN TURGUÉNEV, Poemas en prosa, Rubiños, Madrid, 1994, p. 205.

domingo, 21 de abril de 2013

LOS GEMELOS, Iván Turguénev



LOS GEMELOS

   Presencié una disputa entre dos gemelos. Se parecían como dos gotas de agua, absolutamente en todo: en los rasgos de la cara, en la expresión, en el color del pelo, en estatura y corpulencia, y se odiaban de forma irreconciliable.
   Eran idénticos cuando montaban en cólera. Eran asombrosamente idénticos cuando enfrentaban sus rostros, congestionados y desencajados por la ira, el uno ante el otro, y cuando se lanzaban miradas idénticamente furibundas, y sus bocas, torcidas exactamente en la misma mueca, proferían las mismas palabras malsonantes, pronunciadas con idéntica voz.
   Hasta que ya no aguanté más, agarré a uno de ellos del brazo, lo llevé ante un espejo y le dije:
   —Anda, desaliógate aquí, ante el espejo... A ti te da lo mismo, y a mí me ahorras el terrible espectáculo.


Febrero de 1878

IVAN TURGUÉNEV, Poemas en prosa, Rubiños, Madrid, 1994, p. 145.

lunes, 1 de abril de 2013

EL GORRIÓN, Ivan Turgenev


EL GORRIÓN

   Yo volvía de cazar y caminaba por una avenida del parque. Mi perro corría delante.
   De pronto, se puso al acecho y empezó a avanzar cautelosamente, como si hubiera olfateado una presa.
   Miré adelante y vi a un polluelo de gorrión, de pico amarillo y plumón en la coronilla. Se había caído del nido —un fuerte viento balanceaba los abedules del parque y se había quedado ahí, inmóvil e indefenso, ahuecando sus incipientes y diminutas alas.
   Mi perro se aproximaba a él lentamente cuando, de pronto, de un árbol cercano cayó como una piedra un gorrión adulto, de negra pechera, plantándose ante el mismísimo hocico de mi can y, desencajado, con las plumas hirsutas, piando lastimera y desesperadamente dió un par de saltos en dirección a aquellas fauces abiertas y dentudas.
   Se lanzó a salvar a su criatura, a protegerla con su cuerpo... mientras todo su diminuto ser temblaba de miedo, su vocecilla se quebraba y enronquecía... petrificado de espanto, estaba dispuesto a sacrificar su vida.
   ¡Qué enorme y monstruoso debía parecerle el perro! Y a pesar de ello, fue incapaz de permanecer en su rama, tan alta y tan segura. Una fuerza mucho más poderosa que su propia voluntad, lo había arrojado al suelo.
   Mi Trésor se detuvo y retrocedió... También él reconoció esa fuerza.
   Me apresuré a llamar al avergonzado can y me alejé, lleno de veneración.
   Sí, veneración, no se rían de mí: sentí veneración ante aquel diminuto y heroico pajarillo, ante su arrebato de amor.
   El amor, pensé, es más fuerte que la muerte y que el temor a la muerte. Sólo el amor mantiene e impulsa la vida.

Abril de 1878

IVAN TURGUÉVEV, Poemas en prosa, Rubiños, Madrid, 1994, p. 53. 

viernes, 29 de marzo de 2013

JESUCRISTO, Ivan Turguénev

JESUCRISTO
   Me vi adolescente, casi un niño, en una pequeña iglesia rural. Las candelas alumbraban con su llama trémula y rojiza los antiguos iconos.
  Un diminuto halo irisado coronaba cada llama. En el interior reinaba una oscura penumbra... La iglesia estaba abarrotada.
   Las cabezas trigueñas de los campesinos se agolpaban ante mí. De vez en cuando se inclinaban y se alzaban todas a] tiempo, como espigas maduras de la mies mecidas por la suave brisa de verano.
   Un hombre se acercó por detrás y se colocó a mi lado.
   No me volví a mirarlo, pero al instante me di cuenta de que ese hombre era Jesucristo.
  Un sentimiento de piedad, mezclado con la curiosidad y el miedo, se apoderó al momento de mí. Hice un esfuerzo.., y miré a mi vecino.
  Su rostro era común, semejante a todos los rostros humanos. Sus ojos, ligeramente alzados, tenían una mirada atenta y serena. Los labios cenados, aunque no apretados, el superior reposando suavemente sobre el inferior, y una pequeña barba, partida en dos. Las manos juntas, quietas. Y una vestimenta común, como la de todos.
   «¿Qué clase de Jesucristo es éste? —pensé. —Un hombre tan corriente, tan sumamente sencillo. ¡No puede ser!»
   Y le volví la espalda. Pero apenas hube apartado la mirada de aquel hombre común, sentí de nuevo la impresión de que era precisamente Jesucristo quien estaba a mi lado.
   De nuevo hice un esfuerzo para mirarlo.., y volví a ver el mismo semblante, semejante a cualquier rostro humano, de rasgos comunes, aunque desconocidos.
   De pronto sentí espanto... y volví en mí. Sólo entonces comprendí que precisamente un semblante como aquel, semejante a cualquier rostro humano, es la verdadera faz de Cristo.


IVAN TURGUÉNEV, Poemas en prosa, Rubiños, Madrid, 1982, p. 101.