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miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA POESÍA Y LA PROSA, Michel Tournier

LA POESÍA Y LA PROSA

   Podemos imaginar dos tiendas contiguas, una de anticuario y otra de quincallero. La vitrina del quin­callero expone baterías de cacerolas de brillante aluminio con mangos de baquelita negra. Por muy deslumbrante que resulte esa vajilla, está claro que toda su vocación es la de servir. Su razón de ser es la cocina, con sus rudezas, el fuego, las salsas, las agre­siones del fregado. Son objetos de uso que sólo va­len por su utilidad, y que se gastan y luego se tiran a la basura y se sustituyen.
   El anticuario también expone cacerolas. Pero de cobre macizo, con la superficie finamente gravada por la mano de un artesano del siglo XVII. No pue­den ir al fuego. No sirven para nada. Son más ideas de cacerola que auténticas cacerolas.
   Lo mismo ocurre con las palabras, según las en­contremos en un texto en prosa o en poema.
   La razón de ser de la prosa es su eficacia. Dice Jean-Paul Sartre: «La prosa es utilitaria por esencia; yo definiría al prosista como un hombre que utiliza las pa­labras. Monsieur Jourdain hacía prosa para pedir sus pantuflas, y Hitler para declarar la guerra a Polonia.» Añadamos que ni uno ni otro dudaban de la eficacia de sus palabras. Monsieur Jourdain sabía muy bien que, después de que hubiera hablado, le traerían sus pantu­flas, y Hitler que sus divisiones invadirían efectiva­mente Polonia. En cuanto el efecto estaba conseguido, estas órdenes se volvían caducas y desaparecían ante su propia eficacia. Como las cacerolas del quincallero, la prosa se precipita hacia su propia destrucción.
   Muy distintas son las palabras de la poesía, que siempre aspiran a la eternidad. La métrica y la rima se justifican por sus virtudes mnemotécnicas. Pues la vocación del verso es la de ser aprendido de memoria y recitado en todo momento, eternamente.
   Paul Valéry reprodujo este diálogo entre el dibu­jante Degas y el poeta Mallarmé. «Tengo un montón de ideas en la cabeza—decía Degas—, yo también po­dría escribir poesía.» Y Mallarmé respondió: «Pero querido amigo, la poesía se hace con palabras, no con ideas.» Pues es la prosa la que parte de una idea. Monsieur Jourdain tiene primero la idea de ponerse las pantuflas, y Hitler de invadir Polonia. Después hablan de acuerdo con sus ideas.
   En poesía, la palabra viene primero. El poema es un encadenamiento de palabras según su sonoridad y según ciertos ritmos. Las ideas que vehiculan son se­cundarias. Siguen como pueden. «Comprender» la prosa es captar las ideas que la dirigen. «Compren­der» un poema es dejarse invadir por la inspiración que de él emana. La limpidez y la precisión, que son los valores de la prosa, en poesía ceden el paso a la emoción y a la fuerza evocadora. De ello se despren­de también que en la prosa siempre se pueden cam­biar las palabras—y especialmente traducir el texto a otra lengua—, con la condición de respetar la idea, mientras que un poema es siempre solidario de las palabras que lo componen, y no puede pasar de una lengua a otra. Un poema y su pretendida traducción a otra lengua son dos poemas con el mismo tema.
   Se puede expresar la misma idea utilizando los conceptos de fondo y forma. Diremos que en la prosa el fondo y la forma son fácilmente disociables, pues el mismo contenido puede traducirse de maneras distin­tas, mientras que en la poesía no puede distinguirse en­tre forma y fondo, pues la forma sirve también de fon­do y el fondo se confunde con una forma determinada.


Cita:

Cabría asombrarse de que los pensamientos profun­dos se encuentren en los escritos de los poetas más que en los de los filósofos. La razón de ello es que los poetas escriben con los medios del entusiasmo y la fuerza de la imaginación: hay en nosotros semillas de ciencia, como en el sílex, que los filósofos extraen con los medios de la razón, mientras que los poetas, con los medios de la ima­ginación, los hacen surgir y brillar más.


RENÉ DESCARTES, Cogitationes privatae

MICHEL TOURNIER, El espejo de las ideas, Acantilado, Barcelona, 2001, pp. 165-167.
&
Edgar Degas

martes, 20 de octubre de 2015

APOLO Y DIONISO, Michel Tournier

APOLO Y DIONISO

   Apolo, en la mitología griega, es el dios de la poe­sía, la medicina, la arquitectura y, sobre todo, del día yel sol.
   Dioniso—que corresponde al Baco latino—te­nía como símbolo el vino y presidía unas fiestas cam­pestres bastante tumultuosas, las bacanales.
   Tendremos que esperar hasta Nietzsche y su en­sayo El nacimiento de la tragedia (1871) para que estas figuras tutelares se conviertan en los polos de dos tipos de caracteres humanos y de inspiraciones artísticas opuestas.
   Según Nietzsche, Apolo es, desde luego, el dios de la poesía, pero se trata de las epopeyas de Home­ro, unos poemas poblados de dioses y héroes. Tam­bién es el patrón de la estatuaria, pero su triunfo es la arquitectura, el arte del equilibrio y la simetría. Su luz cae verticalmente desde el mismísimo sol. Es el dios del zenit eterno e inmóvil.
   Pero contra Apolo se desliza la sombra de una duda. ¿Es realmente segura su existencia? ¿No se trata más bien de un sueño, ciertamente admirable, pero irreal? Es fácil encontrar la ilustración históri­ca de ese equívoco en el caso de algunos soberanos, sobre todo aquellos que llevan el epíteto de «gran­de»: de Alejandro III de Macedonia a Federico II de Prusia. Luis XIV de Francia pretendía ser el Rey Sol, y nadie reivindicó con mayor brillantez su pa­rentesco con Apolo. Pero la política cotidiana está ahí, con sus vicisitudes y compromisos. Apolo rei­na. Pero también hay que gobernar, y no se puede gobernar con serenidad ni con inocencia.
   Ahí es donde entra en escena Dioniso. Es furio­so, conoce la existencia y la abraza sin reservas, in­cluso en sus aspectos más turbios. Encarna la fe­cundidad y nada se crea sin embriaguez, sin noche, sin mácula. Como profesa el culto a la vida, también asume plenamente la violencia, la enfermedad y la muerte, que le son inseparables. Su filosofía es un alegre pesimismo. Su símbolo es el vino y, más pre­cisamente, el vino tinto.
   El arte dionisíaco por excelencia es la música, porque es duración, movimiento y alteración. Y tam­bién porque puede fundir a las multitudes en una sola alma, gracias al entusiasmo.
   Por el contrario, el héroe apolíneo se enorgulle­ce de su soledad y autonomía.
   Friedrich Nietzsche dedicó El nacimiento de la tragedia a Richard Wagner. Después del paraíso sublime, pero frío e irreal, del clasicismo, el roman­ticismo le parecía un regreso a Dioniso. Según Nietzs­che, el genio de Wagner consistió en unir la cons­trucción apolínea y el pesimismo dinámico de Dioniso.
   Más tarde se distanció de Wagner, cuando detectó la inspiración cristiana que anima Parsifal. A partir de entonces, el compositor de Nietzsche se llamaría Georges Bizet.


Cita:
Hay que tener un caos en sí mismo para dar a luz una estrella danzante.

FRIEDRICH NIETZSCHE

MICHEL TOURNIER, El espejo de las ideas, Acantilado, Barcelona, 2001, pp. 117-119.
&
Francesco Hayez