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domingo, 23 de abril de 2017

PIANOCKTAIL, Eduardo Berti

PIANOCKTAIL

   «En la vida solo hay dos cosas: el amor y la música», pone Boris Vian en boca del narrador de La espuma de los días. Añadamos la bebida (el tercer ingrediente del par perfecto) y tendremos el pianocktail, instru­mento musical capaz de preparar tragos de acuerdo con la melodía que se ejecuta en sus teclas. «A cada nota corresponde una bebida alcohó­lica, un licor o un condimento», le explica Colin a Chick en medio de una cena. El pedal fuerte corresponde al huevo batido. El pedal débil al hielo. Y las cantidades de cada ingrediente están en relación directa con lo que duran las notas. Desde luego, muchos tragos llevan nombres idénticos a ciertos standards de jazz. Y es imposible no pensar en lo que decía Sinatra: «El alcohol puede ser el peor enemigo del hombre, pero la Biblia propone que ames a tu enemigo».
   Décadas después de la invención literaria, un matrimonio de Marsella mandó construir un «pianocktail de verdad», que fue presentado a la prensa en septiembre de 1992. Al enterarse de ello, un compositor y pianista de jazz de Toulouse, Émile Tardivet, trabó contacto con los pro­pietarios del instrumento. Escribió doce piezas especiales para pianock­tail y sacó un CD acompañado por doce pequeñas botellas, una para cada pieza. A modo de bonus track, Tardivet decidió incluir la versión instrumental de una canción de Tom Waits que, concluyó tras no pocos experimentos, es la melodía más perfecta para el instrumento de Vian: «The piano has been drinking, not me...».

EDUARDO BERTI & MONOBLOQUE, Breve catálogo de invenciones imaginarias, Impedimenta, Madrid, 2017, p. 29.
&
Georges Dupree

lunes, 17 de abril de 2017

CUCHILLO DE LICHTENBERG, Eduardo Berti

CUCHILLO DE LICHTENBERG

   Filósofo alemán (valga la redundancia), maestro de lo minúsculo, creador de aforismos geniales («Ya no se queman brujas, pero siempre es posible quemar una carta que dice alguna verdad incómoda»), Georg Christoph Lichtenberg fue además un inventor ocasional que soñó con un «balneario de aire» y un «cadalso con pararrayos». A la postre, sin embargo, no supo inventar nada mejor que un objeto genial y minúsculo como sus aforismos. Tan minúsculo que, paradójicamente invisible, lo describió como «un cuchillo sin filo al que le falta el mango».

EDUARDO BERTI & MONOBLOQUE, Breve catálogo de invenciones imaginarias, Impedimenta, Madrid, 2017, p. 142.
&
Gernot Schwarz

viernes, 14 de abril de 2017

GPS SENTIMENTAL, Eduardo Berti

GPS SENTIMENTAL

   En la obra de Hervé Le Tellier la invención suele ser formal, como ocu­rre con casi todos los libros de casi todos los miembros del Oulipo, has­ta llegar a casos donde el formato del libro es un invento tanto o más admirable que su contenido. El objeto-libro inventado para la poesía combinatoria de los Cien billones de poemas, de Raymond Queneau, constituye un claro ejemplo.
   En la novela Basta de hablar de amor (Le Tellier, 2009), cuya trama sentimental también puede tildarse de combinatoria, Thomas y Louise viajan en coche rumbo a La-Roche-sur-Yon, confiados a los consejos del GPS, cuando Louise dice de pronto: «Habría que inventar un GPS para la vida». Louise adopta entonces la voz («incorpórea, un poco nasal») de la máquina y prosigue: «En una semana, consígase un amante. En un día, consígase un amante. A Thomas Le Gail, ahora mismo, a su izquier­da. En un mes, abandone a su marido. En una semana, abandone a su marido». Hábilmente, Thomas sonríe y propone: «Abandone ya mismo a su marido». Thomas, huelga decirlo, es el amante.
 
 
EDUARDO BERTI & MONOBLOQUE, Breve catálogo de invenciones imaginarias, Impedimenta, Madrid, 2017, p. 60.
&
Monobloque

domingo, 12 de febrero de 2017

UN SOLO CUADRO, Eduardo Berti

UN SOLO CUADRO

    Un joven crítico de arte acaba de editar en Sidney un polémico libro sobre O. D., afamado pintor neozelandés muerto en 1981. Afirma el crítico que la producción de O. D. se limita en realidad a un solo cuadro de dimensiones exorbitantes que el pintor demoró catorce años en completar, entre 1949 y 1963. En consecuencia, aquello que todos dan en llamar su «obra integral» no es, de acuerdo con el libro, otra cosa que un centenar de secciones y de encuadres diferentes de ese único gran cuadro que el artista fue extrayendo por tajadas para presentar en cada exposición, como quien revela paulatinamente un singular secreto.

EDUARDO BERTI, La vida imposible, Emecé, Buenos Aires, 2002,  p. 47.
&
Rafaël Rozendaal 

miércoles, 8 de octubre de 2014

[POR FIN ZURCE...], Eduardo Berti


  
   Por fin zurce este cielo roto el relámpago y se termina la lluvia.

EDUARDO BERTI, Ramonerías, Textos de Cartón, Córdoba, 2011.

martes, 10 de junio de 2014

EL TRADUCTOR APRESURADO, Eduardo Berti

EL TRADUCTOR APRESURADO

   Un muy novato editor de París, que dirigía una colec­ción que daba preponderancia a los libros clásicos (no por amor a las «obras inmortales», sino porque los lite­ratos muertos no pretenden cobrar regalías), dio a tra­ducir la novela Vathek, de William Beckford, sin saber que el inglés la había escrito originariamente en fran­cés y que la versión que él tomaba como el texto madre no era otra que la traducción del reverendo Samuel Hen­ley. El traductor que recibió el encargo —un afable espe­cialista en letras góticas— nada dijo del error; muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir, con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beck­ford. El editor se quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.
   Transcurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. «La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes». Decidido estaba el tra­ductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuan­do escuchó que el otro le recomendaba: «No se apresu­re tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota».

EDUARDO BERTI, La vida imposible, Emecé, Buenos Aires, 2002, p. 14.

martes, 28 de enero de 2014

EL FEO, Eduardo Berti

 

EL FEO


   Me presenté a un Concurso de Fealdad para perder y demostrarle a una muchacha que por entonces amaba que era más bello de lo que ella pensaba; pero gané y allí empezó el verdadero calvario: todas las mujeres me cubrieron con un manto de piedad o de burla. Si hasta el concurso yo no había sido ni bello ni feo, la victoria ahora estampaba un título en mi rostro, igual que un sello o un cartel de advertencia. «Chau, feo», me gritaban por la calle. El apodo pasó a reservárseme porque no había, ni debía de haber, hombre más feo en nuestro pueblo.
   Un amigo, viéndome sufrir, intentó consolarme: el concurso fue una trampa, me decía; muchos galanes se habían presentado para divertirse pero él sabía de por lo menos treinta tipos que no se habían inscripto y que eran mucho —muchísimo— más horribles que yo.
    Para acabar con la desgracia, visto que iban a tratarme de «feo» por el resto de mis días, resolví que debía enamorar a una mujer hermosa que todos desearan. No comprendía por entonces que para cualquier mujer algo coqueta es una especie de deshonra que la vean en compañía del hombre menos agraciado. Y, como es lógico, ante cada nuevo rechazo se afeaba un poco más mi pobre aspecto.
   Por fin mi amigo tuvo una idea fabulosa para que yo dejara de sufrir así. Consistía en llamar a un nuevo concurso en el que compitieran —esta vez sí— los verdaderos feos. «Nadie se va a presentar», sostenía yo. Cuán equivocado estaba. No había transcurrido una semana que se habían anotado ya seis postulantes, algunos incluso de otras regiones, todos decididos a batirme, noticia que me puso jubiloso al menos por un puñado de horas.
   Aquella fue una jornada de fiesta. Los trece concursantes desfilamos en la plaza, bajo el sol del mediodía, en torno a las ciegas estatuas. Los espectadores nos decían de todo, y mientras se acercaba el veredicto mis nervios aumentaban tanto como si quisiera vencer. Mi amigo había reclutado por suerte unos feos que eran feísimos. En sus manos perdí el título, de manera aplastante, pero todos quienes ocuparon los primeros puestos provenían de otras ciudades y la gente rechazaba la decisión del jurado. No necesitamos feos de otros lugares, exclamaban, tenemos a los mejores. Las mujeres que me habían despreciado vitoreaban muy sonrientes mi apellido. Los maridos de las mujeres más bellas hacían fuerza para que yo no perdiera mi corona y me volviese un adversario. Nadie parecía admitir la existencia de hombres todavía más feos, y el tesón con que la multitud pedía que me conservasen campeón era digno de un primer premio en un Concurso de Crueldad.

EDUARDO BERTI, La vida imposible, Emecé, Buenos Aires, 2002, pp. 61-62.
&
Henri Matisse

viernes, 24 de enero de 2014

BOVARY, Eduardo Berti


BOVARY

   La semana pasada se editó en París una novela llamada Bovary, casi como el clásico libro de Gustave Flaubert. Los autores, dos sexagenarios hermanos de Lyon, antiguos profesores de literatura, decidieron escribir una gruesa obra que tuviera, como toda materia prima, las mismas exactas palabras de Madame Bovary. Para este fin, con la ayuda de una computadora confeccionaron una lista alfabética de palabras, desde la primera (“nous”) hasta la última (“honneur”), y al lado, en otra columna más delgada, indicaron la cantidad de veces que cada una se repetía. Establecida la lista, los hermanos se pusieron a inventar un argumento lo más diferente del de Flaubert, pero en el cual fuera factible emplear, entre otras cosas, lugares como Rouen, Caen o Picardie, además de los nombres propios presentes en la novela originaria. No obstante en este caso dispusieron un libre intercambio de las piezas, como quien desarma un precioso engranaje para ensamblarlo otra vez con autarquía, y de este modo en su obra los personajes se llaman, por ejemplo, Emma Lhereux o Charles Homais. La concreción de Bovary les demandó catorce pertinaces años. Pero aún más sorprendente es su proyecto venidero: una novela que no tenga más sustantivos que los ausentes de Madame Bovary. Como primera medida, han tomado un diccionario, separado los sustantivos y tachado los ya empleados por Flaubert. Los hermanos P. han declarado a la prensa que este próximo libro será mucho más breve que el reciente.

EDUARDO BERTI, La vida imposible, Emecé, Buenos Aires, 2002, pp. 106-107.

sábado, 7 de diciembre de 2013

OTRO DINOSAURIO, Eduardo Berti




OTRO DINOSAURIO

   Cuando el dinosaurio despertó, los dioses todavía estaban allí, inventando a la carrera el resto del mundo.

EDUARDO BERTI, La vida imposible, Emecé, Buenos Aires, 2002,  p. 125.

sábado, 22 de diciembre de 2012

[UN MOLINO ES...], Eduardo Berti



Un molino es un reloj donde el tiempo pasa volando.


miércoles, 13 de junio de 2012

EL CAMELLO, Eduardo Berti



EL CAMELLO

   El camello ya había pasado la mitad de su cuerpo por el ojo de la aguja cuando dijo una mentira, le crecieron algo más las dos jorobas y quedó allí atrapado para siempre.

 
Eduardo Berti

Fábula rasa, Alfaguara, Madrid, 2005, página 154.

Oasis en aguja: Aldunin

jueves, 3 de noviembre de 2011

EL MILAGRO DE LAS NUECES, Alessandro Manzoni


EL MILAGRO DE LAS NUECES

   En aquel convento, había un padre, que era un santo, y que se llamaba el padre Macario. Un día de invierno, al pasar por un sendero, en un campo de un benefactor nuestro, hombre de bien también él, el padre Macario vio a este benefactor junto a un gran nogal, y vio a cuatro labradores, con las azadas en alto, se disponían a arrancar el árbol y dejar las raíces al sol.
   —¿Qué hacen con ese pobre árbol? —preguntó el padre Macario.
   —¡Ay!, padre, hace años que no quiere dar nueces; así que vamos a hacer leña de él.
   —Déjenlo —ordenó el padre—. Este año dará más nueces que hojas.
   Sabiendo quién era el que había dicho aquellas palabras,  el benefactor ordenó a sus trabajadores que volvieran a cubrir las raíces con tierra. Luego llamó al padre, que se disponía a marcharse y le dijo:
   —Padre Macario, la mitad de cosecha será para el convento.
   Como no tardó en correr la voz de esta predicción, todos empezaron a ir a ver el nogal que, en efecto, en primavera dio flores y al llegar la estación debida dio abundantes nueces. El benefactor no llegó a estar presente para ver caer los frutos del árbol; porque, antes de la cosecha, fue a recibir el premio de su caridad. Pero el milagro fue mayor. Aquel buen hombre había dejado un hijo de naturaleza muy diferente. De modo que, tras la cosecha, cuando un religioso fue a recoger la mitad que le correspondía al convento, éste se hizo el desentendido y hasta osó responder que nunca había oído decir que los capuchinos supieran hacer nueces. ¿Qué ocurrió entonces? Un buen día (escuchen bien), aquel hijo invitó a unos amigos de la misma calaña, y, en medio del festín, se puso a contarles la historia del nogal, mientras se reía de los frailes. Los canallas de sus amigos sintieron ganas de ver la enorme montaña de nueces, y mientras les dice "miren", mira él también y ....¿qué ve? Un montón de hojas secas de nogal. ¿No es ésta una buena lección? En cuanto al convento, en vez de salir perjudicado, salió ganando; porque, después de un hecho tan extraordinario, la colecta de las nueces daba tanto, tanto, que otro benefactor, compadecido, donó un asno al convento para que la bestia ayudara a transportar las nueces. Y se producía tanto aceite, que todos los pobres venían por él; porque nosotros somos como el mar, que recibe agua de todas partes, y la redistribuye en todos los ríos.

ALESSANDRO MANZONI, Los novios


EDUARDO BERTI, Historias encontradas, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2009, pp. 59-60.

jueves, 25 de noviembre de 2010

DINOSAURIOS, Augusto Monterroso, Raúl Brasca, Eduardo Berti y Fabián Vique

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

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LOS DINOSAURIOS, EL DINOSAURIO

Cada soñador (¿o habría que decir durmiente?) tiene su dinosaurio, aunque lo común es que no lo encuentre al despertar. Soñadores impacientes despiertan siempre antes de que sus dinosaurios lleguen, y dinosaurios impacientes se van antes de que sus soñadores despierten. Lo admirable del cuento de Monterroso consiste en presentar el único caso en el que el tiempo del soñador coincidió con la paciencia de su dinosaurio y la impaciencia de un considerable número de lectores.
Raúl Brasca
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OTRO DINOSAURIO

Cuando el dinosaurio despertó, los dioses todavía estaban allí, inventando a la carrera el resto del mundo.

Eduardo Berti
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EL DINOSAURIO EDUCADO

Cuando despertó, el dinosaurio le dijo: "Buenos días".