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sábado, 7 de abril de 2012

EL CAMINO DE CHOCOLATE , Gianni Rodari


EL CAMINO DE CHOCOLATE

   Una vez,tres hermanitos de Barletta se encontraron, yendo por el campo, con un camino muy liso y de color marrón.
   —¿Qué será?—dijo el primero.
   —Madera no es— dijo el segundo.
   —Ni carbón—dijo el tercero
   Con el fin de saberlo,los tres se arrodillaron y dieron una chupadita.
   Era chocolate, era un camino de chocolate. Empezaron a comer un pedacito y luego otro; llegó la noche y los tres hermanitos todavía permanecían allí comiéndose el camino de chocolate hasta que no quedó siquiera un pedacito. Ya no quedaba ni chocolate ni camino.
   —¿Dónde estamos?—preguntó el primero.
   —No estamos en Bari—dijo el segundo.
   —Ni en Mofetta—añadió el tercero.
   No sabían que hacer. Por fortuna apareció por el lugar un campesino montado en un carrito.
   —Yo os llevaré a casa—dijo el campesino.
   Y los llevó hasta Barletta, hasta la puerta de su casa. Al descender del carro advirtieron que éste era de biscocho. Y entonces, sin esperar a que se lo dijeran, empezaron a comérselo y no dejaron ni las ruedas ni los barrotes.
   En Barletta nunca había habido tres hermanitos con tanta suerte... y quién sabe cuándo los volverá a haber.



GIANNI RODARI, Cuentos por teléfono, Editorial Juventud, Barcelona, 1973, página 24.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

RATIGRÍS, RABITIESO Y BIGOTÍN, Gianni Rodari


Ratigrís, Rabitieso y Bigotín

El anciano Ratolón, sintiendo que se acercaba su fin, reunió en torno a su lecho a sus hijos: Ratigrís, Rabitieso y Bigotín.

—Hijos—dijo con un gemido Ratolón, colocándose sobre la barriga la bolsa de agua caliente—, antes de morir quiero repartir mis posesiones entre vosotros. A ti, Ratigrís, te dejaré ese hermoso pedazo de queso parmesano que está en la tienda del señor Brambilla. A ti, Rabitieso, la caja de galletas que la señora Teresa ha olvidado en el recibidor. En cuanto a ti, Bigotín, nada puedo dejarte: con tus uñitas y esos dientes tan sanos podrás apañártelas tú solo. Dicho esto, emitió un largo suspiro y volvió el rostro a la pared para que no le vieran llorar.

Cuando murió, los tres hijos lo enterraron en la bodega, en la arena donde se dejan envejecer las botellas. «El olor del vino—pensaron— le hará compañía». Finalizado el funeral del padre, los hijos se despidieron y cada uno partió a ocuparse de sus asuntos. Ratigrís no tardó en sepultarse en el trozo de queso parmesano con su familia: excavó corredores y galerías, escaleras y dormitorios. Pero ya se sabe que a los ratones les pierde el queso y cada día desaparecía un pedazo de casa. Un día, Ratigrís se comía la chimenea, otro día su esposa merendaba los muebles del dormitorio. Una semana más tarde ya no quedaba queso: justo lo que estaba esperando el Gato.

Ése fue el triste final de la familia de Ratigrís.

Rabitieso entró en su caja de galletas y engordó tanto que ya no fue capaz de salir de allí: el Gato lo sacó de un zarpazo y ¡se dio un festín!

Bigotín no poseía nada, sólo tenía sus dientecitos con los que buscar qué comer. Y a base de mucho esfuerzo y fatiga se convirtió en un ratón tan valiente y listo que todavía ahora lo está buscando el Gato, sin conseguir dar con él.

¡Si vosotros sabéis dónde está, por favor no se lo digáis!


GIANNI RODARI & ANNA LAURA CANTONE, Animales sin zoo, Molino, Barcelona, 2009.


http://www.editorialmolino.com/animales-sin-zoo_gianni-rodari_anna-laura-c_libro-MOCE001-es.html