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jueves, 9 de abril de 2015

SI RECUERDO QUIÉN FUI..., FERNANDO PESSOA

SI RECUERDO QUIÉN FUI...

Si recuerdo quién fui, a otro veo,
y el pasado es un presente en el recuerdo.
Quien fui es alguien a quien amo,
aunque sea tan solo en ese sueño.
La nostalgia que la mente aflige
no es mía ni del pasado conocido,
sino de quien habito
tras de los ojos ciegos.
Nada, salvo el instante, me conoce.
Mi mismo recuerdo no es nada, y siento
que quien soy y quien fui
son sueños diferentes.

Ricardo Reis

FERNANDO PESSOA, Un disfraz equivocado, Nórdica, Madrid, 2015.

Traducción: Martín López-Vega
&
Adolfo Serra

martes, 23 de diciembre de 2014

EN EL PAÍS DE LOS LIBROS, Quint Buchholtz


QUINT BUCHHOLTZ, En el país de los libros, Nórdica, Madrid, 2014.




lunes, 22 de abril de 2013

EL RINOCERONTE, Eduardo Polo & Arnal Ballester

EL RINOCERONTE


El rino será ceronte
si lleva el cuerno delante
cuando cruza el horizonte
y la cola por detrás.
Tal es el rinoceronte.

Otra especie semejante,
aunque ninguno la monte,
luce la cola delante
con el cuerno al final.
Se llama rinocerante.

Y aunque es menos elegante,
nadie lo puede cazar,
porque al hallarlo en el monte
no existe quien no se espante
de tan extraño animal.

EDUARDO POLO & ARNAL BALLESTER, Chamario, Ekaré, Caracas, 2004.

miércoles, 17 de abril de 2013

[ESPERO...], Davide Cali & Serge Bloch



Espero... que sea el otro quien pida perdón.



DAVIDE CALI & SERGE BLOCH, El hilo de la vida, Ediciones B, Barcelona, 2006.

jueves, 27 de septiembre de 2012

EL MAR Y OTRAS COSAS DE LAS QUE TAMBIÉN ME ACUERDO, Mónica Gutiérrez Serna

   Mónica Gutiérrez Serna en este álbum recuerda la relevancia de la figura de su abuelo, del que recupera unos hermosos dibujos que muestran a quienes seguimos a esta artista las raíces de su singularidad. Con una materia que llevaría a otros a la sensiblería, ella es capaz de ofrecer un emotivo y contenido ejercicio de sensibilidad.


MÓNICA GUTIÉRREZ SERNA, El mar y otras cosas de las que también me acuerdo, Thule, Barcelona, 2011, 40 páginas.


Ilustración: Jaime Serna

miércoles, 22 de agosto de 2012

UN ARTISTA DEL TRAPECIO, Franz Kafka & Sesé


UN ARTISTA DEL TRAPECIO

   Un artista del trapecio —como es bien sabido, este arte que se practica en las alturas de los grandes circos es uno de los más difíciles a los que los hombres pueden dedicarse— había dispuesto su vida de tal modo que, primero por un mero afán profesional de superación, luego por una costumbre que se volvió tiránica, mientras trabajaba en la misma compañía, permanecía en su trapecio noche y día.
   Todas sus necesidades, por cierto muy limitadas, eran satisfechas por empleados que se turnaban, y que subían y bajaban todo lo que el trapecista, precisaba en recipientes especialmente construidos para tal fin.
   Este modo de vida no creaba dificultades especiales en su entorno; únicamente era un poco molesto que se quedara arriba durante la representación del resto de números del espectáculo, ya que no se le podía ocultar y, aunque en esos momentos el artista permanecía inmóvil la mayoría de las veces, no se podía evitar que de vez en cuando alguien del público desviara su mirada hacia él. Pero los directores del circo le disculpaban este modo de vida porque era un artista extraordinario, insustituible. Además, todo el mundo entendía que él no vivía así deliberadamente; en realidad, sólo así podía estar siempre en forma y preservar la suma perfección de su arte.
   Por otra parte, el ambiente en lo alto del trapecio también era saludable, y si en la estación del año más calurosa se abrían las ventanas laterales de la cúpula, y el aire fresco y el imponente sol invadían el recinto en penumbra, entonces la vista era incluso hermosa.
   Evidentemente, las relaciones humanas del trapecista eran muy pocas. Sólo a veces algún colega trepaba por una escalerilla y se sentaba junto a él en el trapecio. Uno se apoyaba en la cuerda de la derecha y el otro en el de la izquierda y así charlaban un buen rato.
   En otras ocasiones algunos obreros reparaban la bóveda y cruzaban algunas palabras con él a través de alguna ventana abierta. También podía suceder que el electricista revisara las luces en la galería superior y le gritara algunas palabras respetuosas aunque poco inteligibles.
   Sin embargo, habitualmente el trapecista no decía nada y permanecía pensativo. Sólo a veces algún empleado que vagaba despistado por la sala vacía alguna tarde, levantaba los ojos hacia aquella altura inaccesible a la mirada donde el trapecista practicaba su arte o simplemente descansaba sin saher que alguien le observaba.
   El artista del trapecio hubiera podido vivir tranquilo así, sin que lo molestaran, a no ser por los inevitables viajes de una ciudad a otra, que le importunaban sobremanera. Es cierto que el empresario procuraba que esa mortificación no se prolongara innecesariamente. Para desplazarse por las ciudades, el trapecista utilizaba un coche de carreras que, a ser posible de noche o durante la madrugada, conducía a toda velocidad a través de las calles desiertas, pero la verdad es que tenía la sensación de ir demasiado lento para su anhelo por estar de nuevo en el trapecio.
   En el tren se reservaba un compartimiento para él solo donde el trapecista se recostaba en el altillo del equipaje, lo cual le suponía una sustitución, aunque poco satisfactoria, de su acostumbrado modo de vida.
   En la ciudad de destino ya se había instalado el trapecio mucho antes de su llegada, se había abierto todas las puertas del circo de par en par y los corredores ya se habían despejado. Pero el momento más feliz de la vida del empresario era cuando el trapecista apoyaba el pie en la escalerilla y en un santiamén trepaba de nuevo a su trapecio. Todos estos viajes resultaban económicamente muy beneficiosos para el empresario, pero sea como fuere destrozaban los nervios del artista.
   En cierta ocasión, mientras viajaban (el artista en el altillo, ensimismado, y el empresario recostado junto a la ventanilla, leyendo un libro), el trapecista le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, uno frente a otro.
   El empresario accedió a su petición de inmediato. Sin embargo, el trapecista, como si quisiera señalar que ni la aceptación ni la oposición del empresario importaran, añadió que nunca más y bajo ninguna circunstancia, trabajaría únicamente sobre un solo trapecio. Pareció horrorizarse ante la idea de que pudiera sucederle alguna vez. Observándole, el empresario le replicó, aunque vacilante que estaba dispuesto a acceder a su demanda y que dos trapecios eran mejor que uno solo. Además, la nueva instalación ofrecía muchas ventajas y el número sería más variado y sofisticado.
   Entoncés de pronto, el artista se echó a llorar. Profundamente sobresaltado el empresario se levantó y le preguntó qué le ocurría. Como no recibiera respuesta, el empresario se subió al asiento, le acarició y puso su cara junto a la suya para que las lágrimas del artista también se derramaran sobre él. Sólo después de muchas preguntas y palabras amables, el trapecista exclamó, sollozando: “¿Cómo se puede vivir con sólo una barra en las manos?".
  A partir de este momento al empresario le resultó más fácil consolar al trapecista. Le prometió que en la siguiente estación telegrafiaría al lugar de destino para solicitar la instalación del segundo trapecio y se reprochó el haberle hecho trabajar en un único trapecio durante tanto tiempo. También le dio las gracias y le elogió por haberle hecho advertir aquel imperdonable error. Así consiguió el empresario tranquilizar al trapecista y pudo volver a su rincón.
   Pero él no había logrado tranquilizarse. Seriamente preocupado, observaba a escondidas, por encima del libro, al trapecista. Si tales pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿Podrían ya cesar por completo? ¿No irían intensificándose día a día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver, en medio del sueño aparentemente tranquilo en que habían  terminado sus sollozos, comenzar a dibujarse la primera arruga en la tersa frente infantil del artista del trapecio.

FRANZ KAFKA, Un artista del trapecio, Narval, 2012, 30 páginas.

Ilustraciones: Sesé

Traducción: Lai Liñán

sábado, 28 de julio de 2012

QUISIERA ESTA TARDE NO ODIAR, José Hierro


QUISIERA ESTA TARDE NO ODIAR

Quisiera esta tarde no odiar,
No llevar en mi frente la nube sombría.
Quisiera tener esta tarde unos ojos más claros
para posarlos serenos en la lejanía.

Debe de ser tan hermoso decir:
"Creo en la cosas que existen y en otras que acaso no existan,
en todas las cosas que pueden salvarme, aunque ignore su nombre;
conozco la fruta dorada que da la alegría".

Quisiera esta tarde no odiar,
sentirme ligero, ser río que canta, ser viento que mueve la espiga.
Miro al poniente. Atardecen los largos caminos que van a la noche,
que dan su cansancio a la noche, que van a la noche a soñar en su larga mentira.


JOSÉ HIERRO, Hierro ilustrado, Nórdica, Madrid, 2012, p. 37.




viernes, 10 de febrero de 2012

SIRENAS, Ángel González & Valeria Docampo

ÁNGEL GONZÁLEZ  VALERIA DOCAMPO, Sirenas, Veintisiete letras, Madrid, 2011.

***


SIRENAS

En un acantilado solitario,
una noche de junio,
a la difusa luz del plenilunio,
presencié un episodio extraordinario.
A mi vera,
dos sirenas de cuerpo adolescente
y larga cabellera
surgieron de las aguas de repente
y empezaron a hablar de esta manera:

—Ola, ola, ola, ola.
—¿Qué ola tienes tú?
—Tres delfines y mero.
—Vas atrasada un barbo y siete ostras.
—¿Tienes alga que hacer?
—No tengo nalga pero traigo cola.
—Podríamos acercarnos
de aquel barco velero hasta la popa
y cantar a dos voces canciones
que a las tripulaciones vuelvan locas.
—Es divertido ver a los marinos
arrojándose al agua por la borda,
pero ahora estoy citada
con un tritón barbado que me ronda.
—Entonces, nada, nada, nada.
Volveré a verte dentro de una ola.
—Si no voy,
te dejaré un mensaje en una caracola.
—¿Y qué más?
—Solo sal.
—Y tú sal sola.
—Ola, ola y adiós.
—Adiós y ola, ola, ola.
Así se despidieron, y nadando
no sé hacia qué marítimos confines,
se fueron las sirenas alejando
escoltadas por ágiles delfines.
Yo me quedé pensando:
si les hubiese dado por cantar
habría tenido que tirarme al mar.

En un acantilado solitario,
una noche de junio,
a la luz difusa del plenilunio,
presencié un episodio extraordinario.
A mi vera,
dos sirenas de cuerpo adolescente
y larga cabellera
surgieron de las aguas de repente
y empezaron a hablar de esta manera:
 

—Ola, ola, ola, ola.
—¿Qué ola tienes tú?
—Tres delfines y mero.
—Vas atrasada un barbo y siete ostras.
—¿Tienes alga que hacer?
—No tengo nalga pero traigo cola.
—Podríamos acercarnos
de aquel barco velero hasta la popa
y cantar a dos voces canciones
que a las tripulaciones vuelvan locas.
—Es divertido ver a los marinos
arrojándose al agua por la borda,
pero ahora estoy citada
con un tritón barbado que me ronda.

Así se despidieron, y nadando
no sé hacia qué marítimos confines,
se fueron las sirenas alejando
escoltadas por ágiles delfines.
Yo me quedé pensando:
si les hubiese dado por cantar
habría tenido que tirarme al mar.

miércoles, 1 de febrero de 2012

LAS RANAS (LA LECCIÓN DE ANATOMÍA), Svjetlan Junakovic


LAS RANAS (LA LECCIÓN DE ANATOMÍA)


   Desde mediados del siglo XVII se difunde la teoría científica del doctor Tulp (en el cuadro, primero por la derecha, con sombrero), basada en la idea dominante de que el cuerpo humano es mucho más complicado que el de la rana. La simplicidad de este último, garantía de una mejor funcionamiento y, en un último análisis, garantía de perfección, permitirá a las ranas alcanzar una posición preeminente en el proceso evolutivo.
   ¡Todo esto resulta evidente en el cuadro!
   Las miradas inteligentes de las ranas se disponen alrededor del cadáver, su atención en el seguimiento de las lecciones de anatomía, los ademanes de las presentes, son argumentos que sustentan dicha teoría.
   Pintado en 1632, este retrato múltiple permaneció escondido (¿quizá por culpa de los enemigos del doctor Tulp y su pensamiento?) hasta hace algunos años en que salió a la la luz durante unos trabajos de restauración en Amsterdam.


 


lunes, 19 de diciembre de 2011

[ESTA ERA UNA GARZA...], Pinto & Chinto

   Esta era una garza que tenía las patas muy largas. Todas las garzas tienen las patas muy largas, pero ésta más que ninguna. Un día la garza puso un huevo, y antes de llegar el huevo al suelo ya había nacido el pollito.

PINTO & CHINTO, Minimalario, Kalandraka, Sevilla, 2011, página 80.

viernes, 2 de diciembre de 2011

[SI LA LLUVIA FUERA POETA...], Jean Murdock & José María Casanovas



si la lluvia fuera poeta escribiría esto*


sí tengo las manos tan pequeñas,a veces tan pequeñas
como motas de polvo,a veces tan grandes como ríos
(no sé qué hay en mí que se cierra
y se abre;pero algo en mí comprende
que el agua que derramo todo lo moja)
y que sólo unas manos pequeñas,muy pequeñas,
pueden tocarlo todo








*Este poema no está mal escrito. Es un homenaje a e.e.cummings, que escribía sin  mayúsculas ni espacios, más o menos como todo el mundo escribe
ahora (aunque eso no es una excusa para que nadie sepa cómo debería escribir en realidad). Si no conocen a e.e.cummings, léanlo. Lo sentimos, no se lo podemos ahorrar con una película.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

MI VECINA, Antonio Fernández Molina & Isol


MI VECINA

Mi vecina era tan hermosa
que parecía formada de flores.
Cuando la encontré en el cubo
de la basura, con un poco de
vida aún, me dijo:
—Se acabó la fiesta, amigo.
Ya estoy ajada.
Nunca supe si hubo entierro
o quedó reducido a un detalle
de limpieza.


lunes, 29 de agosto de 2011

EL HOMBRE SIN NOMBRE, Pedro Mañas & Silvina Socolovsky


EL HOMBRE SIN NOMBRE
        
En mi ciudad hay mil barrios.
En cada barrio hay cien calles.
En cada calle hay diez casas.
En cada casa hay un hombre.
¿Y a este hombre qué le pasa?
Pues le pasa (no te asombres)
que nadie sabe su nombre,
ni le escribe, ni le abraza.
Le pasa que no le conocen
ni en su calle, ni en la plaza.
Le pasa que no tiene patio,
ni ventana, ni terraza.
Le pasa que nada le pasa
Al hombre que vive enfrente
de la puerta
de tu casa.
        
PEDRO MAÑAS & SILVINA SOCOLOVSKY, Ciudad laberinto, Faktoría de libros, Pontevedra, 2009, pp. 16-17. 

lunes, 22 de agosto de 2011

NIÑO CON RABO DE EÑE, Raúl Vacas & Tomás Hijo



NIÑO CON RABO DE EÑE
DÉCIMA SIN EÑES

El nino con rabo de ene,
barbilampino y risueno,
cuando suena frunce el ceno
y, aunque con mana le ensene,
si le rino grita: ¡Lene!
El nino nono y hurano,
que grune como un extrano,
a una nina con carino
por la manana hizo un guino
bajo el castano del cano.

RAÚL VACAS & TOMÁS HIJO, Niños raros, SM, Madrid, 2011.

martes, 26 de julio de 2011

sábado, 9 de julio de 2011

BOLSA DE PLÁSTICO, Karmelo C. Iribarren & Cristina Müller

BOLSA DE PLÁSTICO

Mírala
ahí
en mitad de la calle
sola
quieta

temerosa
de que aparezca el barrendero

soñando
con un poco de viento
para sentirse
nube.


KARMELO C. IRIBARREN, Versos que el viento arrastra, El jinete azul, Madrid, 2010, pp. 16-17.

miércoles, 29 de junio de 2011

PARAÍSO, Bruno Gilbert


PARAÍSO

Cuando mi abuelo murió, me dijeron que se había ido al cielo... Adoraba a mi abuelo cuando venía a buscarme y nos íbamos a pasear.
Hay algunos recuerdos que no se olvidan.
La muerte es estúpida y a veces llega tan de repente...
Mi querido abuelo no era tan viejo como para irse al paraíso. Dicen que en el paraíso se está estupendamente, que allí todo es confort y modernidad. Que no hace demasiado frío ni demasiado calor.
En el paraíso ya nada puede hacernos daño. Pero ¿será a veces, aburrido? Seguramente un poquito, hacia mediodía.
¿Todo el mundo va al paraíso?
Sí, todos.
¡Anda, pues debe de haber mucha gente!
Entonces en el paraíso habrá ciudades, ciudades exactamente como las de aquí. Solo que transparentes y ligeras, deben de estar flotando allá arriba, en el aire.
Hay gente que piensa que, después de morir se renace bajo otra forma.
¡Sería estupendo si fuese cierto!
Con la condición de poder elegir...
Aunque a mi edad, no tengo ninguna prisa por renacer.
A veces, cuando miro las nubes me imagino que son mi abuelo.
Como si estuviese aquí, bien cerquita, y todavía pudiésemos hablar.
Algunos días grises, mi abuelo me dice que ame con pasión...
la vida.


BRUNO GILBERT, Paraíso, Los cuatro azules, Madrid, 2009.

martes, 10 de mayo de 2011

TUS PIES, Pablo Neruda & María José Romero

TUS PIES

Cuando no puedo mirar tu cara
miro tus pies.

Tus pies de hueso arqueado,
tus pequeños pies duros.

Yo sé que te sostienen,
y que tu dulce peso
sobre ellos se levanta.

Tu cintura y tus pechos,
la duplicada púrpura
de tus pezones,
la caja de tus ojos
que recién han volado,
tu ancha boca de fruta,
tu cabellera roja,
pequeña torre mía.

Pero no amo tus pies
sino porque anduvieron
sobre la tierra y sobre
el viento y sobre el agua,
hasta que me encontraron.

PABLO NERUDA, Oda a la bella desnuda y otros escritos de amor, Ekaré,Caracas, 1998, pp. 38-39.

jueves, 28 de abril de 2011

PARA HACER EL RETRATO DE UN PÁJARO, Jacques Prèvert & Mordicai Gerstein


PARA HACER EL RETRATO A UN PÁJARO

Pintar primero una jaula
con la puerta abierta
pintar después algo bonito
algo simple, algo bello,
algo útil para el pájaro.
Apoyar después la tela contra un árbol
En un jardín en un soto
o en un bosque esconderse tras el árbol
Sin decir nada, sin moverse
A veces el pájaro llega enseguida
Pero puede tardar años
antes de decidirse.
No hay que desanimarse
Hay que esperar
Esperar si es necesario durante años
La celeridad o la tardanza
En la llegada del pájaro
No tiene nada que ver
Con la calidad del cuadro.
Cuando el pájaro llega, si llega
observar el más profundo silencio
esperar que el pájaro entre en la jaula
y una vez que haya entrado
cerrar suavemente la puerta con el pincel.
Después borrar uno a uno todos los barrotes
cuidando de no tocar ninguna pluma del pájaro.
Hacer acto seguido, el retrato del árbol,
escogiendo la rama más bella para el pájaro,
Pintar también el verde follaje
Y la frescura del viento,
El polvillo del sol
y el ruido de los bichos de la hierva en el calor estival
y después esperar
que el pájaro se decida a cantar.
Si el pájaro no canta, mala señal,
Señal de que el cuadro es malo,
Pero si canta es buena señal,
Señal de que podéis firmar.
Entonces arrancadle delicadamente
una pluma al pájaro
Y escribid vuestro nombre
En un ángulo del cuadro.

JACQUES PRÈVERT & MORDICAI GERSTEIN, Para hacer un retrato a un pájaro, Factoría K de Libros, Pontevedra, 2011.

viernes, 8 de abril de 2011

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS, Bertolt Brecht & Carme Solé Vendrell

 

BERTOLT BRECHT & CARME SOLÉ VENDRELL, La cruzada de los niños, El Jinete Azul, Madrid, 2011.

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

Fue en Polonia, el treinta y nueve,
donde una invasión sangrienta
convirtió en agreste tierra
muchas de sus ciudades y aldeas.
       
El hermano perdió a la hermana,
la mujer al hombre, en el batallón;
entre tanto fuego y ruinas
el niño a los padres no encontró.
       
De Polonia no llegó más,
ni carta ni noticia impresa.
Pero una extraña historia, allá
en el Este, aún se cuenta.

Caía la nieve mientras se relataba,  
en una ciudad oriental,
la cruzada de unos niños
que, en Polonia, echó a andar.
       
Allí, multitud de niños hambrientos
inundaron los caminos,
arrastrando a su paso a otros
que huían de sus pueblos destruidos.
       
Trataban de escapar de la guerra,
nocturno infernal,
y así, quizá, algún día alcanzar,
en otro país, la ansiada paz.
         
Eligieron un jefe
por su animo y empuje.
Y aún tan niño, encontrar el camino
fue su única y gran certidumbre.
       
Once años tenía la niña que, en brazos,
llevaba al crío de cuatro.
Sin paz y sin hogar,
suplió toda carencia maternal.
       
Un niño judío iba entre ellos,
con cuello de terciopelo,
acostumbrado al blanco pan,
se abrió camino resuelto.
       
Guiados por dos hermanos
diestros en el arte de la guerra,
ocuparon una granja evacuada
que pronto inundó la tormenta.

Y, de lejos, camuflado en el paisaje,
un flaco uniforme gris les seguía.
Cargaba una terrible culpa:
de los nazis, una embajada traía.
       
Entre ellos surgió un músico
que encontró un tambor entre las ruinas.
Le quitaron los palillos:
tanto ardor delataba su presencia.
       
Y con ellos un perro que,
aun capturado como sustento,
fue aceptado como uno más;
no cabía más sufrimiento.

También tenían una escuela
y un pequeño maestro de caligrafía.
En la coraza ametrallada de un tanque,
inconclusa quedó la palabra «alegr.. .».
       
Hubo un concierto:
junto a un río rumoroso en pleno invierno,
redoble de tambor
sin miedo a ser descubiertos.
       
Y surgió un amor.
Ella tenía doce; él, quince.
Peinaba su cabello
en patios ametrallados.

El amor no duró mucho.
Llegó el invierno:
cómo podrían florecer dos arbolillos
bajo un frío tan intenso.
       
También tuvieron su guerra
con otra agrupación afín
que, porque era absurda,
jamás llegó a concluir.
       
Y, aún luchaban a brazo partido
por una garita venida abajo,
cuando al bando rival, por decir algo,
se le acabo el rancho.
       
Al enterarse, el enemigo
envió patatas en son de paz,
pues un soldado desfallecido
mucha guerra no puede dar.    

Tampoco un juicio faltó
a la leve luz de dos velas,
y el juez fue condenado
tras una penosa audiencia.
       
También se celebró el entierro
de un joven con cuello de terciopelo.
Dos polacos y dos alemanes
llevaron a la tumba sus restos.
       
Allí, protestante, católico y nazi
le dieron sepultura;
al terminar, un pequeño comunista
les recordó su labor futura.
       
Así pues, a falta de carne y pan,
tenían fe y esperanza.
¡Que no oiga yo reproche si robaron
a quien les negó amparo!
       
¡Ni tampoco contra el hombre
que no les convidó a su mesa!
Hace falta harina, no espíritu de sacrificio,
para alimentar a media centena.
       
Se dirigían hacia el Sur:
las sombras que proyecta el sol,
a las doce del mediodía,
les guiaban hacia su salvación.
       
Recostado contra un abeto
hallaron a un soldado herido.
Cuidaron de él siete días
para que les revelara el camino.
       
Él solo exclamó: —¡Hacia Bilgoraj!
Y por fuertes fiebres aquejado
al octavo día murió.
También su cuerpo fue enterrado.
       
Y aunque dieron con otras señales,
¿indicarían la dirección correcta?
volcadas, y por la nieve cubiertas,
chirriaban perdidas como veletas.
       
Quizá no había mala intención
sino motivos estratégicos:
pero ¿cómo encontrar Bilgoraj
en un desierto de hielo?
       
Iban apiñados en torno al guía,
que escrutaba en la ventisca:
hasta que un pequeño dedo se alzó
y alguien gritó: —¡Allí, en lontananza!


Una noche, divisaron un fuego
que siguieron desde lejos.
Un día, tres tanques pasaron de largo,
con gente dentro.
       
Al llegar a una ciudad,
dieron un gran rodeo;
hasta que no la dejaron atrás,
solo de noche anduvieron.
       
En el antiguo sudeste polaco,
envuelta en blancos remolinos,
desapareció sin dejar ni rastro
la cruzada de unos niños.
       
Siempre que cierro los ojos,
les veo caminar
de una ruina a otra,
sea granja, aldea o ciudad.

Sobre ellos, allá en las nubes,
otras cruzadas veo pasar.
Resisten el embate del frío viento,
sin rumbo y sin hogar,
       
en busca de otro país, de un hogar,
lejos del fuego y del tronar,
donde por fin vivir en paz:
¡su tamaño es colosal!
       
Y, a la luz del crepúsculo,
pronto ya no parece la misma,
otras caritas veo:
¡españolas, francesas, amarillas!
       
En Polonia, aquel enero,
se encontró un perro sin dueño,
 de cuyo flaco cuello
colgaba un mugriento letrero.
       
«¡Auxilio! Hace mucho frío
y no encontramos el camino.
Quedamos cincuenta y cinco.
El perro hará de lazarillo.
       
Si os fuera imposible venir,
ahuyentadle, no le disparéis.
Es nuestra última esperanza,
solo él conoce este sitio».
       
De puño y letra de un niño.
Lo leyó gente del campo.
Hace año y medio de esto.
El perro murió en sus brazos.

 
TRADUCCIÓN: Moka Seco Reeg