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lunes, 9 de julio de 2012

LA TUMBA GIRATORIA, Fernando Quiñones


LA TUMBA GIRATORIA

   Por distintas y oscuras razones, los dos novelistas y el ingeniero de sonido mataron a David, y a partir de aquél, el crimen perfecto es una realidad tan concreta como los mármoles de Paros o el Ministerio de Hacienda.
   En los jardines próximos, el novelista más joven entretuvo al vigilante nocturno; el segundo descargó sobre David un golpe eficaz, único, y el ingeniero realizó el minucioso trabajo de encajar al muerto, a su sustancia última, previa y repetidamente incinerada, en un disco microsurco.
   Hermosura aparte, La consagración de la primavera no es una obra tan nítida como cualquier sinfonía de Mozart o como la Misa para pobres de Satie. Así, los ocasionales o reiterados oyentes del disco nunca notaron nada en él, excepto un crítico musical (y autor de algunas módicas adaptaciones) que llegó a comentar cierta noche:
   —Es una versión un tanto hinchada, con instantes y acordes que no se dirían suyos, ni siquiera del propio Stravinsky. O tal vez se trate de la grabación. Sí, seguramente es cosa de la grabación.
   Entre el humo del tabaco y la apretada promiscuidad del cuartito, lleno por la conversación y la tertulia, las miradas de los tres culpables se buscaron furtivamente. Pero de allí no pasó el trance. El crítico aquel no regresó más y el cadáver continuó girando y girando instalado en la música y disuelto en ella, periódica y enteramente recorrido por la aguja de zafiro en su plana y ligera tumba circular.

FERNANDO QUIÑONES, La Guerra, el Mar y otros Excesos, Emecé, Buenos Aires, 1966, páginas 46-47.

martes, 3 de julio de 2012

CANÁ, Fernando Quiñones



CANÁ

   El Señor se llegó al interior de la casa y vio a todos los convidados ebrios de su vino. Y bajó sus ojos al suelo y vio los ópalos vomitados y cómo la multitud de vasos derribados y de túnicas caídas estorbaba el andar. Y ábrió sus oídos y escuchó.
los ruidos de la concupiscencia por todas las estancias. Y bajó sus manos y tocó por todas partes las grandes heridas de la embriaguez. Y vio a María que
Y vio a María que lloraba en un rincón. Y presenció cómo el humo de la iniquidad se aposentaba en la casa de las bodas hasta entenebrecer el cielo. 
   Y se sintió pesaroso de haber multiplicado el vino en las cántaras.


FERNANDO QUIÑONES, La Guerra, el Mar y otros Excesos, Emecé, Buenos Aires, 1966, páginas 95-96. 

viernes, 29 de junio de 2012

LA PARÁBOLA DE LOS DIEZ DINEROS, Fernando Quiñones


LA PARÁBOLA DE LOS DIEZ DINEROS
        
   Y precisando María de diez dineros no osaba en su tímida ternura pedírselo a su Hijo amantísimo. Y llegó así, estando Jesús ausente, a necesitar muy mucho aquellos diez dineros. Y, en su azar, tomó el camino de la casa de su prima Isabel, a la que el tiempo había consumido casi por entero. Y le tomó la mano en su mano y le habló.
   —Prima mía Isabel, ahora te pido que tomes el camino de Samaria, y te llegues hasta donde está el Señor y le pidas diez dineros de que he menester.
   E Isabel, dejando su casa, salió al polvo del camino y anduvo bajo el sol hasta donde una gran multitud de pobres y ricos se espesaba alrededor de Jesús. Y, abriéndose paso entre las gentes, sé acercó a El y le habló.
   —Señor, tu madre.. y prima mía está necesitada de diez dineros y me manda a mí para que te pida esos diez dineros.
   Y Jesús habló.
   —Esta es la hora en que os pido me reunáis y me déis diez dineros, que no han de ser para mí como no ha de ser el Reino de los Cielos para el que no tenga su corazón como una granada abierta.
    Y todos. se excusaban diciendo que habían olvidado las bolsas.
   Y habló Jesús nuevamente.
   —Benditos sean, hermanos, el nombre de Dios y toda criatura del cielo, de las aguas, de la tierra y del limo.
   Y un cojo sanado huía por no prestar los dineros. Y dos ciegos que acababan de recobrar la vista, volvieron los ojos a otra parte. Y quienes estuvieron sordos no querían oír la voz del Señor.
   Y Jesús se volvió, a Isábel.
   —Ve, Isabel, y cli a María que las gentes no han dineros.
   Y dirigiéndose de nuevo a la muchedumbre extendió sus manos sobre un tullido y un leproso. Y el tullido anduvo. Y, los lamparones del leproso rodaron por el polvo de Judea.

FERNANDO QUIÑONES, La Guerra, el Mar y otros Excesos, Emecé, Buenos Aires, 1966, páginas 96-97.