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domingo, 17 de julio de 2016

J. D. SALINGER, Juan Bonilla

J. D. SALINGER

   The Times Literary Supplement dijo de ella que era un incesante flujo de blasfemias y obscenidades. El crítico de la revista Punch opinaba que se trataba de un libro sensiblero, aunque se excusaba diciendo que era posible que su opinión no fuese más que la reacción de un europeo corrupto. The Spectator lo tildó de inteligente, humorístico y agudo, si bien reconocía que resultaba insuficiente en cuestiones formales y que no alcanzaba a producir la clase de efecto que, evidentemente, se proponía producir. Pero los palos más duros los proporcionaba el crítico de la revista Cat­holic World, que denunciaba el lenguaje soez y rudo de un mero aficionado, y el de la revista Commentary para quien la acidez y la fatigante repulsión de The Catcher in the Rye eran las actitudes, no de un adolescente, por muy desencantado que estuviera sino de un escritor satírico bien pagado que posee una técnica altamente desarrollada, carece de punto de vista y no dispone de otro blanco al que apuntar que no sea él mismo. Estas eran las reacciones de la prensa inglesa ante la publicación en el año 51 de la primera novela de J. D. Salinger. En los Estados Unidos el libro tuvo mejor aco­gida: Harper's la ensalzó, el Enquirer apostaba que aquella tempo­rada no depararía un libro más sabroso, la revista Time aseguraba que lo mejor de la novela era el novelista, y el New York Times de­cía que la primera novela de Salinger era de una brillantez insólita. Sólo el Herald Tribune se quejaba del lenguaje ofensivo, y el biógra­fo de Freud, Ernest Jones, escribía en The Nation que Salinger se había limitado a registrar lo que todo adolescente, desde Rousseau, ha sentido, y que por eso la novela era predecible y aburrida (como si conseguir reflejar lo que siente un adolescente de cual­quier época estuviera al alcance de cualquiera). Lo que nadie pre­vió es que aquella novela iba a convertirse en uno de los hitos fundamentales de la narrativa del siglo XX: ante esa contundente evidencia de la que disponemos hoy, el “esta es la mejor novela del año” que encabeza el ranking de elogios recibidos por The Cat­cher in the Rye es de una timidez clamorosa.
   “Son las aventuras de un muchacho que ha sido expulsado del Instituto durante unas Navidades en Nueva York”, le dijo Sa­linger al editor que le había propuesto recopilar sus narraciones en un volumen, refiriéndose a la novela que estaba escribiendo y que prefería publicar antes que los relatos. Una definición, como se ve, poco prometedora. Porque The Catcher in the Rye es de esos libros que no nos atrapan por lo que nos cuentan, que no deja de ser poca cosa, sino por la voz que se encarga de erguir la narración, por el mundo que es capaz de formular esa voz. Es posible en ese sentido que la apreciación de Ernest Jones según la cual todo lo que piensa y dice Holden Cauldfield en la novela de Salinger es lo que han pensado los adolescentes de todas las épocas no pueda ser tomado como un reparo serio sino, antes bien, como la defini­ción exacta del lugar donde radica la fuerza de la novela. El ado­lescente descarado, desencantado, que no deja de ser un personaje lleno de ternura precisamente por el mucho mundo que cree tener corrido y lo seguro de sí mismo que pretende parecer, el muchacho que habla en la novela lo deja claro desde la primera, legenda­ria frase: “Si en serio les interesa lo que les voy a contar, querrán saber antes de nada dónde nací, cómo fue todo ese rollazo de mi infancia, a qué se dedicaban mis padres antes de que yo naciera y demás tonterías tipo David Copperfield, pero no me apetece con­tar nada de eso. En primer lugar porque es una lata, y en segundo lugar porque si yo empezara a contar aquí todas esas cosas sobre su vida privada, a mis padres les iba a dar un ataque”. En cuanto a las aventuras que corre Holden, tampoco son especialmente me­morables a priori: lo echan de Pencey —pero lo habían expulsado antes de otro colegio y él se había ido de otro porque estaba lleno de hipócritas—, tiene una conversación con un profesor que quiere lo mejor para él, se monta en el tren hacia Nueva York, coincide allí con la madre de un alumno de Pencey con la que tiene una conversación, toma un taxi, va a un hotel —el Edmont— donde le dan una habitación inmunda, decide salir de juerga, al volver le proponen sexo hasta el mediodía por pocos dólares, la cosa sale bastante mal, al día siguiente se acuerda de una tal Sally y la llama y quedan para ir al cine..., y así se van encadenando los hechos que constituyen la novela, ninguno de ellos especialmente llama­tivo como se ve, si no fuera porque Holden es sólo un muchacho que enfrenta todas sus estupendas teorías y sus tajantes opiniones a la realidad poco poética de la gran ciudad. El Guardián en el cen­teno, con ser una espléndida sátira y una divertidísima narración, es uno de esos libros que consiguen que se te hiele la sonrisa, y desde luego tiene momentos de una ternura y una poesía milagro­sas, nada sensibleras ni cursi, como el encuentro entre Holden y su hermana Phoebe, uno de los capítulos más hermosos del libro.
   El adolescente de Salinger se ganó enseguida las simpatías de muchos adolescentes y jóvenes norteamericanos, si bien el libro no pasaría de ser uno de esos títulos de culto que circulan entre sectores cerrados de población, hasta que algunos años después de publicado se convierte en una especie de emblema generacional, y se alza a Holden a la categoría de símbolo, La aparente rebeldía de los años sesenta contribuyó al énfasis con que empezaría a leerse el libro de Salinger, que dejaba el cajón de las novelas documenta­les más o menos atinadas para alcanzar el rango de libro impres­cindible. Y ahí reside su valor para los adultos de hoy. Porque el libro se ha mantenido fresco en su condición de obra para adoles­centes —inaugurando un género: el de la novela para adolescentes que no necesita de dragones ni aventuras hipnagógicas para atra­par a sus lectores— y nuestro merodeo por sus páginas es similar al paseo que da un adulto en una discoteca de adolescentes: puede que el adulto se lo pase muy bien bailando bajo los focos y recor­dándose a sí mismo en su ansiosa pubertad, pero puede estar se­guro de que a su alrededor todos los muchachos y muchachas se están burlando de él. Por eso es El guardián en el centeno de Salinger una novela para adolescentes: porque sólo los adolescentes pue­den de veras sentir cómo gravita su fuerza sobre ellos, porque sólo a ellos les ocurrirá el precioso milagro de desear ser como Holden Cauldfield, escaparse, perderse en la gran ciudad, mirar a todos los solitarios pensando que él es el que está más solo de todos, y porque a los adultos que se asoman a sus páginas los golpea con una fértil y feraz melancolía.
   Por fortuna, El Guardián en el centeno no se impuso como lectura obligatoria en los institutos hasta hace muy poco, y no deja de ser paradójico que se lea bajo la vigilancia de los profesores un libro donde se pone a caldo todo método educativo. Se le hace un flaco favor así a la novela de Salinger: institucionalizándola se le roba la capacidad de desafío, se desactiva su rebeldía. Es un libro para el que el contexto en el que se lea resulta muy principal: leído en un aula para satisfacer unas preguntas de examen se apea de los tacones en los que se subía cuando era un libro que iba de ma­no adolescente a mano adolescente, como si fuera un secreto ve­dado a quienes hubieran abandonado ese país de la adolescencia. ¿Quién puede imaginarse a un profesor destripando la novela de Salinger en clase? ¿Cómo contestar a preguntas sobre ella en el papel de un examen que será valorado por lo que el sistema edu­cativo quiere que se conteste?
   ¿Qué sabemos de Holden? Pues sobre todo que es muy suyo, que no soporta el cine, que de las cosas que cuenta prefiere con mucho aquellas que le permiten desviarse de la mera narra­ción para intervenir con comentarios o anécdotas laterales, que adora Lejos de Africa de Isak Dinesen, que no soporta a los creídos, que se vuelve loco por las muchachas. Por supuesto que los inves­tigadores de Salinger han pretendido encontrar en las señas de identidad de Holden las del propio Salinger, obteniendo a veces exquisitos éxitos (eso de que a Salinger se le den bien las muchachitas menores de edad daba mucho juego, naturalmente) que sin embargo nada importan para disfrutar de esta novela: no importa demasiado la leyenda Salinger, fomentada últimamente por algu­nos libros que compiten en situarlo entre la más delirante grosería y la más peligrosa de las locuras. Es rara la pieza de entre las cien­tos que componen esa región de la literatura, que podríamos de­nominar testimonios de parientes, que alcanza a escapar de su condición inevitable de parásito y se justifique por sí misma. ¿Cuál es el encanto de ese tipo de libros en los que un hijo, una novia, un ama de llaves, un cuñado nos cuenta las vilezas de las que era capaz alguien a quien se considera un gran escritor? Pues princi­palmente sólo constatar una obviedad: que la mayoría de las grandes figuras de la literatura tenían mucho de lo que avergonzarse, como casi todos los demás mortales. Y eso es lo que, en esa clase de libros, comúnmente se les reprocha a quienes los protagonizan: que no fueran buenas personas, como si el hecho de escribir “La canción de Prufrock” obligara a su autor, T. S. Eliot, a no cometer la mezquindad de permitir que su esposa demente se pudriera en un manicomio; no porque permitirlo constituya una mezquindad, sino porque hacerlo siendo el autor de Prufrock agrava la mezquindad haciéndola rayar en el crimen. No hace falta hundirse en una bibliografía espesa de testimonios de parien­tes para cerciorarse de que la mayoría de grandes poetas y novelis­tas —si hiciésemos caso a lo que cuentan sus allegados menos discretos— era gente poco fiable. Pero ¿afecta a la emoción y la inte­ligencia que vibran en los poemas de Larkin saber que Larkin era un machista que practicaba la grosería como un pasatiempo efi­caz? ¿Nos reiremos menos con las novelas de Kingsley Amis al enterarnos de que fue capaz, en época de hambruna, de presentarse en su casa con un plátano, sentar a la familia a la mesa, pasar el plátano para que todos lo tocaran, y luego pelarlo y comérselo tranquilamente ante la perplejidad de los suyos? Evidentemente no tiene por qué, a no ser que dejemos que un exceso de sensibili­dad nos afecte a la razón. Así que no es probable que quienes firman esa clase de libros se esfuercen en redactarlos para rescatar a los lectores del espejismo que sufrirían si al leer a alguno de los damnificados llegan a la conclusión de que sólo un alma grande ha podido crear La montaña mágica o El guardián en el centeno: es más creíble que son arrastrados a la composición de sus libros por el simple afán de notoriedad que se les pone al alcance gracias a un apellido ilustre que a la vez que les permite publicar un libro les obliga a manchar el propio apellido. Pero todo ello no es más que cotilleo de altura, un género que puede convertirse en obra de arte si es Jane Austen o Marcel Proust el redactor, pero que co­múnmente no depara más que inventarios de anécdotas escabro­sas.
   La leyenda de Salinger no saldrá excesivamente perjudica­da por la reciente publicación de las memorias de su hija, como no la erosionó la publicación de las memorias de su amante. Ambas nos aseguran que Salinger no ha sido buena persona, que era un vanidoso insoportable, que le fascinaban las lolitas y que perjudicó y dañó durante su vida a unas cuantas mujeres. Y, por supuesto, las creemos, aunque no cabe otro remedio que encogerse de hom­bros o mostrarles nuestra lástima por sus traumáticas experiencias.
   Porque un gran escritor sólo es peligroso para el lector si tiene éste la mala fortuna de ser su vecino o pariente suyo y ha de tratarlo con cierta cotidianeidad, aguantar sus manías y hacer de mariachi para que no se le pudra el orgullo. Ya sé que hoy en día vende mucho la imagen del escritor como buena persona, y hay algunos que han cobrado celebridad inusitada no por lo que escriben sino porque en sus declaraciones públicas y en sus conferencias la gen­te comprueba que es una persona excepcional, simpatiquísima, solidaria y muy correcta. Y tampoco es incompatible la bondad con el genio, desde luego, pero son cosas que no afectan al resul­tado que al lector importa. Es encantador descubrir al adúltero Pedro Salinas con sus niños sentados en las rodillas, mientras él se dedica, a la vez que los atiende, a componer uno de sus contun­dentes poemas de amor. Pero los poemas de amor serían igual de contundentes si Salinas, como Rousseau, hubiera abandonado a sus hijos en sucesivos orfanatos. Así que nuestra consideración sobre libros como Nueve cuentos, Franny y Zoey, y Levantad, carpin­teros..., no van a sufrir ninguna mutación por el hecho de que se­pamos que a Salinger le gusta beber su propia orina. Los lectores de Salinger tenemos presente una frase de Holden Cauldfieid: cuando un libro le gustaba, nos decía, lo único que le apetecía al terminar de leerlo era telefonear al autor para charlar con él. Es una frase peligrosa. Bonita pero muy peligrosa. Conocer al autor del libro que nos cautivó es un método perfecto para sufrir una desilusión, y ya se sabe que el culpable de nuestras desilusiones nunca es quien nos desilusiona, sino nosotros mismos por haber­nos ilusionado. Quizá, consciente de eso y para no ser más que lo que un gran escritor debe ser para los lectores, un nombre, un fan­tasma, nadie, Salinger decidió hace tiempo no descolgar el teléfo­no, no conceder entrevistas, borrarse, sin contar con que siempre hay una hija, un amante, un vecino, con derecho a formular su experiencia para ganar algo de dinero e incrementar ese género parasitario que es la literatura de los parientes.
   The Catcher in the Rye es, esencialmente, una novela acerca de lo solos que estamos, de lo solos que están sobre todo los ado­lescentes; pero, ¿quién no sigue siendo un adolescente convencido de que la madurez es la muerte de la pureza que nos empuja a ser curiosos y a buscar? Supongo que sí, que hay mucha gente que a esta pregunta habrá contestado: Yo, desde luego. Me parece muy bien, pero si algo grande hay en la novela de Salinger es que es muy difícil no ser ese adolescente perdido en Nueva York que sin saber muy bien lo que quiere trata de desenvolverse como si se supiera su futuro de memoria, como si nada le importase porque nunca pasa nada que importa y cuando pasa ya ha perdido la im­portancia. Como los grandes poetas que consiguen en sus mejores momentos hacemos sentir que los grandes poetas somos nosotros, quienes les leemos, y que consiguen nombrar sensaciones nuestras para las que no habíamos encontrado las palabras precisas, Salin­ger consigue exactamente eso: nos convierte en muchachos perdi­dos en la selva del mundo, muchachos que al final de la experiencia sólo tienen clara una cosa: es mejor no contar nada nunca a nadie, porque en el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.

JUAN BONILLA, La plaza del mundo, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2008, 169-176.

jueves, 23 de junio de 2016

LATÍN, Juan Bonilla

LATÍN

¿Son más reales los personajes de ficción
que los,seres reales como decía Unamuno?
La profesora de latín nos explica que ficción
procede del verbo fingere,
que era un verbo de alfareros:
cuando trabajaban el barro para hacer un jarro o un plato,
conseguían fingir el barro para que cobrara esas formas.
Por eso finger es dedo en inglés.
Así que la pregunta puede formularse de esta forma:
¿qué es más real, un plato hecho de arcilla (personaje de ficción) o la arcilla?
Respondimos que los dos eran igual de reales.
(Luego nos contó que el nombre del barro
que trabajaban los alfareros era «tierra refractaria»
y nos mandó que buscáramos qué significaba refractario:
aquello que se niega a ser de su condición.
O sea, tierra que se niega a ser tierra
y que, mediante las manos del alfarero,
se convierte en ficción,
en algo que aunque siga siendo tierra es más que tierra,
en algo que sigue siendo real pero se niega a ser sólo real).


JUAN BONILLA, Poemas pequeñoburgueses, Renacimiento, Sevilla, 2016, p. 35.
&
Misha Gordin

martes, 29 de abril de 2014

[SOBRE LA SINESTESIA], Juan Bonilla



   Se me ocurrió abrir la botella de vino, es decir, se me ocurrió desembotellar el sol de Andalucía, y aplicar la nariz a su boca: ahí estaba, recién llegado del inalcanzable pasado, el aroma de las calles de Jerez. Nunca me ha gustado el vino fino, me sienta mal, no le encuentro la alegría, me pega duro en las sienes cuando sorbo la segunda copa, me sube a la memoria la agónica sensación de la primera borrachera y las ganas de que alguien me cortara la cabeza para acabar de una vez con las ganas de morirme que me invadieron entre las risas de amigos más avezados en el consumo del caldo. Pero su aroma sí me gusta, su aroma es sinestésico, es decir, está cargado con la información biográfica suficiente como para que ya no sea un mero perfume agradable, sino un lugar poblado de voces que puedo oír, de imágenes que puedo ver, de objetos que puedo tocar. La sinestesia, que es una figura que aparece no sólo en los tratados literarios sino también en los prospectos de los medicamentos —una de mis lectu­ras favoritas— cuando no es un mal prescrito por un doctor que teme que te hayas vuelto loco y aparece cargada de bio­grafia, es una bendición que agranda el mundo, o nuestra manera de estar en el mundo, amplía el espacio que ocupas, lanza un garfio hacia el pasado, que lo arrastra limpio hasta el presente, dota a las cosas que la producen de una condi­ción milagrosa, como si hubieran tenido oculto un secreto que has conseguido desvelar. Así, un melocotón, de repente, no sólo te sabe a melocotón, sino que a través de su sabor consigues oír la voz de un abuelo muerto. El tacto de una piel te hace de inmediato oler un perfume del pasado que no sabías que llevabas descargado en la memoria. Cuántas veces, en el metro, en el tranvía, paseando por la calle, una vaharada de perfume de una desconocida me ha golpeado repentinamente hasta hacerme recobrar el sabor de una boca antigua. Ah, qué ganas de volver a la Alameda Vieja para ver el crepúsculo sobre la cúpula que Eiffel diseñó para González Byass, tener quince años, estar a punto de recibir el primer beso...

JUAN BONILLA, Una manada de ñus, Pre-Textos, Valencia, 2013, pp. 128-129.

domingo, 20 de abril de 2014

SOBRE RECUERDOS Y REGALOS, Juan Bonilla

   Mientras caminaba hacia mi hotel, ubicado junto a un parque en el que en una sola noche había más comercio sexual que en toda la literatura alemana de los últimos cinco siglos, iba paladeando el endecasílabo del poeta anónimo al que vi una vez delante de su dimensión desconocida y de su copa de vino, y por mucho que me lo prohibiera, fue imposible no armarse de recuerdos. Los recuerdos son las mejo­res marcas: récords. Un recordman no es sólo el que ostenta la mejor marca de una competición, sino también, por eso mismo, supongo, el que mejores recuerdos tiene de aquel día. No quería ser un recordman en un día como aquél, me iba diciendo a mí mismo que me dejara de melancolías, que dejase de recordar los patios de la infancia donde siempre había alguien cantando, las silenciosas calles entre bodegas por las que paseé mi desgana adolescente, la Alameda Vieja al lado de la catedral, donde me besaron por primera vez, la Librería Alternativa, donde robé una biblioteca entera de li­bros de bolsillo, que dejara de acordarme de los muertos, que dejara de echar de menos a los que iban a morir muy pronto, me instaba a vivir el presente, porque presente sig­nifica regalo.

JUAN BONILLA, Una manada de ñus, Pre-Textos, Valencia, 2013, p. 125.
&
Kenneth Ooms

domingo, 4 de agosto de 2013

SOBRE LA POESÍA, Juan Bonilla




   Había que ser texto, quitarse de en medio, limpiarse el yo como si fuera el resto de  helado que le queda en la comisura de los labios a un niño: la punta de la lengua que sale a borrar esa mancha es la poesía, el poema. Poema y poeta eran lo mismo: el poeta  es un texto. Osip lo había convencido. Y en el texto no debía hablar por boca del poeta más que quienes le inspiraban. Porque inspirar es tomar aire. El poeta respiraba porque  había quien le hacía respirar. Así decía el Gilgamesh —traducido por Gumiliov—, que los dioses retiraban la vida de quien vive quitándole el aliento vital. El poema es un boca a  boca, pero no el que le hace el poeta a su lector sino más bien el que le hace el lector al poeta: el encargado de darle vida al texto, de hacer que el texto conserve su vida y no muera ahogado, es el lector. El poeta es el bañista ahogado a la espera de quien le preste aliento.


JUAN BONILLA, Prohibido entrar sin pantalones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p.173.

jueves, 1 de agosto de 2013

[EL SUICIDIO...], Juan Bonilla & Edouard Manet



   El suicidio no deja de ser una forma de muerte natural por una parte. Y un crimen pasional por otra: el suicida se mata porque alguien a quien quería —él mismo— ha dejado de quererle. Y quizá había dejado de quererse.


JUAN BONILLA, Prohibido entrar sin pantalones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 372.

domingo, 28 de julio de 2013

[MAIAKOVSKY ESTABA GUARDANADO...], Juan Bonilla


   [...] Maiakovski estaba guardando en una carpeta todos los afiches y hojillas volanderas que encontraba. Ah, temo que me tachen de provinciano, pero me pueden las ganas de regresar a Moscú y ponerme a declamar mis versos, esto de no saber francés es una tortura, decía. Elsa le servía de traductora, pero la cabezonería de Maiakovski a veces era insoportable. Necesitaba jabón de afeitar, había visto en un escaparate, en uno de sus paseos solitarios, uno en una cajita redonda de aluminio muy bonita, le pidió a Elsa que se lo comprara, se había encaprichado, nunca se encaprichaba con nada y tenía derecho, se había comprado un bastón, y ahora quería aquella cajita redonda y le daba corte entrar en la tienda sin gota de francés para pedirla, y Elsa fue a buscársela pero no encontró ningún jabón de afeitar en cajita redonda de aluminio, y Maiakovski montó en cólera, y le dijo, ya sé que quieres ridiculizarme, ya sé que quieres obligarme a ir y que se rían del bruto ruso que ni gota de francés y tiene que hacer de mimo para comprarse su capricho, sé que lo haces sólo por eso, pero iré, lo pediré por señas, haré el mimo, me pondré en ridículo, pero me compraré mi jabón de afeitar, y volvió al rato con la cajita de aluminio, triunfal, y Elsa no le dijo nada, y Maiakovski se sorprendió al ver que era crema, qué buenos estos franceses, crema para afeitarse, y se la puso por las mejillas, y se afeitó con dentífrico.

JUAN BONILLA, Prohibido entrar sin pantalones, Seix Barral, Barcelona, 2013, pp. 248-249.

jueves, 25 de julio de 2013

[EL POETA ES...], Juan Bonilla


El poeta es el bañista ahogado a la espera de quien le preste aliento.

JUAN BONILLA, Prohibido entrar sin pantalones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 179. 

 Fernando O'Connor

miércoles, 17 de julio de 2013

[MAIAKOVSKI COINCIDIÓ...], Juan Bonilla


   Maiakovski coincidió en casa de Elsa Kagan con la hermana de ésta, Lily Brik. Se hablaba de la detención de un argentino como presunto autor del robo de La Gioconda en el Louvre. Lo fantástico del caso, lo admirable, es que el ladrón no había robado la obra de Da Vinci para venderla por una fortuna a algún coleccionista que lo hubiera animado a perpetrarlo, sino para vender como verdaderas las veinticuatro copias que en los últimos años había pintado de La Gioconda. La única manera de venderlas como auténticas era robar la auténtica, y uno de los coleccionistas a los que se la vendió estaba untado por la Policía, era un cebo, y lo denunció. Trató de defenderse probando que lo que había vendido era una falsificación, lo que destapó su red de falsificaciones. Lo dejaron libre pero lo vigilaron estrechamente. La Gioconda auténtica había estado todo aquel tiempo debajo de su catre.

JUAN BONILLA, Prohibido entrar sin pantalones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 49.

lunes, 31 de octubre de 2011

[¿PARA QUÉ DIABLOS SIRVE LA LITERATURA?...], Juan Bonilla



   ¿Para qué diablos sirve la literatura? Me había planteado esa cuestión infinidad de veces, pero nunca había perdido el tiempo intentando una declaración convincente y firme. Lo único que sabía es que cuando murió mi padre recordé unos versos de Thomas Stearn Eliot que si bien no paliaron mi dolor sí al menos me lo llegaban a explicar, cuando alguien a quien amaba se retiró para siempre de mi vida, me socorrieron dos renglones de Juan José Arreola («La mujer que amé se ha convertido en fantasma: ya sólo soy el lugar de sus apariciones»), cuando me cruzo con una de esas princesas por cuyos cuerpos vendería mi alma al demonio, repito una exclamación de Rafael Cansinos Assens («Dios mío, no permitas que haya tanta belleza en este mundo»), cuando la noche pesa sobre mí como el cadáver de una esperanza acribillada, unos versos de Federico García Lorca acuden a mi mente para colorearme el insomnio como el más eficaz de los ansiolíticos («pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos, y hay barcos que sólo buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos»). ¿Es poco? Sin duda. Juegos para aplazar la muerte, juegos que ayudan a no perder el tiempo sino a sustituirlo, suprimirlo, abolirlo. Guiños inocuos que, aunque no me facilitan el camino, lo hacen más llevadero, lo amplían.
   La literatura me sirve en fin para que la vida me concierna menos de lo que yo hubiera sido capaz de soportar.

JUAN BONILLA, Nadie conoce a nadie, Ediciones B, Barcelona, 1996, pp. 26-27.

sábado, 24 de septiembre de 2011

NIÑO CIEGO, Juan Bonilla



NIÑO CIEGO

Hay un charco de sol sobre la cama
y en la ventana el día
recita el infinito en que se inscribe.

Nos ganamos la vida mendigando
momentos como éste, contra
la insolvencia que nos dicta el pasado
que es la estación que queda
entre el presente y el futuro,
y en la que el tren nunca se para
por mucho que se fugue el pensamiento
a sus andenes inalcanzables.

Y la vida perdemos en banales
negocios con los que nos construimos
un yo insignificante, el mismo yo
que se ahoga en ese charco de sol sobre la cama,
mientras susurra el día
la evidencia radiante de que somos
una porción de nada
hecha de pura cháchara,
perdida en espejismos
por darse la importancia
que no le dan las cosas.

La muerte trabajando en los espejos
susurra esa alegría
de dar con un secreto
que nos hace más fuertes
a cambio de anularnos:
que la vida no va en serio,
lo empezarás a comprender muy tarde.

Toda tu biografía derretida
en esa luz de sol, en el rumor del día,
en este darse cuenta de que el yo
es sólo un niño ciego
que no sabe callarse.

JUAN BONILLA, Cháchara, Renacimiento, Sevilla, pp. 18-19.

viernes, 24 de septiembre de 2010

HAI-KU, Juan Bonilla



HAI-KU


En todas partes esta sensación
de haberme presentado disfrazado a una fiesta de disfraces
que fue desconvocada sin que nadie me avisara.


JUAN BONILLA, Cháchara, Renacimiento, Sevilla, 2010, página 41.

martes, 7 de julio de 2009

EL CROMO DE BORONAT, Juan Bonilla

EL CROMO DE BORONAT



La primera mujer a la que hice llorar se llamaba Laura. Mucho tiempo después me acordé de ella.

El hermano pequeño de Laura tenía el cromo de Boronat. Era el único cromo que me faltaba para completar el álbum. Era también la primera vez que estaba a punto de completar un álbum de cromos, y no sólo eso: la primera vez que podía ser el primero en completar el álbum entre los niños del barrio, entre los alumnos del colegio. Todos los años me terminaba cansando y aburriendo de la colección de cromos sin alcanzar a completarla, como por otra parte le sucedía a todos los demás. No sabía negociar, no era nada metódico, o mejor dicho, sí lo era, pero mi método se revelaba siempre como descaradamente equivocado: primero me urgía completar la página de mi equipo de fútbol, y en pos de los cromos que tenía que pegar en aquella página me descapitalizaba y quedaba sin recursos para pujar por los cromos difíciles. Otros niños llevaban en un papel una lista de los cromos que les faltaban: yo nunca hice lista. Me limitaba a comprar sobres, a acumular cromos repetidos con los que apenas negociaba, me pesaban demasiado en los bolsillos, era capaz de dar veinte cromos repetidos por uno cualquiera que yo supiera que me faltaba y que todo el mundo sabía que no era difícil de conseguir. Una vez completada la página de mi equipo, con el entrenador, el presidente, el cromo del escudo y el cromo del estadio, dejaba de comprar sobres, regalaba los cromos repetidos y me olvidaba del álbum. A esas alturas ya había tres o cuatro niños en el barrio y cinco o seis alumnos en el colegio que habían completado sus álbumes. Eso no me hacía sentir desgraciado: me limitaba a no envidiarles y a prometerme que la temporada siguiente, pasara lo que pasase, yo llegaría hasta el final, no habría un solo hueco en mi álbum.

Así que en cuanto Martos me dio el aviso busqué al hermano pequeño de Laura. Lo encontré durante el recreo en el patio de los babosos, denominado así porque era el lugar en el que se recluían quienes no se atrevían a pasar sus recreos en la jungla inhóspita que era el otro patio del colegio, con fumadores tempranos, muchachas que aprovechaban los descansos para subirse la cintura de las faldas por encima del ombligo para mostrar porciones de muslos y suscitar deseos, y gañanes de mirada aviesa deseosos de encontrarse con miradas des protegidas para organizar una riña con la que alimentar sus leyendas. Era un patio con columpios y banquetas donde niños pequeños se dedicaban a ver pasar el tiempo esperando ansiosamente que tocaran de nuevo el timbre para volver a las aulas y sentirse seguros. Fui al patio de los babosos, localicé al hermano de Laura y lo abordé. Era pelirrojo y tenía la cara llena de pecas. Le toqué la coronilla para saludarle y fue como acariciar un cactus. Que me han dicho que tienes casi todos los cromos del álbum ya, le dije, y él me miró como si temiera que a continuación yo le fuera a pedir que me diese todo lo que llevaba en los bolsillos. El pobre chaval llevaba en la mano una chocolatina y yo creo que estuvo a punto de ofrecérmela para que lo dejara en paz. Se le estaba derritiendo, manchándole los dedos. Por un momento temí que se hiciera pis en los pantalones y me metiera en un lío así que antes de dejarlo contestar traté de serenarlo para ganarme su confianza. Saqué un mazo de cromos repetidos y se lo ofrecí. Le dije: a lo mejor aquí hay algún cromo que no tienes, te lo regalo. El niño cogió el mazo de cromos y empezó a pasarlos susurrando. Hay muchos que no tengo, me dijo. Fantástico, le dije, pues te los puedes quedar siempre y cuando me hagas un favor. Qué favor, me preguntó. Creí que había llegado el momento de presentarme y le dije que era compañero de clase de su hermana Laura, que no debía temer nada, que resultaba que me habían dicho que él tenía un cromo que a mí me faltaba, que era el único cromo que me faltaba y que a cambio de ese cromo yo le podría regalar no sólo aquel mazo que ahora estaba en sus manos sino también muchos otros cromos que guardaba en mi casa y que ya no quería para nada. Cuál es el cromo que te falta, me preguntó el niño, y yo se lo dije, le dije Boronat, un delantero de la Real Sociedad, y entonces el hermano pequeño de Laura me devolvió el mazo y me dijo: no puedo cambiártelo, es que yo soy de la Real Sociedad y tengo ya completa esa página y ese cromo lo tengo pegado en la página de la Real Sociedad y no puedo arrancarlo pero si me sale ola vez ese cromo de Boronat pues te lo guardo y te lo doy.

No supe reaccionar. Cuando me vine a dar cuenta de lo que había pasado ya caminaba, con el mazo de cromos repetidos y con huellas de chocolatina en los márgenes, por el pasillo que conduce desde el patio de los babosos a la jungla. Y en ese momento sonó el timbre que nos llamaba otra vez a las aulas. Quién se ha creído que es, me preguntaba una y otra vez. Le conté a Martos lo que me había pasado y Martos se echó a reír, y luego me dijo: lo que tienes que hacer es ajustarle las cuentas para que se entere de quién eres. Pero cómo le iba a ajustar las cuentas a aquel mocoso. Lo único que me interesaba de él era el cromo de Boronat, y no me valía de nada ajustarle cuenta ninguna si después no conseguía que me diese el cromo. Así que me las ingenié para emplear otra estrategia que básicamente consistía en ganarme su confianza, convencerle de que en mí tenía un amigo, alguien a quien podía agradecerle sus esfuerzos por, por ejemplo, librarlo de algún enemigo. Se me ocurrió tenderle una emboscada, colocarlo en una situación difícil de la que sólo mi intervención lo pondría a salvo. Aquella misma tarde indagué en sus costumbres: no volvía a su casa acompañando a su hermana, que se quedaba siempre un rato en la puerta del colegio charlando con sus amigas, sino que se iba con dos compañeros de su clase que debían vivir en su barrio. El camino desde el colegio al barrio donde vivía Laura me permitía un par de buenas oportunidades para colocar a los tres pequeñajos en una situación comprometida, así que convencí a Martos y a dos colegas más de que me ayudasen, y al día siguiente les tendimos la emboscada al hermano de Laura y a sus dos compañeros. Elegimos un callejón poco transitado que debían tomar para salir a la avenida Primo de Rivera. Si por lo que fuese fallaba el primer intento, nos podríamos resarcir en el parque Hontoria, que los babosos debían cruzar para llegar al polígono donde vivían. En el parque se podrían complicar un poco las cosas porque siempre había gente haciendo footing, o ancianitas tomando el sol en los bancos o chachas que dejaban a su aire a sus retoños, pero si Martos y sus cómplices se las arreglaban para no hacer demasiado ruido e impedir que los babosos se pusieran a llorar, todo saldría conforme a lo previsto. Por fortuna no hizo falta recurrir al asalto en el Parque Hontoria: tuvimos la suerte de que las dos únicas tiendas del callejón que va a parar a la avenida estuviesen cerradas. Así que Martos y compañía les cerraron el paso a los babosos y empezaron a comprometerlos. No dejaba de ser grotesca la situación, porque para que no les reconocieran, se taparon las caras con unas máscaras que sabe dios dónde se habían agenciado. Conforme a lo previsto, cuando los mocosos empezaron a quitarse las mochilas para arrojar al suelo todo su contenido —al que, presumiblemente, los asaltantes iban a meterle fuego—, aparecía yo. Qué pasa, grité desde la entrada del callejón. Todos se giraron hacia mí. Ayúdanos, gritó el hermano de Laura, y aquel grito me supo a gloria. Empecé a correr hacia ellos con la certeza de que me acababa de ganar el cromo de Boronat. Martos y otro de los asaltantes se daban a la fuga y yo tenía que derribar al que quedaba, cosa que hice sin gran dificultad. Tenía que dejarlo escapar luego de derribarlo, cosa que también hice. Mientras duró la pelea —el asaltante tenía que darme un golpe para convencer a los mocosos de lo que me había costado salvarlos— los pequeños se afanaron en recoger lo que habían tirado al suelo y en esconderse o alejarse de la escena. Al final, cuando puso pies en polvorosa el asaltante, me reuní con el hermano de Laura y sus amigos. ¿Estáis bien?, les pregunté. Uno de ellos se echó a llorar, de tan nervioso como estaba. Traté de calmarlo pero lo único que conseguí fue que los otros dos se pusieran también a llorar. Vamos, vamos, no ha pasado nada, los tranquilicé, para otra vez ya sabéis que no debéis coger por este callejón, que es peligroso; vamos, os acompaño hasta el parque. Y los acompañé hasta el parque, y en el trayecto me hice el distraído y le comenté al hermano de Laura: Oye, yo a ti te conozco ¿verdad? Y el hermano de Laura me dijo: Soy el que tiene el cromo de Boronat, ¿lo has conseguido ya? El corazón me dio un vuelco, presentí que me había ganado el cromo, estuve a punto de dar un brinco y celebrar mi genialidad, pero supe contenerme y dije: Ah ya, tú eres el que tiene el cromo de Boronat, fui a verte ayer o antes de ayer para cambiártelo y no quisiste; no, todavía no lo he conseguido, es muy difícil que salga en los sobres y tú eres el único que lo tiene, ¿cómo lo conseguiste? Me salió en un sobre, me contestó, casi al principio de la temporada. Y se quedó callado. Los otros dos mocosos no decían nada, seguían muy impresionados por lo que había sucedido en el callejón. Yo esperé que el hermano de Laura soltase de una vez que, en agradecimiento a que los hubiera salvado de un atraco, podía contar con el cromo de Boronat. Pero no dijo nada. O sí, lo dijo, pero una vez que llegamos al parque y nos disponíamos a despedirnos. Yo, con las manos en los bolsillos, no daba crédito al comportamiento desagradecido del mocoso y estuve tentado de pedirle el cromo de Boronat como recompensa pero permanecí a la expectativa. Hasta aquí os acompaño, les dije para forzar la situación. Tendrían que cruzar el par que ellos solos. Que tengas suerte, me dijo el hermano de Laura. ¿Suerte por qué?, pregunté crispado. Pues para que consigas el cromo que te falta, agregó. En mi clase hay un niño que está a punto de acabar el álbum, dijo otro de los mocosos, le faltan sólo tres cromos, y creo que Boronat es uno de ellos. Sí es uno de ellos, afirmó el otro mocoso. Sin decirles adiós me di la vuelta y me fui. Gracias, dijeron los tres a la vez, y yo no me giré para dedicarles ningún gesto. Me habían entrado ganas de localizar a Martos y compañía para que pusieran en marcha la segunda emboscada, o perpetrarla yo mismo, sin pañuelo cubriéndome el rostro, pero supe controlarme. Pronto la rabia se tomó aflicción y regresé a casa con la certeza de que nunca completaría aquel maldito álbum, convenciéndome de que lo mejor que podía hacer para ahorrarme más crispaciones era romperlo o arrancar todos los cromos y regalarlos.

Aquella misma noche, después de optar por no rendirme, ideé una nueva manera de acercarme al cromo de Boronat que estaba pegado en el álbum del hermano pequeño de Laura: tendría que ganarme la confianza de Laura, conseguir que alguna vez me invitara a su casa, aprovechar algún descuido para internarme en la habitación del mocoso, encontrar el álbum y robar el cromo. Me parecía que este plan descabellado era de una sencillez genial, que difícilmente habría obstáculos importantes que me separaran de la meta: una ejecución rápida y brillante, el cromo en el bolsillo, la sonrisa en el rostro y hasta luego Laura, se me ha hecho muy tarde, sin atender al «pero si ni siquiera has probado el batido». En las brumas que preceden al sueño, la sucesión de hechos detallados que me llevaba hasta el cromo se me aparecía tan nítidamente delineada que me parecía mentira que no se me hubiera ocurrido antes emprender aquel viaje, Por la mañana, se me desinfló la euforia: era demasiado comprometido, aparte de que ganarse la confianza de Laura no iba a ser asunto simple. Habíamos estado en la misma clase desde tres años antes y apenas habíamos cruzado unas cuantas frases banales. ¿A qué iba a venir ahora tanto interés por estar cerca de ella? Por fortuna, durante el recreo de aquel día, mientras Martos se reía de mí por no haber sabido sacarle el cromo al mocoso, Laura se nos acercó y en cuanto Martos la vio llegar nos dejó solos con la excusa de que tenía que ir a ajustarle las cuentas a alguien. Laura me dio las gracias por salvarle el pellejo a su hermano y yo aproveché la circunstancia para alargar la conversación, que nos mantuvo ocupados durante todo el tiempo del recreo. No me acuerdo de qué hablamos, pero sí de que se me durmieron las piernas, o sea que puedo deducir ahora que no me apasionó la materia de nuestra conversación. Y sin embargo, a pesar de la caravana de hormigas que sentí subir por mis pantorrillas y que me anestesió las plantas de los pies, me dije a mí mismo: es fantástico, no voy a tener que hacer ningún esfuerzo por acercarme a este petardo, va a ser ella la que me haga el trabajo sucio, sólo me falta conseguir que se enamore de mí.

Así que empecé a dedicarle toda mi atención en recreos y tiempos muertos entre clases. Hablábamos de todo un poco, de lo aburrido que era el profesor de Historia y lo bueno que era el último disco de Alcancía Domund, de lo difícil que era leer dos páginas seguidas del libro del trimestre (Insolación, de Emilia Pardo Bazán) y lo contentos que tenían que estar los herederos de Rufini porque su antepasado ideara un teorema tan apuesto, de ese chaval que había hecho el ridículo dándole pataditas a un balón por intentar entrar en el récord Guinness (habían llevado cámaras de televisión al colegio para retransmitirlo, y aunque al principio parecía que el chico lo iba a conseguir, fue un fraude del que nos reímos mucho, porque el balón se le caía y él empezaba otra vez mientras la gente en las gradas empezaba a borrarse...).

Después de las clases la acompañaba un rato hasta el parque, y me despedía calibrando la luz de la desilusión que le alumbraba el rostro cada vez que yo me daba la vuelta sin depositar por fin el primer beso en sus labios. Hasta que una tarde de chubasco, en el pasillo de arcos de un edificio de la avenida, se acabó decidiendo ella, y mientras yo teorizaba acerca de las razones por las que la profesora de Lengua llevaba siempre pintados los labios de rojo por las mañanas y los labios sin pintar por las tardes, ella me agarró la nuca, acercó su cara a la mía y mordió mi labio inferior primero para fundir su boca con la mía y entablar una deliciosa lucha de lenguas. La muchacha sabía bien lo que hacía. Yo, en sonriente reproche, mientras caminábamos por el parque con las manos enlazadas, le dije que seguro que no era la primera vez que hacía aquello. Ella me respondió que sí, era la primera vez, pero que había leído hasta memorizarlo un artículo en el Supergirl acerca de cómo besar a un chico. ¿Qué otras cosas aprendiste en ese artículo?, le pregunté. Si eres bueno conmigo, te las enseñaré todas, me respondió. Regresé a casa flotando en una nube de aroma dulce. Ni siquiera me hirieron las quejas de mi madre por mi tardanza, el desorden de mi cuarto o la alusión de una vecina a mis horas de permanencia en la esquina con gente de mala pinta entre la que rulaba una botella de cerveza. Y no porque estuviera enamorado y eso me afantasmara con tal fuerza que la realidad dejase de pesar sobre mi presente, sino porque el sabor de los besos de Laura era el primer peldaño para al fin completar mi álbum y ser el primero que lo conseguía. Claro que debía darme prisa: otros coleccionistas, según iba informándome en los recreos, escalaban rápidamente la colina y ya se situaban a dos, tres, cuatro cromos de la cima.

En los días que vinieron se repitieron los besos. Nos demorábamos en el parque, sentados en un banco, jugando a enamorados. Ella me dio un par de poemas que había escrito sobre mí. Yo puse cara de estar muy emocionado. Veíamos pasar a su hermano con sus compañeros, y nos escondíamos porque ella no quería que nos vieran. Una tarde insistí en que nos quedáramos donde estábamos. El hermano de Laura se llegó a nosotros, solo, mientras sus compañeros se quedaban esperándolo pateando piedrecillas. Nos saludó, lo saludamos. Nos preguntó qué hacíamos, le dije que esperar que se hiciera de noche para asaltar a los que se atrevieran a cruzar el parque. Me preguntó si había conseguido ya el cromo de Boronat, y le dije que estaba a punto de caer. Para mi fortuna Laura detestaba a su hermano. Cosa de celos, de sentir que le arrebataban el cetro de reina de la casa y contemplar cómo todos los mimos a los que estaba acostumbrada se desplazaban hacia una criatura venida de ninguna parte que olía a excrementos, babeaba y a la que se aplaudía cualquier sonrisa. Me confesó que muchas noches, de niña, se dormía ideando cómo cargárselo. Entre carcajadas le dije: podrías hacerme un favor, ya puestos. Lo que me pidas, me dijo. ¿Os he dicho ya que no era muy bonita? Tenía rasgos insignificantes, unos ojos pequeños y ninguna señal de que su cuerpo fuese a desarrollar formas femeninas. De esas muchachas a las que si a alguien se le ocurriera poner su nombre en la papeleta donde hay que votar a Miss Octavo A, toda la clase se partiría de risa cuando el encargado de cantar las votaciones pronunciase su nombre. Como quitándole importancia al favor que le pedía le dije que se trataba de una niñería, desde luego, pero resultaba que nunca, nunca, entiéndelo bien, nunca jamás he conseguido completar un álbum de cromos, y este año, fíjate bien, el último año que pensaba coleccionar cromos, porque ya voy siendo grandecito para esto y hasta hay una chica que me besa, estoy a sólo un cromo de conseguirlo. Qué bonita despedida de la infancia, ironizó. Sí, ya ves, dije, preciosa, y resulta que ese cromo no hay manera de que salga, nadie lo tiene, nadie lo ha visto, nadie salvo tu hermano. ¿Mi hermano? Una estrella fugaz pasó de una de sus pupilas a la otra. Pronuncié el nombre del futbolista: Boronat. ¿De qué equipo es?, preguntó. Tengo la suerte de que sea del mismo equipo de tu hermano, le dije, por eso no quiere cambiármelo. ¿Del Betis?, me dijo ella. Híjodeputa, se me escapó. ¿Qué?, me preguntó. Se lo expliqué. Temiendo que me descubriera le dije que un amigo mío, al enterarse de su hermano tenía el cromo de Boronat, quiso conseguírmelo porque me debía un favor, y fue a verlo al patio de los babosos, y se lo quiso comprar, pero su hermano se negó porque Boronat era la estrella de su equipo, la Real Sociedad. Laura dijo: Es muy listo. Pero bueno apresuré a decir, porque en el rostro de Laura se había plantado una sombra fea, de sospecha indecente, olvídalo, es una niñería, cromos, se quedará así mi álbum, siempre le faltará un cromo, a lo mejor eso quiere decir algo, todo quiere decir algo si te empeñas en que signifique algo, olvídalo, le dije. Vale, lo olvido. Y seguimos besándonos un rato, y haciendo chistes o cantando canciones, qué raro, me imagino ahora en aquel parque Hontoria cantando canciones con Laura y me gana un no sé qué de tierna felicidad.

Al día siguiente el cromo de Boronat estaba en mi mano. Laura lo había despegado a escondidas del álbum de su hermano y me lo entregaba. Te dije que me podías pedir cualquier cosa, me dijo. Y tuve que hacer un espléndido esfuerzo por no saltar de alegría. En cuanto Laura desapareció camino de la tienda para comprarse su batido habitual de las doce, corrí a ver a Martos para darle la noticia, enseñarle el cromo de Boronat, pedirle que difundiera la buena nueva. Sí, había conseguido completar el álbum de cromos y había conseguido ser el más rápido. Así que por eso se te veía tan acaramelado con ese callo, me riñó Azurmendi, el dulce sueño de todo Humbert Humbert, ganadora del ilusorio premio convocado por Martos cuya única base preguntaba ¿cuál es la alumna que más pajas ha inspirado de todo el colegio? Otros compañeros me habían recriminado extrañados que al acabar las clases acompañara a Laura, y los más atrevidos me preguntaban ¿qué pretendes?, ¿que ponga tu nombre en los exámenes que ella hace mientras tú pones el suyo en los que haces tú? No se me había ocurrido, pero era una buena idea para aprobar el curso con una media de sobresaliente. Pero ya había abusado demasiado de ella, y había abusado demasiado de mí mismo: quiero decir, que empezaba a sentir como una carga insoportable, toda vez que ya tenía a Boronat en mi bolsillo, la compañía de Laura, sus celos al verme coquetear con otras alumnas, su petición de que el sábado fuéramos al musco de los Relojes o a la iglesia de San Mateo donde había un concierto de un violinista rumano. Llegué a casa, no pude acompañar esa tarde a Laura hasta el parque Hontoria, sorprendentemente ella no me lo reprochó. Era como si supiese que habíamos acabado: podría haber retrasado la entrega del cromo, pero no lo hizo, prefirió hacerlo cuanto antes, ponerlo en mi mano, decirme Jo que me dijo, y darme la espalda en pos de su futuro sin mí. A creído no hay quien me gane. Pegué a Boronat en el casillero vacío, y no supe qué hacer con el orgullo que me henchía el pecho, coloqué mi nuca entre las palmas de mis manos enlazadas, cerré los ojos y tomé aire. Había vencido, sí, a esa hora ya Martos habría difundido por todo el colegio y por todo el barrio que el primero en completar el álbum ese año había sido yo. Lo adornaría admirativamente contando cómo me había valido de técnicas de seducción ara obtener el preciado cromo último. Al día siguiente debí tomar la precaución de ponerme una almohadilla en la espalda, porque recibí tantas palmaditas de felicitación que acabó escociéndome. A la hora del recreo la adorada Azurmendi me cortejó, pero yo no fui tan incauto como para creerme que tenía algún interés en mí: conocía a demasiados chicos a los que les había puesto el caramelo de miel en los labios, les había dicho luego cierra los ojos y abre la boca, y cuando ellos esperaban reunir una lengua impaciente se encontraban masticando una uva podrida. No, gracias, me bastaba con seguir dedicándole dos de cada tres pajas imaginándonos a los dos en ascensores que se detenían entre el decimosexto y el decimoséptimo piso de una torre, o en playas desiertas o en vestuarios llenos de vapor de agua. ¿De dónde saqué la fuerza para resistirme? Oh, era innoble reconocerlo, pero estaba buscando ansioso por toda la extensión del recreo a Laura. ¿Dónde estaría? Durante toda la mañana, en los tiempos muertos entre clase y clase, mientras los profesores se desplazaban de un aula a otra con misericordiosa lentitud para que nos repusiéramos de las palizas que acabábamos de recibir y nos dispusiésemos para recibir nuevas palizas, no me dirigió la palabra. Se dedicó a pasar a limpio apuntes. Y yo no me atreví a interrumpirla. Azurmendi me decía que el sábado iba a ir con unas amigas al centro comercial que habían abierto en la Alameda, y sugería que me uniese a la expedición. Ya veremos, contesté haciéndome el duro. Me di pena cuando me miré en el espejo del lavabo después de encerrarme en un retrete y releer los poemas que me había dado Laura. Vamos, tío, le dije a mi reflejo, ya se le pasará el mal rollo a esa muchacha, tú no tienes la culpa, has dado lo que tenías que dar y a otra cosa, piensa en Azurmendi joder, se la pediste a los Reyes Magos en sexto y han tardado un poco en hacer la entrega, vale, pero finalmente han cumplido.

Traté de hablar con Laura al terminar las clases. La alcancé en la puerta del colegio, pero no iba a poder acompañarla a casa porque la estaba esperando su padre. No sé si la estaba esperando a ella o a mí, en cualquier caso nos encontró a los dos. A ella le dijo, entra en el coche, y entró en el coche, donde ya estaba su hermanito que me miraba como debe mirar una manada de caníbales al paseante que no sabe que en el bosquecillo al que se dirige se acaba su futuro. Laura empezó a llorar. El padre de Laura no era un hombre muy corpulento, pero corregía ese defecto con un imponente uniforme de policía que bastaba para que le enseñaras la cartera y los bolsillos cuando sólo te había pedido fuego. Sólo me dijo una cosa mirándome fijamente a los ojos —y en los suyos vi temblar mi propia imagen como si se estuviera imprimiendo en las rizadas aguas de un estanque—: mañana vas, acompañado de tus mejores amigos, al patio de los babosos, le entregas a mi hijo el cromo que le has robado y le pides disculpas.

No fue difícil reconstruir lo que había acontecido la noche anterior en casa de Laura. Su hermano empezó a berrear, denunció la desaparición del cromo, contó que había visto a su hermana tontear con el mismo tipo que días antes había acudido al patio de los babosos a ofrecerle una buena suma de cromos por Boronat, no se olvidó de detallar que ese mismo tipo le había salvado de una emboscada que seguramente él mismo había preparado para ganarse su agradecimiento. Dejó lo demás al cálculo y las deducciones del policía. Mejor era no imaginarse el interrogatorio con el que debió afligir a su hija hasta obtener el nombre del delincuente que había jugado con sus sentimientos sólo para obtener un cromo.

Laura no volvió a hablarme en lo que quedaba de curso, a pesar de que traté de acercarme a ella a menudo. Me daba la espalda y huía en cuanto me veía aparecer rumbo a ella. Azurmendi también perdió todo el interés en conquistarme al darse cuenta de que hacía tiempo que me había conquistado y las amigas con las que iba al centro comercial de la Alameda no aprobaban a un tipo que todavía coleccionaba cromos y estaba aún lejos le ponerse a estudiar para sacarse el carné de conducir. Al año siguiente cada cual se matriculó en el instituto que le correspondía. Yo no hice colección de cromos.

Y muchos años después, en un rastro de una ciudad que estaba a más de mil kilómetros de donde padecí la infancia, encontré un ejemplar de aquel álbum que durante veinte horas tuve completo, sin una sola casilla sin ocupar. Un golpe de melancolía desabrida me dejó sin color la cara. Abrí el cuaderno con la sensación inaudita del que sabe lo que, aunque parezca mentira, va a encontrarse. Había muchos cromos pegados pero otros muchos faltaban. Busqué nervioso la hoja correspondiente a la Real sociedad y allí estaba, pegado, el cromo de Boronat. Por supuesto que compré el álbum. Por supuesto que arranqué de sus páginas el cromo de Boronat y luego tiré el álbum en la primera papelera que me encontré. El único cromo que me faltó para completar el último álbum de mi vida era ahora el único cromo que poseía. Me hubiera gustado tener el número de teléfono de Laura para, tantos años después de toda nuestra historia, contarle su desenlace y pedirle que esgrimiera alguna moraleja con la que cerrarla.




JUAN BONILLA, “El cromo de Boronat”, Tanta gente sola, Seix Barral, Barcelona, 2009, pp. 57-72.

viernes, 22 de mayo de 2009

LA RULETA RUSA, Juan Bonilla


La ruleta rusa



Isabelo Galván es el héroe del país en estos momentos. Lleva doce semanas seguidas ganando en el concurso de televisión de más audiencia; La Ruleta Rusa. Doce sema­nas seguidas. Se dice pronto. Y en las doce ha vencido sin vacilaciones, mientras sus contrincantes o bien se retiraban acobardados o se descerrajaban la cabeza con un tiro.

Isabelo Galván es un hombre de exigua estatura. Habla poco. Desde luego es incapaz de negarse a conceder una entrevista, pero cuando las concede apenas se le oyen unas cuantas frases con esa voz mínima, tímida, infantil. Tiene 45 años.

Naturalmente es soltero. Casi todos los que participan en La Ruleta Rusa lo son. O solteros o viudos o divorciados. Casi todos son también pobres. Isabelo Galván no es po­bre. Trabaja en una librería de dependiente. Trabaja o tra­bajaba, porque después de los millones que ha ganado en el concurso no creo que vaya a regresar a su empleo.

La primera semana que participó en La Ruleta Rusa, al verlo tomar el arma que le pasaba el concursante que aca­baba de apretar el gatillo sin que estallase el disparo, me di­je: éste va a ser el primero en caer hoy. Se colocó la pistola sobre la oreja. Me sorprendió. Los demás la apoyaban en la sien. No cerró los ojos, y esto también me sorprendió por­que los demás solían cerrarlos. Antes de apretar el gatillo lo acarició unas cuantas veces, como si estuviera probándo­lo, como si fuese a distinguir de esa manera si la bala colo­cada en el tambor iba a salir o no. Cuando pareció seguro de haber descubierto dónde estaba la bala, apretó el gatillo. No suspiró aliviado como solían hacer los otros concursan­tes cuando después de apretar el gatillo sonaba indicando que la bala no había sido disparada.

Supongo que saben en qué consiste el concurso. Hay seis concursantes. La presentadora, Margot Mutis, introduce una bala en el tambor del revólver al que le da unas cuan­tas vueltas para desapercibir el proyectil. Entonces pasa la pistola al primer concursante que está en su derecho de sa­car el tambor y darle otra vuelta sin mirarlo antes de dis­parar. Todos los concursantes tienen ese derecho. Gracias a él pueden pasar varias rondas antes de que la bala se dis­pare, porque si no contaran con esa posibilidad, inevita­blemente al quinto chasquido indicando que no había ba­la, aquel al que le tocara dispararse sabría que la bala le tocaba sin defecto y que se iba a volar los sesos, así que mejor sería retirarse.

A cada concursante se le asignaba un millón sólo por con­cursar. No se le permite retirarse antes de las cinco prime­ras rondas. O sea, tiene que dispararse cinco veces si quie­re llevarse el dinero que le dan sólo por participar. Ha habido un par de cobardes que se fueron con su dinero después de las cinco primeras rondas.

Naturalmente les abuchearon, les arrojaron tomates y hue­vos podridos.

Cada vez que uno de los concursantes falla y queda eli­minado, o sea, cada vez que uno de los concursantes se in­crusta la bala y se atraviesa el cráneo, su millón queda a disposición del resto, y se lo llevará aquel que gane, de tal manera que, si no hay cobardes que se retiren con su dine­ro, al que se quede vivo después del programa, le quedarán nada menos que seis millones.

Isabelo Galván lleva cosechados ya sesenta y cinco mi­llones de los setenta y dos que podía haber ganado si no hubiera sido porque en los doce programas que lleva ha habido cobardes que se iban después de la sexta ronda. Exactamente siete cobardes. Por el contrario, en los doce programas en que ha obtenido la victoria Isabelo Galván ha dejado atrás un reguero de cincuenta y tres cadáveres.

Cada vez que un concursante se revienta la cabeza —aun­que, según las reglas del programa, también puede dispa­rarse al corazón, nadie lo hace así— el público se divide en­tre los que abuchean sin piedad al perdedor y los que lo ovacionan como homenaje. Las cámaras suelen mostrar, en el momento en que el proyectil impacta en la cabeza de al­guno de los concursantes, los rostros de los demás. Algu­nos sonríen, otros hacen gestos de alivio. Isabelo Galván no mueve una ceja. Continúa absorto en sus pensamientos. Tal vez rece. No lo sé. No sabe declararlo en las entrevistas que ha concedido. Siempre dice que no sabe en lo que pien­sa. Que sólo espera que le toque el turno de dispararse.

Sorprendió a todos confesando que escucha lo que dice la pistola. Que podría determinar, si le dejaran, no sólo si la ba­la está en la salida, sino también, en caso de que no se en­contrase allí, en qué posición dentro del tambor se encontra­ba. Dice que lo escucha. Que la Pistola se lo dice. Que en su casa ensaya y siempre acierta. Que nunca ha fallado. Que se dispara cientos de veces al día y nunca ha fallado porque sa­be escuchar las palabras que le susurra la pistola indicándo­le la posición de la bala en el tambor.

Hoy emiten su decimotercer programa. La Ruleta Rusa bate récords de audiencia. Catorce millones de espectado­res la siguen. Isabelo Galván es el héroe del país en estos momentos. Está por encima de todos los políticos y todos los actores y todos los cantantes y todos los toreros en cuan­to a popularidad. En las entrevistas asegura que le gusta leer novelas de ciencia ficción, que detesta, curiosamente, la serie negra porque no propone más que adivinanzas, que lo cambiaría todo porque no le diera miedo tirarse en paracaí­das, y que si encontrase un genio frotando una lámpara má­gica le pediría sólo un deseo: que le indicara las calles que ha de dejar atrás para regresar a la infancia. También de­claró que sólo se casaría con una mujer que le permitiera poner la lista de boda en un burdel.

En La Ruleta Rusa de hoy Margot Mutis presenta como de costumbre en primer lugar a los nuevos concursantes. Qué pena me dan. No sé cómo se atreven con lsabelo Gal­ván. Isabelo Galván propuso hace poco que el programa no se detuviese cuando sólo quedase un concursante. Quería que se le diese a éste la oportunidad de continuar solo. Que se determinase un dinero adicional por cada vez que reta­ba al azar y se disparase de nuevo cuando ya había vencido. Margot Mutis lo anunció la semana pasada. Parece que ya se lo han pensado y le darán esa oportunidad al ganador de hoy.

Toca el turno de presentar a la gran estrella del programa: Isabelo Galván. Margot Mutis pronuncia su nombre con fuerza, como suelen gritar el nombre de los campeo­nes los encargados de presentarlos en las veladas de boxeo. Isabelo Galván, tan insignificante como de costumbre, cal­vo, bajito, con su traje modesto, mirando al suelo, baja los peldaños de las escaleras mientras el público, puesto en pie corea su nombre, se desgañita animándolo, le rinde una ca­lurosísima acogida.

Los otros cinco están muy impresionados. Supongo que para ir a La Ruleta Rusa hay que estar muy desesperado, ser un suicida en potencia, no tener nada mejor que hacer, o sencillamente ansiar la fama. Entre estos cinco puede que haya de todo. El muchacho barbilampiño que va a empe­zar habrá ido para cosechar admiradoras en el lnstituto en el que cursa, según información facilitada por la presenta­dora, con excelente nivel académico. Sonríe a la cámara y tal como le pasan la pistola, sin variar la posición del tam­bor, como si se fiara de Margot lo suficiente como para sa­ber que ella no podría condenarlo al infierno, aprieta el ga­tillo. Chasquido. El muchacho le pasa la pistola a un hombre de avanzada edad, desarrapado, impresentable. Es un men­digo. Vive en el metro cuando las juveniles bandas fascis­tas no deciden regresar al subterráneo y hacer limpieza de escoria. Nunca ha tenido un arma en las manos. No le im­porta morir. Aprieta el gatillo y muere. La primera explo­sión, la más temprana de la historia del programa, caldea los ánimos. Un trozo de la cabeza del mendigo ha ido a pa­rar a pies de Isabelo Galván que, ceremonioso, se agacha y lo retira del suelo para extenderlo en seguida a los asisten­tes que han salido a recoger el cadáver del mendigo.

Cada vez que hay un muerto en La Ruleta Rusa, se da pa­so, después de esos segundos en los que las cámaras mues­tran al público y a los demás concursantes, a la publicidad. Una Compañía de Seguros promociona el espacio. El anun­cio es muy divertido. Unas monjas están departiendo en un parque. De pronto sale un perro vagabundo que se acerca a ellas sin que se den cuenta. Las monjas están de espalda. El perro levanta la pata y se pone a mearles. Entonces una de las monjas se da cuenta y en ese momento la voz en off del locutor dice: Porque hay veces en que no te salva ni la fe... Seguros Hulsoff.

Devuelven la emisión al plató donde ya han retirado los restos del mendigo. Turno para el tercer concursante. Una mujer gruesa. Es curioso, al principio casi no participa­ban mujeres en La Ruleta Rusa, pero poco a poco se han ido animando. Le dan otro color a la cosa, es cierto. Aún ninguna de ellas ha logrado llevarse nada, pero supongo que todo se andará. Esta es una puta vieja. Honoraria. Ella mis­ma lo ha confesado. Soy puta honoris causa por el Barrio Chino de Barcelona. Las carcajadas y los aplausos no se han hecho esperar. Margot le pregunta a la puta si alguna vez ha tenido en las manos una pistola como aquella que acaba de pasarle. La intención de la presentadora estaba demasiado clara como para que la puta dejase escapar una oportunidad así para arriesgar un chiste: las he tenido más largas y mu­cho más dentro de mí que ésta. Más carcajadas y aplausos.

La puta sí ha decidido variar la posición del tambor des­pués de que la presentadora introdujera la nueva bala. Ha cerrado los ojos y se ha apoyado el cañón del arma en la sien. Le temblaba la mano exageradamente. Antes de apre­tar el gatillo ha dicho: me encomiendo a Santa Lástima de Ypagro. Ovación. La puta pierde los nervios. Yo sólo com­pito por el millón, grita como pidiendo excusas. Lo juro, sólo necesito el millón y cuando lo consiga me iré. Lo ne­cesito para operarme. Sólo busco el millón, repite una y otra vez. Le faltan aún cuatro disparos para merecerlo.

El cuarto concursante es un tipo alto, bien parecido, has­ta elegante. Está en el paro. Tiene dos hijos drogadictos. Va a por todas. Piensa derrotar a Isabelo. Pobre hombre. Sin contemplaciones se ha disparado en el cielo de la boca. Ha mantenido los ojos muy abiertos mirando fijamente a la cá­mara como si en ella buscase el secreto del universo. Chas­quido. Monumental ovación para el concursante. Gritos de torero, torero.

Esto se anima. Margot recupera el arma y sonriendo a la cámara dice: antes del turno de nuestros próximos concur­santes, unos consejos publicitarios.

Me levanto a mear y a coger más combustible. Sesenta y cinco millones lleva el bueno de Isabelo y a mí se me aca­ba el subsidio dentro de dos meses. Entre subsidio y suici­dio no hay demasiadas letras. Todavía no sé qué voy a ha­cer, pero supongo que en ningún caso me atrevería a escribir una postal a La Ruleta Rusa cursando mi deseo de partici­par. No estoy loco, sólo un poco harto, y para intervenir en ese programa no creo que baste estar harto. Hay que aña­dirle unas gotas, o unos litros, de locura. Se puede enten­der que en una situación tan drástica y desesperada como la del padre con dos hijos drogadictos, uno tenga que arras­trar su destino y decidirse.

A Isabelo Galván, por el contrario, no creo que le empu­je la desesperación, ni el deseo de ser famoso, aunque esas cosas nunca se saben, son de diván de psicoanalista. Pare­ce ser que nunca fue nadie, que no logró destacar en nada, y que su existencia no hubiera deparado a los anales del país anécdota ninguna si no hubiera sido por el programa de televisión. Ahora, gracias a La Ruleta Rusa no tendrá que hacer cola en las panaderías, le cederán el asiento en el metro y le atosigarán pidiéndole autógrafos esas muñecas adolescentes a las que antes tenía que imaginar saliendo del baño para conseguir una erección. De todos modos él ha confesado en varias ocasiones que hace esto sólo y exclu­sivamente por dinero. Para exiliarse a Río, supongo.

En los bloques de publicidad, para no desalentar a la au­diencia, intercalan siempre alguna repetición de las inci­dencias del programa. Cuando llego ante la pantalla carga­do con cinco botes de cerveza y una lata de espárragos, repiten el instante en que el mendigo se vuela la cabeza. Es curioso. Me fijo ahora que al fondo aparecen tres chicas rubias las tres, bellas y refrescantes las tres, que visten ca­misetas en las que se lee: ¡Pena de Muerte para las abortis­tas, ya! En el instante en que los sesos del mendigo aban­donan la cabeza de éste, las chicas dan un salto como si su equipo hubiera marcado un gol.

Un mendigo menos, habrán pensado. Son muy guapas.

De entre mis amigos que yo sepa ninguno tiene pensado escribir a La Ruleta Rusa. Y eso que en casi todos ellos la desesperación hace mella a diario y les da motivos más que suficientes como para impelirlos a buscar una salida a sus situaciones. Hombre, los cartones de tabaco contrabandea­do y el hachís les da unas monedas que ganar a la mayoría y así van tirando, pero eso ¿hasta cuándo lo soportarán? Tal y como se están poniendo las cosas no puede durar mucho. Arturo es el que mejor lo lleva, con sus braguetazos. Se le da bien la cosa de las mujeres maduras. El otro día lo vi ca­balgando una moto nueva. Buena yegua te agenciaste, maricón, le grité. Mejor es la que me espera en cueros, me con­testó. Y sin embargo es a Arturo al único al que puedo ima­ginar concurriendo a La Ruleta Rusa.

El quinto concursante es otro arquetipo: un clon de Isa­belo Galván para resumir. Insignificante. Algo más alto, más tímido, más oscuro que Isabelo. Está en el paro hace años. Como anécdota personal refiere que en una ocasión en la que una encuestadora le detuvo por la calle para soli­citarle una lista con los nombres de los personajes esencia­les de la Historia, él colocó tres veces sin darse cuenta al boxeador Mohammed Alí. Es significativo. Yo creo que es maricón, que sueña con negros y no se atreve a reconocer­lo. Que viva solo con una hermana mayor no hace sino rea­firmarme en mi convicción. Estoy convencido de que es re­primido, que si se atreviera marcaría uno de esos números de teléfono con los que los boys se anuncian en los perió­dicos. En la manera de tomar la pistola se cerciora uno en seguida de que si no es la primera vez que éste coge un ar­ma de fuego, debe ser la segunda. Pero de momento no se­rá la última. Chasquido al apretar el gatillo.

Llega el gran momento. Ése es Isabelo Galván. El que ni siquiera se inclina saludando la salva de aplausos que le de­dica el enfervorizado público. Margot Mutis se le acerca. Le saca tres cuartas. La verdad es que Margot, más que una hembra, es un harén. La recuerdo en un par de películas en­cendidas, dejándose taladrar por un indio en un western por­no y suave titulado: El feo, el malo y la buenísima. Ya se sabe que para los títulos no están muy dotados los produc­tores de ese tipo de cine.

Margot le pregunta a Isabelo qué tal transcurrió la sema­na. Galván contesta que como siempre y aprovecha para agradecer las muestras de adhesión de tantos desconocidos a los que alienta a participar en el concurso. Margot le pasa el ar­ma a Isabelo que no varía la posición del tambor. Escucha lo que le dice la pistola. La bala le informa de su posición y él localiza el lugar de la bala. Parece ser que ya lo ha captado. No hay peligro. Aprieta el gatillo por fin. Chasquido, natu­ralmente. Es impresionante el dominio de Isabelo Galván, cuyo nombre es coreado ahora por todo el público y servirá un día cercano para bautizar colegios, calles, guarderías. En la repetición ofrecen un primer plano de su dedo en el gati­llo: lo acaricia, lo examina con la yema del dedo, lo aprieta levemente, como si según su dureza, la resistencia que le opu­siese, pudiera determinar la posición de la bala en el interior del tambor. Luego lo acciona y sigue vivo.

La segunda ronda va a empezar. Lidia llega del trabajo, harta de limpiar aulas, escaleras, retretes. Sirve en una es­cuela de las afueras a la que la han enviado como castigo por no admitir entre sus tareas la de chuparle la verga al di­rector del otro colegio donde servía. Gajes del oficio. Se sienta a mi lado en el sofá. Pica un espárrago y abre una la­ta. Me pregunta cómo va la cosa y le miento diciéndole que Isabelo ha sido eliminado. No logro engañarla, como era previsible. Si Isabelo se hubiera atravesado el cráneo se hu­biera enterado antes de llegar aquí: los gritos de pesadum­bre y duelo en toda la ciudad se lo hubieran anunciado, y yo mismo tendría apagada la televisión.

Isabelo es el héroe del país en estos momentos. No pue­de perder. Es un símbolo. De ninguna de las maneras puede perder.

El muchacho toma el revólver. Está visiblemente afecta­do por la eliminación del mendigo. Seguro que no pensaba que la cosa era así. Ya se sabe: tras el cristal la muerte si­gue siendo muerte pero no huele. Si no se elimina antes, és­te es de los que se irá en cuanto cumpla con el requisito pa­ra embolsarse el millón (si es que resiste).

Vuelve a fiarse de Margot y no gira el tambor. Aprieta el gatillo y sigue adelante. Da un salto de alegría y se dirige al público donde unas animosas estudiantes celebran que haya pasado la segunda ronda.

Le toca a la puta. Sólo vengo por el millón, se repite. Vuel­ve a encomendarse a una santa, que la sigue protegiendo. Pasa. Ya le queda menos. Otra pausa para la publicidad.

Lidia se levanta y va a la alcoba. Se cambia de ropa, se pone cómoda. Está destrozada. Como cada noche. Yo he hecho lo que he podido hoy. Recogí la cocina y fregué el suelo del salón. No he lavado la ropa como ella me su­girió pero es que no me ha dado tiempo. Tuve que salir sin tenerlo previsto. Grito su nombre: corre, que ya vuelven. Ella viene. Se ha puesto el chándal azul. Evidentemente no está de humor. Se tiende en el sofá y me ordena que le va­ya por un poco de carne de membrillo al frigorífico. Se la traigo. Después me sugiere que me traslade a una silla para disponer del sofá íntegro. La obedezco, porque qué va a ha­cer uno.

Lidia está muy desmejorada. Apática y a veces hasta in­tratable. Hay que comprenderla, claro, no digo que no, pe­ro ya no es como antes. Yo tampoco soy el mismo, lo re­conozco, pero a veces anhelo aquellas sesiones que nos marcábamos cuando los dos regresábamos de nuestros res­pectivos trabajos. A Lidia le gustaba cabalgarme en Sema­na Santa, cuando yo me colocaba un capirote de penitente ocultándome el rostro. Era como follar con los cientos de nazarenos que salían por Sevilla. Luego nos íbamos a la ca­lle y tenía la impresión de que todos los penitentes habían sido cabalgados por ella y eso la ponía tan caliente que te­níamos que volver a casa y hacerlo de nuevo. Dónde coño estará ahora ese capirote.

El tipo con dos hijos drogadictos también ha pasado la segunda ronda. Menos suerte ha tenido el clon de Isabelo Galván. Se veía venir. Isabelo no hay más que uno. Se ha abierto la cabeza. Eliminado. La repetición muestra el mo­mento en que el proyectil abre un surco en su cara porque el tipo se ha disparado entre ceja y ceja. También se puede observar cómo la bala sale de su cabeza y va a incrustarse en la mampara que protege al público. Otra pausa para la publicidad.

Lidia abre otra lata de cerveza y dice:

Voy a escribir a La Ruleta Rusa.

La miro como si me hubiera dicho: te estoy engañando con un profesor del colegio, o peor aún, con tres alumnos de parvulario. Algo así. Lo dice en serio. La conozco y sé bien que habla absolutamente en serio. Necesitamos plata y yo necesito dejar esta mierda de trabajo, añade. Lidia aca­bó Filología Clásica pero no consiguió aprobar las oposi­ciones que le permitieran acceder a un puesto docente. La acosan los remordimientos por ello. De nada vale que yo intente convencerla de que resultaba muy difícil aprobar. Salieron muy pocas plazas y ya no es probable que salgan más a no ser que se mueran los titulares. Ya nadie estudia esas cosas. La sensación de fracaso la expolia y quiere par­ticipar en La Ruleta Rusa, no sé si para ganar algo de pla­ta fácil o para acabar con esta comedia cuanto antes. A mí me entran ganas de ir por el capirote de penitentes —dónde coño estará—, ponérselo y follármela, y follarme en ella a todas las nazarenas de Sevilla. Lo ha dicho muy en serio y acabará escribiendo. Un millón por participar. Cinco dis­paros al menos para merecer esa plata. Lo hará. Lidia lo ha­rá. Tengo treinta años y voy a ser viudo. Fantástico.

Isabelo Galván vuelve a renovar la confianza de la ma­yoría en su victoria. Es imposible que falle, el tipo sabe qué lugar ocupa la bala en el tambor y si se decide a variar la posición de éste es porque ha intuido el pálpito de la bala en el disparador. Acciona el gatillo y nada. Camino de un nuevo triunfo.

Tercera ronda. El estudiante pasa. La puta que sólo va por el millón también pasa. Pasa el padre de los drogadictos. E Isabelo Galván no hace falta decirlo.

¿De verdad estabas hablando en serio? —le pregunto a Lidia.

Por supuesto, sabes que sí —contesta.

Siempre habla en serio. Suele pasarle a los que han estu­diado lenguas muertas, no sé por qué.

No durarías ni dos rondas —insisto.

Es cuestión de suerte —replica—. Fíjate en Isabelo.

Isabelo, sí, en bueno quiere que me fije. Un tipo que, no sé cómo se las apaña, se ha disparado miles de veces y no se ha dado nunca. Tiene un ángel de la guarda que debe de cotizar altísimo en las esferas celestiales. Tal vez haya hecho un pac­to con el demonio para el que está recaudando fondos. Es im­posible comparar a Lidia con Isabelo. Para bajarla de las nu­bes le pregunto:

¿Y si en vez de con Isabelo te comparas con el mendi­go que se pegó un tiro a las primeras de cambio?

¿,Qué mendigo?— pregunta.

Tú no habías llegado todavía —le explico—. Un mendigo concursaba hoy. En su primer disparo, eliminado.

Ella vuelve a argumentar que es cuestión de suerte.

Devuelven la emisión al plató. Cuarta ronda. El estudiante pasa. La puta pasa y se acerca a su objetivo. Le queda un solo disparo. El padre de los drogadictos pasa. E Isabelo. Publicidad.

Lidia cierra los ojos. Treinta años. Voy a por unas pata­tas. Me demoro contemplándome en el espejo del pasillo. Simulo una pistola con mi mano y me la coloco en la sien. Lidia iría a por todas, la conozco. No se conformaría con el millón. Querría ganarle a Isabelo. Si yo encontrara algún trabajo ella podría dejar de fregar baldosas, pero dónde.

De repente oigo un clamor: uno de esos clamores en que se combinan gritos y maldiciones. Como si la selección de fútbol hubiera fallado un penalti. Ese tipo de clamor, el que se produce en todos los hogares por un hecho que les llega desde la televisión. Una reacción unánime, una sola voz múltiple que se levanta en la ciudad. Qué ha pasado. Lidia también gritó. Ahora me llama. Corro hacia el salón y allí está, la cabeza de Isabelo Galván en la pantalla, abierta co­mo un melón.

Pregunto exasperado qué coño ha sucedido, qué ha podi­do pasar, y Lidia no sabe explicármelo, y yo insisto, desde luego no puede ser que se haya pegado un tiro a sabiendas cuando estaban emitiendo publicidad, no puedo creerme que se haya suicidado, pero es lo que se me ocurre.

Margot está consternada. Hipa. No puede hablar. Balbu­cea que ha sido algo terrible. Lo cierto es que junto a ella sólo se ve al estudiante aterrado, y a la puta que sólo bus­ca el millón. No está el padre de los drogadictos. Margot se sosiega. Cuenta que el padre de los drogadictos le pidió el arma para comprobarla, ella ingenuamente se la alcan­zó, y al tenerla en sus manos el padre de los drogadictos apuntó a Isabelo retándole: di, enano, crees que podría ma­tarte, crees que la bala está en el disparador. Isabelo no contestó. El otro disparó y la bala se le alojó a Isabelo en un ojo. Redujeron al padre de los drogadictos y devolvie­ron la emisión en ese instante.

Margot pregunta al realizador si se han grabado las imá­genes del atentado. Le informan de que no está preparada la cinta. Le traen un vaso de agua. La puta le comenta algo al estudiante. Seguramente ahora se pensará lo de abando­nar cuando se dispare por quinta vez ganándose el derecho a embolsarse el millón. Ahora está muy cerca de ganar seis millones en vez de uno. Basta con que el estudiante se eli­mine. Se enerva ante esa expectativa.

Por fin ponen las imágenes del momento en que la bala derrumba a Isabelo Galván. Lidia no pestañea. Dice: qué hijodeputa. Supongo que ahora no habrá quien la apee de la idea de ir a La Ruleta Rusa. Me da igual lo que haga con su vida. Han matado a Isabelo Galván.

Apago el televisor y me voy a la cama con la sensación de que me tendré que levantar a vomitar las cervezas y los espárragos. Una presión en el pecho me lo avisa. Pongo la radio y ya están los periodistas difundiendo la noticia, ilus­trándola con urgentes hagiografías del difunto. Han inte­rrumpido todos los programas. Una de las opinadoras ofi­ciales propone que se declare luto nacional durante un par de días. Intentan encontrar un responsable. Dicen que a par­tir de ahora el programa deberá proteger a unos concur­santes de los otros. Participar en él no debería conllevar más riesgos que los propios a los que expone la mecánica del concurso, apunta alguien. Tu puta madre, escupo.

Lidia ha vuelto a encender la televisión. Le ha bajado el volumen para no molestarme. No pienso levantarme a ver quién gana, quién hereda el cetro de Isabelo Galván. Segu­ro que gana la puta. Iba sólo por el millón, decía, la muy cobarde. Querrá hincharse los pechos o rebajarse las nal­gas para poder cobrar unos duros más por cada polvo. Ma­ñana me enteraré de quién ganó. Vendrá la esquela de Isa­belo en las primeras páginas. Yo guardo todo lo que sale sobre él. Tengo una carpeta llena de recortes.




JUAN BONILLA, “La ruleta rusa”, El arte del yo-yo, Pre-Textos, Valencia, 1996, pp. 33-48.




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