SYLVIA PLATH
Al igual que Ingeborg Bachmann, Sylvia Plath fue objeto de verdadero culto; en los dos casos, una muerte espectacular —el suicidio de Plath a los treinta años, las heridas mortales de Bachmann en un incendio provocado después del consumo de alcohol y medicamentos— fue el origen de una transfiguración mítica de dos mujeres que se habían consumido al servicio de la escritura. En ambas oportunidades hubo indicios suficientes para pensar que detrás del drama poético de la escritora se había desarrollado también el drama psíquico de una emancipación fracasada. El comienzo de la existencia de las dos escritoras estuvo marcado por un acto de autoidealización: Sylvia Plath se complacía en el papel de radiante adolescente americana, ganadora de becas y premios, que rechaza a numerosos pretendientes y se casa finalmente con el poeta Ted Hughes, elegido por el destino para ella porque era su igual. Eso ocultaba una enorme presión de competitividad y una exigencia de perfección desmesurada. En algún momento falló su fuerza de resistencia, vencida por la depresión que se había ido apoderando de ella.
A los contemporáneos de Ingeborg Bachmann les sorprendía su intransigencia; su editor, en la editorial Piper decía que, para ella, la escritura era una lucha de poder «Se había metido en la cabeza que podía alcanzar todo lo que quería. Y, en efecto, obtuvo todo lo que quería.» Pero después de la ruptura de su relación con Max Frisch, que ella vive como una traición, comienza a abusar del consumo de alcohol y medicamentos e interpreta que su toxicomanía y sus crisis de desesperación son «expresión de una derrota ante la realidad» y la reacción ante una ofensa irreparable. Nadie se vuelve loco con la escritura, «sólo tan loco como aquellos que no escriben (...) pero enloquecen por la pérdida del honor, la puesta en peligro de su existencia». ¿No había escrito en su texto sobre Sylvia Plath titulado Tremendum y que se refiere a la experiencia religiosa de lo inquietante y lo siniestro: «La enfermedad es lo espantoso por antonomasia, es algo con desenlace mortal»?
STEFAN BOLLMANN, Las mujeres que escriben también son peligrosas, Maeva, Madrid, 2007, páginas 104-105.
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viernes, 17 de septiembre de 2010
LAS MUJERES QUE ESCRIBEN TAMBIÉN SON PELIGROSAS, Stefan Bollmann
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miércoles, 30 de julio de 2008
LAS MUJERES, QUE LEEN, SON PELIGROSAS, Stefan Bollman
LA LECTURA, Pierre-Antoine Baudouin [Hacia 1760]
Unos quince años más tarde, Pierre-Antoine Baudouin, parisino como su contemporáneo Chardin, pinta también a una mujer que disfruta del placer de la lectura.
Baudouin era el pintor favorito de la marquesa de Pompadour, que aparece en el famoso cuadro de su maestro y suegro, François Boucher, representada en su gabinete. También está leyendo, aunque no parece absorta en su lectura, tendida sobre una cama suntuosa, pero completamente arreglada y dispuesta para salir, y, llegado el caso, lista para recibir incluso al mismo rey.
La lectora de Baudouin, en cambio, da la impresión de no poder ni querer recibir a persona alguna en su cámara protegida por un baldaquino y un biombo, a menos que se tratase del amante soñado, surgido de la dulce narcosis de su lectura. El libro se ha deslizado de su mano para reunirse con los otros objetos tradicionalmente asociados al placer femenino: un pequeño perro faldero y un laúd. A propósito de semejantes lecturas, Jean-Jacques Rousseau hablaba de libros que se leen sólo con una mano, y en este cuadro, la mano derecha que se desliza bajo el vestido de la mujer tumbada extática sobre su sillón, los botones de su corsé abiertos, revelan claramente a qué se refería. Sobre la mesa que destaca a la derecha del cuadro, irrumpiendo desordenadamente en la escena, se encuentran folios y cartas, una de ellas con la inscripción Histoire de vovage (Historia del viaje), junto a un globo terráqueo. No se sabe si evocan a un marido o a un amante distante que regresará algún día, o si se refieren sólo a la despreocupación con que la erudición se sacrifica en aras del placer de los sentidos.
Aunque la tela de Baudouin sea decididamente más frívola y más directa que la representación del placer de la lectura según Chardin, se podría afirmar que es mucho más moralizadora: como tantas pinturas de su tiempo y de épocas posteriores, el cuadro advierte sobre las funestas consecuencias de la lectura. Pero en este caso no es evidentemente más que una ilusión: Baudouin coquetea en realidad con la moral y la utiliza como maniobra de distracción. Al mostrarnos a una mujer dominada por sus fantasías sensuales, en una pose se dirige a un público vez más hipócrita, como de «pequeños abates, de jóvenes ahogados vivarachos, de obesos financieros y de otras gentes de gusto», tal como lo describía con lucidez Diderot, contemporáneo y crítico de Baudouin. Sea como esa mujer seducida por la lectura tiene que pagar por ello: porque no se trata de su propia visión del mundo, sino de la de aquellos que la observan, ansiosos por dejarse llevar por una brizna de libertinaje.
Baudouin era el pintor favorito de la marquesa de Pompadour, que aparece en el famoso cuadro de su maestro y suegro, François Boucher, representada en su gabinete. También está leyendo, aunque no parece absorta en su lectura, tendida sobre una cama suntuosa, pero completamente arreglada y dispuesta para salir, y, llegado el caso, lista para recibir incluso al mismo rey.
La lectora de Baudouin, en cambio, da la impresión de no poder ni querer recibir a persona alguna en su cámara protegida por un baldaquino y un biombo, a menos que se tratase del amante soñado, surgido de la dulce narcosis de su lectura. El libro se ha deslizado de su mano para reunirse con los otros objetos tradicionalmente asociados al placer femenino: un pequeño perro faldero y un laúd. A propósito de semejantes lecturas, Jean-Jacques Rousseau hablaba de libros que se leen sólo con una mano, y en este cuadro, la mano derecha que se desliza bajo el vestido de la mujer tumbada extática sobre su sillón, los botones de su corsé abiertos, revelan claramente a qué se refería. Sobre la mesa que destaca a la derecha del cuadro, irrumpiendo desordenadamente en la escena, se encuentran folios y cartas, una de ellas con la inscripción Histoire de vovage (Historia del viaje), junto a un globo terráqueo. No se sabe si evocan a un marido o a un amante distante que regresará algún día, o si se refieren sólo a la despreocupación con que la erudición se sacrifica en aras del placer de los sentidos.
Aunque la tela de Baudouin sea decididamente más frívola y más directa que la representación del placer de la lectura según Chardin, se podría afirmar que es mucho más moralizadora: como tantas pinturas de su tiempo y de épocas posteriores, el cuadro advierte sobre las funestas consecuencias de la lectura. Pero en este caso no es evidentemente más que una ilusión: Baudouin coquetea en realidad con la moral y la utiliza como maniobra de distracción. Al mostrarnos a una mujer dominada por sus fantasías sensuales, en una pose se dirige a un público vez más hipócrita, como de «pequeños abates, de jóvenes ahogados vivarachos, de obesos financieros y de otras gentes de gusto», tal como lo describía con lucidez Diderot, contemporáneo y crítico de Baudouin. Sea como esa mujer seducida por la lectura tiene que pagar por ello: porque no se trata de su propia visión del mundo, sino de la de aquellos que la observan, ansiosos por dejarse llevar por una brizna de libertinaje.
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